“Nuestros lamentos, en momentos de dolor, se convierten en oración que sube a Dios”

La voz de la Iglesia

También el lamento, en los momentos oscuros, se convierte en oración, pero estemos atentos a los “lamentos teatrales”. Lo subrayó el Papa en su homilía de la misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta. Inspirándose en un pasaje del Libro de Job, Francisco recordó a quienes viven “grandes tragedias”, como los cristianos echados de sus casas a causa de su fe.

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LAS TRES HERIDAS DE JESUS. DE LOS ESCRITOS DE LUISA PICARRETA.

Espacio de angelica

Sabido es que Jesús tuvo que sufrir muchas y dolorosísimas penas, dolores, sufrimientos, heridas, y que fuimos nosotros los que se las inflingimos, sin embargo, las 3 heridas que más lo hicieron sufrir y que más lo torturan en la actualidad son:

1.- Las penas de sus almas amantes.

2.- La ingratitud.

3.- La obstinación.

De estas tres, debemos evitarle a cualquier costo las 2 últimas, y esperemos que podamos acrecentarle la primera, pues no es el dolor lo que trataremos de darle, sino el gozo y la alegría de ver que un alma se ha entregado a Él.

Vol. 12 27/01/19

Hija mía, entre tantas heridas que contiene mi corazón, hay tres heridas que me dan penas mortales y tal acerbidad de dolor, que sobrepasan a todas las demás heridas juntas, y éstas son:

Las penas de mis almas amantes. Cuando veo a un alma toda mía sufrir por…

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El vestir de sacerdotes y religiosos

 

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El vestir de sacerdotes y religiosos

Importancia del vestido

En su ensayo Para la historia del amor, decía Ortega y Gasset que «las modas en los asuntos de menor calibre aparente -trajes, usos sociales, etc.- tienen siempre un sentido mucho más hondo y serio del que ligeramente se les atribuye, y, en consecuencia, tacharlas de superficialidad, como es sólito, equivale a confesar la propia y nada más».

Podrá argumentarse honradamente en favor o en contra del signo distintivo de sacerdotes y religiosos. Pero no es fácil que sea honrada y responsable la actitud de quien resuelve de hecho esta cuestión, alegando que se trata de una cuestión sin ninguna importancia. Pensemos, por ejemplo, en la Iglesia oriental, en la que el carácter sacerdotal de los ministros sagrados o la profesión monástica tienen una visibilidad sagrada tan patente. ¿Podrá pensar alguien con sinceridad que en el Oriente cristiano pueden sacerdotes y monjes dejar su indumentaria peculiar, aceptando sin más el vestir de los laicos, sin que esto vaya unido a profundos cambios de pensamiento eclesiológico y de orientación espiritual? Sería un insensato el que así pensara. Pues bien, en el Occidente latino la importancia de la cuestión es análoga.

Psicología del vestido

Siempre, en todas las épocas y culturas, se ha captado la fuerza significativa del vestido, viendo en él uno de los lenguajes no verbales más elocuentes. Ya dice la Escritura: «La manera de vestir, de reir y de caminar, manifiestan el modo de ser del hombre» (Ecli 19,30; texto que Santo Tomás cita al afirmar la conveniencia del hábito religioso, STh II-II, 187,6). Basta ir a una playa para comprender que el propio cuerpo humano, siendo epifanía natural del alma, expresa mucho menos de la interioridad del hombre que el vestido. De hecho, el hombre desnudo queda oculto en su desnudez.

Eso explica que la desnudez sólo esté generalizada en pueblos muy primitivos, donde el ser personal queda diluído en el ser comunitario. Y aún en tales pueblos, ciertas realidades de importancia social, como la autoridad o la virginidad, suelen estar significadas visiblemente. Hegel señalaba en su Estética, que «donde una más alta significación moral, donde la seriedad más profunda del espíritu excluyen el predominio del aspecto físico, aparece el vestido».

El fenómeno del vestido y de la moda, sobre todo en los últimos decenios, ha sido objeto de muchos estudios (K. Young, R. Barthes, J. Stoetzel, Ph. Lersch, G. Marañón), en los que se muestra la arbitrariedad de la moda, su condición cambiante, su afirmación del presente, su expresividad sexual, su equilibrio entre el afán de distinguirse y el de conformarse al grupo, etc. También señalan estos estudios cómo hay en la moda indumentaria sistemas abiertos e inestables, y otros cerrados, de carácter tradicional. Y hacen ver cómo una disociación entre interioridad y exterioridad suele estar en la raíz de los sistemas abiertos. Pero no es cosa de que entremos aquí en estos análisis.

Teología del vestido

En su estudio sobre Teología del vestido, Erik Peterson hacía notar que «la relación del hombre con el vestido suele tratarse fuera de la Iglesia como asunto sin importancia: cómo hay que vestirse o hasta dónde hay que desvestirse es algo indiferente. En cambio, en la Iglesia se reduce el problema con bastante frecuencia al plano moral: se censura el vestido escaso, especialmente en el sexo femenino. Pero la relación del hombre con el vestido no es principalmente un problema moral; es un problema metafísico y teológico» (Tratados teológicos 221).

En efecto, ha de recordarse en primer lugar que la vergüenza del hombre ante la desnudez propia o ajena procede del pecado. Éste es un dato de la Revelación. Antes del pecado, «estaban ambos desnudos, el hombre y la mujer, sin avergonzarse por ello». Cuando ya eran pecadores, es cuando experimentan la necesidad de cubrir sus cuerpos. Es entonces cuando se hace indecente la desnudez (Gén 2,25; 3,7: indecens, no conveniente).

Los Padres explican este misterio alegando que la desnudez se hace vergonzosa cuando los hombres por el pecado «son desnudados de la gloria que los circundaba»; es decir, «por el pecado son desnudados del vestido de gracia que les cubría». Despojados así del hábito glorioso de gracia original que les vestía, vienen a vestirse con «hojas de higuera» o con «pieles» corruptibles. «Ésa fue la ganancia del engaño diabólico» (S. Juan Crisóstomo, Hom. in Genes. 16,5). Por eso Dios «les mandó vestirse con túnica de pieles en memoria perpetua de su desobediencia» (18,1; +S. Ambrosio, De Isaac 5,43). En adelante, por tanto, la desnudez humana no va a ser simple negación, sino privación.

En efecto, el hombre en su origen estaba revestido de santidad y justicia (Trento: Dz 1511), y por eso más tarde, «la pérdida del vestido de la gloria divina pone de manifiesto, no ya una naturaleza humana desvestida, sino una naturaleza humana despojada, cuya desnudez es visible en la vergüenza» (Peterson 224). Y en este sentido el vestido será siempre para el hombre una añoranza, un recuerdo de su primera dignidad gloriosa, perdida por el pecado. Y «es tan vivo su recuerdo, que recibimos bien dispuestos cualquier cambio y renovación del vestido que traiga la moda, porque nos promete nuevo apoyo para la inteligencia de nosotros mismos. Todo cambio y renovación del vestido despierta la esperanza en la perdida vestidura, que es la única que puede interpretar nuestro ser y hacer visible nuestra dignidad» (225).

Según esto, en Cristo Salvador, el hombre va a recuperar el hábito de la gracia habitual santificante, y va a revestirse así de una nueva dignidad, por la que recupera y aun supera la dignidad perdida. Y así el bautismo será para los Padres «indumentum, quia ignominæ nostræ velamen est» (S. Juan Damasceno, Oratio 40,4). «Accipe vestem candidam», se dirá en el Rito bautismal. En efecto, «cuantos en Cristo habéis sido bautizados, os habéis vestido de Cristo» (Gál 3,27; +Rm 13,14; Ef 4,22-24; Col 3,9-10).

Finalmente, Cristo, que surge desnudo del sepulcro, inaugura con su resurrección el mundo nuevo. Ahora la desnudez ignominiosa de la cruz es ya gloriosa, es precisamente el signo de la victoria sobre el pecado y sus consecuencias. Y esa misma ha de ser la suerte de los cristianos, que seremos «sobrevestidos» de la gloria de Cristo (1Cor 15,53; 2Cor 5,4).

Normas de la Iglesia

 

Ya he recordado más arriba las normas de la Iglesia sobre el vestido, pero las resumiré aquí brevemente. Los apóstoles aconsejan a todos los fieles que no acepten los modos seculares de vestir y de arreglarse, en cuanto sean éstos vanos y lujosos (1Pe 3,3-4; 1Tim 2,9-10). Muy pronto esta exhortación va a hacerse norma para vírgenes y clero. Pero no será sino cesadas ya las persecuciones, a partir sobre todo del siglo VI, cuando la figura de religiosos y clérigos se caracterice en su exterior, por la tonsura sobre todo, pero también por la sobriedad del hábito. Y desde esa época, como consta en la disciplina de sínodos y concilios, se va afirmando de modo constante y creciente la norma de que religiosos y clérigos presenten una figura distinta, que exprese su especial sacralidad entre los hombres. Es la tradición que últimamente hallamos afirmada en el Código de Derecho Canónico de 1983 (cc. 284 y 669) y que han urgido los Papas una y otra vez.

Resistencia secularizadora

Ya vimos también que la tendencia de algunos clérigos y religiosos a secularizar su hábito y a laicizar su talante reaparece con mucha frecuencia en la historia de la Iglesia, y siempre es rechazada como un signo de relajación, que incluso podía acarrear la exclaustración o la reducción al estado laical. Pues bien, en este sentido, podemos decir que la consideración positiva de la secularización de la figura de sacerdotes y religiosos es realmente nueva en la historia de la Iglesia; dicho en otras palabras, es contraria a la tradición, y se produce en el marco de la teología de la secularización. Se incluye, pues, dentro de toda una visión de la Iglesia en el mundo, y es una modalidad más de la tendencia a ocultar en el mundo la visibilidad de lo sagrado.

La secularización del hábito, en clero y religiosos, no se ha visto precedida normalmente de una consideración seria y directa. Se ha operado en general por la vía de los hechos consumados. En todo caso, también ha habido sobre el tema algunos escritos, no muchos, que consideran el pro y contra de la cuestión. Puede verse, por ejemplo, O. du Rey, abad de Maredsous, L’habit faitil le moine? («La vie spirituelle», Supp. 23, 1970, 460-476); M. Dortel-Claudot SJ, État de vie et role du prêtre (Le Centurion 1971); G. Oury OSB, Fautil un vêtement liturgique? («Esprit et vie» 82, 1972, 481-486); M. Augé CMF, L’abito monastico dalle origini alla regola di S. Benedetto («Claretianum» 16,1976, 33-95), y L’abito religioso. Nel Medioevo. Dal passato al presente (ib. 17,1977, 5-106); F. López Illana, Vesti ecclesiastiche e identità sacerdotale (Giovineza, Roma 1983); P. Napoletano, L’abito delle suore di S. Giovanni Battista («Claretianum» 24,1984, 251-281); M. Augé, Nota crítica (ib. 343-355); varios artículos en «Vie Consacrée» (56,1984, 71-131).

Entresacando frases de alguno de estos escritos, traeré aquí brevemente los principales argumentos que suelen apoyar esa laicización exterior de sacerdotes y religiosos.

«Ni Cristo ni los apóstoles llevaron hábito especial alguno». «El hábito es un lenguaje, y para que se nos entienda, hemos de hablar el lenguaje de nuestro país y de nuestro tiempo. El hábito peculiar de clero y religiosos, que era significativo en tiempo de cristiandad, viene a hacerse en tiempos de pluralismo algo insignificante, o algo que significa realidades distintas de las que pretendemos: separación, distancia, etc.» Por otra parte, «el hábito nos clasifica, nos sitúa en algo ya pasado, antiguo, superado, aunque pueda tener aún para algunos cierto atractivo folklórico, que no debe interesarnos». «La mentalidad actual tiene horror por los uniformes, también por los de expresión religiosa. Une el uniforme a ideas de privilegio, distinto, autoridad, todas ellas ingratas». «El hábito emplea un lenguaje de consagración a Cristo demasiado patente y triunfalista, demasiado fácil y exterior, que puede eliminar la necesidad de realizar la conversión interior tan exteriormente significada». «El hábito implica riesgos no pequeños: ser aislados como hombres de lo sagrado, verse reducidos a la condición de homo religiosus, en cuanto arcaísmos sociológicos, rarezas culturales, objetos propios de museos de antropología». «El presente es, simplemente, la moda acostumbrada; por eso salirse de ésta, alejarse de alguna de sus formas actuales dignas y austeras, es inevitablemente irse al pasado o emigrar a la rareza actual». «Desde que se decide renunciar a los arcaísmos, parece inevitable renunciar a toda forma de hábito clerical o religioso». «El hábito es innecesario dentro del ámbito religioso, donde todos nos conocemos, y es peligroso y negativo en el exterior; y tampoco es cuestión de que andemos disfrazándonos de un modo dentro de casa y de otro modo fuera». «La unidad comunitaria deseable -un solo corazón, una sola alma- se logra mejor en el pluralismo de una diversidad personal de apariencia que en el autoritarismo de una común uniformidad impuesta». Etc.

En éstas y en otras innumerables argumentaciones hay no pocas veces ingenio, ironía, fuerza persuasiva, e incluso no suele faltar en ocasiones alguna pequeña parte de verdad. Pero a todas ellas, y con mucho mayor verdad, pueden oponerse consideraciones contrarias. Ad primum dicendum… Cristo y los apóstoles no necesitaban signo distintivo para representarse a sí mismos; el signo lo necesitamos nosotros para significarles a ellos. La ignorancia del lenguaje simbólico no se supera eliminando los signos. Así como la bata blanca del médico facilita su relación con el paciente, así… Etc.

Pero sería una labor muy pesada, y por lo demás supérflua para quien en las páginas precedentes haya entendido y recibido los principios teológicos, espirituales y disciplinares de la Iglesia sobre lo sagrado cristiano. No merece, pues, la pena que nos detengamos en estas discusiones. En todo caso, los argumentos en favor del signo distintivo no siempre habrán de ser los mismos, aunque a veces sí, tratándose del clero -que desempeña el sagrado ministerio de la representación de Cristo y de los Apóstoles- y de los religiosos -seguidores de Cristo, que a Él se han consagrado especialmente, renunciando al mundo secular, como testigos anunciadores del mundo futuro-.

Son todos aquellos, como digo, argumentos muy flojos, que sólamente podrán convencer a los ya convencidos. Otro argumento hay, más fuerte, que no he citado: el voto numeroso de muchos buenos sacerdotes y religiosos. Confieso que lo único que me hace vacilar un momento sobre la conveniencia del signo distintivo es ver cuántos buenos sacerdotes, enamorados de Cristo y entregados a la gente, cuántos excelentes religiosos y religiosas que conozco, dejaron ya hace algún tiempo todo signo distintivo de su condición vocacional. Esto me hace dudar, como digo, un momento -pongamos dos o tres segundos-. Pero ese tiempo es bastante para comprender que ciertos despistes colectivos, generalizados en una época o región, pueden afectarnos a una mayoría de los fieles -muy raramente, eso sí, a los santos; eso también es indudable-; pero no tienen fuerza para torcer la tradición católica impulsada y sostenida por el Espíritu Santo, sobre todo en casos como éste del signo distintivo, en el que durante catorce o quince siglos la Iglesia ha desarrollado una orientación permanente y homogénea, entre casi continuas resistencias. Los dos decenios últimos no son gran cosa en los veinte siglos de historia de la Iglesia, y por lo demás, ya sabemos cómo en este mismo tiempo se han manifestado las autoridades apostólicas.

Confirmaciones del Magisterio apostólico

Juan Pablo II, hablando en Fátima a seminaristas, sacerdotes y religiosos varones y mujeres, reafirmaba la conveniencia del signo distintivo. «Así como es difícil vivir y testimoniar la pobreza evangélica en una sociedad de consumo y de la abundancia, resulta también difícil en una época de secularismo ser signo de lo religioso, de lo Absoluto de Dios. La tendencia a la nivelación, cuando no a la inversión de valores, parece favorecer el anonimato de la persona: ser como los demás, pasar inadvertido. Y sin embargo, la característica de ser sal y luz en el mundo (+Mt 5,13ss), sigue siendo exigencia de Cristo, en especial para quienes se han consagrado a Él. Igualmente sigue manteniendo todo su vigor la promesa: “A todo el que me confesare delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre” (10,32)» (13-5-1982).

«A vosotras [religiosas] y a los sacerdotes, diocesanos y religiosos, os digo: alegraos de ser testimonios de Cristo en el mundo moderno. No dudéis en haceros reconocibles e identificables por la calle, como hombres y mujeres que han consagrado su vida a Dios… La gente tiene necesidad de signos y de invitaciones que lleven a Dios en esta moderna ciudad secular, en la que han quedado bien pocos signos que nos recuerden al Señor. ¡No colaboréis en este “echar a Dios de los caminos del mundo”, adoptando modas seglares de vestir o de comportaros!» (Maynooth, 1-10-1979). « Que no os desagrade, pues, manifestar de modo visible vuestra consagración vistiendo el hábito religioso, pobre y sencillo: es un testimonio silencioso, pero elocuente; es un signo que el mundo secularizado necesita encontrar en su camino» (Roma, 2-2-1987).

La cuestión es muy importante, decía el Papa a unas religiosas: «Si verdaderamente vuestra consagración a Dios es una realidad tan profunda, tiene mucha importancia llevar de forma permanente su señal exterior, que constituye un hábito religioso, sencillo y apropiado. Es el medio de recordaros constantemente a vosotras mismas vuestro compromiso, que contrasta con el espíritu del mundo. Es un testimonio silencioso, pero elocuente. Es una señal que nuestro mundo secularizado tiene necesidad de encontrar en su camino, como por otra parte desean muchos cristianos. Yo os pido que reflexionéis cuidadosamente sobre ello» (A Superioras Mayores, 16-11-1978; +15-11-79).

Y al clero de Roma: «No nos hagamos la ilusión de servir al Evangelio si intentamos diluir nuestro carisma sacerdotal a través de un interés exagerado por el vasto campo de los problemas temporales, si deseamos laicizar nuestro modo de vivir y obrar, si suprimimos incluso los signos externos de nuestra vocación sacerdotal. Debemos conservar el sentido de nuestra singular vocación y tal singularidad debe expresarse también en nuestro vestido exterior. ¡No nos avergoncemos de él!» (10-11-78; +Pablo VI, 10-2-78).

 
 
 
 

Quédate conmigo Jesús amado…

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Quédate conmigo Jesús amado.
Para el trance difícil de la muerte,
Dame tu ayuda y tu cayado.
¡Que tenga yo, Señor, la inmensa suerte
De, bañado por luz divina verte,
De amarte y ser amado y no perderte! (Blas Piñar)

¿Quién es el pobre que está a tu puerta?

Por Ignacio Blanco Evangelio según San Lucas 16,19-31 En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado junto a la puerta, cubierto de llagas, y con ganas de s

Origen: ¿Quién es el pobre que está a tu puerta?

Rosario de San Miguel Arcángel

San Miguel Arcángel

San Miguel Arcángel Oraciones y LetaniasUn día, San Miguel Arcángel se apareció a la devota de Dios, Antonia d`Astonaco. El Arcángel le dijo a la Religiosa que él desea ser honrado mediante la recitación de nueve Salutaciones. Estas Nueve plegarias corresponden a los nueve Coros de los Ángeles. Consiste el Rosario de un Padrenuestro y tres Avesmarías, en honor de cada Coro Angelical.

Promesas de San Miguel

A los que practican esta devoción en su honor, el Arcángel promete grandes bendiciones. Promete enviar a un Ángel de cada Coro Angelical, para acompañar a los devotos a la hora de la Santa Comunión. Además, a los que reciten estas nueve Salutaciones todos los días, les asegura que disfrutarán de su asistencia continua. Es decir, durante esta vida y también después de la muerte. Aún más. Serán acompañados de todos los Ángeles; y con todos sus seres queridos, parientes y familiares serán librados del Purgatorio.

Método para…

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