Festividad de San Pantaleón

 

27 de julio

SAN PANTALEÓN

(† 303)

En la vida de San Pantaleón, tal como hasta nosotros ha llegado su relato, a través de las Actas, a través de la tradición, se nos manifiestan dos aspectos particularmente destacados, sobre todo si llegamos a él con alguna preocupación crítica. Sobre la vida histórica del Santo, dirá alguno, se monta una exuberancia de milagros verdaderamente sospechosa. La razón de ser del Santo, se podrá también decir, fue precisamente ésa: dar testimonio del poder de Cristo y de su verdad insoslayable, haciendo de su vida un continuo milagro, llevando sobre sus hombros el peso enorme del milagro, porque a los planes de Dios así convenía providencialmente.

Ambas posiciones pueden ser parcialmente ciertas, y ambas, por tanto, pueden conjugarse. Conviene desde ahora, antes de entrar en la intimidad del Santo, tomar posición y acercarnos sin prejuicios. No abreviemos la mano de Dios. Conviene no rechazar lo excepcional porque sí. Ahora particularmente es importante señalar esa circunstancia. Vamos a ver al Santo tal como Actas y tradición nos lo han transmitido, sin posibilidad de quitar ni poner, prudentemente. La verdad entera, Dios la sabe.

Pantaleón nace en Nicomedia, corriendo el siglo III de nuestra era. Tiempos recios iban a ser los suyos. El Imperio romano está ensayando fórmulas varias para impedir el hundimiento que se avecina, y como una de ellas se va a pensar, naturalmente, en la implantación de la religión oficial como obligación universal. El Imperio de Roma no es ya el poder seguro de sí mismo que avasallaba al mundo. Ahora ha sido necesario poner un emperador, un César, en Oriente para sostener aquellas regiones tan distantes de la metrópoli. Y Nicomedia es la residencia de los emperadores de Oriente. Estamos en una ciudad del Asia Menor, en la mitad segunda del siglo III de Jesucristo.

La figura del futuro mártir se nos muestra en los relatos sumamente atractiva. Pantaleón es un joven de nobles inclinaciones, de sano corazón. Es hijo de un gentil, Eustorgio, senador y rico. Su madre era cristiana, pero murió joven: el niño era pequeño y apenas si pudo enseñarle más que unos rudimentos que no llegaron a darle idea completa del cristianismo.

La formación del joven se desarrolló con felicidad, sobre la base de una inteligencia muy despierta y con muy buenos profesores. Al concluir el aprendizaje de las letras Eustorgio hizo que Pantaleón estudiara la medicina bajo la dirección de Eufrosino, médico del mismo Diocleciano. Pantaleón se va haciendo un joven distinguido y respetado: llama la atención entre sus compañeros, y su buen corazón le hace ejercer su ministerio con una abnegación ejemplar, cuya honestidad pasa a ser verdaderamente excepcional en el medio pagano en que vivía.

El encuentro definitivo con la gracia le vino a Pantaleón a través de un sacerdote cristiano. Hermolao vivía oculto por el rigor de la persecución. Un día se encontró con Pantaleón y fue el mismo sacerdote quien, admirado por las condiciones del joven, se lanzó a hablar abiertamente de la doctrina de Jesucristo. Pantaleón quedo impresionado. Los recuerdos, desdibujados ya, de las enseñanzas de la madre cristiana subieron agolpadamente a su conciencia. Pantaleón prometió que continuarían en contacto. El golpe final de la llamada vino ya milagrosamente. Poco después hubo de encontrarse el médico Pantaleón ante un caso desesperado. Un niño yacía muerto, mientras, cercana, reptaba la víbora fatal. El médico, impotente, recuerda entonces unas palabras del sacerdote Hermolao. El nombre de Cristo bastaba para resucitar a los muertos. Pantaleón no vacila, y la increpación llena de fe opera el milagro. El niño vuelve a la vida y la serpiente muere en el acto. Pantaleón es ya cristiano. Unos días de convivencia con el sacerdote oculto le proporcionan la instrucción necesaria para recibir después el bautismo de Jesús.

A partir de este momento la vida de Pantaleón es ya un tejido de milagros, encadenándose unos y otros de manera abrumadora, inverosímil casi. La conversión de su padre también se obra a golpe de prodigio. En casa de Pantaleón se presenta un ciego incurable, y esta ocasión va a ser eficazmente aprovechada. El joven médico llama a su padre para que esté presente a lo que va a tener lugar, y, después de invocar el nombre de Cristo sobre el ciego irremediable, pone sus manos sobre los ojos sin luz: instantáneamente una explosión jubilosa y sobrecogida acompaña al milagro. Eustorgio y el ciego caen de rodillas: Cristo, Cristo es el Dios verdadero. El senador pagano hace añicos los ídolos que adornan la casa: él ahora sólo quiere ser instruido en el cristianismo para recibir el bautismo inmediatamente, como sucede en realidad, con júbilo ilimitado de Pantaleón. Poco después Eustorgio muere. Es éste otro momento culminante en la vida de nuestro Santo.

Efectivamente, aquí tiene lugar la segunda conversión del entusiasta neocristiano. Pantaleón, que se ve desligado de toda traba, responsable único de sus actos, por si y ante sí, se arroja a una vida de absoluto fervor: entrega a los pobres sus cuantiosas riquezas, quedándose con lo indispensable; pone en libertad a todos sus esclavos, se entrega a las obras de caridad en la práctica de su propia profesión de médico. Naturalmente, esta conducta no pudo pasar desapercibida; además, los restantes médicos de Nicomedia ardieron en celo al ver que la gran mayoría de los enfermos quería ser curada por Pantaleón, con lo que las pérdidas materiales iban a ser cuantiosas de seguir en auge el médico sospechoso. Naturalmente, había que deshacerse de él, y fue acusado ante el emperador como cristiano.

Diocleciano fue un emperador de excepcionales vuelos. Quiso llegar a una solución que evitase el camino de catástrofe por el que se avanzaba. Sus decisiones fueron múltiples. Para la crisis económica arbitró el edicto del Máximum, de 202, el más grande intento de tasación estatal que se recuerde de tiempos antiguos. En el gobierno montó una máquina que creyó eficaz: el mismo año en que la muerte de Carino le dejó el Imperio se buscó un colega, Maximiano. Seis años después, ante lo eficaz del resultado, añade dos nuevos emperadores (292), y además fue afortunado en la elección de las personas: Galerio y Constancio Cloro. Soldado excepcional aquél, pero rudo y de primitivos sentimientos. Constancio Cloro, en cambio, general destacado, era de más fina formación. Galerio movió a Diocleciano a firmar el decreto de exterminio general de los cristianos. Fue el 23 de febrero del 303. No era tolerable que ante los proyectos de religión oficial un grupo irreductible se mantuviera en el seno del Imperio rompiendo la unidad de creencia. Se inauguró la décima gran persecución. Ríos de sangre cristiana corrieron por todo el ámbito del Imperio.

La presencia de Pantaleón ante el tirano es el triunfo manifiesto de la fe de Cristo sobre todos los intentos opresores. Incluso sobre la fuerza física, sobre las leyes naturales, sobre el instinto de las fieras hambrientas. Pantaleón pasa a ser un grito de triunfo, el emblema de la fe invencible por obra del poder de Jesús. El interrogatorio ya se abre con un milagro. El ciego curado por Pantaleón ha declarado ser cristiano y se le ha quitado la vida. Pantaleón recogió su cuerpo y lo sepultó junto a su padre. Entonces es también él llamado a juicio: se le intenta seducir, pero todo es en vano. Declara su fe y afirma en ella su poder excepcional.

Después Pantaleón es atado al potro. Aquí se hacen presentes los garfios de hierro con que se le desgarran las carnes, las teas encendidas que se le aplican a las llagas. Pero una fuerza misteriosa hace reanimarse al mártir, y los brazos de los verdugos caen, dominados por una fuerza prodigiosa. La ira del tribunal no tiene límite. Se prepara una caldera de plomo fundido, en la que va a ser sepultado Pantaleón. Pero, en el momento en que el cuerpo del mártir toca la ardiente superficie, ésta queda como helada, y Pantaleón puede apoyarse sobre el plomo endurecido. Ahora el mudo estupor se junta con la inmediata reacción ciega de la soberbia enfebrecida. Pantaleón va a ser arrojado al mar, atada al cuello la gran piedra que impida su vuelta a la superficie. Se quiere ahora impedir también el que los demás cristianos recojan su cuerpo y lo veneren. Pero Pantaleón vuelve andando a la playa sobre la superficie de las aguas.

Lo evidente del caso no logra hacer que el tribunal abra los ojos. Se ensaya el tormento de las fieras. La ciudad sabe ahora que el invencible va a probar el terrible tormento, y una multitud inmensa llena el anfiteatro. A la señal estremecedora, y en medio de un silencio impresionante, se abren las jaulas. Varias fieras avanzan a saltos, rugientes, hacia el mártir, que está solo, en medio de la arena. Mas, apenas se le llegan, se aquietan, sumisas, a sus plantas. Pantaleón las bendice y ellas se retiran. El vocerío loco de la multitud reclama la libertad para el inocente, y tiembla en el ambiente la sensación de que el Dios verdadero es el que le sostiene.

Bajo la opresión del griterío los jueces, abrasados de rencor, humillados, deciden seguir con la intentona de los tormentos. Es en vano que el pueblo grite a su favor. Pantaleón es sometido al suplicio de la rueda. Sale ileso. Entonces se le arroja en un calabozo. Son detenidos Hermolao y otros dos cristianos: la pretensión es que seduzcan al mártir a que apostate. Hermolao se niega, y con Hermipo y Hermócrates, los dos cristianos, padece el martirio.

Pantaleón es azotado. Se preludia el final. La condena es que se le decapite y luego se queme su cuerpo. Pantaleón, gozoso, va al suplicio. Es atado a un olivo. El verdugo alza la espada para cortarle la cabeza, pero en el momento de dar el golpe el hierro se ablanda y el mártir ni siquiera percibe el metal sobre su cuello. Ante el nuevo prodigio el lictor cae de rodillas pidiendo perdón; pero Pantaleón se siente ya impaciente. Ahora es él quien pide, entre súplicas y forcejeos, que se cumpla la sentencia. Los verdugos, que inicialmente se resisten, acceden por fin, y, después de abrazarse con el mártir, hacen caer la cuchilla definitiva. Salta la sangre e instantáneamente florece el olivo y se llena de frutos. El cuerpo no es quemado. Los soldados no se atreven. Los cristianos se lo llevan y recibe sepultura en medio de intensa veneración.

San Pantaleón ha pasado a ser uno de los principales patronos de los médicos. Su culto ha sido extendidísimo y popular. Su nombre en la hora ciega de las persecuciones tuvo el valor de un símbolo, Los cristianos confesaron a Dios, y Él estuvo con ellos, prestándoles un poder incalculablemente más grande que todas las insidias de sus enemigos.

CÉSAR AGUILERA, SCH. P., http://www.mercaba.org

Festividad de Santa Ana

 
Grande es la dignidad de Santa Ana por ser la Madre de la Virgen María, predestinada desde toda la eternidad para ser Madre de Dios, la santificada desde su concepción, Virgen sin mancilla y mediadora de todas las gracias. Nieto de Santa Ana fue el hijo de Dios hecho hombre, el Mesías, el Deseado de las naciones. María es el fundamento de la gloria y poder de Santa Ana a la vez que es gloria y corona de su madre.

La santidad de Santa Ana es tan grande por las muchas gracias que Dios le concedió. Su nombre significa “gracia”. Dios la preparó con magníficos dones y gracias. Como las obras de Dios son perfectas, era lógico que Él la hiciese madre digna de la criatura más pura, superior en santidad a toda criatura e inferior solo a Dios.

Santa Ana tenía celo por hacer obras buenas y esforzarse en la virtud. Amaba a Dios sinceramente y se sometió a su santa voluntad en todos los sufrimientos, como fue su esterilidad por veinte años, según cuenta la tradición. Esposa y madre fue fiel cumplidora de sus deberes para con el esposo y su encantadora hija María.

Muy grande es el poder intercesor de Santa Ana. Ciertamente santa amiga de Dios, distinguida sobre todo por ser la abuela de Jesús en cuanto Hombre.

La Santísima Trinidad le concederá sus peticiones: el Padre, para quien ella gestó, cuidó y educó a su hija predilecta; el Hijo, a quien le dió madre; el Espíritu Santo, cuya esposa educó con tan gran solicitud.

Esta Santa privilegiada sobresale en mérito y gloria, cercana al Verbo encarnado y a sus Santísima Madre. Sin duda que Santa Ana tiene mucho poder ante Dios. La madre de la Reina del Cielo, que es poderosa por su intercesión y Madre de misericordia, es también llena de poder y de misericordia.

Tenemos muchos motivos para escoger a Santa Ana como nuestra intercesora ante Dios. Como abuela de Jesucristo, nuestro hermano según la carne, es también nuestra abuela y nos ama a nosotros sus nietos. Nos ama mucho porque su nieto Jesús murió por nuestra salvación y María, su hija, fue proclamada Madre nuestra bajo la Cruz. Nos ama de verdad en atención a las dos Personas que ella amó más en esta vida: a Jesús y a María. Si su amor es tan grande su intercesión no será menos. Debemos, por tanto acudir a ella con tal confianza en nuestras necesidades. No hay la menor duda de que esto agrada a Jesús y a María, quienes la amaron tan profundamente. Se celebra la fiesta de Santa Ana el 26 de julio.

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Así será la JMJ Cracovia 2016

Lanza de Dios BLOG

«BIENAVENTURADOS LOS MISERICORDIOSOS, PORQUE ELLOS ALCANZARÁN MISERICORDIA»

La Jornada Mundial de la Juventud comienza oficialmente el martes 26 de julio. El Papa llegará a Cracovia el miércoles y presidirá los actos centrales con los jóvenes: el Via Crucis, la Vigilia y la Misa del domingo 31 de julio. Publicamos el programa general de actos.

Logo-couleur(InfoCatólica) En la página oficial de la Jornada Mundial de la Juventud Cracovia 2016 se encuentra toda la información sobre el programa de la JMJ.

CEREMONIA DE APERTURA: SANTA MISA

(martes 26 de julio, 17.30, Parque Błonia)

La Jornada Mundial de la Juventud se iniciará de manera oficial con la Ceremonia de Apertura, cuya parte principal será la misa presidida por el obispo del lugar, el arzobispo de Cracovia, cardenal Stanisław Dziwisz que, durante muchos años, fue secretario personal de san Juan Pablo II.

CATEQUESIS

(miércoles, jueves y viernes)

Habrá catequesis en diferentes idiomas brindada…

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El camino de Santiago. Forjador de Europa.

“Señor Santiago, que inflamado de celo apostólico y en el amor a tu Divino Maestro peregrinaste anunciando a los hombres la Buena Noticia y sellaste tu predicación con el derramamiento de tu propia sangre: Haznos fuerte en la Fe, ardientes en la Caridad y testigos de la Esperanza…”

Desde hace mil doscientos años, hombres y mujeres de todo el mundo han peregrinado, por el camino de Santiago, hasta la gallega región de Compostela para orar ante la tumba del apóstol Santiago. Mujeres y hombres que en este año se contarán por millares, ya que al coincidir la fiesta del Apóstol (25 de julio) en domingo, la Iglesia Católica considera a 1999 como Año Santo Compostelano, otorgando indulgencia plenaria a todos aquellos que se den cita en aquel hermoso y legendario santuario.

La peregrinación a Santiago de Compostela puede considerarse un fenómeno que desborda las simples fronteras de una fábula o de una invención medieval para convertirse en uno de los ejes sobre los que se construyó Europa durante los años heroicos de la Edad Media. Y es que mil doscientos años son muchos, demasiados, para que una simple leyenda perviva en la memoria.

Cuenta la tradición que una noche del año 813 un ermitaño que oraba en medio de un bosque gallego observó una gran luz proveniente del firmamento que iluminaba con fuerza unos arbustos. Extrañado y asombrado, este hombre comunicó tan maravilloso suceso al obispo Teodomiro, el cual, después de varios días de ayuno y de intensa oración, mandó hacer excavaciones en aquel misterioso lugar. El hallazgo fue verdaderamente extraordinario: se acaba de encontrar un sepulcro cuyas inscripciones indicaban que ahí estaba enterrado Santiago el Mayor, el apóstol de Cristo que había ido a España a predicar el Evangelio. El lugar fue bautizado como “El campo de la estrella” (de donde deriva “Compostela”) y se erigió un santuario. La noticia de tan maravilloso descubrimiento se extendió rápidamente por los reinos cristianos del norte de España (la parte centro y sur de la Península se encontraba invadida por los musulmanes), atravesó rápidamente los Pirineos y, en unos cuantos años, llegó a toda la cristiana Europa Medieval.

Fue así como personas llegadas de todo el continente fueron a Compostela a venerar al Apóstol Santiago. Y surgió así un camino que se transformó pronto en un sendero de fe, de arte y de cultura.

Varias rutas llevaban a los viajeros hacia Compostela, siendo la más popular la que atravesaba todo el norte de la península comenzando por Roncesvalles, la mítica ciudad navarra en donde las tropas victoriosas de Carlomagno encontraron su única derrota. Y estos devotos caminantes se guiaban siguiendo la Vía Láctea, cuyas estrellas van de Oriente a Occidente. Es por eso que al camino de Santiago se le conoce también como el camino de las estrellas.

Eran tan populares dichas peregrinaciones que el inmortal Dante Alighieri afirmó que “sólo es peregrino quien camina hacia la tumba de Santiago” y otro grande de las letras, el alemán Johann Goethe llegó a decir que “Europa entera se hizo peregrinando a Compostela”.

Durante el Medievo, Santiago de Compostela fue, junto con Roma y Jerusalén, la gran capital de la Cristiandad. Hasta allí peregrinaron reyes como Alfonso II de España, santa Isabel de Hungría, el emperador franco Carlomagno o santos como Francisco de Asís, así como toda una pléyade de humildes peregrinos de todas las razas y condiciones sociales. La ciudad de Santiago de Compostela adquirió pronto una gran relevancia, convirtiéndose en uno de los centros culturales y económicos más importantes de Europa. En el siglo XI se construyó una imponente catedral y tiempo después se fundó una de las universidades de mayor prestigio en el mundo.

A propósito de la Edad Media, creo pertinente hacer una reflexión. La gente ignorante suele considerar a este período histórico como una época oscurantista. El camino de Santiago –y todo lo que trae consigo– es tan sólo uno de los innumerables ejemplos que echan por tierra esta insensata teoría. El hombre medieval exaltaba la fuerza y la virilidad, tenía una vocación al heroísmo fuera de lo común, era honesto, austero, honrado, leal, generoso, con un enorme sentido de la justicia. Y, sobre todo, tenía a Dios como el centro de su existencia. Seguramente por esto, de las pocas personas que hoy reúnen estas cualidades suele decirse que son gente de otros tiempos.

Esta Europa llena de fe y de esperanza, llena de misticismo y valentía, que supo conjugar a la perfección la cruz y la espada, fue la que peregrinó masivamente a Compostela por el camino de Santiago, por el camino de las estrellas, por el camino, en fin, de Europa entera.

Fernando Rodríguez Doval.

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Festividad de Santiago Apóstol

Santo Adalid, Patrón de las Españas,
Amigo del Señor;
Defiende a tus discípulos queridos,
Protege a tu nación.

Las armas victoriosas del cristiano
Venimos a templar
En el sagrado y encendido fuego
De tu devoto altar.
Firme y segura
Como aquella columna
Que te entregó la Madre de Jesús,
Será en España
La santa Fe cristiana,
Bien celestial que nos legaste Tú.
Firme y segura
Como aquella columna
Que te entregó la Madre de Jesús.
Será en España
La santa Fe cristiana,
Bien celestial que nos legaste Tú.
¡Gloria a Santiago,
Patrón insigne!
Gratos, tus hijos,
Hoy te bendicen.
A tus plantas postrados hoy te ofrecemos
La prenda más cordial de nuestro amor.
¡Defiende a tus discípulos queridos!
¡Protege a tu nación!
¡Protege a tu nación!

Santiago Apóstol, patrón de España

Miguel de Cervantes cuenta que Sancho Panza preguntándole a Don Quijote por qué los españoles cuando quieren dar una batalla invocan “Santiago y cierra España”, le responde: “mira, este caballero de la cruz bermeja háselo dado Dios a España por Patrón y amparo suyo”. Francisco de Quevedo escribe al rey Felipe IV: “Dios hizo a Santiago, Patrón de España, que no existía entonces, para que cuando llegue el día pudiera interceder por ella y volverla otra vez a la vida con su doctrina y con su espada”.
En el año 1630, siendo dicho monarca rey de España, el papa Urbano VIII decreta que el Apóstol Santiago, el Mayor, sea considerado solo y único Patrón de la Nación Española. Era hijo de Zebedeo y de su esposa Salomé, y hermano de Juan Evangelista. Nace en Betsaida a orillas del lago de Galilea, en Palestina. Ambos hermanos eran socios de un pequeño negocio de pesca que compartían con Pedro y Andrés, hijos de Jonás. Jesús de Nazaret pasando cierto día a orillas del lago de Galilea estando ellos pescando, les invita a “ser pescadores de hombres”.
Aceptan su invitación y dejando sus redes, le siguen. Viendo Jesús su fortaleza de espíritu les llama “Hijos del Trueno”, y les considera sus amigos, junto con Pedro, por la adhesión y lealtad que muestran hacia su persona. Santiago le acompaña en el milagro de la resurrección de la hija de Jairo, es testigo de su transfiguración en el monte, de su agonía en Getsemaní y confidente de su profecía sobre la destrucción de Jerusalén y sobre la guerra más tarde que sobrevendría. A la pregunta de Jesús, si eran capaces de beber la copa que él beberá, es decir morir por su causa, Santiago y Juan contestan “somos capaces”.
Después de la ascensión de Jesús a los cielos y de la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles en Jerusalén, en el año 30, la “Leyenda Áurea” cuenta que el Apóstol Santiago, hijo de Zebedeo, predicó la palabra evangélica en Judea y en Samaria; y que, posteriormente, vino a predicarla a la Hispania Romana haciendo nueve discípulos, regresando posteriormente a Jerusalén y dejando aquí a dos discípulos para seguir evangelizando a los hispanos.
En torno a viaje a España del apóstol Santiago, el Mayor, hay varias tradiciones orales y leyendas. Una de estas, la más común, afirma que desembarcó en la Bética Romana, siguió caminando por la vía romana que unía la Itálica con Mérida, continúa a Coimbra y Braga y llega a Iria-Flavia, Padrón, en Galicia.
Ordena obispos en Braga, Lugo y Astorga, continúa por la vía romana hacia Zaragoza, en cuya ciudad se le aparece la Virgen Maria, en carne mortal, sobre un pilar a orillas del río Ebro para fortalecerle y animarle en la fe cristiana ante los problemas y dificultades que sufría. Le encarga construir allí un templo en el cual se depositase su imagen. Santiago levanta allí una pequeña capilla con el nombre de Nuestra Señora del Pilar colocando su imagen sobre un pilar. Antes de regresar a Jerusalén, nombra obispo de esta ciudad a su discípulo Atanasio y ordena presbítero a Teodoro.
Regresa a Jerusalén. En el año 44, las autoridades judías desatan una violenta persecución contra la naciente Iglesia Cristiana, durante la cual muere el apóstol Santiago cortándole la cabeza con una espada. Sus discípulos recogen su cadáver y lo embarcan con dirección a la Hispania Romana. La nave desembarca misteriosamente en la costa marítima gallega, donde, entonces, reinaba la reina Lupa.
Informada de ello, la reina manda depositen su cadáver en un carro tirado por una junta de bueyes. Misteriosamente lo llevan a su palacio situado en el monte, llamado Pico Sacro, donde al verlo, se convierte y bautiza. Ordena que su cuerpo sea enterrado donde los bueyes se paren y no puedan tirar más del carro. Cansados se paran definitivamente en el lugar donde actualmente se halla la catedral compostelana. Los nativos excavan una tumba, y allí entierran su cadáver.
A principios del siglo IX, en el año 813, un ermitaño llamado Pelayo vio durante una noche a una estrella que brillaba grandemente sobre una colina rocosa próxima al río Sar. Se lo cuenta a los demás ermitaños y pastores que perciben lo mismo. Se aproximan y oyen una música lejana misteriosa como de ángeles. Se lo comunican a Teodoro, obispo de Iria-Flavia, quien les manifiesta que allí está la mano de Dios.
Visitan dicho lugar, desbrozan la maleza y encuentran una pequeña tumba, donde hallan tres cadáveres que atribuyen al apóstol Santiago y a sus dos discípulos, Teodoro y Atanasio. Llaman a este lugar “Campus Stellae”, (Campo de la Estrella, o Compostela). Comunican dicho hallazgo al rey Alfonso II, el Casto, quien desde Oviedo se traslada a al mismo. El rey manda levantar un pequeño templo de piedra y barro en su honor y un pequeño monasterio de monjes.
El hallazgo de las reliquias del apóstol Santiago produjo una enorme alegría y una gran esperanza en toda Cristiandad infundiendo una gran fuerza y poder a los cristianos contra la invasión islámica. El rey Alfonso II, el Casto, comunica dicha noticia al papa León III y al emperador Carlomagno. Monjes y laicos cristianos vienen a ver su tumba para implorarle protección, amparo y vida. Ello lugar al nacimiento de las peregrinaciones a Compostela y a la figura del peregrino.
Dante, autor de “la Divina Comedia”, en su obra “La Vita Nova”, distingue peregrinos, romeros y palmeros. Llama peregrinos a los que hacen el Camino de Santiago, cuando escribe: “no se entiende por peregrino sino el que va hacia la casa de Santiago o el que vuelve a ella”. La palabra, peregrino es, pues, originaria y propia del Camino de Santiago.
El primer milagro atribuido al apóstol Santiago tuvo lugar, en el año 845, en la famosa batalla de Clavijo, cerca de Nájera. El rey Ramiro I del Reino Hispano Astur, después de consultar con sus asesores, niega el tributo anual de las “cien doncellas”al califa de Córdoba, Abderamán II, que se lo había reclamado, en virtud de lo pactado con su antecesor el rey Mauregato. Ello ocasiona una lucha entre las fuerzas cristianas e islámicas.
El primer día de combate, las fuerzas cristianas pierden la batalla. De noche, el rey Ramiro I sueña que el apóstol Santiago le promete la victoria. Al día siguiente, de muy de mañana, confiado en su palabra, ataca con todas sus fuerzas cristianas a los musulmanes. De repente aparece Santiago, montado en un caballo blanco, llevando una bandera blanca en una mano y una espada centelleante en la otra y combatiendo a los musulmanes a los que derrotan habiendo centenares de muertos y heridos. En recuerdo de esta gesta épica, los reyes de la Reconquista Española establecen el “voto de Santiago” en agradecimiento por esta victoria, que tanto fortalecerá y animará a las tropas cristianas frente a las musulmanas.
El rey Alfonso III, el Magno (866-910), llama su a Reino, “Salus Hispaniae” (Salud de España), en su Historia de los Godos. Convierte a Compostela en el centro espiritual de España, levanta e inaugura la primera catedral con tres naves y tres ábsides, en honor del apóstol Santiago. A su inauguración asiste el conde Hermenegildo, de la familiar real, abuelo de san Rosendo.
El 10 de agosto de 997, el Almanzor llega con su tropa islámica a Compostela para destruirla encontrándola desierta. Sus vecinos y habitantes habían huido a las montañas para refugiarse de su famosa crueldad. Arrasa la ciudad, la catedral y el palacio episcopal. De regreso a Córdoba es derrotado por las fuerzas cristianas en la batalla de Catalañazor. Muere en 1002, en Medinaceli. Sus tropas se dispersan y cae el califato de Córdoba.
El rey de León y Castilla, Alfonso VI (1040-1109), casado en segundas nupcias con Constancia, hija del duque de Borgoña, y el célebre arzobispo Diego Gelmírez son los grandes protectores y benefactores de los monjes benedictinos cluniacenses en España, y los defensores del Papado de Roma y de su liturgia romana. Durante el reinado y pontificado de ambos, los monjes cluniacenses peregrinan a la tumba de Santiago, trazan el Camino francés, levantan un gran número de monasterios a lo largo del mismo, desde san Juan de Peña, en los Pirineos, hasta Compostela, y cubren de obispos las diócesis hispanas.
El Codex Calixtinus o Libro de Santiago, que es una compilación de fuentes diferentes jacobeas cluniacenses hecha por Aymery Picaud sacerdote de Potiers, en el año 1150, manifiesta sobre el apóstol Santiago: “yace allí en Santiago en una arca de mármol, dentro de un sepulcro bellamente abovedado, admirado por su tamaño y por su ejecución; está iluminado como fuese por el cielo, con carbunclos, como fuese la joya de la Nueva Jerusalén, y la atmósfera se mantiene suave; la iluminan velas de cera con un resplandor celestial, y un servicio angélico se cuida de él”.
Consta de cinco libros, el primero se compone de una variedad de poemas e himnos de diversos autores y de una misa con solos de una voz y coro; el segundo comprende unos veinte hechos que tuvieron lugar en tiempos del arzobispo Diego Gelmírez; el tercero relata el viaje del apóstol Santiago desde Jerusalén a Galicia; el cuarto son las crónicas de Turpín, famoso arzobispo de tiempos del emperador Carlomagno; y el quinto es una guía curiosa de peregrinos del Camino francés. En esta época, la peregrinación a Compostela tenía ya un carácter europeo en toda la Cristiandad.
La Orden de Caballeros de Santiago, promovida por el rey de León, Fernando II (1137-1188), fue aprobada por el papa Alejandro III, en 1175, para reconquistar el territorio de España a los musulmanes y para proteger a los peregrinos en sus caminos a Compostela. Su divisa era “rubet ensis sanguine Arabum” (la espada es roja de sangre de árabes). Eran caballeros, mitad soldados y mitad monjes, leones en el combate y corderos en sus conventos.
A finales del siglo XV, dicha Orden poseía más de doscientas encomiendas, prioratos, castillos y pueblos. Era un Estado dentro de los reinos hispánicos, por lo que la reina Isabel de Castilla propuso al capítulo general de la Orden pidiese al Papa que su maestre general fuese su esposo, el rey Fernando II de Aragón. Otorgado este nombramiento, todas sus propiedades pasaron a la Corona real española, en 1493.
Santiago fue el grito de guerra de los españoles en su lucha con los musulmanes en reconquista de España. La conquista de Granada por los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, en 1492, bajo la protección divina del apóstol Santiago, marca el apogeo de su devoción y peregrinación a Compostela.
En este sentido, Miguel de Cervantes escribe: “Don Quijote viendo la imagen del Patrón de las Españas a caballo, la espada ensangrentada, atropellando moros y pisando cabezas, dijo, este sí que es caballero, y de las cuadras de Cristo, este se llamaba don Diego Matamoros, uno de los más valientes santos y caballeros que tuvo el mundo y tiene ahora el cielo”.
En 1501, en agradecimiento, los Reyes Católicos levantan el Hospital Real, en esta ciudad, para peregrinos y enfermos que acudan a visitar la tumba del apóstol Santiago. Actualmente, llamado Hostal de los Reyes Católicos, es uno de los edificios más nobles y hermosos del Renacimiento español. Luis de Molina, canónigo de Mondoñedo lo consideraba en su libro, “Descripción del Reino de Galicia”, de 1675, “la máxima gloria de la Cristiandad”. Muchas ciudades, pueblos y aldeas iberoamericanas llevan el nombre de Santiago, entre ellas, Santiago de Chile y Santiago de Cuba, en recuerdo de su poder y patrocinio.
En la segunda mitad del siglo XVI, se inicia la decadencia de las peregrinaciones a Compostela, debido a los escritos y predicaciones de Erasmo y Lutero contra la devoción de los santos, y a la opinión defendida por el famoso arzobispo de Toledo, García de Loaysa, religioso dominico y asesor del emperador Carlos V, quien negaba la venida del apóstol Santiago a España para defender la primacía de la Iglesia particular de Toledo frente a la de Compostela. En consecuencia, el eminente cardenal Baronio ordenó la omisión de su oficio en el Breviario de san Pío V. Dicha omisión despertó una grande indignación en la Nación Española, interviniendo el rey Felipe II para que se restableciera de nuevo su oficio.
En 1589, la marina inglesa dirigida por almirante inglés Drake desembarca en las costas coruñesas con la finalidad de apoderarse de a Coruña y destruir Santiago, en represalia a la Armada española enviada por el rey Felipe II, en el año anterior, para combatir a los ingleses. Informado de ello el arzobispo de Compostela, Juan de Sanclemente, oculta las reliquias del apóstol Santiago y de sus discípulos Atanasio y Teodoro en una nueva tumba, construida cerca de la primitiva, y la cubre de cemento.
Los ciudadanos coruñeses hacen frente con gran valor y valentía a la invasión de la marina inglesa, en cuya lucha se inmortaliza la heroína coruñesa, María Pita. Después de varios días de asedios y luchas, cuerpo a cuerpo, entre ingleses y coruñeses, con muertes y heridos, los invasores incendian edificios, se repliegan y huyen en barcos hacia Inglaterra.
En 1617, los religiosos carmelitas descalzos promueven un fuerte movimiento nacional español para que santa Teresa de Jesús fuese declarada copatrona de España por el Papa, propuesta que fue aceptada por el rey Felipe III y por el Consejo de Castilla, pero que fracasa ante la opinión adversa de la sociedad española al considerar que el patrón de España es solo el apóstol Santiago.
El año 1879, el arzobispo de Santiago, cardenal Miguel Paya y Rico, ordena buscar las reliquias del apóstol Santiago y las de sus dos discípulos, en cuya búsqueda colabora el sabio canónigo historiador y arqueólogo Antonio López Ferreiro, encontrándolas en mismo lugar donde las había depositado el arzobispo Sanclemente. Informan a la Santa Sede de su hallazgo. El papa León XIII las declara auténticas por la carta “Deus Omnipotens”, del 2 de noviembre de 1884. En ello da lugar al renacer de las peregrinaciones a la tumba de Santiago y de los caminantes a Compostela, siendo cada año mayor su número.
El Año Santo Jacobeo es todo un acontecimiento de multitud de gentes y actos. Tiene lugar cuando el 25 de julio, fiesta del Apóstol Santiago, cae un domingo. La puerta santa, flanqueada en su frontispicio por las imágenes de peregrino del apóstol Santiago y de sus discípulos, Anastasio y Teodoro, es abierta, el 31 de diciembre del año anterior, para que los peregrinos y caminantes entren a ver su tumba, le pidan sus gracias, cumplan sus promesas y ganen las indulgencias.
El 24 de julio de año 1940, víspera de la fiesta del apóstol Santiago, el papa Pío XII, de feliz memoria, pronunciaba el siguiente discurso: “después del Tabernáculo, donde nuestro señor Jesucristo se halla verdaderamente presente, aunque invisible, después de Palestina que conserva con el santo Sepulcro los restos de su estancia en la tierra, después de Roma que conserva las tumbas de los gloriosos apóstoles, Pedro y Pablo, quizá no haya otro lugar en donde se haya congregado a lo largo de los siglos un número de devotos tan grande como la capital histórica de Galicia, Santiago de Compostela, lugar, en que de acuerdo con la tradición antigua, yacen las reliquias del apóstol Santiago”.
Está en la memoria de todos nosotros, las IV Jornadas Mundiales de la Juventud, celebradas en Santiago de Compostela, en agosto del año 1989, a las que acudieron el papa Juan Pablo II, decenas de cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos y una gran multitud de miles de jóvenes de ambos sexos de todas las naciones. Fue una “xuntanza” de amor y todo un acontecimiento emocionante, tanto en la catedral y explanada del Obradoiro como en el monte del Gozo, al ver a tanta y tanta juventud entusiasta.
Ciertamente, la tumba del apóstol Santiago, el Mayor, en el marco de su bellísima catedral románica con su cripta, pórtico de la gloria y fachada del Obradoiro, constituye una verdadera fascinación religiosa-cultural española y universal, que motiva un gran peregrinaje mítico y encantador de peregrinos y caminantes hacia otro mundo en busca de una nueva vida, espiritual y misteriosa, en ruta hacia el Oeste siguiendo la Vía Láctea.
Actualmente, es un hecho antropológico y misterioso ver caminar todos los días del año a personas de todas las edades, condiciones, nacionalidades y confesiones por los históricos caminos llenos de encanto y de arte hacia Compostela, sobre todo, por el camino francés, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO e Itinerario de Interés Cultural Europeo, para encontrar salud, paz, amor y fe ante la tumba del Apóstol Santiago, en la basílica de la bellísima catedral románica del siglo XII, donde se halla representado como apóstol, peregrino y matamoros en artísticas y preciosas tallas.

José Barros Guede