¿Por qué rezar el Ave María?

Autor: Carta del Cardenal Norberto Rivera | Fuente: Catholic.net

El Avemaría es seguramente una de las primeras oraciones que aprendimos cuando éramos niños. Es una oración sencilla, un diálogo muy sincero nacido del corazón, un saludo cariñoso a nuestra Madre del Cielo.

Recoge las mismas palabras del saludo del ángel en la Anunciación (Lucas 1, 28) y del saludo de Isabel (Lucas 1, 42), y después añade nuestra petición de intercesión confiada a su corazón amantísimo. En el sigo XVI se añadió la frase final: “ahora y en la hora de nuestra muerte”. Todo ello forma una riquísima oración llena de significado.

El Avemaría es una oración vocal, es decir, que se hace repitiendo palabras, recitando fórmulas, pero no por esto es menos intensa, menos personal.

Podemos decir que el Avemaría y el Rosario son las dos grandes expresiones de la devoción cristiana a la Santísima Virgen. Pero la devoción no se queda sólo ahí.

En el Avemaría, descubrimos dos actitudes de la oración de la Iglesia centradas en la persona de Cristo y apoyadas en la singular cooperación de María a la acción del Espíritu Santo (Cf Catecismo de la Iglesia Católica 2675).

La primera actitud es la de unirse al agradecimiento de la Santísima Virgen por los beneficios recibidos de Dios (“llena eres de gracia”, “el Señor es contigo”, “bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús”) y la segunda es el confiar a María Santísima nuestra oración uniéndola a la suya (“ruega por nosotros, pecadores”).

Para explicar esta oración es muy útil seguir los números 2676 y 2677 del Catecismo de la Iglesia Católica.

1. En la primera parte de la oración se recoge el saludo del ángel, del enviado del Señor. Es una alabanza en la que usamos las mismas palabras del embajador de Dios. Es Dios mismo quien, por mediación de su ángel, saluda a María. Nuestra oración se atreve a recoger el saludo a María con la mirada que Dios ha puesto sobre su humilde esclava y a alegrarnos con el gozo que Dios encuentra en ella.

“Llena eres de gracia, el Señor es contigo”:

Las dos palabras del saludo del ángel se aclaran mutuamente. María es la llena de gracia porque el Señor está con ella. La gracia de la que está colmada es la presencia de Aquél que es la fuente de toda gracia.

María, en quien va a habitar el Señor, es en persona la hija de Sión, el Arca de la Alianza, el lugar donde reside la Gloria del Señor: ella es “la morada de Dios entre los hombres” (Apocalipsis 21, 3). “Llena de gracia”, se ha dado toda al que viene a habitar en ella y al que ella entregará al mundo.

2. A continuación, en el Avemaría se añade el saludo de Santa Isabel: “Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús”. Isabel dice estas palabras llena del Espíritu Santo (Cf Lucas 1, 41), y así se convierte en la primera persona dentro de la larga serie de las generaciones que llaman y llamarán bienaventurada a María (Cf Lucas 1, 48): “Bienaventurada la que ha creído…” (Lucas 1, 45); María es “bendita entre todas las mujeres” porque ha creído en el cumplimiento de la palabra del Señor.

Abraham, por su fe, se convirtió en bendición para todas las “naciones de la tierra” (Génesis 12, 3). Por su fe, María vino a ser la madre de los creyentes, gracias a la cual todas las naciones de la tierra reciben a Aquél que es la bendición misma de Dios: “Jesús el fruto bendito de tu vientre”.

El Papa Juan Pablo II nos explica muy bien el contenido de este saludo de Isabel a su prima en el número 12 de la Carta Encíclica Redemptoris Mater:

3. Después, el Avemaría continúa con nuestra petición: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros…” Con Isabel, nos maravillamos y decimos: “¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?” (Lucas 1 ,43).

María nos entrega a Jesús, su Hijo, que muere por nosotros y por nuestra salvación en la cruz y, desde esa misma cruz, Jesucristo nos da a María como Madre nuestra (Cf Juan 19, 26-28); María es madre de Dios y madre nuestra, y por eso podemos confiarle todos nuestros cuidados y nuestras peticiones, porque sabemos que Dios no le va a negar nada (Cf Juan 2, 3-5) y al mismo tiempo confiamos en que tampoco nos lo va a negar a nosotros si es para nuestro bien.

María Santísima reza por nosotros como ella oró por sí misma: “Hágase en mí según tu palabra” (Lucas 1,38). Confiándonos a su oración, nos abandonamos con ella en la voluntad de Dios: “Haced lo que Él os diga” (Cf Juan 2, 5).

“Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”. Pidiendo a María que ruegue por nosotros, nos reconocemos pecadores y nos dirigimos a la “Madre de la Misericordia”, a la Toda Santa.

Nos ponemos en sus manos “ahora”, en el hoy de nuestras vidas. Y nuestra confianza se ensancha para entregarle desde ahora, “la hora de nuestra muerte”. Que esté presente en esa hora, como estuvo en la muerte de su Hijo al pie de la cruz y que en la hora de nuestro tránsito nos acoja como madre nuestra para conducirnos a su Hijo Jesús, al Paraíso, a nuestra felicidad eterna en el pleno y eterno amor de Dios.

SAN GREGORIO VII. PAPA.

AMOR DE LA VERDAD

25 de mayo San Gregorio VII , Papa. 1085. 

Papas: Alejandro  II (préd.) Victor III(succes.). Felipe I  Rey de Francia: Emperador de Alemania Enrique IV .
“Libraos de toda prevaricación, y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo.” Super Ez. XVIII, 31
 

“He amado la justicia y odiado la iniquidad. por eso muero en el destierro..” San Gregorio VII.

San Gregorio VII. Detalle. Carlo Saraceni. XVII.

Después de celebrar a lo largo del ciclo de Pascal dos ilustres nombres, Leo el Grande y Pío V, hoy celebramis el l de Gregorio VII. Estos tres nombres marcan la pauta de la acción del Papado en los siglos siguientes.Mantenimiento la doctrina revelada, y la libertad de la Iglesia es la misión divinamente impuestas a los sucesores de Pedro en la Sede Apostólica. San León apoyó con valentía y elocuencia la antigua fe contra los innovadores; San Pío V redujo la invasión de la llamada reforma, y arrancó…

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Festividad de María Auxiliadora

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En el siglo XIX sucedió un hecho bien lastimoso: El emperador Napoleón, llevado por la ambición y el orgullo, se atrevió a encarcelar al Sumo Pontífice, el Papa Pío VII. Varios años llevaba en prisión el Vicario de Cristo y no se veían esperanzas de obtener la libertad, pues el emperador era el más poderoso gobernante de ese entonces. Hasta los reyes temblaban en su presencia, y su ejército era siempre el vencedor en las batallas. El Sumo Pontífice hizo entonces una promesa: “Oh Madre de Dios, si me libras de esta indigna prisión, te honraré decretándote una nueva fiesta en la Iglesia Católica”.

Y muy pronto vino lo inesperado. Napoleón que había dicho: “Las excomuniones del Papa no son capaces de quitar el fusil de la mano de mis soldados”, vio con desilusión que, en los friísimos campos de Rusia, a donde había ido a batallar, el frío helaba las manos de sus soldados, y el fusil se les iba cayendo, y él que había ido deslumbrante, con su famoso ejército, volvió humillado con unos pocos y maltrechos hombres. Y al volver se encontró con que sus adversarios le habían preparado un fuerte ejército, el cual lo atacó y le proporcionó total derrota. Fue luego expulsado de su país y el que antes se atrevió a aprisionar al Papa, se vio obligado a acabar en triste prisión el resto de su vida. El Papa pudo entonces volver a su sede pontificia y el 24 de mayo de 1814 regresó triunfante a la ciudad de Roma. En memoria de este noble favor de la Virgen María, Pío VII decretó que en adelante cada 24 de mayo se celebrara en Roma la fiesta de María Auxiliadora en acción de gracias a la madre de Dios.

Novena a María Auxiliadora
(Recomendada por San Juan Bosco)

1º Rezar, durante nueve días seguidos, tres Padresnuestros, Avemarías y Glorias con la siguiente jaculatoria: “Sea alabado y reverenciado en todo momento el Santísimo y Divinísimo Sacramento” y luego tres Salves con la jaculatoria: “María Auxilio de los Cristianos, ruega por nosotros”.
2º Recibir los Santos Sacramentos de Confesión y Comunión.
3º Hacer o prometer una limosna en favor de las obras de apostolado de la Iglesia o de las obras salesianas.

San Juan Bosco decía “Tened mucha fe en Jesús Sacramentado y en María Auxiliadora y estad persuadidos de que la Virgen no dejará de cumplir plenamente vuestros deseos, si han de ser para la gloria de Dios y bien de vuestras almas. De lo contrario, os concederá otras gracia iguales o mayores”.

NOVENA DE LA CONFIANZA

Madre mía de mi vida,
auxilio de los cristianos,
la pena que me atormenta,
pongo en tus benditas manos.
(Ave María)

Tú que sabes mis secretos,
pues todos te los confío,
da la paz a los turbados
y alivio al corazón mío.
(Ave María)

Y aunque tu amor no merezco,
nadie recurre a Ti en vano,
pues eres Madre de Dios
y Auxilio de los cristianos.
(Ave María)

Finalmente, se reza la oración de San Bernardo:

Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María! que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorado vuestra asistencia y reclamado vuestro socorro, haya sido abandonado de Vos. Animado con esta confianza, a Vos también acudo, ¡oh Madre, Virgen de las vírgenes! Y aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados, me atrevo a comparecer ante vuestra presencia soberana. No desechéis, ¡oh Madre de Dios!, mis humildes súplicas, antes bien, inclinad a ellas vuestros oídos y dignaos atenderlas favorablemente.

Quince minutos con María Auxiliadora

¡María! ¡María! ¡Dulcísima María, Madre querida y poderosa Auxiliadora mía! Aquí me tienes; tu voz maternal ha dado nuevos bríos a mi alma y anhelosa vengo a tu soberana presencia… Estréchame cariñosa entre tus brazos… deja que yo recline mi cansada frente sobre tu pecho y que deposite en él mis tristes gemidos y amargas cuitas, en íntima confidencia contigo, lejos del ruido y bullicio del mundo, de ese mundo que sólo deja desengaños y pesares.

Mírame compasiva… estoy triste, Madre, bien lo sabes, nada me alegra ni me distrae, me hallo enteramente turbada y llena de temor…
Abrumada bajo el peso de la aflicción, sobrecogida de espanto, busco un hueco para ocultarme, como la tímida paloma perseguida por el cazador… y ese hueco, ese asilo bendito, ese lugar de refugio es, ¡oh Madre Augusta! tu corazón.

A ti me acerco llena de confianza… no me deseches ni me niegues tus piedades. Bien comprendo que no las merezco por mis muchas infidelidades; dignas de tus bondades son las almas santas e inocentes que saben imitarte y a las cuales yo tanto envidio sinceramente, mas Tú eres la esperanza y el consuelo, por eso vengo sin temor.

¡Madre mía! Permite que yo no toque, sino que abra de par en par la puerta de tu corazón tan bueno y entre de lleno en él, pues vengo cansada y sé que Tú no sabes negarte al que afligido viene a postrarse a tus pies.

¡Virgen Madre! Tu trono se levanta precisamente donde hay dolores que calmar, miserias que remediar, lágrimas que enjugar y tristezas que consolar… por eso, levantándome del profundo caos de mis miserias en que me encuentro sumergida imitando al Pródigo del Evangelio, digo también: “Me levantaré e iré a mi dulce Madre y le diré: ¡Madre buena, aquí está tu hija que te busca! perdona si en algo te he sido infiel, soy tu pobre hija que llora, aquí me tienes aunque indigna a tus favores… te pertenezco y no me separaré de Ti, hasta no llevar en mi pecho el suave bálsamo del consuelo y del perdón.

¿Me abandonarás dulce María? ¿No herirán tus oídos mis clamores? ¡Oh, no! tu apacible rostro ensancha mi confianza, tus castos ojos me miran compasivamente disipando las densas nubes de mi espíritu y de mi abatimiento y zozobra desaparecen con tu materna sonrisa.
Si majestuosa empuñas tu cetro en señal de poder, como eres mi Madre, es tan sólo para manifestarme que eres la dispensadora de las gracias y mercedes del cielo para derramarlas con abundancia sobre esta tu pobre hija que sólo desea amarte y agradecerte.

¡Oh sí! Tú eres el Océano, Madre, y yo el imperceptible grano de arena arrojado en él… Tú eres el rocío y yo la pobre flor mustia y marchita que necesita de Ti para volver a la vida. Que nada me distraiga, que nadie me busque… Yo estoy perdida en el mar inmenso de tu bondad, estoy escondida en el seno misterioso de mi bendita Madre.

Reina mía, confiando en tu Auxilio bondadoso y tierno quiero hablarte con la confianza del niño… quiero acariciarte, quiero llorar contigo… traer a mi memoria dulces recuerdos… derramar mi alma en tu presencia para pedirte gracias, arráncame, en una palabra el
corazón para regalártelo en prenda de mi amor.

Escucha pues, tierna María, mi dulce Auxiliadora, una a una todas mis palabras y deja que cual bordo de fuego penetre en tu corazón, porque quiero conmoverte… quiero rendirlo y quiero en fin que tu Jesús, que tan amable abre sus bracitos sonriendo con dulzura, repita en mi favor nuevamente aquella consoladora palabra que alienta al desvalido y hace temblar al demonio: “He aquí a tu Madre, he aquí a tu hija”.

Sí, aquí estoy… aquí está tu pobre hija a quien has amado y amas aún con predilección y que te pertenece por todos títulos… la que descansó en tus brazos antes de reposar en el regazo maternal… la que probó tus caricias mucho antes que los maternos besos… ¿lo recuerdas? Yo dormí en tu seno el dulce sueño de la inocencia, viví tranquila bajo tu manto sin conocer ni sospechar siquiera los escollos de la vida, amándote con ardor y gozando de tus caricias con las que preparaste mi alma y corazón para los rudos ataques de mis enemigos y sinsabores de la vida. Tu mano salvadora no sólo me apartó del abismo en que tantas almas han perecido, sino que me regaló con gracias particularísimas y especiales, dones que reservas tan sólo para tus amados.

Todo… todo lo confieso para mayor gloria tuya y quisiera tener mil lenguas para cantar tus alabanzas, digna y elocuentemente, en fervorosos y tiernos himnos de santa gratitud.

¡Ah cuando me hallo cercada de tinieblas y sombras de muerte, sobrecogida de angustioso quebranto… cuando mi corazón tiembla ante la presencia del dolor, este pensamiento dulcísimo de tus tiernas muestras de predilección viene a ser el rayo luminoso que hace surgir mi frente, dándome alas para remontarme hasta lo infinito… ¡Oh recuerdo consolador! ¡Bendito seas! Eres la escala por la cual subo hasta el trono de la clemencia y del amor santo y verdadero.

Mas ¡ay!… pronto pasaron de aquella alma los días de encanto… con la velocidad del relámpago se disiparon mis goces infantiles y llegó para mí la hora del desamparo… Madre, no puedo soportar su peso… siento quebrantar al mismo tiempo todas mis fuerzas interiores y necesito que tu mano me sostenga para no sucumbir en la lucha… Ansiosa te busco como el pobre náufrago busca su tabla salvadora…

Levanto a Ti mis ojos y mi pesada frente como el marino en busca de la estrella que debe señalarle el puerto. Me siento como abandonada, semejante a una nave sin piloto a merced del oleaje tempestuoso e incesante… ¡Tengo miedo! mucho miedo de perecer, entre las turbias ondas del agitado mar del pecado… Tengo miedo de la justicia divina a quien soy deudora de tantas y tan especialísimas gracias… pero sobre todo tengo miedo… ¡Oh no quisiera ni decirlo… tengo miedo de serte ingrata, abandonándote algún día y olvidando tus ternuras, pagarlas con ingratitud!

¡Jamás lo permitas, Reina mía! Haz que viva siempre unida a Ti, como la débil yedra vive asida fuertemente a la robusta encina defendiéndose del furioso huracán… ¿Qué sería de ésta tu hija, ¡oh Madre!, sin Ti? Mil enemigos me acechan redoblando a cada paso sus infernales astucias… acosada me siento por todas partes y si Tú no me amparas, ¿quién se dolerá de mí? No me alejes, por piedad, sálvame… muestra que eres mi Madre Auxiliadora; olvida por piedad las veces que te he contristado, reduce a polvo mis pecados, lávame con tus lágrimas y límpiame más y más.

Tus brazos son el trono de la misericordia, en ellos descansa tu Jesús… sujétame entre ellos para que no haga uso de la justicia contra mí… dile que acepto el dolor que redime si Tú me lo envías, que venga, si es preciso, el sufrimiento aun cuando mi pobre carne
tiemble ante él, con tal que mi alma se torne blanca como la nieve.

Sí, dile a tu amado hijo que yo quiero desagraviar para alcanzar su clemencia, dile que eche un velo sobre mis faltas y miserias y que olvide para siempre lo mala que he sido… ¡María de mi vida! No resta más que la última etapa… mis ensangrentadas huellas van marcando mis pasos en la senda escabrosa de la vida que está por cortarse… mi cansado corazón late aún, sí, porque Tú les das vida y aliento, pero
derrama las últimas lágrimas que manan de él cual candente lava.

Terminará mi existencia y ¿qué será de mí, si mi Auxiliadora no viene en ese momento terrible? ¿A quién volveré mis ojos si te alejas en ese instante? La gracia que te he pedido y tanto deseo para mi agonía, es grandísima y no la merezco, pero la espero con plena confianza y tu sonrisa me alentará. Estoy segura de que aun cuando el demonio ruja a mi derredor, preparando su último asalto, tu mano maternal me acariciará y con sin par solicitud me prodigará los últimos consuelos en mi despedida de este triste valle de lágrimas.

Esto lo sé cierto, lo siento en mí y no fallará mi esperanza… ni un momento lo dudo. Los ángeles santos, al ver las ternuras de que seré objeto en el terrible trance exclamarán también enternecidos: “Mirad cómo la ama nuestra Reina”. Esta es la gracia de las gracias, mi último anhelo, mi petición suprema. Haz ¡oh Madre mía! que tu dulcísimo nombre, que fue la primera palabra que supieron balbucir mis infantiles labios entre las caricias de mi buena madre, sea también la última expresión que suavice y endulce mi sedienta boca al entregar mi alma. ¡Madre!… que mi tránsito sea el postrer tributo de mi amor hacia Ti… que sea la última nota de mis cantos que tantas veces se elevaron en tu loor y el ósculo moribundo que te envíe sea el preludio de mi eterna e íntima unión con la Majestad divina y contigo, ¡oh mi dulce, mi santa y tierna Madre Auxiliadora…!

¿QUE ES ORAR?

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¿QUE ES ORAR?

 “La oración es una conversación o coloquio con Dios” (San Gregorio Niceno). “La oración es hablar con Dios” (San Juan Crisóstomo). “La oración es la elevación del alma a Dios o la petición de bienes convenientes” (San Juan Damasceno. cfr. CIC #2559). “Oración es tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con Quien sabemos nos ama” (Sta. Teresa de Jesús). Y el Catecismo de la Iglesia Católica da también la definición de Sta. Teresita del Niño Jesús: “Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría” (CIC #2558)
Sin embargo, la oración es mayormente una actividad sobrenatural. No es sólo, ni principalmente obra del hombre: es más obra de Dios, que acción nuestra.

“De cómo Cristo llama a todos a que se nieguen a sí mismos, tomen su cruz y le sigan”

FORO CATÓLICO

“MEDITACIONES ESPIRITUALES”

P. LUIS DE LA PUENTE S.J.

1554-1624 

“De cómo Cristo llama a todos a que se nieguen

a sí mismos, tomen su cruz y le sigan”. 

San Miguel combate y vence a Luzbel.San Miguel combate y vence a Luzbel.

I

“Lucifer, caudillo de los malos”.

Considera a Lucifer sentado en un trono de fuego y humo, con una figura horrible y un rostro espantable, rodeado de innumerables demonios, los cuales se conciertan de hacer guerra a Cristo N. S. y levantar bandera contra la bandera de su Cruz.

Para esto arman lazos de tentaciones a los hombres, induciéndoles a tres vicios que San Juan llama concupiscencia de la carne, codicia de los ojos y soberbia de la vida. Primero los convidan a los regalos de los sentidos, de donde nacen los vicios de gula y sensualidad ; luego a la codicia de hacienda y honra, de donde proceden la avaricia y ambición…

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23 de mayo. Aparición del Apóstol Santiago en la Batalla de Clavijo en 884

FORO CATÓLICO

Procesión con Santiago, El Matamoros, en 1956.Procesión con Santiago, El Matamoros. Procesión del Santo el 23 de mayo de 1956 (cedida por Ascen del Valle) y en la inferior, aspecto actual de la ermita de Santiago en las proximidades del Castillo.

El 23 de mayo se conmemora La Aparición del Apóstol Santiago en la Batalla de Clavijo en el año 884. La tradición llamó a esta advocación Santiago “Matamoros” y fue especialmente difundida por toda la Península a partir del siglo XVI. Santiago Matamoros tuvo fuerte devoción en Ampudia (en tiempos con Hospital propio) y es el titular de  su ermita (antiguamente con rango de parroquia) y en su fiesta de mayo se representaba, por los cofrades, hasta la década de los años 50 del siglo pasado “La Entrada del Moro“, además de ejecutar sus danzas y paloteos.
La imagen era trasladada hasta la Colegiata de San Miguel donde permanecía hasta la festividad del…

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El Rosario de los no nacidos para vencer al aborto

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Reina Celestial, con este rosario atamos a todos los pecadores y todas las naciones a Tu Inmaculado Corazón.”En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

“Padre Celestial, durante este tiempo de crisis mundial, que todas las almas encuentren su paz y seguridad en Tu Divina Voluntad. Da a cada alma la gracia de entender que Tu Voluntad es el Amor Santo en el momento presente.”

“Padre Benevolente, ilumina cada conciencia para que vea los modos en que no está viviendo en Tu Voluntad. Concede al mundo la gracia de cambiar y el tiempo en el cual hacerlo. Amén.”

El Credo;

Un “Padre Nuestro” por las intenciones del Santo Padre;

Tres “Ave María” por las virtudes de la Fe, Esperanza y Caridad;

Un “Gloria” como “Toda la Gloria…”

DESPUÉS DE CADA MISTERIO: El Padre Nuestro … Diez Ave María … Toda
la Gloria … La Jaculatoria de Fátima … y la Jaculatoria de los No nacidos …

Jaculatoria de Fátima:Oh, Jesús mío, perdona nuestros pecados, sálvanos del fuego del infierno, conduce al Cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de Tu Misericordia.

Jaculatoria de los no nacidos¡Jesús, Protege y Salva a los No nacidos!

ORACIONES DESPUÉS DEL ROSARIO

Salve, Reina
¡Dios te salve, Reina y Madre de Misericordia! ¡Vida, dulzura y esperanza nuestra, Dios Te salve!. A Ti llamamos los desterrados hijos de Eva, a Ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. Eah, pues, Señora, Abogada nuestra, vuelve a nosotros esos, Tus Ojos misericordiosos, y, después de este destierro, muéstranos a Jesús, Fruto Bendito de Tu Vientre. Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María.
Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios.
Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo. Amén
Oremos, Oh Dios, cuyo Hijo unigénito, por Su vida, muerte y resurrección ha adquirido para nosotros las
recompensas de la vida eterna. Concédenos que, meditando sobre estos misterios en el Santísimo Rosario de la Bendita Virgen María, imitemos lo que ellos contienen, y obtengamos lo que ellos prometen, por el mismo Cristo, Nuestro Señor. Amén
.
Por las intenciones y bienestar de Nuestro Santo Padre, el Papa Benedicto XVI, rezar las siguientes oraciones:
Padre Nuestro … Ave María … Toda la Gloria …

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu
Santo. Amén