Jueves Eucarístico

Pange, lingua, gloriosi
Córporis mystérium
Sanguinísque pretiósi,
Quem in mundi prétium
Fructus ventris generósi
Rex effúdit géntium.

Nobis datus, nobis natus
Ex intácta Vírgine,
Et in mundo conversátus,
Sparso verbi sémine,
Sui moras incolátus
Miro clausit órdine.

In supremæ nocte coenæ
Recumbens cum frátribus,
Observata lege plene
Cibis in legálibus,
Cibum turbæ duodenæ
Se dat súis mánibus.

Verbum caro, panem verum
Verbo carnem éfficit,
Fitque Sanguis Christi merum,
Et, si sensus déficit,
Ad firmandum cor sincerum
Sola fides súfficit.

Tantum ergo Sacraméntum,
Venerémur cérnui:
Et antíquum documentum
Novo cedat rítui;
Præstet fides suppleméntum
Sénsuum deféctui.

Genitori Genitóque,
Laus et iubilátio;
Salus, honor, virtus quoque,
Sit et benedíctio;
Procedénti ab utróque
Compar sit laudátio.

Amen.

V/. Panem de cælo præstitísti eis.
R/. Omne delectaméntum in se habéntem.

Orémus.
Deus, qui nobis sub sacraménto mirábili, passiónis tuae memóriam reliquisti; tríbue, qaésumus, ita nos córporis et Sánguinis tui sacra mystéria venerári, ut redemptiónis tuae fructum in nobis iúgiter sentiámus:Qui vivis et regnas in saécula saeculórum. R. Amen

Ante la Cruz de Cristo (2) por el Obispo Irurita

 

Jorge López Teulón, http://www.religionenlibertad.com

No podía ser otra la causa y origen primero de la Redención, sino la caridad eterna de Dios, como nos lo ha declarado el mismo Jesucristo (Jn 3,6): “Así amó Dios al mundo, que no paró hasta dar a su Hijo unigénito, a fin de que todos los que creen en él no perezcan, sino que vivan eterna”. Y el Apóstol, en su carta a los de Éfeso: “Dios, que es rico en misericordia, movido del excesivo amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos por el pecado y éramos objetos de su cólera, nos dio vida juntamente en Cristo” (Ef 2,4-5).
Jesucristo, muerto en la Cruz, no es un vencido, una víctima vulgar de los odios humanos, sino una víctima amorosa, que voluntariamente se ofreció por amor a los hombres para salvarlos, como de él dijo el profeta Isaías (53,7): “Fue ofrecido en sacrificio porque él mismo lo quiso; y no abrió su boca para quejarse: conducido será a la muerte sin resistencia suya, como va la oveja al matadero, y guardará silencio sin abrir siquiera su boca delante de sus verdugos, como el corderillo está mudo delante del que le trasquila”.
El Divino Maestro declaró con frase encendida el fin de su misión, diciendo: “Yo he venido a poner fuego en la tierra. Y ¿qué quiero sino que arda?” (Lc 12, 49). Vino Dios al mundo para merecer de nuevo el amor que por tantos títulos le debíamos; pero el amor no se conquista sino con el amor. Por eso, se presentó entre nosotros vestido con el traje de amador, con el traje de nuestra propia mortalidad, semejante a nosotros según la carne; y después de una carrera de suavísimos amores, entretejida de penas, de trabajos, de hambre y de sed, y de persecuciones, destierros y cárceles, soportados por nuestro amor, quiso darnos la última prueba, muriendo en una afrentosa Cruz por amigos y enemigos, y con tanta prontitud de voluntad y con tanto gozo de su amantísimo Corazón, que en el Cantar de los Cantares (3,1), al día de su Pasión y Muerte se llama él de su alegría, en que quedó colmado de júbilo su corazón. Sobre lo cual, el santo Maestro Juan de Ávila, como fuera de sí por el ímpetu de amor agradecido, habla así con Jesús Crucificado:
“¿De qué te alegras entre azotes, y clavos, y deshonras y muerte? ¿Por ventura no te lastiman? Me lastiman, cierto y más a Ti que a ningún otro, pues tu complexión era más delicada. Mas porque te lastiman más nuestras lástimas, quieres Tú sufrir de muy buena gana las tuyas, porque con aquellos dolores quitaban los nuestros”.
“El fuego de amor de Ti, que en nosotros quiere que arda hasta encendernos, abrasarnos y quemarnos en Ti, Tú lo soplas con las mercedes que en tu vida nos hiciste, y lo haces arder en la muerte que por nosotros pasaste. ¿Y quién hubiera que te amara, si Tú no murieras de amor por dar la vida a los que por no amarte están muertos? ¿Quién será leño tan húmedo y tan frío, que, viéndote a Ti árbol verde, del cual quien come vive, ser encendido en la cruz y abrasado con fuego tormentos que te daban, y del amor con que Tú padecías, no se encienda en amarte aún hasta la muerte? ¿Quién será tan porfiado que se defienda de tu porfiada recuesta en que tras nos anduviste desde que naciste del vientre de la Virgen y te tomó en sus manos y brazos, y te reclinó en el pesebre, hasta que las mismas manos y brazos te tomaron cuando te quitaron muerto de la cruz y fuiste encerrado en el santo sepulcro como en otro vientre? Te abrasaste, porque nos quedásemos fríos; lloraste, porque riésemos; padeciste, porque descansásemos; y fuiste bautizado con el derramamiento de tu sangre porque nosotros fuésemos lavados de nuestras maldades; y dices, Señor: “¡Cómo vivo en estrechura hasta que este bautismo se acabe! (Lc 12, 50). Dando a entender cuán encendido deseo tenias de nuestro remedio, aunque sabías que te había de costar la vida… Una hora, Señor, se te hacía mil años para haber de morir por nosotros, teniendo tu vida por bien empleada en ponerla por tus criados… De manera que más amaste que sufriste, y más pudo tu amor que el desamor de los sayones que te atormentaban, y por esto quedó vencedor tu amor, y como llama viva no la pudieron apagar los ríos grandes y muchas pasiones que contra Ti vinieron; por lo cual, aunque los tormentos te daban tristeza y dolor, muy de verdad tu amor se holgaba del bien que de allí nos venía, y por eso se llama día de alegría de tu corazón”.
Hasta aquí el P. Maestro Ávila (Audi Filia, III parte, capítulo 69).
¿Quién había de pensar que en esta porfía amorosa había de poder más la criatura miserable que el Todopoderoso? ¿Que ardiendo el árbol verde, Jesucristo, permaneciera el hombre sin arder, como leño húmedo y frío? Esto es, ¿que amándonos Dios gratuitamente a nosotros, objetos de ira, no amásemos nosotros a Él, infinitamente amable, en cuyo amor, además, está toda nuestra grandeza, todo nuestro descanso y felicidad?
Sin embargo, el suceso ha sido muy diverso; porque mientras los unos, como debía ser, se han rendido al amor de Cristo Crucificado, los otros, en número infinito, se han escandalizado, haciendo de Él objeto de burla y hasta de persecución.
Carta pastoral de Cuaresma ante la Cruz de Cristo, Redentor del Mundo
Siervo de Dios Manuel Irurita Almandoz (1876-1936), Obispo de Barcelona,
mártir de la persecución religiosa, que sufrió el martirio el 3 de diciembre de 1936

Audiencia 22032017: Si experimentas el amor de Dios, transmítelo

“Quien experimenta en la propia vida el amor fiel de Dios y su consuelo, es capaz, es más, tiene el deber de estar cerca de los hermanos más débiles y de hacerse cargo de sus fragilidadesR…

Origen: Audiencia 22032017: Si experimentas el amor de Dios, transmítelo

Ante la Cruz de Cristo (1) por el Obispo Irurita

 

Jorge López Teulón, http://www.religionenlibertad.com

Habiéndose Dios propuesto en su excesiva caridad redimir y salvar al hombre pecador, entre los infinitos medios que para ello se le ofrecieron, escogió el hacerse hombre y morir en una cruz. La Cruz es, pues, el instrumento por el cual Dios-Hombre, Jesucristo, lleva a cabo la grande obra de nuestra Redención, la reconciliación del cielo y la tierra, de Dios y los hombres y de los hombres entre sí, según aquellas palabras de san Pablo: “Plugo al Padre reconciliar por su Hijo todas las cosas consigo, restableciendo la paz entre el cielo y la tierra, por medio de la sangre que derramó en la Cruz” (Col 1,20).
Grandes son los bienes que Jesús nos hizo por el misterio de la Cruz: nos reconcilió con su eterno Padre, ofreciéndose a sí mismo como víctima expiatoria por nuestros pecados; nos abrió las puertas del Cielo, que estaban cerradas por el pecado de nuestros primeros padres; nos mereció la gracia primera, que nos justifica, y las gracias del perdón por los pecados cometidos y de fortaleza para evitar los venideros; quebrantó con el báculo de la Cruz la cabeza de la serpiente antigua, esto es, destruyó la potencia de Satanás, que tenía al mundo sujeto con la cadena de todos los errores y vicios, y nos dio a nosotros ejemplos de virtudes y juntamente incentivos, estímulos y ayudas para practicarlas, con lo cual triunfáramos gloriosamente de ese nuestro mortal enemigo.

Conocida es la definición que de la Cruz nos ha dado el gran Obispo de Hipona, diciendo que es Cathedra docentis, ara sacrificantis, thronus regnantis.
La Cruz es la cátedra donde Jesús nos enseña las grandes verdades sobre Dios y sus infinitas perfecciones, sobre el hombre y sus eternos destinos; nos hace comprender de alguna manera la malicia y los efectos del pecado y la eternidad de las penas con que el Señor lo castiga. En ninguna parte Jesús es más maestro que en la cátedra de la Cruz.
La Cruz es el altar consagrado donde Jesús se sacrifica y muere para destruir el reino del pecado y hacernos honradores de Dios y amadores de toda virtud; para lo cual se nos presenta al mismo tiempo como el cuadro vivo de toda la moral del Evangelio, como el modelo acabado de todas las virtudes, principalmente de humildad, mortificación y pobreza, de piedad hacia los padres, de amor hacia los enemigos, de sumisión completa a la voluntad de Dios aún en medio de las más duras pruebas.
La Cruz es el trono donde Jesús reina, según su profecía: “Y cuando yo seré levantado en alto en la tierra, todo lo atraeré a Mí” (Jn 12,32). En efecto, se ha atraído a toda la humanidad. El Calvario es la cumbre más alta en la historia del mundo; la Cruz triunfante es el punto de demarcación entre la edad pagana y la edad cristiana. Todo converge hacia ella, todo procede de ella… Detrás, el mundo caído que suspira por la venida del Redentor; delante, el mundo redimido que, a su sombra, avanza hacia sus destinos inmortales. La destrucción de los ídolos y su culto, la reformación de la vida humana así individual como social, la muchedumbre de los santos, que luego comenzaron a florecer en la tierra, la constancia y esfuerzo de los mártires, el glorioso número de los pontífices y confesores, los coros y congregaciones de las vírgenes puras, que se multiplicaron por todas partes y cuyas brillantes filas se van acrecentando a través de los siglos, a pesar de la corrupción del mundo, son otros tantos trofeos de la Cruz.
Estos bienes y otros muchos más nos vinieron por el misterio de la Cruz. Porque -como dice Santo Tomás- mientras un corazón devoto filosofare más sobre este misterio, más frutos y conveniencias hallará. Continuemos, pues, filosofando devotamente y busquemos la causa y fuente de tanto bien, el rico filón de oro purísimo.

Carta pastoral de Cuaresma ante la Cruz de Cristo, Redentor del Mundo
Siervo de Dios Manuel Irurita Almandoz (1876-1936), Obispo de Barcelona,
mártir de la persecución religiosa, que sufrió el martirio el 3 de diciembre de 1936

El Papa Francisco recuerda que ‘al confesarse hay que sentir vergüenza de los pecados’

Aciprensa

“El confesionario no es una lavandería para limpiar las manchas de la conciencia. Al confesarse hay que sentir vergüenza de los pecados”, dijo el Papa Francisco en la Misa del martes en la Casa Santa Marta, en el Vaticano.

El perdón “es un misterio difícil de entender”, señaló, y destacó que la vergüenza del pecado y el arrepentimiento del pecador pueden ayudar a ser más receptivo al perdón de Dios.

En este sentido, Francisco defendió que el primer paso para una correcta confesión es la vergüenza del propio pecador:

“Si yo pregunto: ‘Pero, ¿todos vosotros sois pecadores?’. ‘Sí, padre. Todos’. ‘¿Y qué hacéis para obtener el perdón de los pecados?’. ‘Nos confesamos’. ‘¿Y cómo vais a confesaros?’. ‘Voy, digo mis pecados, el sacerdote me perdona, me dice que rece tres Avemarías y después me voy en paz’. ¡Pues entonces no has entendido!”.

Esa actitud, advirtió el Obispo de Roma, entraña una profunda hipocresía, “la hipocresía de robar un perdón, un perdón que es falso”.

El Pontífice insistió en que sin sentir vergüenza, ir al confesionario es como ir a “hacer una operación bancaria, a hacer un trabajo de oficina”. “No te has sentido avergonzado de aquello que has hecho. Has visto alguna mancha en tu conciencia y has creído que el confesionario es una tintorería para limpiar las manchas. Has sido incapaz de sentir vergüenza de tus pecados”.

Además, exhortó a creerse que en la confesión, Dios realmente perdona los pecados, porque “si tú no tienes conciencia de haber sido perdonado, nunca podrás perdonar. Nunca. Siempre existe esa actitud de querer pedir cuentas a los demás”.

“El perdón es total. Pero sólo puede hacerse real si siento mi pecado, si me avergüenzo, si tengo vergüenza y pido perdón a Dios, y me siento perdonado por el Padre. De ese modo puedo perdonar. Si no, no se puede perdonar, somos incapaces de ello. Por eso, el perdón es un misterio”.

El Papa finalizó la homilía pidiendo “la gracia de la vergüenza delante de Dios. ¡Es una gran gracia! Avergonzarnos de nuestros propios pecados y, de esa forma, recibir el perdón y la gracia de la generosidad para dar ese perdón a los demás. Si el Señor me ha perdonado tanto, ¿quién soy yo para no perdonar?”.