ORACIÓN POR LOS SACERDOTES QUE ESTÁN EN EL PURGATORIO

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ORACIÓN POR LOS SACERDOTES QUE ESTÁN EN EL PURGATORIO

Querido Jesús, con Tu Infinita Misericordia, mitiga los sufrimientos de todos Tus sacerdotes que están en la prisión del Purgatorio.  Alivia el dolor de los sacerdotes que fueron infieles a su vocación;  de los sacerdotes que perdieron la fe en Tu Presencia Real en la Santa Eucaristía;  de los sacerdotes que no alentaron la devoción a la Eucaristía ni la Confesión frecuente.

Con tu Amor Divino, apaga las llamas que rodean a los sacerdotes que lo fueron sólo para servirse a sí mismos y no a Ti, Jesús;  a los sacerdotes que adoraron el poder y el control y que se opusieron a la verdad.

Libera del Purgatorio a todos los sacerdotes que están más cerca de la puerta del Cielo.  Amén.

“Hija Mía, aquí está la oración que te prometí para que se rece por los sacerdotes que están en el Purgatorio.”  (Nuestra Señora, 11 de Noviembre del 2009)

AMOR SANTO. COM

 

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ADELANTE LA FE: Una devoción tan simple como poderosa: Las 3 Avemarías

Una de las prácticas de devoción más sencillas a la vez que importantes para honrar a nuestra Madre del Cielo, la Santísima Virgen, es el rezo diario de 3 Avemarías.

Se trata de una sencilla práctica que conmemora el Poder ,la Sabiduría y el Amor que le fueron comunicados por la Augusta Trinidad. La propia Virgen ha prometido la Salvación a quienes practiquen esta devoción, que la Iglesia ha reconocido siempre y ha sido también recomendada por grandes santos.

A quien las haya rezado,” A la hora de su muerte me mostraré a él con el brillo de una belleza tan grande, que mi vista le consolará y le comunicará las alegrías celestiales”, reveló la Santísima Virgen a Santa Gertrudis. No olvidemos que San Alfonso María de Ligorio ,Doctor de la Iglesia recomendó este rezo  y dijo que ”María no solo socorre a sus devotos en la hora crítica de la muerte, sino que además viene en su busca en ese tránsito a la otra vida, para animarlos y acompañarlos a la presencia de su Divino Hijo ,ante el cual Ella será su abogada”

San Andrés Cretense recomendó también esta devoción diciendo “ María es tan generosa y magnífica que premiará con grandes  favores los más pequeños  servicios, homenajes  y  muestras de afecto que le hayamos ofrecido” .También San Leonardo de Porto Mauricio ,gran predicador y devoto mariano recomendó encarecidamente esta práctica.

La Santísima Virgen reveló también a Santa Matilde la importancia de rezar las 3 Avemarías prométiendole a ella y a todos los que las rezaran, su asistencia en la hora de la muerte y una especial protección durante la vida.  La Santísima Virgen, por supuesto, no miente nunca. La forma más correcta de hacerlo, como  reveló la Virgen a Santa Matilde es diciendo.” Por el Poder que te concedió el Padre Eterno”, ”Por la Sabiduría que te concedió el  Hijo”,  Por el Amor que te concedió el Espíritu Santo”, respectivamenteantes de cada una de las 3 Avemarías. Se puede añadir:” María, líbrame de caer en pecado mortal”

Rezarlas antes de costarnos mientras hacemos un breve repaso de nuestras obras del día ,ofreciéndoselas a María, sería una forma muy útil de practicar esta sencilla devoción. Por supuesto, es necesario tener recta intención y un sincero propósito de enmienda pero si es así , a pesar de que recaigamos en el pecado muchas veces, la Santísima Virgen nos guiará poco a poco hacia Nuestro Señor y se encargará de que sus devotos mueran en Gracia. Y una de las mejores formas de mostrarle devoción es con esta sencilla práctica piadosa de las 3 Avemarías

Las historias de conversión y de muertes edificantes de personas que habían sido grandes pecadoras, gracias a esta devoción, son muchas. Como reveló María a San Bernardo:” Después de Madre de Dios , de nada me glorio tanto como de ser llamada Abogada de los pecadores”

Por eso ,el propio San Bernardo recomendó que “veneremos a  María con todos los afectos del corazón y con todos los sentimientos del alma porque la voluntad del Señor es que todo lo recibamos a través de María”

Rafael María Molina

Jueves SACERDOTAL:¿Por qué no ser sacerdote? Why Not Priest?

¿Has pensado sobre tu vocación y lo que quieres hacer con tu vida?

Jueves Eucarístico

Pange, lingua, gloriosi
Córporis mystérium
Sanguinísque pretiósi,
Quem in mundi prétium
Fructus ventris generósi
Rex effúdit géntium.

Nobis datus, nobis natus
Ex intácta Vírgine,
Et in mundo conversátus,
Sparso verbi sémine,
Sui moras incolátus
Miro clausit órdine.

In supremæ nocte coenæ
Recumbens cum frátribus,
Observata lege plene
Cibis in legálibus,
Cibum turbæ duodenæ
Se dat súis mánibus.

Verbum caro, panem verum
Verbo carnem éfficit,
Fitque Sanguis Christi merum,
Et, si sensus déficit,
Ad firmandum cor sincerum
Sola fides súfficit.

Tantum ergo Sacraméntum,
Venerémur cérnui:
Et antíquum documentum
Novo cedat rítui;
Præstet fides suppleméntum
Sénsuum deféctui.

Genitori Genitóque,
Laus et iubilátio;
Salus, honor, virtus quoque,
Sit et benedíctio;
Procedénti ab utróque
Compar sit laudátio.

Amen.

V/. Panem de cælo præstitísti eis.
R/. Omne delectaméntum in se habéntem.

Orémus.
Deus, qui nobis sub sacraménto mirábili, passiónis tuae memóriam reliquisti; tríbue, qaésumus, ita nos córporis et Sánguinis tui sacra mystéria venerári, ut redemptiónis tuae fructum in nobis iúgiter sentiámus:Qui vivis et regnas in saécula saeculórum. R. Amen

EL AMOR DE DIOS por San Alfonso Mª de Ligorio

Pues amemos nosotros a Dios,
porque Dios nos amó primero

(1 Jn. 4, 19)

PUNTO 1

Considera, ante todo, que Dios merece tu amor, porque Él te amó antes que tú le amases, y es el primero de cuantos te han amado (Jer. 31, 3). Los que primeramente te amaron en este mundo fueron tus padres, pero no sintieron ni pudieron tenerte amor sino después de haberte conocido.

Mas antes que tuvieras el ser, Dios te amaba ya. No habían nacido ni tu padre ni tu madre, y Dios te amaba. ¿Y cuánto tiempo antes de crear el mundo comenzó Dios a amarte?… ¿Quizá mil años, mil siglos antes?… No contemos años ni siglos. Dios te amó desde la eternidad (Jeremías 31, 3).

En suma: desde que Dios fue Dios, te ha amado siempre; desde que se amó a Sí mismo, te amó también a ti. Con razón decía la virgen Santa Inés: “Otro amante me cautivó primero”. Cuando el mundo y las criaturas la requerían de amor, ella respondía: No, no puedo amaros. Mi Dios es el primero que me amó, y es justo que a Él sólo consagre mis amores.

De suerte, hermano mío, que eternamente te ha amado tu Dios; y sólo por amor te escogió entre tantos hombres como podía crear, y te dio el ser y te puso en el mundo, y además formó innumerables y hermosas criaturas que te sirviesen y te recordasen ese amor que Él te profesa y el que tú le debes. “El Cielo, la tierra y todas las criaturas –decía San Agustín– me invitan a que te ame”. Cuando el Santo contemplaba el sol, la luna, las estrellas, los montes y ríos, parecíale que todos le hablaban, diciéndole: Ama a Dios, que nos creó para ti a fin de que le amases.

El Padre Rancé, fundador de los Trapenses, no veía los campos, fuentes y mares sin recordar por medio de esas cosas creadas el amor que Dios le tenía. También Santa Teresa dice que las criaturas le reprochaban la ingratitud para con Dios.

Y Santa Magdalena María de Pazzi, no bien contemplaba la hermosura de alguna flor o fruto, sentía el corazón traspasado con las flechas del amor de Dios, y exclamaba: “¡Desde la eternidad ha pensado el Señor en crear estas flores a fin de que yo le ame!”.

Considera, además, con qué singular amor hizo Dios que nacieses en pueblo cristiano y en el gremio de la Santa Iglesia. ¡Cuántos nacen entre idólatras, judíos, mahometanos o herejes, y por ello se pierden!… Pocos son los hombres que tienen la dicha de nacer donde reina la verdadera fe, y el Señor te puso entre ellos.

¡Oh, cuán alto don el de la fe! ¡Cuántos millones de almas no disfrutan de sacramentos, ni sermones, ni ejemplos de hombres santos, ni de los demás medios de salvación que la Iglesia nos proporciona!

Y Dios quiso concederte todos esos grandes auxilios sin mérito alguno de tu parte; antes, previendo tus deméritos. Al pensar en crearte y darte esas gracias, ya preveía las ofensas que habías de hacerle.


PUNTO 2

Y no solamente nos dio el Señor tantas hermosas criaturas, sino que no vio satisfecho su amor hasta que se nos dio y entregó Él mismo (Ga. 2, 20). El maldito pecado nos había hecho perder la divina gracia y la gloria, haciéndonos esclavos del infierno. Pero el Hijo de Dios, con asombro del Cielo y de la tierra, quiso venir a este mundo y hacerse hombre para redimirnos de la muerte eterna y conquistarnos la gracia y la perdida gloria.

Maravilla sería que un poderoso monarca quisiera convertirse en gusano por amor de estos míseros seres. Pues infinitamente más debe maravillarnos al ver a Dios hecho hombre por amor a los hombres. “Se anonadó a Sí mismo tomando forma de siervo…, y reducido a la condición de hombre…” (Fil. 2, 7). ¡Dios en carne mortal! Y el Verbo se hizo carne… (Jn. 1, 14). Pero el asombro y pasmo se aumentan al considerar lo que después hizo y padeció por amor nuestro el Hijo de Dios.

Bastaba para redimirnos una sola gota de su preciosísima Sangre, una lágrima suya, una sola oración, porque esta oración de persona divina tenía infinito valor y era suficiente para rescatar el mundo, e infinitos mundos que hubiese. Mas, dice San Juan Crisóstomo, lo que bastaba para redimirnos no era bastante para satisfacer el amor inmenso que Dios nos tenía. No quiso únicamente salvarnos, sino que le amásemos mucho, porque Él mucho nos amó, y para lograrlo escogió vida de trabajos y de afrentas y muerte amarguísima entre todas las muertes, a fin de que conociésemos su infinito y ardentísimo amor para con nosotros. “Se humilló a Sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2, 8).

¡Oh exceso de amor divino, que ni los ángeles ni los hombres llegarán nunca a comprender! Exceso le llamaron en el Tabor Moisés y Elías, refiriéndose a la Pasión de Cristo (Le. 9, 31). “Exceso de dolor, exceso de amor”, dice San Buenaventura.

Si el Redentor no hubiera sido Dios, sino un deudo o amigo nuestro, ¿qué mayor prueba de afecto podría habernos dado que la de morir por nosotros? “Que nadie tiene más grande amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn. 15, 13). Si Jesucristo hubiese tenido que salvar a su mismo Padre, ¿qué más pudiera haber hecho por amor a Él? Si tú, hermano mío, hubieses sido Dios y creador de Cristo, ¿qué otra cosa hiciera por ti sino sacrificar su vida en un mar de afrentas y dolores? Si el hombre más vil de la tierra hubiese hecho por ti lo que hizo el Redentor, ¿podrías vivir sin amarle?

¿Creéis en la Encarnación y muerte de Jesucristo?… ¿Lo creéis y no le amáis? ¿Y podéis siquiera pensar en amar otras cosas, fuera de Cristo? ¿Acaso dudáis que os ama?… ¡Pues si Él vino al mundo, dice San Agustín, para padecer y morir por vosotros, a fin de patentizaros el amor que os tiene!

Tal vez antes de la Encarnación del Verbo pudiera dudar el hombre de que Dios le amase tiernamente; pero después de la Encarnación y muerte de Jesucristo, ¿cómo puede ni dudar de ello? ¿Con qué prueba más clara y tierna podía demostrarnos su amor que con sacrificar por nosotros su vida?… Habituados estamos a oír hablar de creación y redención, de un Dios que nace en un pesebre y muere en una cruz… ¡Oh santa fe, ilumina nuestras almas!

PUNTO 3

Se aumentará en nosotros la admiración si consideramos el deseo vehementísimo que tuvo nuestro Señor Jesucristo de padecer y morir por nuestro bien. “Bautizado he de ser con el bautismo de mi propia sangre, y muero de deseo porque llegue pronto la hora de mi Pasión y muerte, a fin de que el hombre conozca el amor que le tengo”. Así decía el Hijo de Dios en su vida terrena (Lc. 12, 50). Por eso mismo exclamaba en la noche que precedió a su dolorosa Pasión (Lc. 22, 15): Ardientemente he deseado celebrar esta Pascua con vosotros. Diríase que nuestro Dios no puede saciarse de amor a los hombres, escribe San Basilio de Seleucia (c. 419).

¡Ah Jesús mío! ¡Los hombres no os aman porque no ponderan el amor que les profesáis! ¡Oh Señor!, el alma que piensa en un Dios muerto por su amor, y que tanto deseó morir para demostrarle la grandeza del afecto que le tenía, ¿cómo es posible que viva sin amarle?…

San Pablo dice (2 Co. 5, 14) que no tanto lo que hizo y padeció Jesucristo como el amor que nos demostró al padecer por nosotros, nos obliga y casi nos fuerza a que le amemos. Considerando este alto misterio, San Lorenzo Justiniano exclamaba: Hemos visto a un Dios enloquecido de amor por nosotros. Y, en verdad, si la fe no lo afirmase, ¿quién pudiera creer que el Creador quiso morir por sus criaturas?…

Santa Magdalena de Pazzi, en un éxtasis que tuvo llevando en sus manos un Crucifijo, llamaba a Jesús loco de amor. Y lo mismo decían los gentiles cuando se les predicaba la muerte de Cristo, que les parecía increíble locura, según testimonio del Apóstol (1 Co. 1, 23): “Predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles”.

¿Cómo, decían, un Dios felicísimo en Sí mismo, y que de nadie necesita, pudo venir al mundo, hacerse hombre y morir por amor a los hombres, criaturas suyas? Creer eso equivale a creer que Dios enloqueció de amor… Y con todo, es de fe que Jesucristo, verdadero Hijo de Dios, se entregó a la muerte por amor a nosotros. “Nos amó y se entregó Él mismo por nosotros” (Ef. 5, 2).

¿Y para qué lo hizo así? Hízolo a fin de que no viviésemos para el mundo, sino para aquel Señor que por nosotros quiso morir (2 Co. 5, 15) Hízolo para que el amor que nos mostró ganase todos los afectos de nuestros corazones; así, los Santos, al considerar la muerte de Cristo, tuvieron en poco el dar la vida y darlo todo por amor de su amantísimo Jesús.

¡Cuántos ilustres varones, cuántos príncipes abandonaron riquezas, familia, patria y reinos para refugiarse en los claustros y vivir en el amor de Cristo! ¡Cuántos mártires le sacrificaron la vida! ¡Cuántas vírgenes, renunciando a las bodas de este mundo, corrieron gozosas a la muerte para recompensar como les era dado el afecto de un Dios que murió por amarlas!…

Y tú, hermano mío, ¿qué has hecho hasta ahora por amor a Cristo?… Así como el Señor murió por los Santos, por San Lorenzo, Santa Lucía, Santa Inés…, también murió por ti… ¿Qué piensas hacer, siquiera en el resto de tus días que Dios te concede para que le ames? Mira a menudo y contempla la imagen de Jesús crucificado; recuerda lo mucho que Él te amó, y di en tu interior: “Dios mío, ¿con que Vos habéis muerto por mí?” Haz siquiera esto; hazlo con frecuencia, y así te sentirás dulcemente movido a amar a Dios, que te ama tanto.

Festividad de San Juan de la Cruz

Ávila y concretamente Fontiveros fue su patria chica. Luego lo será Castilla y de modo principal Andalucía la tierra de sus amores.

Se llamó Juan Yepes. Nació en 1542 del matrimonio que formaban Gonzalo y Catalina; eran pañeros y vivían pobres. Su padre muere pronto y la viuda se ve obligada a grandes esfuerzos para sacar adelante a sus tres hijos: Francisco, Luis y Juan. Fue inevitable el éxodo cuando se vio que no llegaba la esperada ayuda de los parientes toledanos; Catalina y sus tres hijos marcharon primero a Arévalo y luego a Medina del Campo que es el centro comercial de Castilla. Allí malviven con muchos problemas económicos, arrimando todos el hombro; pero a Juan no le van las manualidades y muestra afición al estudio.

Entra en el Colegio de la Doctrina, siendo acólito de las Agustinas de la Magdalena, donde le conoció don Alonso Álvarez de Toledo quien lo colocó en el hospital de la Concepción y le costea los estudios para sacerdote. Los jesuitas fundan en 1551 su colegio y allí estudió Humanidades. Se distinguió como un discípulo agudo.

Juan eligió la Orden del Carmen; tomó su hábito en 1563 y desde entonces se llamó Juan de Santo Matía; estudia Artes y Teología en la universidad de Salamanca como alumno del colegio que su Orden tiene en la ciudad. El esplendor del claustro es notorio: Mancio, Guevara, Gallo, Luis de León enseñan en ese momento.

En 1567 lo ordenaron sacerdote. Entonces tiene lugar el encuentro fortuito con la madre Teresa en las casas de Blas Medina. Ella ha venido a fundar su segundo “palomarcico”, como le gustaba de llamar a sus conventos carmelitas reformados; trae también con ella facultades del General para fundar dos monasterios de frailes reformados y llegó a convencer a Juan para unirlo a la reforma que intentaba salvar el espíritu del Carmelo amenazado por los hombres y por los tiempos. Llegó a exclamar con gozo Teresa ante sus monjas que para empezar la reforma de los frailes ya contaba con “fraile y medio” haciendo con gracia referencia a la corta estatura de Juan; el otro fraile, o fraile entero, era el prior de los carmelitas de Medina, fray Antonio de Heredia.

Inicia su vida de carmelita descalzo en Duruelo y ahora cambia de nombre, adoptando el de Juan de la Cruz. Pasa año y medio de austeridad, alegría, oración y silencio en casa pobre entre las encinas. Luego, la expansión es inevitable; reclaman su presencia en Mancera, Pastrana y el colegio de estudios de Alcalá; ha comenzado la siembra del espíritu carmelitano.

La monja Teresa quiere y busca confesores doctos para sus monjas; ahora dispone de confesores descalzos que entienden -porque lo viven- el mismo espíritu. Por cinco años es Juan el confesor del convento de la Encarnación de Ávila. La confianza que la reformadora tiene en el reformador -aunque posiblemente no llegó a conocer toda la hondura de su alma- se verá de manifiesto en las expresiones que emplea para referirse a él; le llamará “senequita” para referirse a su ciencia, “santico de fray Juan” al hablar de su santidad, previendo que “sus huesecicos harán milagros”.

No podía faltar la cruz; llegó del costado que menos cabía esperarla. Fueron los hermanos calzados los que lo tomaron preso, lo llevan preso a Toledo donde vivió nueve meses de durísima prisión. Es la hora de Getsemaní, la noche del alma, un periodo de madurez espiritual del hombre de Dios expresado en sus poemas. Logra escapar en 1578 del encierro de forma dramática, poniendo audacia y ganando confianza en Dios, con una cuerdecilla hecha con pedazos de su hábito y saliendo por el tragaluz.

En los oficios de dirección siempre aparece Juan de la Cruz como un segundón; serán los padres Gracián y Doria quienes se encarguen de la organización, Juan llevará la doctrina y cuidará del espíritu.

Se le ve presente en la serranía de Jaén, confesor de las monjas en Beas de Segura, donde se encuentra la religiosa Ana de Jesús. Después en Baeza; funda el colegio para la formación intelectual de sus frailes junto a la principal universidad andaluza. Y en Granada, en el convento de los Mártires, continuará su trabajo de escritor. En 1586 funda los descalzos de Córdoba, como los de Mancha Real.

Consiliario del padre Doria, en Segovia, por tres años. ¡Cómo no recordar su deseo-exponente de amor rendido- ante la contemplación de un Cristo doliente! “Padecer, Señor, y ser menospreciado por Vos”.

En 1591 la presencia de fray Juan de la Cruz empieza a ser non grata ante el padre Doria. La realidad es que está quedando arrinconado y hasta llega a tramarse su expulsión del Carmelo.

Marcha a la serranía de Jaén, en la Peñuela, para no estorbar y se plantea la posibilidad de marchar a las Indias; allí estará más lejos. Es otro tiempo de oración solitaria y sabrosa. La reforma carmelitana vive agitada por el modo de proceder de Doria; a Juan le toca orar, sufrir y callar. Quizá tenga Dios otros planes sobre él y está preparándolo para una etapa mejor.

Aquella inapetencia tan grande provocada por las calenturas persistentes provocó un mimo de Dios haciendo que aparecieran espárragos cuando no era su tiempo para calmar el antojadizo deseo de aquel fraile que iba de camino, sin fuerzas y medio muerto de cansancio, buscando un médico.

Pasó dos meses en Úbeda. No acertó el galeno. Se presentó la erisipela en una pierna; luego vino la septicemia. Y en medio andaban los frailes con frialdad y era notoria la falta de consideración por parte del superior de la casa. Hasta que llegó el 13 de diciembre, cuando era de noche, que marchó al cielo desde el “estercolero del desprecio”. Llovía.

Al final de este resumen-recuerdo de un fraile místico que supo y quiso aprovechar el mal para sacar bien, el desprecio de los hombres para hacerse más apreciado de Dios, y el mismo lenguaje para expresar lo inefable de la misteriosa intimidad con Dios con lírica palabra estremecida, pienso que será buen momento para hacer mención de algunas de las obras que le han hecho figura de la cultura hispana del siglo XVI. Subida al Monte Carmelo y Noche oscura del alma que bien pueden considerarse tanto una obra como dos; el Cántico espiritual, Llama de amor viva y algunos poemas y avisos.

Lo canonizaron en 1726. Pío XI lo hizo doctor de la Iglesia en 1926. Su gran conocedor y admirador Juan Pablo II, lo nombró patrono de los poetas

Un fraile de cuerpo entero.

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Por qué las Pruebas en la Tierra Disminuyen el Tiempo de Purgatorio

Debemos dar gracias a Dios por todo en la vida. 

Le debemos las gracias por los momentos fáciles.

Y agradecerle también por las pruebas, que son su manera de acariciarnos y purgarnos. 

Wooden statues in the Church of the Purgatory. "Chiesa delle Anime del Porgatorio". Ibla, Ragusa. Val di Noto, Unesco World Heritage.

Cuando sufrimos en la tierra se borran décadas enteras de purgatorio.
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Y también cuando oramos por los difuntos y los vivos, cuando asistimos a misa y comulgamos.
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Son todas formas de acercarnos más al cielo.