Sermón de las Siete Palabras

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Comienzo: siete palabras al Infinito

«Por tus siete palabras despeñado / corre, río de amor, hasta mi hondura / la voz que, descendiendo de la altura, / viene a regar mi huerto deshojado.

Sólo siete palabras. Un alado / y celestial revuelo sin presura: / siete castas palomas. Abandonado

no me dejes, Señor, y, con tu acento, / hazme callar el impaciente grito / pendiente de un silencio y un sudario.

Las siete para mí. Las siete, viento / que me lleve contigo al Infinito. / Las siete, en mi perfecto diccionario».

(Rafael Fernández Pombo)

Sólo siete palabras, queridos amigos, queridos hermanos. Sólo siete palabras, recuerda el poeta. ¡Escuchémoslas bien! No las digo yo. No las había dicho nadie hasta el Viernes Santo. No las traía el diccionario del lenguaje humano. Las dice Él, Él, desde la cruz. Las grita el Hombre desde lo alto del mortal extravío de los hombres. Las dice el Hijo desde el abismo más profundo del Amor eterno:

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

¿Por qué? ¿Para qué?

Hoy, queridos amigos, en este Viernes Santo de Valladolid, se oyen de nuevo aquellas siete palabras, que se resumen en ésa: «¿Por qué, Dios mío? ¿Para qué?» Una pregunta terrible que sigue ardiendo en los labios de Cristo. Una pregunta que ronda de continuo a los cristianos de esta época; una pregunta a la que se acogen todos los que sufren y pueden agarrarse a ella: esa inmensa mayoría de hombres y mujeres, que, a lo largo y ancho de nuestra España y del mundo entero, son frágiles —frágiles y nada buenos— pero creyentes: «¿Por qué, Dios mío? ¿Para qué?»

En esa pregunta de Cristo —del Hombre y del Hijo de Dios— resuenan todos los escenarios del escarnio, de la irracionalidad y de la muerte; en esa pregunta se sienten el frío, la infidelidad y el hastío que quiebran y destrozan la vida de los seres humanos y de los pueblos.

Pero esa palabra de Cristo trae también consigo otras palabras que abren los hogares fecundos del perdón, de la Gloria y de la Madre; en esa palabra de Cristo despunta el amanecer de otras palabras —¡palabras definitivas!— de amor, de fidelidad y de confianza.

«Las siete, pues, para mí. Las siete, viento / que me lleve contigo, oh Cristo, al Infinito».

Queridos amigos: ojalá que en este Viernes Santo, el viento del Espíritu traiga las siete palabras de Cristo a nuestro diccionario y las escriba para siempre perfectamente en él: grabadas al fuego de un amor infinito en nuestras almas.

1. El escarnio, vencido por el perdón. “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34)

Jesús dijo esta palabra mientras lo estaban crucificando y lo exponían al escarnio público en medio de dos criminales. Y el evangelista Lucas, buen observador, precisa la parte que correspondía a cada cual en aquel espectáculo: «El pueblo —escribe— estaba observando; en cambio, lo ridiculizaban precisamente las autoridades, diciendo: “A otros salvó; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido”».

No deberíamos, queridos hermanos, perder la paciencia, ni el ánimo, ni la serenidad ante determinadas circunstancias de la vida pública de hoy. ¿Nada nuevo bajo el sol? En cierta manera, así es: nada nuevo. Ayer se mofaban de Cristo. Hoy se mofan también de su Cuerpo vivo, de la Iglesia y, por tanto, del mismo Cristo. Recordad que Jesús resucitado no le reprochaba al perseguidor Pablo que sus vesanias fueran contra los cristianos, a quienes daba caza para llevarlos presos a Jerusalén; le reprochaba que actuara contra Él mismo: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» (Hch 9,4).

Tampoco deberíamos llamarnos a engaño. Hay quienes justifican sus mofas de la Iglesia arguyendo que ella ya no estaría a la altura de Cristo, incluso que lo habría traicionado. Dicen saber que Jesús no haría ni diría hoy lo que hace y dice la Iglesia. Él sería más comprensivo y no se metería en la “vida privada” de la gente. O bien, sería más contundente contra esto o contra aquello. Sería más moderno —dicen unos— o más consecuente —dicen otros— y llegan incluso a aventurar a quién daría Jesús su voto.

No nos llamamos a engaño. Los que se mofan, los que ridiculizan, los que escarnecen siempre saben mejor que Cristo cuál es el papel del Mesías. Por eso le crucifican. Porque creen conocer muy bien que él no vale como auténtico salvador. Ellos tienen otro modo de hacerlo mejor.

Hace muy poco que el Papa habló de las graves dificultades que la Iglesia atraviesa en nuestros días. En algunos lugares es perseguida por la fuerza de las leyes e incluso de las armas. El siglo XX ha sido el siglo de los mártires: es el siglo llamado del progreso, pero en este tiempo los cristianos han sido crucificados, con diversos tipos de martirio, más que en todos los siglos anteriores juntos. Hay un martirio cruento o corporal, y hay también un martirio incruento o espiritual. Benedicto XVI habla del «escarnio cultural» que hoy sufre la fe y padecen los cristianos. Se hace burla y befa pública de sus símbolos, a veces con la excusa de la creatividad artística; se deforma y se retuerce lo que la Iglesia propone, para hacer creer a la gente —valiéndose de poderosos altavoces— que la fe cristiana es contraria a la libertad de las personas y a la democracia; se repite de mil maneras que el reloj de la historia habría marcado ya la hora final para esa antigualla oscurantista que es el cristianismo. Es cierto que los cristianos llevamos ya dos o tres siglos enterrando a nuestros enterradores. Pero, de todos modos: ¿se puede crucificar mejor?

Hasta aquí, nada nuevo bajo el sol. Pero el Sol de la Justicia, que es Cristo, resplandece, blanco y reluciente, desde la cruz, para dar nuevo brillo a todas las cosas. Ahí está: el Cristo de la Luz. La vieja miseria del hombre es siempre la misma. La novedad de la salvación resulta siempre sorprendente:

¡Padre, perdónalos! ¡Invocación admirable! ¡Oración increíble!

Jesús siempre ha estado en conversación íntima con el Padre. Ahora, antes de que levanten la cruz a la que ya le han clavado, habla de nuevo con él, con su Padre. Desde el primer momento, el Evangelio nos había presentado a Jesús, todavía niño, como quien ha venido a ocuparse de las cosas del Padre. Se lo había dicho a María, su madre, en la primera palabra que san Lucas recoge de él: ¿no sabíais quién es mi Padre y que tengo que ocuparme de sus cosas? (cf. Lc 2,49).

Jesús sabe que el Padre puede perdonar el escarnio al que le están sometiendo. Sabe que el Padre es la bondad infinita. ¡Ha hablado tanto con él y de él! Como cuando contó aquella parábola maravillosa del padre bueno que salía todos los días al camino con la esperanza de ver volver al hijo que se había marchado de casa llevándose sus bienes: es el padre que no hace más que esperar al desgraciado, porque ya lo ha perdonado antes incluso de verlo regresar.

A ese Padre infinitamente bueno, Jesús le encomienda que perdone. Sabe que lo hará. Y, como si no le bastara la infinita bondad del Padre, añade a su petición una razón un tanto misteriosa: «no saben lo que hacen». ¡Cómo lo iban a saber! Estaba aún por revelar del todo qué cosas del Padre eran esas de las que Jesús había venido a ocuparse y que le habían conducido hasta allí: hasta esa cruz (señalándola), entre dos malhechores, arrostrando la burla y el escarnio de los dirigentes de su pueblo.

La Iglesia, a quien se ha revelado el misterio del perdón, nos invita a sus hijos a no devolver nunca mal por mal, a perdonar siempre. Ahí están, para testimoniarlo, los «héroes del perdón», que así podemos llamar a los mártires de todos los tiempos: desde san Esteban hasta los diez santos Hermanos de Turón (Asturias) y san Pedro Poveda, los últimos mártires españoles cononizados.

Sí, ya sé que se agolpan aquí muchas preguntas: ¿perdonar siempre, siempre? ¿Y la justicia? ¿Dónde queda la justicia? ¿Puede haber paz sin justicia, con solo el perdón? Pero apenas hemos escuchado todavía más que la primera palabra de Jesús.

2. La irracionalidad y la Gloria. “De verdad te lo digo: hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,43)

Un criminal de los crucificados junto a Jesús desahoga su impotencia repitiendo el grito burlesco de los dirigentes del Pueblo: «¿No eres tú el Mesías? ¡Pues sálvate a ti mismo y a nosotros!».

Es inútil. Pero ¿acaso esperaba aquel criminal salvarse a sí mismo de su cruz granjeándose la simpatía de quienes habían crucificado a Jesús? A lo mejor era ésa su secreta esperanza, cuando se sumó al coro de los escarnios. A lo mejor no era más que el simple desahogo final de una existencia rota. En todo caso, era inútil. Repetir lo políticamente correcto —lo que pensamos que otros desean oír, aunque no sea cosa nuestra— no añade un ápice de razón a la vida ni, menos, a la muerte de las personas. Los eslóganes no salvan.

Y, sin embargo, queridos amigos, ¡qué fuerza sugestiva tienen las palabras bonitas, las acicaladas para que caigan bien! ¡Más todavía, las imágenes! Coloca cualquier cosa junto a la imagen sugerente del bello cuerpo de una mujer, o de un hombre, y harás pasar por vitalmente imprescindible la compra de lo que sea. Compón frases biensonantes y repítelas machaconamente y acabarán por hacer pasar por verdadero lo que, en realidad, no es más que deseo vano o engaño interesado.

Hay a veces esquelas sin cruz en las que se suele repetir: «los que te han querido, no te olvidarán jamás», o «vivirás para siempre en nuestro recuerdo». Sí, tal vez: en el mejor de los casos, no te olvidaremos hasta que a nosotros nos llegue el turno de la muerte; ¡en el mejor de los casos!, pero y entonces, ¿qué? ¿Quién podrá mantener la promesa de que «seguirás viviendo para siempre»?

Seguro que alguien insistirá y responderá todavía que ese tal vivirá en la memoria de la Humanidad. Porque, después de muchos siglos de falsas ilusiones, los hombres y las mujeres de hoy habríamos abandonado ya los consuelos infantiles de paraísos celestiales, que distraían nuestras energías y nos apartaban del trabajo de la construcción de un mundo mejor, del único mundo que tenemos: éste del suelo. El cielo se lo habríamos dejado definitivamente a los gorriones mientras que los humanos nos habríamos hecho, al fin, dueños seguros de la tierra. Aposentados en ella, sabríamos guardar para siempre la memoria de todos los que han contribuido a la tarea de construirle el futuro mejor.

El criminal insolente del Calvario era —seguro— menos iluso que los biempensantes utópicos de nuestros tiempos. De éstos, la verdad es que hoy día ya no quedan muchos. Después de los campos de concentración del siglo XX; y después de la caída —en 1989— del último gran mito del paraíso en la tierra, es necesario negarse casi absolutamente a razonar para poder seguir creyendo en tales utopías. Hay, ciertamente, quien se niega a la razón, y sigue hablando del progreso de la tierra como si en ésta se pudiera hallar la salvación. Pero hoy son cada vez más los que se conformarían sólo con ser bajados de la cruz de su particular y privado suplicio, como Gestas, aquel pobre hombre encerrado en su ciego destino y agarrado a una corta esperanza, tan fugaz como falsa. Es el cinismo hedonista que se apodera de tantos, huérfanos no sólo de utopía, sino también de un verdadero horizonte de esperanza.

Pero allí mismo, al otro lado de la cruz de Cristo, del corazón de un ser humano débil y destrozado por el mal perpetrado y padecido, pero aún con fuerzas suficientes para afrontar juiciosamente su historia, surge una oración que lleva la carga de toda la razón del mundo:

¡Acuérdate de mí! ¡Jesús, acuérdate de mí en tu Reino!

¿Quién puede acordarse de mí de modo verdaderamente eterno? ¿Hay alguien así? Si no lo hubiera, el vacío caprichoso acabaría por tener la última palabra sobre nuestras vidas. Pero el vacío, más aún —o, mejor, menos aún—, la nada, son corrosivos y destructivos. ¿No hay de verdad nada más que el puro azar del existir y la frágil voluntad humana, incluída esa voluntad supuestamente omnipotente de toda una Humanidad empeñada, como Sísifo, en construir su futuro? Entonces habríamos de reconocer que no tendría sentido tratar de ser razonables: tanto valdría atenerse a la razón como a la veleidad del azar y del capricho. ¿Y qué razón habría entonces, verdaderamente poderosa, para la solidaridad con los débiles y para acordarse de los muertos? ¿Qué razón para la razón?

Pero, gracias a Dios, la realidad no es ésa. Hay Alguien que se acuerda eternamente de nosotros, de cada uno de nosotros. Y lo razonable es que, como Dimas, también nosotros nos acordemos de Él. Porque entonces es cuando realmente los deseos más hondos del corazón humano se convierten en algo más que un vano deseo o un engaño calculado. Es cuando el cielo comienza a ser mucho más que una mera ilusión. Es cuando la razón adquiere la lucidez que le era propia antes de haber caído en el absurdo de negarse a hacer memoria del Eterno. Es cuando encontramos nuestro verdadero destino. Es cuando, abandonando la utopía, cultivamos la tierra con la verdadera pasión de la esperanza. Es cuando hay motivos para la fraternidad.

¡Hoy, estarás conmigo en el paraíso!

Sí, hoy ya. Dimas no había pedido tanto. Pero iba a morir enseguida cerca de Cristo muerto. Nosotros, en este mediodía del Viernes Santo, nos atreveremos a pedirle a Jesús que su palabra y que su muerte maten en nosotros todo atisbo de utopía irracional y de autosuficiencia —por más políticamente correctas que resulten— y que nos otorgue también la compañía del Amor infinito. Eso es la Gloria. La noche de nuestros yerros, de nuestra muerte, se vería ya desde ahora iluminada por la luz que alumbrará un día con fuerza, allá en el Cielo.

3. La muerte y la Madre. “Mujer, mira, es tu hijo… Mira, es tu madre” (Jn 19,26 s.)

«Jesús, al ver a la madre, y de pie junto a ella al discípulo al que prefería, dice a la madre: “Mujer, mira, es tu hijo”. Luego dice al discípulo: “Mira, es tu madre”. Y, desde aquella hora, el discípulo la acogió como riqueza suya» (Jn 19,26-27).

Una madre es una riqueza inconmensurable. Y más, una madre como aquélla. Jesús ha pedido el perdón del Padre para quienes lo escarnecen, le ha dado la Gloria a quien le había pedido tan sólo un beneficio, y ahora, a punto ya de entregarse a la muerte, le revela a Juan que, en adelante, «la madre» —así llama aquí el evangelista a María Santísima— será también «su» madre. Jesús no puede dar ya más: perdón del Padre, gloria del Hijo (en el Espíritu) y amor de Madre. Es lo último que hace antes de morir aquella muerte horrible de la cruz.

Las madres están siempre, como la Madre, como María, junto a las cruces de sus hijos. Pero ¿quién estará junto a las cruces de ellas?

Esta sociedad nuestra occidental, opulenta y malamente satisfecha de sí misma, está alimentando una inaudita y cruel “cultura de la muerte”, ferozmente antimaternal. Ahí están los hechos. Nos estamos acostumbrando a un modo violento de vivir, sin Padre que perdone y sin Gloria que ilumine, como si eso fuera bueno, natural e inteligente. Pero ahí están los hechos. Europa y, en particular, España no tienen hijos, envejecen sin nadie de casa a quien entregar la antorcha de la vida. ¡Nunca había pasado eso!: que en circunstancias de bonanza económica y sanitaria, la población disminuyese sin parar. ¿Qué está pasando?

Las madres tienen hoy muchas cruces que llevar y muy pesadas. Tienen que trabajar y que hacerse valer, frecuentemente con los mismos parámetros que los varones. Tienen que retrasar la maternidad o renunciar a ella. Tienen, por eso, que forzar sus cuerpos de mil maneras. La maternidad no encuentra su sitio: forzada, fragmentada, retrasada, negada. Y, luego, tal vez lo más terrible y lo que menos desea el corazón de una madre: verse, en tantas ocasiones, casi forzada a arrancarse el fruto de sus entrañas. Sobre un millón de vidas humanas segadas por el aborto, en España, desde que se profetizó hace veinticinco años que las nuevas leyes acabarían por reducir su número. También como consecuencia de esa maternidad acosada y tantas veces humillada, ¿cuántos embriones, es decir, seres humanos incipientes, son utilizados como cobayas para la experimentación, o condenados al hielo y al destino incierto que para ellos determinen sus prepotentes productores? Ni siquiera lo podemos saber. Decenas y decenas de miles. Pero, ¡aunque fuera uno solo!…

No. No son las madres las protagonistas de la cultura de la muerte. Son los ideólogos e ideólogas de tal aberración: son quienes promueven esa mentalidad antimaternal que se empeña en hacernos creer que no está mal —o es, al menos, justificable— disponer de la vida de nuestros hermanos, los seres humanos más indefensos; son quienes trabajan por convencer a la sociedad de que todo eso es progreso y que no perjudica a nadie: mentira que encubre la muerte culpablemente causada y que nos atrapa en sus garras letales. Porque, naturalmente, una sociedad que mata a sus hijos como si no pasara nada, es una sociedad gravemente enferma de egoísmo. Es una sociedad que, así, no tiene futuro; que no es solidaria con los suyos y que, por eso, no puede serlo tampoco con los pobres del mundo. Sí, el hambre que mata a tantos niños en los países más pobres tiene difícil solución, si la cultura de la muerte sigue haciéndonos egoístas e insolidarios.

¿Y qué decir de la eliminación de la palabra “madre” del Código Civil (también de la palabra “padre”)? Nuestras leyes se han convertido en leyes injustas que ni siquiera contemplan la realidad humana del matrimonio en su especificidad, pues el matrimonio no es hoy en España la unión de un hombre y de una mujer. ¿No es éste también un síntoma muy preocupante del triunfo pírrico de la cultura de la muerte? ¡Todo un entramado de anticultura! Anticultura que, además, se intenta imponer a nuestros hijos en el sistema educativo, como forma mental y de conciencia, a través de una asignatura obligatoria para todos los centros y todos los alumnos.

Cuando las madres son presionadas y sufren, es el ser humano quien padece y es la sociedad la que se ve amenazada en el hontanar más entrañable y profundo de su humanidad. Pero ellas, especialmente ellas, han de saber y saben que la Madre, María, está junto a su cruz de hoy. La que estaba en pie junto a la Cruz de Cristo, su madre, es, desde entonces, nuestra madre, la madre de todos aquéllos a quienes Él nos la entrega el Viernes Santo. Pero ella es, de modo muy particular, la madre de las madres; de las madres que tienen que aguantar hoy la pesada cruz de una cultura de la muerte hostil a la maternidad: de las madres maltratadas física y espiritualmente; de las que trabajan en casa y fuera de casa; de las que, a lo mejor, se han visto arrastradas por la presión cultural y la soledad espiritual a acciones o actitudes contrarias a su genio de mujeres y de madres.

María está hoy aquí sobre todo para ellas, y, a través de ellas, para todos los adultos y niños del mundo. La vida que Jesús nos está dando con su muerte, es la que su Madre le había dado a él, por la fuerza del Espíritu, Señor y dador de Vida. María es la mujer fuerte, la nueva Eva que da a luz a la nueva Humanidad, renacida de la sangre de Cristo. Esa Humanidad que tiene a Dios como Padre y la Gloria como patria. Una humanidad más fuerte que la muerte.

La Virgen está dolorida; pero no vencida. La Dolorosa no es la imagen de la resignación fatal ni de la sumisión no emancipada. Por el contrario, sus dolores espirituales son los del parto un Pueblo nuevo, del “Pueblo de la vida”. ¿De qué vida? De la única vida del hombre: la que recibimos de Dios por medio de un padre y una madre. Es la vida que gozamos en este mundo, en fraternidad con todos los hermanos; la misma que, transfigurada, gozaremos para siempre en el Cielo, en comunión con Dios y con sus santos. Porque «la gloria de Dios es que el ser humano viva y la vida del hombre es la visión de Dios» (san Ireneo de Lyon, Adversus Haereses IV, 20, 7).

4. Dios contra Dios, pero con nosotros. “Elohí, Elohí, l´má sabaqtani”, que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,33 / Mt 27,45)

La cuarta palabra, en medio de las siete, hace de corazón de todas ellas y las resume, al modo como en la fuente se halla recogido todo el río. Es una palabra tremenda. Sólo la conocemos por el evangelio de Marcos y el de Mateo. De las siete, estos evangelistas no traen más que esta palabra misteriosa y, sin embargo, algunos copistas primitivos, al reproducir los textos evangélicos, la suprimían o la retocaban. Era muy dura de oír en los labios de Jesús. Pero era tan auténtica y les quedó tan grabada a sus oyentes, que la tradición evangélica griega la sigue recordando en arameo-hebreo, el idioma originalmente empleado por Jesús:

«Elohí, Elohí, l´má sabaqtani», que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»

La oscuridad se ha abatido sobre Jerusalén al mediodía. Jesús sufre el tormento de la cruz y de la muerte. Pero sufre, sobre todo, el escarnio que le inflige el Pueblo de Dios, su pueblo, con sus dirigentes a la cabeza; sufre el golpe que le asesta Gestas, con todos los cínicos del mundo, que viven y mueren sin permitir que la verdad logre ni siquiera rozarles la piel; sufre Jesús la muerte humillante de todas las víctimas de la cultura de la muerte: los ancianos, los niños no nacidos o los eliminados por las guerras y por el hambre; sin olvidar la muerte de las víctimas del terrorismo, humilladas, además, por quienes pretenden legitimar o disculpar tal crimen, sistematizado en gravísima estructura de pecado, como si fuera consecuencia casi inevitable de supuestos o reales conflictos nacionales, raciales, culturales o religiosos.

¿Cómo es posible que ante tanto escarnio, tanto cinismo y tanta muerte sean todavía posibles el perdón, la Gloria y la Vida? ¿Cómo? Y además, Jesús ha otorgado, sí, perdón, Gloria y Madre, pero ¿qué ha conseguido realmente con ello? ¿Se ha restablecido el orden? ¿Se le ha dado a cada uno lo suyo? ¿Se han asegurado, con tales dones, la justicia y la paz en el mundo? Parece que no. La oscuridad se cierne sobre Jerusalén y Dios no interviene para imponer la luz de la justicia. Ni siquiera para salvar a su Hijo. ¿Es realmente la hora del absurdo? ¿Será verdad que el Padre en el que Jesús confiaba no era más que un Dios de juguete, una ilusión infantil de la Humanidad que, ahora, por fin, va a morir para siempre con el mismo Jesús?

Preguntas como éstas se agolparon seguramente en el corazón de Jesús, que iba a ser roto enseguida por el golpe de la lanza. Son preguntas que a todos nos acechan cada Viernes Santo. Jesús no tenía menos sensibilidad que nosotros, ni ojos menos capaces de ver lo que estaba sucediendo y lo que seguiría sucediendo en este mundo. Al contrario, su capacidad de ver y sentir era infinitamente mayor que la nuestra. Por eso clama, con el grito de la muerte: «¿Por qué? ¿Para qué?» Es el grito del justo que sufre en el mundo ante un Dios que calla y que no interviene para salvarlo; es el grito de Job, es el clamor que recoge el Salmo 21, cuyo primer verso salta ahora a los labios de Jesús: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».

La humanidad doliente del Verbo encarnado recoge en ese grito el dolor de todos los que sufren las consecuencias terribles de la injusticia, del cinismo, de la autosuficiencia, de la ceguera de la razón, en definitiva, del pecado. Gestas, como el viejo Adán, también sufría tales consecuencias y se rebelaba. En cambio, Jesús, como nuevo Adán, como el hombre renovado por su completa y libre unión de querer con el Hijo de Dios, se entrega por completo a las cosas del Padre. ¿Qué cosas son esas, a las que ya el Jesús niño se sabía y se quería dedicado?

Son las cosas de la justicia de Dios. Porque Dios no deja de lado su justicia. El pecador morirá para siempre por su pecado. Si alguien se niega a la Vida eterna, no la tendrá. Pero Dios no habrá dejado de ofrecer el remedio más eficaz e inimaginable, haciendo en Cristo una justicia divina. A saber: cargando sobre sí mismo la muerte del pecador. Lo ha escrito muy bien el Papa en su encíclica Dios es amor: «Dios ama tanto al hombre que, haciéndose hombre él mismo, lo acompaña incluso en la muerte y, de este modo, reconcilia la justicia y el amor» (n. 10). Por darle al pecador todas las posibilidades de salvación y de Vida, por estar con nosotros, aun en nuestro desvarío, Dios llega a «ponerse contra sí mismo, al entregarse» (n. 12) a la muerte en su Hijo. Jesús sabe que ésas son las cosas de Dios. Por eso, aun sufriendo realmente el abandono del Padre —que, en el sentido que acabamos de decir, se ha puesto en contra de él—, Jesús conoce también que es así como se cumple plenamente toda la justicia: la del amor de un corazón divino apasionado por sus creaturas.

¿Por qué? Porque se ha de cumplir la justicia de Dios.

¿Para qué? Para que así se nos revele lo que «es amor en su forma más radical» (ibíd.); y, en definitiva, quién es Dios de verdad y a qué podemos y debemos aspirar.

¿Sabían esto los judíos? No lo podían saber del todo. Ellos conocían, es cierto, que Yahvé amaba con pasión a su Pueblo. Sabían que Dios tenía un corazón que se le revolvía en su interior ante la infidelidad de los suyos (cf. Os 11,8-9); sabían que los profetas (Is 52,13-53) y los salmos (Sal 21; 30; 68) hablaban del sufrimiento redentor padecido ante un Dios silencioso, por un misterioso siervo sin nombre, quien, a pesar de todo, no renegaba nunca del Altísimo. Pero no sabían que quien daba cumplimiento real a tales misteriosas promesas era precisamente aquél a quien ellos habían colgado de aquella cruz.

Sin saberlo los hombres, la justicia quedaba reconciliada con el amor.

5. El amor y la copa de la amargura. “¡Tengo sed!” (Jn 19,28)

La quinta palabra y las otras dos que Jesús dirá todavía desde la cruz, después de aquel desgarrador grito de muerte, cargado de Vida, son también —como la cuarta— palabras tomadas de salmos de sufrimiento o directamente conectadas con ellos. Son palabras que, según han dicho algunos, se refieren al mismo Jesús. Pero no tanto en el sentido de que si con las tres primeras Jesús les había dado a los demás perdón, Gloria y Madre, ahora vaya a pedir algo para sí mismo. No. Jesús se dispone a morir como siempre había vivido: en oración, inmerso en la intimidad con el Padre. Si Jesús muere perdonando y ofreciendo a todos gloria, vida y Madre, es porque muere para el Padre, porque muere orando, en supremo ejercicio de amor, de fidelidad y de confianza.

Leemos en el Evangelio de San Juan: «Sabiendo Jesús que ya estaba cumplido todo (…) dice: “¡Tengo sed!”»

Jesús ha sufrido un terrible suplicio, desde la flagelación a la crucifixión pasando por las espinas, los golpes y el camino al Calvario arrastrando el madero. Pero no se había quejado, ni pedido algo; apenas había hablado ni respondido nada. Ahora parece que pide agua. Es cierto que la sed le atormentaría especialmente en aquel momento final, cuando su cuerpo estaba ya casi sin sangre y sus células sin oxígeno. Pero seguro que Jesús no pide ahora simplemente que le calmen la sed por un instante. Pide algo más.

El Evangelio dice que esta palabra fue pronunciada «para que se cumpliera la Escritura». El Salmo 21, al describir el sufrimiento del justo desamparado por Dios, dice que su garganta está seca como una teja. Y el Salmo 68 cuenta cómo fue escarnecido con vinagre para calmar su sed. Eso se cumple también ciertamente en Jesús. Pero todo ello sucede porque el Hijo siempre había querido cumplir la voluntad del Padre, costara lo que costase. Es esta entrega total de su vida en manos del Padre la que se expresa en esta quinta palabra: el Crucificado tiene sed sobre todo porque pide y desea terminar de apurar la copa que el Padre le ha ofrecido y que él, aunque repugnante para su sensibilidad humana, no ha querido apartar de sí (cf. Mc 14,35 y Mt 20,22). Quiere y desea beber hasta el final el cáliz de la amargura. Jesús sabe que, de este modo, pronto beberá también la copa del vino nuevo en el Reino de Dios, como había anunciado a los suyos en la Última Cena (cf. 14,25), es decir, que es así como actúa con su fuerza divina el Dios omnipotente y justo, el Dios de la Vida.

El amor apasionado (erótico, como ha dicho Benedicto XVI) con que Dios nos ama, llega a ser en la Cruz de Cristo un amor radical, sacrificado y gratuito (agápico), que ama incluso lo no amable, como es el caso de los pecadores. Por ellos, por nosotros, Cristo se entrega libremente en manos de sus enemigos. De este modo, la muerte, deseada como camino del amor, ha perdido su frialdad y desprende ya ella misma el calor de la Vida eterna.

La caridad tiene a veces mala prensa. El sacrificio, también. Pero ni la caridad se reduce a dar de lo que sobra para acallar la mala conciencia, ni el sacrificio se ha de confundir con la negación patológica de la vitalidad y del deseo de lo bello y de lo bueno. No. Ama con caridad verdadera quien comparte la entrega de Cristo, quien ha sido alcanzado por su amor, por su muerte. Ése tal no teme ya perder la vida —no teme el sacrificio— y queda liberado de la esclavitud a la que la muerte somete a los mortales. La caridad nos une a Cristo y, en cierto modo, nos hace capaces de hacer justicia al modo divino.

No es misión de la Iglesia en cuanto tal organizar este mundo en la justicia, entrando en la legítima batalla de la política (cf. Benedicto XVI, Carta Encíclica Deus caritas est, 28). Ésa es la misión del Estado. Los católicos prestamos nuestra colaboración a esa tarea común de muchas maneras, que pueden ir desde la dedicación profesional a la política hasta el ejercicio del voto responsable; y otras muchas. Pero tanto la Iglesia misma como cada uno de sus miembros prestan a la sociedad el servicio de la caridad cuando realizan tareas asistenciales, o tareas profesionales de cualquier otro tipo, en las que se refleja la generosidad infinita del amor divino manifestado en la sed de Cristo.

Cierta ideología totalitaria del pasado siglo creyó que la justicia hacía superflua la caridad, que el Estado hacía innecesaria la Iglesia. Pero aun suponiendo —con manifiesta hipérbole— que la justicia pudiera ser perfectamente realizada en este mundo, y a todos y cada uno se les diera realmente lo que les pertenece, todavía faltaría lo más importante. Porque el ser humano necesita precisamente —y más que nada— algo que no puede tener ni reclamar como propio: necesita el corazón de otro ser humano y, también, el corazón de Dios.

Si pudiera darse un mundo justo y sólo justo —completamente ayuno de caridad— ése sería un mundo frío, helador, literalmente mortal para el ser humano. La justicia necesita la compañía del amor. Es más, la caridad, por la que el hombre se da a sí mismo, es en realidad el motor de la justicia. Sin caridad, no podrá realizarse la justicia, pero, aun sin justicia, puede y debe darse la caridad.

Gracias, oh Cristo, por tu sed; porque al beber hasta el final el cáliz del sacrificio redentor, nos has dado lo que no podíamos ni imaginar: el corazón de Dios.

6. Fidelidad. “Está cumplido” (Jn 19,30)

Jesús bebe el vinagre y dice: «Está cumplido». Esta sexta palabra no es cita ni eco de ningún salmo en concreto, de ninguna oración de las que él conocía de memoria y le venían continuamente a los labios. Pero las resume todas. Jesús sigue haciendo de su muerte una oración, un acto de infinito amor.

Con su inminente muerte, libremente asumida, el Hijo cumple hasta el final la misión que había recibido del Padre. Y para terminar el diálogo constante que había mantenido con Él día y noche, durante toda su vida, se lo va a decir ahora con el hilo de voz que le quedaba: «está cumplido». La misión fue dura. Pero está cumplida. Ha sido duro revelar a Dios como quien sufre con el hombre el precio de sus culpas y de su sinrazón. Tuvo que haber cruel oposición. Pero Dios se ha revelado así y, al mismo tiempo, el ser humano por fin ha cumplido su parte: ha cumplido en Jesús. Adán tiene un nuevo punto de partida para llegar a Dios, porque Dios mismo ha venido a cogerlo sobre sus hombros. El ser humano ha sido rescatado de su absurdo, de su sinrazón culpable. La creación atisba el cumplimiento de su destino de Gloria y de Vida. El enemigo del Creador y del género humano ha perdido la batalla. La creación no fracasará. Está ya convirtiéndose en libre y gozosa alabanza del Amor creador, en gloria de Dios. Porque Jesús lo ha cumplido todo.

Queridos amigos, ¡imaginaos el regocijo del Padre con tal Hijo! Lo había enviado lejos, lejísimos de él: nada menos que hasta la muerte, ¡el lugar más apartado de Dios! Pero ha sido fiel a su misión. No se ha echado atrás. No ha sucumbido a la tentación de buscar caminos distintos de los que el Padre tenía preparados. ¡Y eso que el tentador no había cejado en su intento de sugerirle caminos supuestamente mejores! Pero no, el Hijo ha sido fiel, «obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,8).

No es verdad: la autonomía desvinculada no es la fuente de la libertad ni de la felicidad. ¡Cuánto confundimos hoy la libertad con la “real gana”, eso sí: real gana muy “razonada, razonable y responsable”! No es cosa que hayan inventado los jóvenes de hoy. Es el error fatal de una cierta cultura moderna de siglos del que muchos de ellos —y tantos otros— son, somos a un tiempo transmisores y víctimas. Pero la autonomía sin vínculos no es libertad; es soledad solipsista, narcisista, aisladora y mortal.

No se puede empezar la vida cuatro veces y siempre desde cero. No se puede navegar por ella como piloto sin carta de marear. La nave acabaría a la deriva de los vientos, estrellada contra cualquier arrecife. No hay buen viaje por la vida sin los mapas de la voluntad de Dios. Es cierto que muchas veces marcan rutas estrechas por los anchos mares de la imaginación y de la sinrazón. Pero esas rutas son las que nos llevan al puerto de la felicidad. Sin mapas no hay ruta y no hay puerto. Sin obediencia no hay libertad. Sin fidelidad no hay felicidad. Sin el otro, a quien hacer entrega de sí, no hay verdadera autonomía ni identidad madura.

Gracias, oh Cristo, por tu fidelidad, por tu obediencia. Ella nos cura de nuestras infidelidades, de nuestras desobediencias, de nuestros espejismos de autonomía. Gracias, oh Cristo, por haberlo cumplido todo. Has cumplido la humanidad más bella y la libertad más completa.

7. Confianza, serenidad. “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46)

Me ha impresionado el rostro de ese Cristo imponente, el Cristo de las Mercedes, titular de la benemérita Cofradía de las Siete Palabras. Es el rostro de la suprema serenidad en la muerte, el hermoso rostro de la paz. Las gubias y los pinceles de los artistas cristianos han acertado con frecuencia a ofrecernos un destello del alma de Cristo. En la última palabra Jesús nos revela el secreto de la paz.

Nosotros andamos demasiadas veces ansiosos o hundidos (deprimidos), a lo mejor, después del frenesí adormecedor del trabajo y de la actividad descontrolados. Otras veces, apenas podemos soportar el hastío de vivir sin norte, sin causa, en la soledad de un “yo” cultivado largo tiempo en el amor sólo a sí mismo, en el celo irracional de la propia libertad vagabunda y sin arraigo en nada ni en nadie. Pero así no podemos vivir ni morir; así andamos sin paz, desterrados del hogar añorado de la libertad creativa para la que hemos sido creados. Así andamos temerosos de la vida y de la muerte.

Jesús, en el momento mismo de expirar, vuelve a traer muy suavemente a sus labios la misma invocación de su palabra primera: «¡Padre! ¡Padre, perdónalos! ¡Padre, a tus manos…!» Realmente la primera y la última palabra de Jesús es ésa: «¡Padre!». Ahora la antepone él al Salmo 30 para decir con sus palabras:

«Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu: / tú, el Dios leal, me librarás; / tú aborreces a los que veneran ídolos inertes, / pero yo confío en el Señor; / tu misericordia sea mi gozo y mi alegría».

Ahí está, amigos, el secreto de la paz y de la serenidad, de la verdadera alegría. Son muchos los hombres y las mujeres a quienes Jesucristo les ha comunicado su secreto y les ha regalado el mismo don de su paz y serenidad. A todos y cada uno de vosotros, que habéis escuchado sus palabras en este Viernes Santo de 2007, aquí en Valladolid, también os lo quiere comunicar. Como se lo comunicó a aquel joven de 27 años que murió cerca de aquí, en San Isidro de Dueñas, en 1938: el Hermano Rafael. O como se lo comunicó a Teresa de Jesús, a quien el beato Rafael recuerda tantas veces. Dos místicos españoles —de ayer y de hoy— entrañables y cercanos en la fe. Como tantos otros, son testigos de la mística de Cristo, que no es un arcano sólo para los sabios, sino una oferta de amor para la gente corriente, para todos nosotros. Éste es el testimonio de la pluma del beato Rafael Arnáiz:

«Persuadámonos (los trapenses) de que Dios está con nosotros en todo momento… Prescindamos de nuestras impresiones que engañan nuestros sentidos… Arrojemos fuera de nosotros el “yo” que tanto daño nos hace, y lancémonos en los brazos de Dios, tal como somos, con flaquezas y virtudes, con pecados y miserias; pongamos en su regazo nuestras almas, lo mismo cuando ríen que cuando lloran. Y si de veras lo hacemos así, y conseguimos que nuestra vida sea toda para Él, y Él, el todo en nuestra vida, habremos conseguido la verdadera paz del corazón, estaremos más cerca del cielo que de la tierra y entonces…, ¿qué más te da, hermano Rafael, que llueva o que haga sol?» (Meditaciones de un trapense, 8-8-1936, en: Obras completas, 739).

Y sigue, en otro lugar:

«Qué importa la salud… Qué más da el sitio éste o aquél…, ser querido o despreciado, ser pobre o ser rico… Todo eso es nada (y dejan de ser “ídolos inertes”) para el alma que de veras vive más de la ilusión del cielo, que de realidades terrenas. Qué bien se entienden aquellos versos de santa Teresa que dicen:

“Vivo sin vivir en mí / y tan alta vida espero, / que muero porque no muero”».

(Mi cuaderno, 9-12-1936, en: Obras completas, 772).

Final: las siete, en mi perfecto diccionario

Terminamos, queridos amigos, por donde habíamos empezado. Que las siete palabras de Jesús en la cruz se nos graben en el corazón al fuego del amor eterno del Espíritu. Que pasen a formar parte de nuestro diccionario, como decía el poeta.

Perdón, Gloria y Madre.

El grito de un «¿por qué?», que inquiere a Dios la razón de una esperanza inmarcesible.

Y amor sacrificado, fidelidad obediente y serena confianza en la paz.

Siete palabras divinas que nos lleven, oh Cristo, contigo, al Infinito. Amén.

† Juan Antonio Martínez Camino

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Hora Santa

1. Canto de entrada:
1.Junto a Ti, al caer de la tarde, y cansados de nuestra labor, te ofrecemos con todos los hombres el trabajo, el descanso y el amor.

2.Con la noche las sombras nos cercan, y regresa la alondra a su hogar; nuestro hogar son tus manos, Oh Padre, y tu amor nuestro nido será.

2. Oración todos juntos:

Señor Jesús, queremos velar contigo, queremos estar junto a tí. Quizá no se nos ocurran muchas cosas, pero queremos estar, queremos sentir tu amor, como cuando nos acercamos a una hoguera, queremos amarte, queremos aprender a amar. Lo importante es estar abiertos a tu presencia. Y agradecer, alabar, suplicar. Y callar, escuchar, no decir nada, simplemente estar.

Acógenos como discípulos que quieren escuchar tus palabras, aprender de ti, seguirte siempre. Acógenos como amigos. Y haz de nosotros también tus testigos, testigos del amor.

Señor Jesús, toca esta noche nuestro corazón, danos tu gracia, sálvanos, llénanos de la vida que sólo tú puedes dar.

3. El mandamiento del amor

AMAR COMO JESÚS NOS AMA

«Éste es mi mandamiento: amaos unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. Ya no os llamo siervos, pues el siervo no sabe qué hace su señor; yo os he llamado amigos porque os he dado a conocer todas las cosas que he oído a mi Padre. No me elegisteis vosotros a mí, sino yo a vosotros; y os designé para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca, a fin de que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Esto os mando: amaos unos a otros». Juan 15, 10-16

CON UN AMOR QUE SIRVE

“Estando de nuevo a la mesa les dijo: «¿Entendéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis el maestro y el señor; y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el señor y el maestro, os he lavado los pies, también vosotros os los debéis lavar unos a otros. Yo os he dado ejemplo, para que hagáis vosotros lo mismo que he hecho yo. Juan 13,13-17

4. Oración en silencio

5. Canto

Un mandamiento nuevo nos dio el Señor, que nos amáramos todos como El nos amó. (bis)

Lo que hagamos al hermano, a Dios mismo se lo hacemos.

Quien no ama a sus hermanos miente si a Dios dice que ama.

La señal de los cristianos es amarse como hermanos.

6. “Haced esto en memoria mía”

Luego tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo dio, diciendo: «Esto es mi cuerpo, que es entregado por vosotros; haced esto en memoria mía». Y de la misma manera el cáliz, después de la cena, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre, que es derramada por vosotros. Lucas 22,14-20

(Música de fondo: La estación de primavera de Vivaldi)

7. Meditación:

Un día, el Amor llegó tan lejos que se entregó a sí mismo hasta morir derramando su sangre en un madero. Cada día, el Amor llega tan lejos que se entrega a sí mismo para saciar nuestra hambre de amor en el pan compartido en una Cena.

Sacramento de un Dios encarnado que no ha venido más que a amar y a servir; memorial de un Dios que se dejó despojar para abrir en el fondo de nuestro atolladero una brecha nueva, pero tan estrecha que sólo el pobre puede pasar por ella, y sólo el amor descentrado de sí puede atravesar.

Sacramento de una muerte única que recapitula todo don de sí liberador; memorial de un sacrificio único en el que muere la muerte de un mundo pecador.

Sacramento del triunfo definitivo del amor, en el que el hombre se salva entregándose; memorial del triunfo definitivo de la vida, en el que el hombre se hace inmortal amando.

8. Canto

1.Cristo te necesita para amar, para amar. Cristo te necesita para amar. (bis)

No te importen las razas ni el color de la piel, ama a todos como hermanos y haz el bien. (bis)

2. Al que sufre y al triste, dale amor, dale amor; al humilde y al pobre, dale amor. Al que vive a tu lado, dale amor, dale amor, al que viene de lejos dale amor.

9. Oracion y meditación:

Lo más importante no es…

Que yo te busque, sino que tú me buscas en todos los caminos;

Que yo te llame por tu nombre, sino que tú tienes el mío tatuado en la palma de tus manos;

Que yo te grite cuando no tengo ni palabra, sino que tú gimes en mí con tu grito;

Que yo tenga proyectos para ti, sino que tú me invitas a caminar contigo hacia el futuro;

Que yo te comprenda, sino que tú me comprendes en mi último secreto.

Que yo hable de ti con sabiduría, sino que tú vives en mí y te expresas a tu manera;

Que yo te guarde en mi caja de seguridad, sino que yo soy una esponja en el fondo de tu océano;

Que yo te ame con todo mi corazón y todas mis fuerzas, sino que tú me amas con todo tu corazón y todas tus fuerzas;

Que yo trate de animarme, de planificar, sino que tu fuego arda dentro de mis huesos;

Porque ¿cómo podría yo buscarte, llamarte, amarte… Si tú no me buscas, llamas y amas primero?

El silencio agradecido es mi última palabra y mi mejor manera de encontrarte

10. Acción de gracias

Gracias Señor, por tu muerte y resurrección que nos salva

Gracias Señor, por haber instituido la Eucaristía que nos alimenta

Gracias Señor, por este tiempo que nos has concedido para adorarte y venerarte.

Gracias Señor, por todos los beneficios que nos concedes.

Gracias Señor, por esta hora de comunión contigo

Gracias Señor, por tus palabras que reconfortan y sanan

Gracias Señor, por tu cruz que tanto enseña

Gracias Señor, por tu sangre que a tantos salva

Gracias Señor, por tu amor sin tregua y sin fronteras

Gracias Señor, por la Madre que al pie del madero nos dejas

Gracias Señor, por olvidar nuestras traiciones e incoherencias

Gracias Señor, por perdonar el sueño que nos aleja del estar en vela

Gracias Señor, por ese pan partido en la mesa de la última cena

Gracias Señor, porque aún siendo Dios, te arrodillas y a servir nos enseñas

Gracias Señor, por tu sacerdocio que es generosidad, ofrenda y entrega

Gracias Señor, por tu amor sin límites y en la cruz hecho locura

Gracias Señor

11. Padrenuestro

12. TESTIMONIOS

En la hora santa se pueden intercalar algunos testimonios o parábolas que nos hagan vivir este momento de oración.

a)Un número por otro
Maximiliano Kolbe; le asignaron el 16670 en Auschwitz. Cambió su número para que un padre de familia se librara de la cámara de gas. Fue canonizado por el Papa Juan Pablo II en 1982 La noche del 3 de agosto de 1941, un prisionero de la misma sección en la que estaba asignado Kolbe escapa; en represalia, el comandante del campo ordena escoger a 10 prisioneros al azar para ser ejecutados. Entre los hombres escogidos estaba el sargento Franciszek Gajowniczek, polaco como Kolbe, pero casado y con hijos. Maximiliano, que no se encontraba dentro de los 10 prisioneros escogidos, se ofrece a morir en su lugar. El comandante del campo acepta el cambio, y Kolbe es condenado a morir de hambre junto con los otros nueve prisioneros. Diez días después de su condena y al encontrarlo todavía vivo, los nazis le administran una inyección letal el 14 de agosto de 1941

b)El rey que quiso imitar la misericordia de Jesús

Por el año 987 Roberto fue coronado rey de Francia. Era un príncipe piadoso y un gran devoto de Jesús en la Eucaristía. Su mayor placer fue el de adornar los altares y las iglesias, y lo más hermoso y precioso lo dejaba por Jesús.

Algunos hombres impíos y ambiciosos habían conspirado para asesinarlo y así apoderarse del gobierno. Mas la confabulación fue descubierta y los culpables fueron traídos ante el tribunal que los condenó a muerte. El rey les envió a un sacerdote a la cárcel. Los malhechores se arrepintieron y, después de una sincera confesión, recibieron la Sagrada Comunión.

Era la mañana del día de su ejecución. Las esposas y madres de los sentenciados fueron al rey a pedirles perdón, pero sus consejeros no querían de ninguna manera indultarlos.

Entonces una anciana madre se echó a los pies del rey y llorando, dijo: “Es cierto que estos hombres han merecido tal castigo; pero, tened presente, oh rey, que han sido, hace pocos instantes, huéspedes de Jesús, porque acaban de recibir la Santa Comunión. Él les ha perdonado todo; perdonadles también”.

Al oir el rey estas palabras de la afligida madre, y recordando la infinita misericordia de Jesús en la Santa Comunión, hizo llamar inmediatamente a los condenados y, estrechándoles la mano, los indultó.

Todo el pueblo aplaudió la bondad del rey que, en adelante, fue el ídolo de sus súbditos.

c)La Cruz abrazada…

Un joven sentía que no podía más con sus problemas. Cayó entonces de rodillas rezando: “Señor, no puedo seguir. Mi cruz es demasiado pesada” El Señor le contestó: “Hijo mío, si no puedes llevar el peso de tu cruz, guárdala dentro de esa habitación. Después escoge la cruz que tu quieras”. El joven suspiró aliviado: “Gracias Señor”. Luego dio muchas vueltas por la habitación observando las cruces, había de todos los tamaños. Finalmente fijó sus ojos en una pequeña cruz apoyada junto a la puerta y susurró: “Señor, quisiera esa cruz”. El Señor le contestó: “Hijo mío, esa es la cruz que acabas de dejar”

d) Un soldado iraquí pasa a la vida monástica

Vengo de una familia cristiana. En 1984 era soldado del ejercito iraquí. Combatí en la guerra contra Irán militando durante casi cuatro años en el ejército. He combatido también contra los kurdos y entre otras adversidades fui hecho prisionero: un grupo de guerrilleros kurdos me capturó y permanecí tres meses en la montaña sufriendo crueles torturas. Me liberaron porque mi familia pagó como rescate 10.000 dinares. La vida militar en el ejército de Saddam me agotó y huí, por lo que me convertí en un desertor. La policía me capturó y un tribunal militar me condenó a prisión por deserción.

En aquel período descubrí la oración como verdadero alimento espiritual. Viví esta crisis con mucho dolor y sufrimiento en cuerpo y alma. Pero el Señor estaba siempre conmigo y no me dejó jamás, porque quien tiene fe en el Señor nunca debe tener miedo y encuentra la paz y la alegría a pesar de las situaciones de angustia.

Dice el salmo: «Fui joven, ya soy viejo, nunca vi al justo abandonado, ni a su linaje mendigando el pan» (Sal 37, 25).

Comencé a interrogarme sobre el verdadero sentido de la vida y sobre los verdaderos valores, preguntándome dónde y cuándo podría encontrar el camino adecuado de mi existencia en el mundo ¿Qué camino deberé seguir para llegar a la verdadera felicidad?

A las preguntas sobre mí mismo se añadían otros interrogantes: ¿por qué hay guerras, injusticias y odio en el mundo? ¿Por qué la humanidad no puede vivir en paz? En aquel momento de angustia, oí una voz fuerte dentro de mí que me llamaba: «Ven y sígueme, encontraras el verdadero sentido de tu vida». «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6).

En 1988 terminó la guerra y seguí un curso de estudios en la Universidad en mi ciudad, Nínive. Continuaba frecuentando la Iglesia y pidiendo a Dios que confirmara mi vocación.

En 1991 comenzó la Guerra del Golfo y la situación de la mayoría de la gente empeoraba de día en día. Muchas familias emigraban de Irak. También yo habría querido unirme a la diáspora.

En 1993 me inscribí en un curso de Teología y sentí en lo profundo de mi corazón lo dulce y buena que es la Palabra de Dios. La conciencia de la vocación se hizo más fuerte y entonces respondí a la llamada del Señor. Es el Señor quien llama y es Él quien da el primer paso hacia el hombre.

Después de un intenso período de oración, en 1995 dejé a mi familia y mi ciudad para seguir al Señor y entré en el convento de los Monjes Caldeos que se encuentra en Bagdad. Ahora estoy perfeccionando mis estudios.

Javier Leoz

Parroquia de San Juan Evangelista

Peralta (Navarra)

http://www.mercaba.org

VIERNES: MYSTERIA DOLORIS. Rezamos el Santo Rosario en latín con Benedicto XVI

 

ROSARIUM BEATAE MARIAE VIRGINIS

 

Mysteria Doloris

 

Introductio

V. Deus in adiutórium meum inténde

R. Dómine, ad adiuvándum me festina

Gloria Patri

Gloria Patri, et Filio, et Spirítui Sancto.

Sicut erat in principio, et nunc, et semper,

Et in saecula saeculórum. Amen.

 

Primum mysterium: Iesus in horto Gethsémani orat

Pater Noster

Pater noster, qui es in caelis: sanctificétur nomen tuum;

Advéniat regnum tuum; fiat volúntas tua, sicut in caelo et in terra.

Panem nostrum quotidiánum da nobis hódie;

Et dimítte nobis débita nostra, sicut et nos dimíttumus debitóribus nostris;

Et ne nos indúcas in tentatiónem, sed líbera nos a malo.

Ave Maria (10)

Ave Maria, grátia plena, Dóminus tecum;

Benedícta tu in mulieribus,

Et bendíctus fructus ventris tui, Iesus.

Sancta María, Mater Dei,

Ora pro nobis peccatóribus,

Nunc et in hora mortis nostrae. Amen

Gloria Patri

Gloria Patri, et Filio, et Spirítui Sancto.

Sicut erat in principio, et nunc, et semper,

Et in saecula saeculórum. Amen.

 

Secundum mysterium: Iesus flagéllis caeditur

 1 PATER NOSTER – 10 AVE MARIA – 1 GLORIA

Tertium mysterium: Iesus spinis coronátur

1 PATER NOSTER – 10 AVE MARIA – 1 GLORIA

Quartum mysterium: Iesus cruce oneratus Cálvarie locum adit

1 PATER NOSTER –10 AVE MARIA – 1 GLORIA

Quintum mysterium: Iesus in cruce móritur

1 PATER NOSTER – 10 AVE MARIA – 1 GLORIA

Salve Regina

Salve Regina, mater misericódiae; vita, dulcédo et spes nostra, salve.

Ad te clamámus, éxsules filii Hévae; ad te suspirámus, geméntes et fléntes in hac lacrimárum valle.

Éia érgo, Advocáta nostra, íllos túos misericórdes oculos ad nos convérte.

Et Iesum, benedíctum fructum ventris tui, nobis post hoc exsílium osténde.

O clémens, o pia, o dulcis Virgo Maria.

Litaniae Lauretanae

 Kyrie, eléison.

Christe, eléison.

Kyrie, eléison.

Christe, áudi nos.

Christe, exáudi nos.

 

Páter de caelis, Deus,

Fíli, Redémptor mundi, Deus,

Spíritus Sáncte, Deus,

Sancta Trínitas, únus Deus,

Sancta Maria,

Sancta Déi Génitrix,

Sancta Vírgo Vírginum,

Mater Christi,

Mater Ecclesiae,

Mater Divínae gratiae

Mater purissima,

Mater castissima,

Mater inviolata,

Mater intemerata,

Mater amabilis,

Mater admirabilis,

Mater boni consílii,

Mater Creatóris,

Mater Salvatóris,

Virgo prudentissima,

Virgo veneranda,

Virgo praedicanda,

Virgo pótens,

Virgo clémens,

Virgo fidélis,

Spéculum iustítiae,

Sédes sapiéntiae,

Causa nóstrae laetítiae,

Vas spirituale,

Vas honorabile,

Vas insígne devotiónis,

Rosa mystica,

Turris Davídica,

Turris ebúrnea,

Domus áurea,

Foéderis arca,

Iánua caeli,

Stella matutina,

Sálus infirmórum,

Refúgium peccatórum,

Consolatrix afflictórum,

Auxílium Christianórum,

Regina Angelórum,

Regina Patriarchárum,

Regina Prophetárum,

Regina Apostolórum,

Regina Mártyrum,

Regina Confessórum,

Regina Vírginum,

Regina Sanctorum ómnium,

Regina sine labe originali concepta,

Regina in caelum assúmpta,

Regina Sanctíssimi Rosarii,

Regina familiae,

Regina pacis,

Ágnus Dei,

qui tóllis peccáta múndi,

Ágnus Dei,

qui tóllis peccáta mundi,

Ágnus Dei, qui tóllis peccata mundi,

Ora pro nobis, Sancta Dei Génitrix,

miserére nobis.

miserére nobis.

miserére nobis.

miserére nobis.

ora pro nobis.

ora pro nobis.

ora pro nobis.

ora pro nobis.

ora pro nobis.

ora pro nobis.

ora pro nobis.

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ora pro nobis.

ora pro nobis.

ora pro nobis.

ora pro nobis.

ora pro nobis.

ora pro nobis.

ora pro nobis.

parce nobis, Domine.

exaudi nos, Domine.

miserere nobis.

ut digni efficiamur promissionibus Christi.

Orémus

Deus, cuius Unigénitus per vitam, mortem et resurrectionem suam nobis salutis aeternae praemia comparavit: concede, quaesumus, ut, haec mysteria sactissimo Beatae Mariae Virginis Rosario recoléntes, et imitémur quod continent, et quod prmittunt, assequamur.

Per Christum Dóminum nostroum.

Amen

Dóminus vobiscum

Et cum spiritu tuo

 

Sit nomen Dómini benedictum

Ex hoc nunc et usque in saeculum

 

Adiutorium nostrum in nomine Dómine

Qui fecit caelum et terram

Benedicat vos omnipotens Deus,

Pater, et Filius, et Spiritus Sanctus. Amen

Via Crucis

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Primera estación Jesús condenado a muerte 
 
Adorámoste, Cristo, y te bendecimos.
Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Sentado en el tribunal
da Pilatos la sentencia
condenando a la Inocencia,
y absolviendo al criminal.
Procedo de modo igual,
cuando por motivos vanos,
cedo a respetos humanos,
y en la tentación consiento,
dándole a Jesús tormento,
aunque me lave las manos.
 
 Considera, alma, en esta primera estación, que es la casa de Pilato, donde fue rigurosamente azotado el Redentor del mundo, coronado de espinas y sentenciado a muerte.
¡Oh suavísimo Jesús, que quisisteis ser tenido como vil esclavo delante del sacrílego pueblo!
Suplícoos, Señor mío, que por esta mansedumbre vuestra mortifique yo mi soberbia, para que, sufriendo las afrentas de esta vida humildemente, logre gozaros en la eterna gloria. Amén.
Padrenuestro y Avemaría.

Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su afligida Madre. Amén.
 

Segunda estaciónJesús con la cruz a cuestas
 
Adorámoste, Cristo, y te bendecimos.
Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.
 
Bajo la cruz que le inclina
deja Cristo nuestro Bien,
la ingrata Jerusalén,
y al Calvario se encamina.
Con su mirada divina
me invita a seguirle en pos…
¡Oh Jesús, Hijo de Dios,
dadme a entender el misterio 
de la Cruz,y su improperio
saldré llevando con Vos! 

En la cruz estaba el peso de todas las iniquidades del mundo. Y, sin embargo, Jesús, todo cariño, todo amor, todo deseo de redimirnos, la recibe con una santa alegría sólo por mi salvación.
Y yo, ¿no he de sufrir nada por mi Dios?
Ruégoos, Señor, me deis favor para que tome gustoso la cruz de la penitencia, a fin de que pueda veros y os abrace siempre en el cielo. Amén.

Padrenuestro y Avemaría.

Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su afligida Madre. Amén.
 

Tercera estaciónJesús cae por primera vez bajo la cruz
 
Adorámoste, Cristo, y te bendecimos.
Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.
 
Bajo la cruz que le oprime,
el divino Redentor,
cae en tierra y su dolor,
de las culpas nos redime;
el manso Cordero gime,
pero su tierno balido,
no parece ser oído,
Jesús de mi corazón,
por vuestra muerte y pasión,
levantad al que ha caído.

¡Qué triunfo para sus enemigos! ¡Qué burlas y que blasfemias al verle caer! Y yo, ¿cuántas veces he escandalizado a otros? ¿cuántas veces no he corregido las burlas y blasfemias de otros? Ruego a vuestra divina clemencia que me deis gracia para que me levante de la culpa y que esté siempre firme en el cumplimiento de vuestros mandamientos. Amén.

Padrenuestro y Avemaría.

Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su afligida Madre. Amén.
 

Cuarta estaciónJesús encuentra a su Santísima Madre
 
Adorámoste, Cristo, y te bendecimos.
Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.
 
En la calle de Amargura
la Madre al Hijo ha encontrado
y sus ojos se han mirado
con infinita ternura.
¡Quién pudiera, Madre pura,
vuestra pena compartir,
y a Jesucristo seguir,
hasta llegar a la cima,
de un alma que sólo estima,
o padecer o morir! 

Qué martirio tan cruel al encontrarse los dos frente a frente. Los corazones del Hijo y de la Madre traspasados de dolor, se ofrecen entonces por mi a tan doloroso sacrificio. Y yo, ¿no amaré toda mi vida los corazones de Jesús y María?

Padrenuestro y Avemaría.

Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su afligida Madre. Amén.
 

Quinta estaciónJesús es ayudado por el Cireneo a llevar la cruz
 
Adorámoste, Cristo, y te bendecimos.
Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.
 
Temen que el Divino Reo
llegar no pueda a la cumbre.
¡Tan grande es la pesadumbre!
¡Tan infame su deseo!
Obligan al Cireneo,
a que la carga le lleve.
¿Qué cristiano no se mueve,
a ayudar al Buen Jesús,
si el peso de nuestra cruz,
yendo con El, será leve? 

¡Oh amantísimo Jesús! Pues por mi amor llevasteis tan pesada cruz, y quisisteis que en la persona del Cirineo os ayudásemos a llevarla, os suplico, Señor, me abrace con la cruz de la abnegación de mí mismo; para que siguiendo vuestros pasos, consiga los eternos goces. Amén.

Padrenuestro y Avemaría.

Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su afligida Madre. Amén.
 

Sexta estaciónLa Verónica enjuga el rostro a Jesús
 
Adorámoste, Cristo, y te bendecimos.
Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.
 
Una mujer compasiva,
fija en Jesús la mirada
y a la Hermosura afeada,
ve con la sangre y saliva.
Detiene a la comitiva;
y viendo al sol eclipsado,
con un velo tresdoblado,
enjuga el Rostro divino,
que un prodigio peregrino,
deja en el lienzo estampado. 

Considera, alma, en esta sexta estación, cómo es el lugar donde salió la mujer Verónica, que viendo a su Majestad fatigado, y su rostro obscurecido por el sudor, polvo, salivas y bofetadas que le dieron, se quitó un lienzo con que le limpió.
¡Oh hermosísimo Jesús, que siendo afeado vuestro rostro con las inmundas salivas, os limpió el sudor aquella piadosa mujer con las tocas de su cabeza, y quedó impreso en ellas! Os suplico, Señor, que estampéis en mi alma la imagen de vuestro santísimo rostro y me deis vuestro favor para conservarla siempre. Amén.

Padrenuestro y Avemaría.

Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su afligida Madre. Amén.

Séptima estaciónJesús cae por segunda vez
 
Adorámoste, Cristo, y te bendecimos.
Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.
 
Abrumado por el leño,
de infinita pesadez,
en tierra segunda vez,
sucumbe el Divino Dueño.
Jesús por vuestra caída,
libradme de recaída
en el pecado mortal,
que es mal sobre todo mal,
pues da la muerte a la Vida. 
 

¡Oh Santísimo Jesús, que por la fatiga grande de vuestro delicado cuerpo caísteis por segunda vez con la cruz! Os suplico, Señor me hagáis conocer el inmenso peso que tienen mis pecados, y dadme vuestra gracia para que no me arrastren a la eterna pena. Amén.

Padrenuestro y Avemaría.

Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su afligida Madre. Amén.

Octava estación
 
Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén
 
Adorámoste, Cristo, y te bendecimos.
 Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.
 
Dan muestras de sentimiento,
unas mujeres llorosas,
que de Cristo dolorosas,
iban en el seguimiento.
Jesús responde a su acento:
Hijas de Jerusalén,
no lloréis por Mí,
antes bien,
llorad por vuestro pecado,
pues árbol que se ha secado,
será cortado a cercén.

 “No lloréis por Mí”, les dice, “sino por vosotras y por vuestros hijos”, esto es, por los castigos de los pecados. ¡Y yo pecando sin cesar, y mis confesiones tan frías, y mis recaídas tan prontas!.
Concededme, oh Señor mío, que con fervorosas lágrimas, de contrición lave mis pecados, para que esté siempre en vuestra gracia y amistad. Amén.

Padrenuestro y Avemaría.

Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su afligida Madre. Amén.
 

Novena estación
 
Jesús cae por tercera vez bajo la cruz
 
Adorámoste, Cristo, y te bendecimos.
Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.
 
Como Isaac al sacrificio,
sube Cristo al monte santo,
y cae bajo el quebranto
del doloroso suplicio.
¡Cuántas veces en el vicio
recaíste, pecador.
De esta sangre, oh Redentor,
que a raudales de Vos brota,
dadme al menos una gota,
dadme vuestro casto amor. 

¿Cómo caéis tantas veces, Jesús mío, si sois, la misma fortaleza de Dios?
Pues mira: Yo he caído para enseñarte a levantarte de tus caídas con el dolor de tus culpas, confesándolas humildemente y poniendo toda confianza en Mí.Amén.

Padrenuestro y Avemaría.

Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su afligida Madre. Amén.
 

Décima estaciónDesnudan a Jesús, y le dan de beber hiel.
 
Adorámoste, Cristo, y te bendecimos.
Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.
 
Con osada demasia,
le arrancan las vestiduras
y exponen sus carnes puras
a la luz del claro día.
¡Flor de la Virgen María!
Este mismo desacato
cometo sí sin recato,
profano en mí vuestro templo,
siguiendo en esto el ejemplo
de quien os dio tan mal trato. 

 ¿En qué pensabais, Jesús mío, cuando os arrancaban vuestros vestidos, juntamente con los pedazos de vuestra carne?… Yo le ofrecí todo a mi Padre eterno, para que tu no sintieras arrancar de ti aquel objeto, aquella ocasión, aquel vicio que te esclavizaba. Ya sabes que toda fuerza está en morir antes que volver a cometerlo. Amén.

Padrenuestro y Avemaría.

Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su afligida Madre. Amén.
 

Undécima estación
 
Jesús clavado en la cruz
 
Adorámoste, Cristo, y te bendecimos.
Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.
 
Jesús extiende sus brazos,
manos y pies; los verdugos,
entre sangre a borbotones,
los clavan a martillazos.
Quiero mi Dios,con abrazos,
pagar amor tan profundo
viviendo para este mundo,
crucificado de hoy más; 
y a mí, mundo, lo estarás,
pues ya de ti me confundo. 

Considera, alma, en esta undécima estación, cómo es el lugar donde fue clavado el Señor en la cruz; y oyendo su santísima Madre el primer golpe de martillo, sintió vivísimo dolor en su Corazón; y más, al ver que le ponían otra vez la corona de espinas con gran crueldad y fiereza.
¡Oh clementísimo Jesús, que sufristeis ser extendido en la cruz y que clavasen vuestros pies y manos en ella! Os ruego, Señor mío, por vuestra inefable caridad, no extienda yo mis pies y manos a maldad alguna, sino que siempre viva crucificado con Vos. Amén.

Padrenuestro y Avemaría.

Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su afligida Madre. Amén.
 

Duodécima estación
 
Jesús muere en la cruz
 
Adorámoste, Cristo, y te bendecimos.
Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.
 
Del Padre desamparado,
colgado entre dos ladrones,
insultado de sayones,
por la sed atormentado,
deja al discípulo amado
la prenda que más quería;
con tres horas de agonía,
consuma la nueva Ley;
y en el leño reina el Rey
de la antigua profecía. 

Mírale: sus pies clavados para sujetar los tuyos: sus brazos extendidos para abrazarte, su costado abierto para recibirte, inclinada la cabeza para darte el beso de reconciliación… ¿Cuándo os amaré Jesús mío, como vos me habéis amado?
¡Oh divino Jesús, que crucificado entre dos ladrones fuisteis levantado a vista de todo el mundo y padecisteis tormentos insufribles! Ruégoos, Señor mío, sanéis mi alma, y que sólo a Vos ame, a Vos quiera y por Vos muera. Amén.

Padrenuestro y Avemaría.

Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su afligida Madre. Amén.
 

Decimotercera estación
Jesús es bajado de la cruz y puesto en los brazos de su santísima Madre
 
Adorámoste, Cristo, y te bendecimos.
Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.
 
Dos varones abnegados
descuelgan el cuerpo santo,
que riegan con tierno llanto
unos ojos anegados.
¡Cuál pararon mis pecados
el santo cadáver yerto!
En este costado abierto,
pondré Señor,mi mansión,
siendo vuestro Corazón,
para mí, seguro puerto. 

Madre de los Dolores, dejadme adorar el cadáver de vuestro Hijo… Ven, pecador: mira su rostro desfigurado, sus ojos amarillos, su boca ensangrentada, sus manos y pies taladrados, su costado abierto, todo su cuerpo destrozado. ¡He aquí la justicia de Dios! ¡He aquí la enormidad de tu pecado!
¡Oh Madre de misericordia! Por las penas que padecisteis cuando pusieron a vuestro amado Hijo en vuestros brazos, y fue ungido por vuestras manos, suplícoos me alcancéis un grande dolor de haberle ofendido y compasión de vuestras muchas penas. Amén.

Padrenuestro y Avemaría.

Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su afligida Madre. Amén.

Decimocuarta estación
 
Jesús es puesto en el sepulcro
 
Adorámoste, Cristo, y te bendecimos.
Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.
 
Con cien libras de mixtura
ungen el cuerpo llagado,
que con vendajes ligado
dejan en la sepultura,
tallada en la peña dura.
Por la Santa Eucaristía,
un sepulcro, Madre mía,
quiero yo ser, como Vos, 
viviendo sólo por Dios,
con Jesús y con María. 
 

También mi alma es sepulcro de Jesús en la Santa Comunión. Hacéos, Señor, en ella un sepulcro todo nuevo, purificándola de sus manchas, y no permitáis que en adelante vuelva a daros más la muerte con mis pecados. ¡Oh purísima Señora! Por la grande pena que padecisteis cuando os quitaron de vuestros brazos a vuestro soberano Hijo para ponerlo en el sepulcro, os suplico me alcancéis de su divina Majestad ablande mi duro corazón y coloque en él un amor grande para amarle y servirle. Amén.

Padrenuestro y Avemaría.

Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su afligida Madre. Amén.

Te Deum de Acción de Gracias por el fin de año

Te Deum laudamus:
te Dominum confitemur.
Te aeternum Patrem
omnis terra veneratur.
Tibi omnes Angeli;
tibi caeli et universae Potestates;
Tibi Cherubim et Seraphim
incessabili voce proclamant:
Sanctus, Sanctus, Sanctus, Dominus
Deus Sabaoth.
Pleni sunt caeli et terra
maiestatis gloriae tuae.
Te gloriosus Apostolorum chorus,
Te Prophetarum laudabilis numerus,
Te Martyrum candidatus laudat exercitus.
Te per orbem terrarum
sancta confitetur Ecclesia,
Patrem immensae maiestatis:
Venerandum tuum verum et unicum Filium;
Sanctum quoque Paraclitum Spiritum.
Tu Rex gloriae, Christe.
Tu Patris sempiternus es Filius.
Tu ad liberandum suscepturus hominem,
non horruisti Virginis uterum.
Tu, devicto mortis aculeo, aperuisti
credentibus regna caelorum.
Tu ad dexteram Dei sedes, in gloria Patris.
Iudex crederis esse venturus.
Te ergo quaesumus, tuis famulis subveni:
quos pretioso sanguine redemisti.
Aeterna fac cum sanctis tuis in gloria numerari.
V. Salvum fac populum tuum, Domine, et benedic hereditati tuae.
R. Et rege eos, et extolle illos usque in aeternum.
V. Per singulos dies benedicimus te.
R. Et laudamus nomen tuum in saeculum, et in saeculum saeculi.
V. Dignare, Domine, die isto sine peccato nos custodire.
R. Miserere nostri, Domine, miserere nostri.
V. Fiat misericordia tua, Domine, super nos, quedammodum speravimus in te.
R. In te, Domine, speravi: non confundar in aeternum

Las dos oraciones de San Ignacio de Loyola

 

ALMA DE CRISTO

Alma de Cristo, santíficame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame,
Agua del Costado de Cristo, purifícame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh Buen Jesús, óyeme!
Dentro de tus llagas, méteme.
No permitas que me aparte de ti.
Del maligno enemigo, líbrame.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a ti
para que con tus santos te alabe.
Por los siglos de los siglos. Amén.

TOMAD, SEÑOR, Y RECIBID

Tomad, Señor, y recibid
toda mi libertad,
mi memoria
mi entendimiento
y toda mi voluntad,
todo mi haber y mi poseer;
Vos me disteis,
A Vos, Señor, lo torno.
Todo es vuestro,
disponed todo a vuestra voluntad;
dadme vuestro amor y gracia,
que con ésta me basta

La fuerza del Rosario

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A lo largo de la historia, se ha visto como el rezo del Santo Rosario pone al demonio fuera de la ruta del hombre y de la Iglesia. Llena de bendiciones a quienes lo rezan con devoción. Nuestra Madre del Cielo ha seguido promoviéndolo, principalmente en sus apariciones a los pastorcillos de Fátima.

El Rosario es una verdadera fuente de gracias. María es medianera de las gracias de Dios. Dios ha querido que muchas gracias nos lleguen por su conducto, ya que fue por ella que nos llegó la salvación.

Todo cristiano puede rezar el Rosario. Es una oración muy completa, ya que requiere del empleo simultáneo de tres potencias de la persona: física, vocal y espiritual. Las cuentas favorecen la concentración de la mente.

Rezar el Rosario es como llevar diez flores a María en cada misterio. Es una manera de repetirle muchas veces lo mucho que la queremos. El amor y la piedad no se cansan nunca de repetir con frecuencia las mismas palabras, porque siempre contienen algo nuevo. Si lo rezamos todos los días, la Virgen nos llenará de gracias y nos ayudará a llegar al Cielo. María intercede por nosotros sus hijos y no nos deja de premiar con su ayuda. Al rezarlo, recordamos con la mente y el corazón los misterios de la vida de Jesús y los misterios de la conducta admirable de María: los gozosos, los dolorosos, los gloriosos y los luminosos. Nos metemos en las escenas evangélicas: Belén, Nazaret, Jerusalén, el huerto de los Olivos, el Calvario, María al pie de la cruz, Cristo resucitado, el Cielo, todo esto pasa por nuestra mente mientras nuestros labios oran.