Festividad de Nuestra Señora del Pilar, Patrona de la Hispanidad

 

Iba el Almirante navegando aquella incertidumbre de sesenta vacías singladuras, mudo y ensimismado en su paisaje interior de aguas y de estrellas. Estaba ungido. Y el Señor se complacía en descubrirle el misterio de aquella geometría de números y de luz en que fueron creadas todas las cosas al principio. ¡Qué riesgo marear los océanos cuando aún no concierta la bitácora con la Polar, los ca minos seguros donde resoplan su gozo los ángeles del viento y las sirenas! Pero la corazonada del Almirante le ardía, asomada a los ojos, como un fuego rusiente, para conducir los navíos. ¿No parecían las carabelas, entre el turpial salobre de las olas, tres conchas peregrinas desprendidas del bordón de Santiago? Sí. Después de andar siglos y siglos la dura tierra española, en holocausto de sangre y de batallas, por la unidad de la fe, esta aventura extraordinaria en la inmensidad desconocida de los océanos.

Los Pinzones, grandes capitanes y ambiciosos, tejen, con la fatiga y el descontento de la tripulación, trampas y trifulcas al Almirante: pero él se recoge, con la seguridad de su fe iluminada, en el regazo de la Biblia. Se navega hacia la desesperación. Y, detrás de cada ola, crece el de signio del retorno a La Rábida.

De pronto, los pájaros. Inesperadamente, un vuelo de papagayos y de grullas enhebran, con las agujas de los mástiles y el hilo de oro del sol, un soneto de luz a la esperanza. El anochecer de vísperas se cierra, como boca de lobo, sin estrellas, abrasado de vientos tropicales que enloquecen la pasión y la sangre. El mar, en calma. Y rompe la “Salve, Regina” marinera, tan impetuosa, que arranca el milagro al corazón de Dios, en el nombre de María Santísima, ¡Qué prodigio entonces! El Almirante, vestido de negra ropilla penitente, agarra entre sus manos el gobernalle, Quiere rezar, y no puede, porque sus labios se aferran a una palabra sólo: “Tierra”. Después se pone a temblar, él, tan endurecido de infinitas navegaciones. Una lágrima cristiana de amor enturbia el poder de sus pupilas, que adivinan allí, en la lejana frontera del cielo con las aguas, el resplandor parpadeante de un fuego. ¿Se alucinan aún? El reloj que criba las arenas del tiempo, entre aquellas ampollas que parecen dos corazones de cristal, apunta las dos de la madrugada. Un morterazo y un grito: “¡Tierra a la vista!” Y Rodrigo de Triana, como el bello arcángel de la Anunciación, certifica el milagro del Descubrimiento.

Algarabía, abrazos y canciones; los tamboriles vascongados rizan vítores de gloria al Almirante; y una oración: “Bendita sea la luz,—bendita la santa cruz;—y el Señor de la verdad—-y la Santa Trinidad;—bendito sea este día—y el Señor, que nos lo envía”. Y allí van solemnes las carabelas españolas, escoltadas de una orla de indios que saltan y juegan, como delfines, con el poder del mar…. y parece el cortejo de los tres Reyes Magos que rinden su homenaje a un nuevo mundo recién nacido para la mayor gloria de Dios. En el Diario del Almirante hay esta noticia que resume todos los designios del Descubrimiento: “Yo, para que los indígenas nos tuvieran mucha amistad, porque conocí que era gente que mejor se libraría y convertiría a nuestra santa fe más por el amor que por la fuerza, les di bonetes colorados y cuentas de vidrio, que se ponían al cuello, con lo que habían mucho placer y quedaron tan nuestros que era maravilla”. Está fechada un 12 de octubre de 1492, el mismo día que allí la España distante, católica y misionera, honra a su Patrona de los cielos, Santa María del Pilar. ¿Coincidencia? Pero ésta es otra historia de un estupendo prodigio, en el escenario de las aguas del Ebro, acaecido un amanecer original, catorce siglos antes.

Os lo quiero referir con todo el perfume intacto de una primera relación, escrita por mano anónima, en las últimas páginas del códice de Los Morales, de San Gregorio Magno, según puede leerse en los archivos de Zaragoza. Tiene la suave fragancia espiritual de los scriptorios medievales, donde los monjes hilaban la historia, con aquel gozo de oros, azules y bermellones, según los abecedarios de una fe pura y pacífica. Se le creía contemporánea del obispo Tajón, hacia el 631, pero la crítica le ajustó la edad aproximada entre finales del Xlll y principios del XIV.

Y fue que Santiago el Mayor, hermano de Juan el Evangelista, vino a España para anunciar la Nueva Ley de Jesucristo. Cumplía el mandamiento que el Señor les hiciera a los Doce, en su última aparición de resucitado: Predicad el Evangelio a todas las gentes del mundo. El escritor anónimo inicia su narración dramatizando un coloquio de despedida entre la Virgen y el apóstol, que resulta poco verosímil; y después nos describe la llegada a España, por Asturias; sus viajes misioneros en Galicia; siguiéndole todo su itinerario hasta la España Menor, que es el reino aragonés, que se llama Celtiberia. Dos videntes extraordinarías, las venerables María de Jesús de Agreda y Ana Catalina Emmerich, coinciden en ver a Santiago partir desde Jaffa, tocar Cerdeña en la ruta del mar Mediterráneo y desembarcar, más lógicamente, en Cádiz o Cartagena, para la evangelización de Andalucía. La madre Agreda coloca en Granada un aprieto de muerte para el apóstol, acorralado por sus enemigos, del que le salva la Virgen María viniendo personalmente en su socorro.

Pero situémosle ya, con el códice gregoriano, en Zaragoza, donde no le acompaña la fortuna en sus trabajos apostólicos. “Aquí predicó muchos días, logrando convertir para Cristo a ocho hombres.” ¡Menguada pesca para aquel marino del mar de Tiberíades que había tocado con sus manos las redes abarrotadas de Pedro en aquella pesca milagrosa! Y, cosa muy natural, le rinde el desaliento a Santiago. “Con estos convertidos se entretenía en dulces enseñanzas sobre el reino de Dios, y por la noche iba a una era, cerca del río, donde se echaba en la paja.” Ya se presiente el prodigio. Porque, en una de esas largas noches desveladas por la amargura y la oración instante, percibe en los cielos un camino de luz, sonoro de canciones y de arcángeles. Ave Maria, gratia plena. ¿Es una alucinación de la fatiga o del viento ululante que baja del Moncayo? No. Es una evidencia estremecedora, en sus claridades celestes. La humilde Virgen Maria, tierna Madre de la Iglesia, que él dejara en Jerusalén, está allí, palpitante, viva, hermosísima, bendiciéndole, hablándole de esta manera: “He aquí, hijo mío Jacobo, el lugar de mi elección. Mira este pilar en que me asiento, enviado por mi Hijo y Maestro tuyo. En esta tierra edificarás una capilla. Y el Altísimo obrará, por Mí, milagros admirables sobre todos los que imploren, en sus necesidades, mi auxilio. Este pilar quedará aquí, hasta el fin de los tiempos, para que nunca le falten adoradores a Jesucristo”. Y la cabalgata angélica toma reverente a su Reina, y por un camino de luceros, que será para siempre el Camino de Santiago, le devuelve a su retiro de Jerusalén. Así, tan sencillamente termina el relato de la aparición de Maria, en su carne mortal, al apóstol Santiago, en Zaragoza.

¿Historia o leyenda?

Cuando, en nuestro tiempo, aquel reducido oratorio, edificado por los primeros creyentes, se ha convertido en un suntuoso templo de la Hispanidad, abrir este interrogante de duda suena a herejía intolerable. Pero acaso sea mejor que la critica de dentro y de fuera de España haya cribado rigurosamente tan entrañable suceso. Si se niega la evangelización de nuestra Patria por Santiago el Mayor, nada puede quedar de esta prodigiosa venida de la Virgen, ni de su celeste regalo de la columna. Veamos.

Los adversarios argumentan en dos direcciones: una teológica; la otra, científica. Y dicen: No parece honorable a la santidad y seriedad de María este andar funambulesco por los aires, ni tampoco coherente con su carácter humildisimo el pedir, en vida aún, que el apóstol edifique un oratorio a su dedicación y culto. Pues, en respuesta, os abro la teología de la Virgen, en aquella Pentecostés, cuando preside a los Doce, la mañana elegida por el Santo Espíritu para introducir a la Iglesia públicamente en la historia del mundo. Sobre todos caen las llamas misteriosas de fuego, que los transforma, de hombres, en consagrados “testigos del Señor Jesús”. Aquí, en este ardiente cenáculo, lo veis, se realiza aquella maternidad de gracia—sin estrenar aún—anunciada al mundo por las palabras de agonía de Cristo, en la mutua entrega de su Madre y Juan. Toda maternidad tiene exigencias inviolables y derechos augustos, de sacrificio, de ternuras, de tutelas y socorros cerca de los hijos. Y María, Madre de este pequeño Colegio apostólico y de toda la Iglesia universal. Pues bien; de otro lado, no se pueden negar teológicamente a Nuestra Señora gracias, carismas y dones que hayan sido concedidos a simples mortales, sino que deben atribuírsele en grado eminente. Según la luminosa dialéctica de Santo Tomás de Aquino, María alcanza, en funciones de su divina maternidad, “una grandeza y un poder, de alguna manera, infinitos”, pues vive, como si dijéramos, en las mismas fronteras de la Deidad. Tanto, que el bello arcángel de la Anunciación la saluda: “Salve, la llena de gracia”. Pues la consecuencia será que este don de las traslaciones o bilocaciones, ya concedido a muchos siervos de Dios, hay que reconocérselo realmente a María, que pudo venir a Zaragoza, sin indecoro circense, sino empujada por un amoroso apego que profesaba a Santiago, sin duda porque el apóstol, en su rostro y en su porte, era una estampa viva de su Hijo Jesucristo. Y como Madre de todos los apóstoles.

El tema de la dedicación de un oratorio a su nombre y culto puede plantearse, salvando su exquisita humildad. Las relaciones del prodigio nos aseguran que Ella trajo una columna, de origen celeste, como testimonio y signo de fortaleza. Entonces, ¿por qué no pensar que este templo que la Virgen pide a Santiago sea corno el Arca de la Alianza antigua, el joyel que guarde el tesoro divino de su pilar? Nos promete una intercesión de gracias, milagros y bendiciones muy acorde con los principios dogmáticos de su maternidad divina. Porque, desde el instante de la Encarnación, para que su consentimiento a la empresa redentora de Cristo fuese racionalmente libre, fue necesario que conociera todo el ámbito de obligaciones y derechos de esa su maternidad, es decir, su condición de corredentora, de intercesora y medianera de todas las gracias. La madre Agreda describe así el encargo al apóstol: “Hijo mío Jacobo, este lugar ha señalado y destinado el altísimo y todopoderoso Dios del cielo para que en la tierra le consagres y dediques un templo y casa de oración, donde debajo del título de mi nombre, quiere que el suyo sea ensalzado y engrandecido”. Y así, la humilde ‘esclavita” de Nazaret, María, busca primero el honor y la gloria del que la hizo grande con su poder, porque es el Altísimo.

El argumento científico de crítica histórica procede por meras vías de negación. Sin presentar nada positivo, se contenta con calificar de sospechoso que hasta el siglo IX no se encuentran pruebas escritas del prodigio. Más: juzgan inexplicable que los escritores clásicos primitivos omitan su consignación en absoluto: así Idacio, Orosio, San Isidoro de Sevilla, San Julián de Toledo. Y, lo que es más grave, tratadistas aragoneses como San Braulio y Prudencio. Añádase aún el silencio de las liturgias mozárabes, que acostumbran consignar, en sus calendas, las clásicas conmemoraciones de las iglesias españolas, y estará completo todo lo que hay que oponer a esta gloriosa venida de la Virgen del Pilar a España. Bien.

Pero comienzan a enfriarse los quilates del argumento si tenemos en cuenta que Diocleciano mandó destruir, por el fuego, todos los archivos de la Iglesia primitiva. Por otra parte, si examinamos las obras de todos los escritores citados, veremos que ninguna de ellas trata temas en los que lógicamente haya lugar para introducir noticias del suceso. Y, entonces, no es demasiado sospechoso que las omitan, máxime,cuando se trataba, sin duda, de un hecho perfectamente conocido y en la conciencia profunda del pueblo fiel. ¿Pueden asegurar honradamente los adversarios de la venida de la Virgen que los naturales testigos del suceso—estos escritores religiosos citados—no se ocuparon del tema porque él no aparece en las obras escritas que conocemos? ¿Y las que se pudieron perder entre la intemperie de los siglos?

Desde el 855 la prueba en favor de la venida y del templo de Zaragoza es abrumadora. Piadosas donaciones que se hacen “a Santa María la Mayor de Zaragoza”. La bula del papa Gelasio II concediendo indulgencias para reconstruir el templo, derruido por el musulmán; Inocencio I, Eugenio III y Alejandro III, que acogen advocación y culto bajo su papal amparo. Los Alfonsos y los Jaimes, reyes aragoneses: Sancho el Fuerte de Navarra: los Berengueres, condes de Barcelona; multitud de obispos y fieles distinguidos, todos tuvieron a honra extender privilegios y legados, cubrir de magníficos dones esta angélica capilla, raíz y decoro de España.

Por último, la actitud oficial de la santa Iglesia. En las lecciones del Breviario Romano para este día acepta “como piadosa y antigua tradición” la visita de María a Santiago. Clemente XII concede el rezo de su oficio litúrgico, señalando la fecha del 12 de octubre. Pío VII lo eleva al rango de “primera clase con octava” para el reino de Aragón. Pío IX extiende a todas las diócesis de España el privilegio del oficio y de la misa del Pilar. Y Pío XII, en una comunicación de la Sagrada Congregación de Ritos —fecha 14 de febrero de 1958—, concede a todas las iglesias y oratorios de España, Iberoamérica e islas Filipinas “la misa propia de la Bienaventurada Virgen María del Pilar”. Para nosotros, creyentes y españoles, tiene un peso específico y un orgullo santo este proceder litúrgico de la Iglesia de Roma, como testimonio de reconocimiento, en torno a la venida de la Virgen a nuestra Patria.

Pero hay otra congruencia de filosofía de la historia. Los pueblos, en la armonía del mundo, como cada uno de los hombres, tienen asignado un destino en la providencia de Dios. Poniendo a Santiago como raíz de España, ya que él siembra lo permanente del hombre, toda nuestra historia se articula maravillosamente. Apóstol de la Verdad del Evangelio como una temperatura “militante”, él derrama en la sangre española de nuestro cuerpo nacional aquellos ardores que el mismo Cristo define como “Hijo del Trueno”. Vendrá la Reconquista para contrastar ocho siglos de un temple y de constancia aterradores, en holocausto de la unidad de nuestra fe. Y en las más dramáticas ocasiones el “Señor Santiago Caballero” combatirá la victoria de nuestros soldados. Y el mar: la definición de España como una unidad católica universal, adelantada de la fe de Cristo, que bautiza veinte naciones americanas para que recen, en castellano, el padrenuestro, el avemaría, el “Gloria al Padre”, en un rosario colosal de alabanzas a la Trinidad, por Cristo Redentor, en el nombre de María Santísima. Y así es.

Iba el Almirante, ensimismado en su paisaje interior de aguas y de estrellas, pero seguro. Allí, en las lejanías originales de España, gemía Santiago su misionar como inútil, con los pocos creyentes que le siguen. Pero aquella siembra de amarguras y de sangre florece con ímpetu milagroso de fecundidad. Es la hora del premio, la fe de este Almirante, que marca lo imposible en un navío que tiene nombre de Virgen: la Santa María. Y así Ella, que junto a las aguas del Ebro bautizó el alma de España, ahora arranca del sueño miliario estos millones de indios inocentes, como recién nacidos que España cristianiza a mayor gloria de Dios. Y este 12 de octubre bandean a victoria todas las campanas de las dos orillas; y hay un triunfo de banderas, un murmullo de espumas, un gran vuelo de cóndores andinos, que cantan, bajo la Cruz del Sur, la gran antífona agradecida de la Hispanidad, con toda la cristiandad arrodillada: Bendita y alabada sea la hora en que la Virgen Santísima vino en carne mortal a Zaragoza. Bendita sea por siempre y alabada. Amén.

FERMiN YZURDIAGA LORCA, www.mercaba.org

 

 

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Festividad de Nuestra Señora del Santísimo Rosario

 

Fangeaux está en un alto, dominando la inmensa llanura de Lauregais. Es un paisaje impresionante, en especial por la inmensidad del horizonte que se descubre. Precisamente Dios Nuestro Señor lo eligió para abrir los ojos de Santo Domingo de Guzmán a otro paisaje más dilatado aún, el de la inmensidad de las almas que estaban esperando quien les mostrara el camino de la auténtica vida cristiana.

Un discreto y sencillo monumento, llamado la Seignadou, marca y lugar en que, estando en oración, recibió el Santo una gracia extraordinaria. Pocos detalles sabemos de ella. Es muy fácil que, como suele ocurrir tantas veces en las vidas de los santos, ni el mismo Santo Domingo percibiera desde el primer momento toda la trascendencia de lo que entonces se le revelaba. Parece cierto que Dios le confirmó en su idea de fundar una Orden de Predicadores, que le confirmó también que eran aquellas tierras del mediodia de Francia el más adecuado escenario para dar comienzo a la tarea, y que la Santísima Virgen mostró mirar con especial predilección este apostolado dominical.

¿Ocurrió entonces la revelación del Santísimo RosarIo? Ya hemos dicho que es poco lo que nos queda de fehaciente sobre aquella visión. El Santo no fue nunca explicito, pero la tradición unánime hasta tiempos muy recientes ha hecho a Santo Domingo de Guzmán fundador del rosario. Oigamos, por ejemplo, al papa Benedicto XV:

“Y así—dice hablando de Santo Domingo—, en sus luchas con los albigenses que, entre otros artículos de nuestra fe, negaban y escarnecían con injurias la maternidad divina de Maria y su virginidad, el Santo, al defender con todas las fuerzas de su alma la santidad de estos dogmas, imploraba el auxilio de la Virgen Madre. Con cuánto agrado recibiese la Reina de los cielos la súplica de su piadosisimo siervo, fácilmente puede colegirse por el hecho de haberse servido de él la Virgen para que enseñase a la Iglesia, Esposa de su Hijo, la devoción del Santísimo Rosario: es decir, esa fórmula deprecatoria que, siendo a la vez vocal y mental (pues al mismo tiempo que se contemplan los principales misterios de la religión se recita quince veces la oración dominical con otras tantas decenas de avemarias), es devoción muy a propósito para excitar y mantener en el pueblo el fervor de la piedad y la práctica de todas las virtudes. Con razón, pues Domingo de Guzmán manda a sus hijos que, al predicar a los pueblos la palabra de Dios, se dedicasen constantemente y con todo empeño a inculcar en los ánimos de sus oyentes esta forma de orar, cuya utilidad práctica tenía él harto experimentada.”

Este es, por consiguiente, según el parecer unánime de la tradición, robustecida por los documentos pontificios el celestial origen del Santísimo Rosario. La moderna critica pone, sin embargo, no pocos reparos a este sentir. Las trazas del rosario como devoción popular son muy posteriores, y aparecen con independencia de la actuación de Santo Domingo.

No es éste el lugar de discutir una cuestión histórica. Como suele suceder en estas ocasiones, hay un desenfoque inicial en la actitud de los críticos: una idea, una institución, una devoción, no nacen nunca enteramente hechas. Piénsese en la devoción al Corazón de Jesús, elaborada durante siglos por el amor hacia la humanidad de Cristo que iba en aumento. O piénsese en la serie de vicisitudes por que pasa una idea, antes de plasmar en una realización práctica, poniendo ante los ojos, por ejemplo, las diversas tentativas y ensayos que precedieron a la configuración jurídica de la Compañía de Jesus. Que Santo Domingo de Guzmán concibió su apostolado y el de sus hijos con un mabz eminentemente mariano. no hay quien lo discuta. Que ya en los primeros tiempos de la Orden dominicana encontramos la recitación frecuente del avemaría, utilizando incluso cuerdas con nudos, también parece cierto. Recuérdese el ejemplo de Romeo de Livia, O. P. (+ 1261): el de Delfín Humberto, O. P. (+ 1356), el de la Beata Margarita Ebner, O. P. (+ 1351); el de Juan Taulero, O. P. (+ 1361), y otros muchos personajes eminentes de la Orden de Predicadores en los que encontramos elementos que luego han de servir para dar la estructuración definitiva al rosario. Esto sólo puede explicarse, o al menos se explica muy fácilmente, teniendo presente una tradición que arrancara del fundador y que perseverase dentro de la Orden.

A base de estos elementos comienza la devoción del rosario a extenderse en el siglo XV por obra principalmente de dos insignes dominicos: Alano de Rupe, forma latinizante de su apellido de la Roche, y Santiago Sprenger. El primero prefería la fórmula “salterio de la Virgen” más que la de rosario, que le parecía un tanto paganizante, y trabajó no poco en los Países Bajos por extenderlo. Sprenger no sólo consiguió extender grandemente el rosario por Alemania y los países del centro de Europa, sino que escribió un folleto de propaganda y consiguió la primera aprobación por parte de la autoridad apostólica el 10 de marzo de 1476, otorgada por el papa Sixto IV. Ni fue ésta sola la aprobación que obtuvo, sino que antes de morir logró nuevos documentos pontificios y la confirmación de todo lo actuado por parte del maestro general de la Orden. Por eso aunque algunas veces no se valore suficientemente su influencia en la difusión del rosario, es necesario tenerle por uno de los más destacados artífices de la difusión de la misma.

Ya desde entonces puede decirse que la marcha del rosario por todo el mundo es verdaderamente triunfal. Pronto salta de los países de la Europa central a los países latinos, y las concesiones papales se encuentran ya en abundancia. En España mismo vemos cómo el cardenal Gil de Viterbo, legado para España y Portugal, después de definir el rosario en su forma actual, concede gracias en 1519 a la cofradía que se había fundado en Tudela. En Vitoria, en el convento de Santo Domingo, había una capilla y altar bajo la advocación del rosario, a la que Adriano VI concede amplias indulgencias el 1 de abri! de 1523, confirmadas luego por Clemente VII y dos veces por Paulo III. Algo parecido se encuentra ya por todas partes, no sólo en Europa, sino también en América, a la que la devoción del rosario es llevada por los dominicos. Ni se piense solo en el rosario como una devoción exclusivamente dominicana: San Ignacio de Loyola, por ejemplo, y los primeros jesuítas fueron extraordinariamente afectos a ella.

Los papas continuaron alabando esta devoción y cargándola de indulgencias. Pero quien verdaderamente aparece como eminente en la historia del rosario es San Pio V. Tras algunos actos de carácter más bien particular, el día 17 de septiembre de 1569 daba la solemne bula Consueverunt Romani Pontífices, en la que no sólo definía ya con exactitud el rosario, sino que además resumía y ampliaba todos los privilegios e indulgencias unidos a esta devoción. Continúa durante todo su pontificado trabajando por la difusión del rosario. Y el 5 de marzo de 1572 da la bula Salvatoris Domini, en la que, recordando la victoria obtenida en Lepanto el 7 de octubre, permite a la Cofradía del Rosario de Martorell (Barcelona) que ese día celebren todos los años una fiesta bajo la advocación de la Virgen del Rosario, según lo había pedido don Luis de Requesens, señor de Martorell, que había estado presente en Lepanto. No parece que pueda decirse que fue San Pío V el que insertó en las letanías la invocación “Auxilium christianorum”, sino que tal invocación parece haber tenido origen en sus tiempos en Loreto mismo, por donde pasaron no pocos de los que habían participado en la batalla de Lepanto.

Su sucesor Gregorio XIII, el 1 de abril de 1533, extiende la fiesta del Rosario a todas las iglesias y capillas en que estuviera erigida la cofradía. Clemente Xl, en 1716 extendió la solemnidad a la Iglesia universal, unida al primer domingo de octubre. Sólo en 1913, como consecuencia de la reforma litúrgica que quiso descargar de fiestas los domingos, quedó fijada en el calendario de la Iglesia universal esta fiesta en el 7 de octubre, conservando la Orden dominicana el privilegio de celebrar la fiesta el mismo primer domingo de octubre.

Todos estos datos cronológicos y eruditos no son al fin y al cabo más que una manifestación del unánime sentir del pueblo cristiano, que ama extraordinariamente esta devoción. Con el certero instinto que le caracteriza, adivina lo grata que es a la Santísma Vrgen. Por eso en cuantas circunstancias, agradables o tristes, se presentan en la vida del cristiano, espontáneamente sube a sus labios esta hermosa oración. Ya se encuentre velando un cadáver, ya se acerque en peregrinación a un santuario famoso, ya trate de ofrecer algo por el éxito de unos exámenes o la resolución de un asunto difícil… en cualquier circunstancia el cristiano recurre al rosario, seguro de hallar en él un obsequio verdaderamente grato a la Santísima Virgen.

Y que tal sentir no es erróneo nos lo demuestra claramente la actitud de la Iglesia. Puede decirse que no hay devoción que de manera tan continuada haya sido recomendada e inculcada por los Romanos Pontífices. Es más, hay un hecho bien significativo: la devoción al rosario es para los Papas un refugio providencial en las circunstancias dificiles que se presentan a la Iglesia. Ya se trate, como en tiempos de San Pío V, del peligro turco, ya se trate de los espinosos problemas que plantea la fermentación intelectual del siglo XIX, como en tiempos de León XIII, hacia esta devoción se vuelven los ojos de los Papas

¿En qué está el secreto de la eficacia? Precisamente los mismos Papas nos lo dicen: en tratarse de una devoción que, siendo sencilla, está, sin embargo, llena de contenido. Sencilla, porque hartos estamos de ver cómo la más humilde mujercita sabe rezar su rosario. Llena de contenido, puesto que sistemáticamente nos obliga a recorrer los principales misterios de la vida de Jesucristo y de su santísima Madre.

Buena prueba de ello la tuvieron los misioneros que en 1865 descubrieron, viva aún, la fe de no pocos japoneses que ocultamente habían continuado, aislados del resto del mundo, siendo cristianos. La fiesta de Nuestra Señora deñ Japón, que se celebra allí el 17 de marzo, recuerda precisamente ese descubrimiento. Pues bien, una de las armas que habían servido para mantener viva la fe, había sido el rosario, recitado por aquellos que sobrevivieron a las persecuciones y por sus descendientes, que de ellos lo habían aprendido.

Trabajar, por consiguiente, en el conocimiento y en la difusión del Santísimo Rosario es hacer obra muy grata a Dios Nuestro Señor y contribuir al arraigo y difusión de nuestra santa fe. La aparición de la Santísima Virgen en Lourdes y Fátima, así nos lo confirman. Como nos confirma también la admirable adaptación de esta forma de devoción a los tiempos modernos la asombrosa acogida que ha tenido la cruzada del rosario en familia, nacida en Estados Unidos y difundida por todo el mundo.

LAMBERTO DE ECHEVERRIA, www.mercaba.org

 

 

Festividad de Nuestra Señora de la Merced

 

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En castellano se le ha llamado en plural, Virgen de las Mercedes, que no corresponde con el sentido originario de la advocación. 

El significado del título “Merced” es ante todo “misericordia”. La Virgen es misericordiosa y también lo deben ser sus hijos. Esto significa que recurrimos a ella ante todo con el deseo de asemejarnos a Jesús misericordioso. 

MARÍA Y PEDRO NOLASCO

Eran tiempos en que los musulmanes saqueaban las costas y llevaban a los cristianos como esclavos a África. La horrenda condición de estas víctimas era indescriptible. Muchos perdían la fe pensando que Dios les había abandonado. Pedro Nolasco era comerciante. Decidió dedicar su fortuna a la liberación del mayor número posible de esclavos. Recordaba la frase del evangelio: “No almacenéis vuestra fortuna en esta tierra donde los ladrones la roban y la polilla la devora y el moho la corroe. Almacenad en el cielo, donde no hay ladrones que roben, ni polilla que devore ni óxido que las dañe” (Mt 6,20).

Año 1203. El laico, Pedro Nolasco inicia en Valencia la redención de cautivos, redimiendo con su propio patrimonio a 300 cautivos. Forma un grupo dispuesto a poner en común sus bienes y organiza expediciones para negociar redenciones. Su condición de comerciantes les facilita la obra. Comerciaban para rescatar esclavos. Cuando se les acabó el dinero forman cofradías-para recaudar la “limosna para los cautivos”. Pero llega un momento en que la ayuda se agota y Pedro Nolasco se plantea entrar en alguna orden religiosa o retirarse al desierto. Entra en una etapa de reflexión y oración profunda. 

LE RESPONDE LA VIRGEN

Nolasco pide a Dios ayuda y, como signo de la misericordia divina, le responde la Virgen que funde una congregación liberadora. La noche del 1 al 2 de agosto de 1218, la Virgen se les apareció a Pedro Nolasco, a Raimundo de Peñafort, y al rey Jaime I de Aragón, y les comunicó a cada uno su deseo de fundar una congregación para redimir cautivos. La Virgen María movió el corazón de Pedro Nolasco para formalizar el trabajo que el y sus compañeros estaban ya haciendo. La Virgen llama a Pedro Nolasco y le revela su deseo de ser liberadora a través de una orden dedicada a la liberación de los cautivos de los musulmanes, expuestos a perder la fe. Nolasco le dice a María: 

-¿Quién eres tú, que a mí, un indigno siervo, pides que realice obra tan difícil, de tan gran caridad, que es grata Dios y meritoria para mi?:

-“Yo soy María, la que le dio la carne al Hijo de Dios, tomándola de mi sangre purísima, para reconciliación del género humano. Soy la que recibió la profecía de Simeón, cuando ofrecí a mi Hijo en el templo:”Mira que éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel; ha sido puesto como signo de contradicción: y a ti misma una espada vendrá a atravesarte por el alma”:

-¡Oh Virgen María, madre de gracia, madre de misericordia! ¿Quién podrá creer que tú me mandas?: 

-“No dudes en nada, porque es voluntad de Dios que se funde esta congregaciónn en honor mío; será una familia cuyos hermanos, a imitación de mi hijo Jesucristo, estarán puestos para ruina y redención de muchos en Israel y serán signo de contradicción para muchos.”

LA INSTITUCION NUEVA

Pedro Nolasco, funda la congregación, apoyado por el Rey Jaime I de Aragón, el Conquistador y aconsejado por San Raimundo de Peñafort. Su espiritualidad se fundamenta en Jesús, el liberador de la humanidad y en la Virgen, la Madre liberadora e ideal de la persona libre. Los mercedarios querían ser caballeros de la Virgen María al servicio de su obra redentora. Por eso la honran como Madre de la Merced o Virgen Redentora. En el capítulo general de 1272, los frailes toman el nombre de La Orden de Santa María de la Merced, de la redención de los cautivos, mercedarios. El Padre Antonio Quexal, siendo general de la Merced en 1406, dice: “María es fundamento y cabeza de nuestra orden”. 

EN LA CATEDRAL DE BARCELONA

El 10 de agosto de 1218 en el altar mayor de la Catedral de Barcelona, en presencia del rey Jaime I de Aragón y del obispo Berenguer de Palou, se crea la nueva institución. Pedro y sus compañeros vistieron el hábito y recibieron el escudo con las cuatro barras rojas sobre un fondo amarillo de la corona de Aragón y la cruz blanca sobre fondo rojo, titular de la catedral de Barcelona. Pedro Nolasco reconoció siempre a María Santísima como la auténtica fundadora de la congregación mercedaria. 

LA VIRGEN DE LA MERCED, LA FUNDADORA

El título mariano de la Merced tiene su origen en Barcelona, España, cuando muchos eran cautivos de los moros y en su desesperación y abandono estaban en peligro de perder la fe . La Virgen de La Merced, manifesta su misericordia por para atenderlos y liberarlos. La talla de la imagen de la Merced venerada en la basílica de la Merced de Barcelona es del siglo XIV, de estilo sedente, como las románicas. He subido piadosamente a su camarín y he comprobado su aspecto imponente por su talla extraordinaria e impresionante. El año 1696, el papa Inocencio XII extendió la fiesta de la Virgen de la Merced a toda la Iglesia el 24 de septiembre. 

ACTUALIDAD DEL CARISMA

El carisma mercedario de liberar a los cautivos sigue siendo tan necesario como siempre. María ofreció todo su ser para que viva el Hijo de Dios encarnado. En el cántico del Magníficat (Lc 1, 46), María expresa la liberación de Dios. El Papa Juan Pablo II dijo que “María es la imagen más perfecta de la libertad y de la liberación de la humanidad”. La Virgen continúa velando por sus hijos cautivos de Satanás (LG 62) y nos pide nuestra cooperación. Nosotros debemos dar nuestra vida para que su Hijo viva en nosotros y así pueda liberar a nuestros hermanos. Ella nos enseñará como hacerlo. 

DIOS PADRE DE MISERICORDIA, MARÍA MADRE DE MISERICORDIA.

Dios es Padre de Misericordia, María es Madre de Misericordia. Ella refleja la misericordia de Dios, sufriéndolo todo por sus hijos. Los cristianos debemos también reflejar la misericordia de Dios sufriéndolo todo por amor. “Mirad la hondura o cavidad del lago de donde habéis sido tomados, las entrañas de la Madre de Dios” – Las obras de misericordia que la Virgen pidió incluyen la visita, el acompañamiento y la ayuda a los que salen de la cárcel. 

UNA CONGREEGACION LAICAL

Así fue en los primeros tiempos. Su primera ubicación fue el hospital de Santa Eulalia, junto al palacio real. en Barcelona. Allí recogían a indigentes y a cautivos que regresaban de tierras de moros y no tenían donde ir. Seguían la labor que ya antes hacían de crear conciencia sobre los cautivos y recaudar dinero para liberarlos. Salían cada año en expediciones redentoras. San Pedro continuó sus viajes personalmente en busca de esclavos cristianos. En Argelia, África, lo hicieron prisionero pero logró conseguir su libertad. Aprovechando sus dones de comerciante, organizó con éxito por muchas ciudades colectas para los esclavos. 

CUARTO VOTO

Además de los tres votos de la vida religiosa, pobreza, castidad y obediencia, hacían un cuarto voto: dedicar su vida a liberar esclavos. Se comprometían a quedarse en lugar de algún cautivo que estuviese en peligro de perder la fe, cuando el dinero no alcanzara a pagar su redención. Así lo hizo San Pedro Ermengol, un noble que entró en la orden tras una juventud disoluta. Este cuarto voto distinguió a la nueva comunidad de mercedarios. El Papa Gregorio IX aprobó la comunidad y San Pedro Nolasco fue nombrado Superior General. El rey Jaime decía que la conquista de Valencia, se debía a las oraciones de Pedro Nolasco. Cada triunfo que obtenía lo atribuía a sus oraciones. 

DESCANSA YA, SIERVO BUENO Y FIEL

Pedro Nolasco, a los 77 años, pronunció el Salmo 76: “Tú, oh Dios, haciendo maravillas, mostraste tu poder a los pueblos y con tu brazo has rescatado a los que estaban cautivos y esclavizados”. y se durmió en el regazo de la Virgen. Su intercesión logró muchos milagros y fue canonizado en 1628. 

En el año 1696, el papa Inocencio XII extendió la fiesta de la Virgen de la Merced a toda la Iglesia, y fijó su fecha el 24 de septiembre. 

Festividad de San Mateo, apóstol y evangelista

 

21 de septiembre

San Mateo, apóstol y evangelista

 

San Mateo es llamado por dos Evangelistas: Levi, ambos nombres son de origen Judíos. El último lo obtuvo antes de su conversión, el otro lo tomo después, para mostrar la renuncia a su profesión y que era un hombre nuevo. Hijo de Alfeo, vivió en Cafarnaun, en el lago de Galilea.

Fue por profesión un publicano, o colector de impuestos para los Romanos. Entre los Judíos, estos publicanos fueron mas infames y odiosos porque esta nación los miraba como enemigos de su privilegio de libertad natural que Dios les había dado, y como personas manchadas por su conversación frecuente y asociación con los paganos, y la esclavización sobre sus compatriotas. Los Judíos los aborrecían universalmente, veían sus propiedades o dinero como fortunas de ladrones , les prohibieron su comunión y participación en su actividades religiosas, al igual que de todos eventos de la sociedad cívica y de comercio. Tertuliano esta ciertamente equivocado cuando afirma que solo los gentiles fueron empleados en este oficio sórdido como San Jerónimo demuestra en varios pasajes de los evangelios. Y es cierto que San Mateo fue Judío, aunque un publicano.

Su oficio dice haber consistido particularmente en acumular costumbres de comodidades que vinieron por el Genesareth o Tiberias, y un peaje que los pasajeros pagaban al venir por agua; San Marco dice que San Mateo mantuvo su oficio de cobro de peaje alado del lago, donde el se sentaba. Jesús, habiendo últimamente curado un paralítico famoso, salio de Cafarnaúm, y camino sobre los bancos del lago o mar de Genesareth, enseñando las personas que le seguían. Aquí el observó a Mateo que realizaba su trabajo de cobro de peaje a quien el llamo a venir y a seguirle. El hombre era rico, disfrutaba de un sueldo lucrativo, era un hombre sabio y prudente, y entendía perfectamente lo que seguir a Jesús le costaría. Pero el no tuvo miramientos y dejo todos sus intereses y relaciones para hacerse un discipular del Señor. No sabemos si el ya estaba relacionado con la persona o doctrina de nuestro Salvador, especialmente como estaba cerca de Cafarnaúm, y su casa parece haber sido en la ciudad, donde Cristo había vivido por algún tiempo, había predicado y hechos muchos milagros, por lo cual el estaba en algún medido preparando a recibir la impresión que el llamado de Jesús había hecho sobre el.

San Jerónimo dice que un cierto aire de majestad brillaron en la continencia de Nuestro Divino Redentor, y traspaso su alma y lo atrajo fuertemente. Este apóstol, a la primera invitación, rompió todas ataduras; dejo sus riquezas, su familia, su preocupaciones del mundo, sus placeres, y su profesión. Su conversión fue sincera y perfecta. San Mateo nunca regreso a su oficio porque era una profesión peligrosa, y una ocasión de avaricia, opresión, y extorsión. San Mateo, al convertirse, para mostrar que no estaba descontento con su cambio, pero que lo miraba como su mas gran felicidad, entretuvo a Nuestro Señor y sus discípulos en una gran comida en su casa a donde invito sus amigos, especialmente los de su ultima profesión, como si esperaba que por medio de la divina conversación de Nuestro Salvador, ellos también quizás sean convertidos.

Después de la ascensión de Nuestro Señor, San Mateo predicó por varios años en Judea y en los países cercanos hasta la dispersión de los apóstoles. Un poco antes de la dispersión escribió su evangelio, o pequeña historia de Nuestro Bendito Redentor. Que la compilo antes de su dispersión aparece no solo porque fue escrito antes de los otros evangelios, sino también el Apóstol Bartolomé se llevo una copia con el a la India, y la dejo allí. San Mateo escribo su evangelio para satisfacer los conversos de Palestina. El Evangelio de San Mateo desciende a un detalle mas particular y completo en las acciones de Cristo que los otros tres, pero desde el Capitulo V al XIV el frecuentemente se distingue de los otros en la serie de su narrativos, ignorando el orden del tiempo, para que esas instrucciones que tienen mas afinidad una con la otra, estén relacionadas juntas. Este evangelista mas bien enfoca sobre las lecciones de moralidad de Nuestro Salvador, y describe su temporal o generación humana, en que las promesas hechas a Abraham y David respecto al nacimiento del Mesías de su semilla fueron realizados; tal argumento inducía de manera particular a los Judíos para que creyeran en el.

San Mateo, después de haber hecho una gran cosecha de almas en Judea, fue a predicar la fe a las naciones barbaras e incivilizadas del Este. El era una persona muy devota a la contemplación celestial y llevaba una vida austera, usando una dieta muy rigurosa; pues no comía carne en vez satisfacía su apetito con hierbas, raíces, semillas. San Ambrosio dice que Dios le abrió el País de los Persas. Rufinus y Sócrates nos dicen que el llevo el evangelio a Etiopía, significando probablemente las partes Sur y Este de Asia. San Paulino menciona que el terminó su curso en Parthia. Venantus Fortunatus relata que el sufrió el martirio en Nudubaz, una ciudad en esas partes. Dorotheus dice que el fue honorablemente enterrado en Hierapolis en Porthia. Sus reliquias fueron traídas al Oeste, Papa Gregorio VII, en una carta al Obispo de Salerno en 1080, testifica que fueron guardados en una iglesia que tenia el nombre de la ciudad. Todavía están en este lugar.

Predicó entre los judíos por 15 años, incluyendo posiblemente a los judíos de Etiopía, Africa. Murió mártir.

Fuente Bibliográfica: Vidas de los Santos de Butler, Vol. III.

www.corazones.org

Festividad de los Siete Dolores de La Santísima Virgen

 

Se puede decir que, desde el principio del cristianismo, la espada que atravesó el alma de María —según las palabras de Simeón (Lc. 2,35)— ha provocado compasión tierna de los buenos cristianos. Y es que, al recordar la pasión del Redentor, los hijos de la Iglesia no podían menos de asociar al dolor del Hijo de Dios los sufrimientos de su benditísima Madre.

Parece como si el Stabat Mater del devoto franciscano Jacapone de Todi († 1306) hubiera resonado desde los albores de la cristiandad en el corazón de los fieles. De esta bellísima secuencia, que se recita en, la misa de esta festividad, escribió Federico Ozanam: “La liturgia católica nada tiene tan patético como estos lamentos tristes, cuyas estrofas caen como lágrimas, tan dulces, que en ellos se descubre un dolor divino consolado por los ángeles; tan sencillos en su latín popular, que las mujeres y los niños comprenden la mitad por las palabras y la otra mitad por el canto y el corazón”. Y, ¡por qué no pensar que lo que se hizo estrofa y versos en la fervorosa Edad Media, no estaba ya latente, desde que murió Jesús, en la ternura compasiva de los amantes hijos de la Virgen!

Los Padres de la Iglesia demuestran, efectivamente, que no pasó desapercibido el dolor de María. San Efrén (en su Lamentación de María), San Agustín, San Antonio, San Bernardo y otros cantan piadosamente los padecimientos de la Madre de Dios. Y, ya en el siglo V, vemos cómo el papa Sixto III (432-440), al restaurar la basílica Liberiana, la consagra a los mártires y a su Reina. según lo indica un mosaico de dicha iglesia, en el que celebra a María como “Regina Martyrum”.

Con todo, hay que admitir que la devoción —más concreta— a los Dolores de María fue extendida especialmente por los servitas, Orden fundada por siete patricios de Florencia (su fiesta se celebra el 12 de febrero bajo el título de “Los siete Santos Fundadores”) a mediados del siglo XIII. La historia nos cuenta cómo, en los duros tiempos de Federico II, se reunían estos piadosos varones para sus actos religiosos en la ciudad de Florencia, y cómo poco a poco fue surgiendo la Orden de los Siervos de la Virgen o Servitas, cuyo principal cometido era el meditar en la pasión de Cristo y en los dolores de su Madre. San Felipe Benicio († 1285; su fiesta se celebra el 23 de agosto), superior general de dicha Orden, fue uno de los más destacados propagadores de esta devoción, popularizando por todas partes el “hábito de la Dolorosa” y su escapulario.

En el siglo XVII se dio principio a la celebración litúrgica de dos fiestas dedicadas a los Siete Dolores, una el viernes después del Domingo de Pasión, llamado Viernes de Dolores, y otra el tercer domingo de septiembre. La primera fue extendida a toda la Iglesia, en 1472, por el papa Benedicto XIII; y la segunda en 1814, por Pío VII, en memoria de la cautividad sufrida por él en tiempos de Napoleón. Esta segunda fiesta se fijó definitivamente para el 15 de septiembre.

De la raigambre de la devoción a la Virgen Dolorosa entre el pueblo cristiano —singularmente los fieles de estirpe hispánica— es un índice la frecuente utilización del nombre Dolores en la onomástica femenina así como la profusión de las representaciones de la Dolorosa en el arte y la repetición del tema en la poesía popular —saetas— y en la literatura, en general.

La fiesta de este día hace alusión a siete dolores de la Virgen, sin especificar cuáles fueron éstos. Lo del número no tiene importancia y manifiesta una influencia bíblica, ya que en la Sagrada Escritura es frecuente el uso del número siete para significar la indeterminación y, con más frecuencia tal vez, la universalidad. Según esto, conmemorar los Siete Dolores de la Virgen equivaldría a celebrar todo el inmenso dolor de la Madre de Dios a través de su vida terrena. De todos modos, la piedad cristiana suele referir los dolores de la Virgen a los siete hechos siguientes: 1º la profecía de Simeón; 2º la huida a Egipto; 3º la pérdida de Jesús en Jerusalén, a los 12 años; 4º el encuentro de María con su Hijo en la calle de la Amargura; 5º la agonía y la muerte de Jesús en la cruz; 6º el descendimiento de la cruz; y 7º la sepultura del cuerpo del Señor y la soledad de la Virgen.

Sin duda que la piedad cristiana ha sabido acertar al resumir en esos siete hechos-clave los momentos más agudos del dolor de María. Porque, ¿no es cierto que son como hitos que señalan la trayectoria ascendente de los insondables sufrimientos de la Madre de Dios? En efecto, si las enigmáticas palabras de Simeón (He aquí que éste está destinado para caída y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción, y una espada atravesará tu misma alma, para que sean descubiertos los pensamientos de muchos corazones (Lc. 2, 34-35), tuvieron que entristecer el semblante de María, ¿que no habremos de pensar que ocurriría en la huida a Egipto, ¡Su hijo, tan tierno, arrojado por el vendaval del odio a tierras lejanas! Y, en cuanto a la pérdida de Jesús en Jerusalén, a los doce años, ¿quien es capaz de profundizar en el abismo de incertidumbre y en la agonía de una Madre privada de su Hijo?

Pero donde los dolores de la Virgen rebasaron toda medida fue en el drama del Calvario y, especialmente, al pie de la Cruz. Detengámonos en su contemplación con el alma transida de compasión amorosa, como hacían los santos.

Entre los personajes que asistieron de cerca a la tragedia del Gólgota destaca la figura de la Virgen. De su presencia en el Calvario nos habla San Juan en su Evangelio con palabras sencillas pero impregnadas de un intenso dramatismo: Estaban en pie —dice— junto a la Cruz de Jesús su Madre y la hermana de su Madre, María de Cleofás, y María Magdalena… Podemos representarnos la escena sin necesidad de hacer grandes esfuerzos de imaginación: Jesús acaba de recorrer las calles de Jerusalén con su cruz a cuestas. Durante el lúgubre desfile, el populacho le ha injuriado y escarnecido o, cuando menos, ha contemplado su paso con estupor y desconcierto. Porque, ¿no era Aquél el que hacía unos días había entrado en la ciudad santa en medio de aclamaciones? ¿No tendrían razón los escribas y fariseos al decir que era un vulgar impostor y un blasfemo?

Jesús, según asegura la tradición, se encontró con su Madre bendita en la calle que el pueblo cristiano llamó “de la amargura”. ¿Qué se dirían con la mirada el Hijo y la Madre? Tal vez sólo las madres que tienen la inmensa desdicha de asistir a sus hijos antes de ser ajusticiados pueden sospechar algo de lo que pasaría por el alma de la Virgen.

Pero la comitiva siguió avanzando. Y después de muchos tropezones e incluso caídas de los que llevaban sudorosos sus cruces —y entre ellos iba como un vulgar facineroso Jesús—, llegaron al Calvario. La Virgen caminó también, deshecha en el dolor, en pos de su Hijo. Era el primero y el más sublime de los Viacrucis.

Ya está en el lugar de la crucifixión. Es Él. Los sayones le quitan sus vestiduras. La Virgen contemplaría aquella túnica inconsútil que con tanto cariño había tejido para su Hijo…

Unos momentos después suenan unos martillazos terribles. En un remolino instantáneo de recuerdos desfilarían ante la Virgen las escenas de Belén y de Nazaret, cuando las manecitas de su Niño le acariciaban con perfume de azucenas o le traían virutas para encender el fuego… Pero todo aquello quedaba muy lejos. Ahora tenía ante sí la realidad brutal de los pecados de los hombres horadando aquellas sacratísimas manos, pródigas en repartir beneficios.

Unos momentos más, y la cruz —su Hijo hecho cruz— era levantada entre el cielo y la tierra. En medio del clamor confuso de la multitud, María escucharía el respirar fatigoso y jadeante de su Hijo, puesto en el mayor de los suplicios. ¡Ella que había recogido su primer aliento en el pesebre de Belén y había arrimado tantas veces su virginal rostro al corazón de su Niño Jesús, palpitante de vida!

Las tres horas que siguieron, mientras Jesús derramaba gota a gota por la salud del mundo la sangre que un día recibiera de María, fueron las más sagradas de la historia del mundo. Y, si hasta las piedras se abrieron —como señala el Evangelio— ante el dolor del Hijo y de la Madre, ¿cómo podremos nosotros, los causantes de aquella “divina catástrofe” (como dice la liturgia), permanecer indiferentes en la contemplación de este divino espectáculo? Eia, Mater, fons amoris, me sentire vim doloris faic, ut tecum lugeam. (¡Ea! Madre, fuente de amor, hazme sentir la fuerza de tu dolor, para que llore contigo). Así exclama el autor del Stabat Mater. Y es que se necesita que la gracia sobrenatural aúpe y levante el corazón humano para que pueda siquiera rastrear la intensidad de los sufrimientos de Cristo y de su Madre.

El texto sagrado nos habla de las siete palabras de Jesús en la cruz, de su sed, de las burlas de que fue objeto, de las tinieblas que cubrieron la tierra…

No es difícil sospechar cuáles serían las reacciones del alma de la Virgen ante lo que estaba ocurriendo en el Calvario. Sin duda que poco a poco se fue abriendo camino entre la multitud y logró situarse por fin al pie de la cruz. ¿Quién de aquellos sanguinarios judíos se habría atrevido a encararse con la Madre Dolorosa? A su paso, los más empedernidos perseguidores de Jesús sentirían que la fibra del amor maternal —que jamás desaparece aun en los hombres más degradados— vibraba con un sentimiento de compasión: “Es la madre del ajusticiado —dirían—; ella no tiene la culpa. ¡Hacedle paso!

Y la Virgen se fue acercando a su Hijo. Pero no era el de otras veces, el niño gracioso de Belén, el joven gallardo de Nazaret, el taumaturgo prodigioso de Cafarnaúm… ¡Era un guiñapo! (¿será irreverencia traducir así las palabras proféticas de Isaías, en las que dice que Jesús seria un gusano y no un hombre, que no tendría sino fealdad y aspecto repugnante?) Y le miraría intensamente, como identificándose con El, quedándose colgada con El de la cruz.

¿Advirtió Jesús la presencia de su Madre? Lo afirma expresamente el Evangelio: “Como viese Jesús a su Madre…” (lo. 19, 25). Como dice el padre Alameda, “había tres crucificados y tres cruces, no muy lejanas unas de otras, puesto que podían hablarse y comunicarse las víctimas. María, según nos dice San Juan, se situó junto a la cruz de Jesús, iuxta crucem Iesu, lo que significa “a corta distancia de ella”, tal vez tocando con la misma cruz. Y si se tiene en cuenta que, según costumbre, los maderos eran bajos, de modo que los pies del crucificado tocaban casi en el suelo, la vecindad era mayor, y María tomaba las apariencias de madre desolada que asiste a la cabecera del hijo agonizante. La expresión cum vidisset, habiendo visto, parece insinuar como si, agobiado por el dolor y la fiebre que le causaban las heridas, nuestro adorable Salvador hubiese tenido, en algunos momentos por lo menos, cerrados los ojos. Pudo también suceder que en medio de tanta aglomeración no hubiese advertido la presencia de aquellos seres queridos. Ellos, por otra parte, aunque deseosos de que Jesús reparase que allí estaban, no es creíble le hablasen. Ni el angustioso estado de su alma, ni la asistencia de los soldados curiosos convidaban a ello”.

Jesús, pues, como anota San Juan, habiendo visto a su Madre y al discípulo amado, exclamó: “Madre, ahí tienes a tu hijo”. Y en seguida, dirigiéndose al discípulo: “Ahí tienes a tu Madre” (lo. 19, 26). Fueron las únicas palabras que, según narra el Evangelio, dirigió Jesús a María en su agonía. Estas palabras, en su sentido literal, se refieren sin duda a San Juan, a quien encomienda a su Madre, que iba a quedar sola en el mundo. Pero, en el sentido que los exegetas llaman supraliteral y plenior (más completo), significaban que Juan, es decir, el género humano, a quien el apóstol representaba en aquellos momentos, pasaba a ser hijo de la Santísima Virgen. Esta es la interpretación que dan los Santos Padres y escritores eclesiásticos y que la Iglesia siempre ha aceptado.

¿Quién no se sentirá conmovido ante el precioso legado de Jesús y ante esta espiritual maternidad de la Virgen extendida, por gracia de la redención, a todos los hombres?

“Mujer –exclama San Bernardo en el oficio de hoy—, he aquí a tu hijo”. ¡Qué trueque tan desigual! Se te entrega a Juan por Jesús, un siervo en lugar del Señor, un discípulo en lugar del Maestro, el hijo del Zebedeo por el Hijo de Dios, un mero hombre en lugar del Dios verdadero”. Somos, en realidad, nosotros, los verdugos de Jesús, los que fuimos dados a María como hijos. ¿Cómo no trataremos de asemejarnos a Jesús para agradecerle esta magnífica filiación con la que nos regala?

Pero la tragedia del Gólgota se iba aproximando hacia su acto final. Jesús era ya casi un cadáver, Sus ojos estaban mortecinos; sus labios, resecos; su rostro, lívido y cetrino; y todo su cuerpo, rígido como el de un moribundo. María contemplaba a su Hijo en los últimos estertores de su agonía. Nada podía hacer frente a aquel estado de cosas al cual había conducido el amor de Jesús hacia los hombres,

¿Para qué hacer comentarios sobre el dolor de la Virgen en estos supremos momentos de la Pasión? ¿No es mejor que el corazón intuya y que se derrita en lágrimas de devoción?

Jesús —dice el Evangelio— dando una gran voz, exclamó: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. E inclinando su cabeza expiro”.

María, que había dado el “sí” a la encarnación, que al pie de la cruz aceptó el ser nuestra Corredentora, se unió a la entrega de su Hijo y le ofreció al Padre como la única Hostia propiciatoria por nuestros pecados.

Dejamos a la iniciativa piadosa del lector contemplar a la Virgen con el cadáver de su Hijo en los brazos, como la primera Dolorosa, mucho más bella y expresiva en su casi infinito dolor que todas las tallas que adornan nuestras procesiones de Semana Santa. Pero, ¿por qué no cotejar esta imagen tremenda de la Virgen con el cadáver de su Hijo en los brazos —mucho más bella que cualquier Pietá de Míquel Angel— con aquella otra, tan dulce, de la Virgen —una doncellita— con su hermosísimo Niño apretado junto a su corazón? Sólo así podremos darnos cuenta de la horrible transmutación que en el mundo causan nuestros pecados.

Finalmente, la Virgen presidió el sepelio de Jesús. Una blanca sábana envolvía aquel cadáver que Ella había cubierto de besos y de lágrimas. Pronto la pesada losa del sepulcro se interpuso entre Madre e Hijo. Y Ia Madre se sintió sola, con una soledad terrible, comparable a la que momentos antes había sentido Jesús al exclamar en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.

Es cierto que la Virgen creía firmísimamente en la resurrección de su Hijo; pero esta creencia, como observa San Bernardo, en nada se opone a los sufrimientos agudísimos ante la pasión de su Hijo; lo mismo que Éste pudo sufrir y sufrió, aun sabiendo que había de resucitar.

Que la Virgen Dolorosa nos infunda horror al pecado y marque nuestras almas con el imborrable sello del amor. El Amor, he ahí el secreto de la íntima tragedia que acabamos de contemplar.

Porque todo tiene su origen en aquello, que tan profundamente se grabó a San Juan, espectador excepcional de todo este drama: “De tal manera amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo Unigénito” (lo. 3, 16).

FAUSTINO MARTÍNEZ GOÑI, http://www.mercaba.org

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

Nos autem gloriari opórtet in Cruce Dómini nostri Iesu Christi”. (Debemos gloriarnos en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo)

 

Con esta frase de San Pablo a los Gálatas, comienza la Santa Misa de este día. El Apóstol y la Iglesia con él, nos exhortan, a gloriarnos en la Cruz del Señor. Precisamente esto, es lo que hacemos en cada Misa. Celebramos el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Asistimos a la renovación del único y divino sacrificio del Calvario.

 

A fin de hacer más patente esta realidad, la Cruz preside nuestros altares, en medio de los cirios. A ella se dirigen las miradas del sacerdote y los fieles. A ella se la honra con reverencias y nubes de incienso. A sus pies se anuncia al Evangelio y se consagran las Especies Sacramentales.

 

Posemos nuestra mira en esa Cruz. De ella pende un hombre agonizante. Su rostro refleja un dolor atroz. Su cabeza está coronada de espinas. Sus manos y pies, traspasados por tres clavos, que lo fijan al madero. Su costado, está abierto por un golpe de lanza. De él ha brotado sangre y agua. Su cuerpo está enteramente llagado. La sangre, parece querer cubrir la desnudez a la que los verdugos lo han expuesto. Un hombre que ha sido humillado, golpeado y torturado hasta la muerte, colgado del patíbulo. Este es el Dios de los cristianos. Está en la cruz por amor.

 

La Cruz es el signo del inmenso amor de Dios por lo hombres. Por medio de ella, podemos llegar a enteneder de algún modo, la infinita misericordia de Dios. Santa Edith Stein afirma: “No hay inteligencia humana que nos pueda ayudar, sino unicamente la pasión de Cristo”. Sólo a la luz del misterio de la Cruz podremos comprender lo desordenado y horrendo del pecado.

La desobediencia de nuestros primeros padres, renovada en cada pecado que cometemos, constituye una ofensa imposible de reparar para el género humano. El pecado, entraña una injusticia infinita, pues infinitamente justo es aquel a quien se está ofendiendo. El pecado, abrió un abismo entre el hombre y Dios, que antes estaban unidos. Las puertas del Cielo quedaron cerradas para los miembros de la raza humana.

 

El misterio de Jesús crucificado está intimamente unido al misterio de la encarnación del Verbo, siendo una prolongación del mismo. Nuestro Señor, viene al mundo para sacrificarse por nuestra redención. Dios podría haber exterminado al género humano en razón de su desobediencia, pero por su infinita misericordia no lo hizo. Envió a su propio Hijo, que se encarnó y se entregó a la muerte en la cruz. Con ella, Cristo reparó por el pecado del hombre, restauró la unión entre éste y Dios, y nos abrió las puertas del cielo para siempre. “Su sacratísima pasión en el madero de la cruz nos mereció la justificación”, enseña el Concilio de Trento.

 

En la Cruz, dice San León Magno, la sangre del Cordero inmaculado borraba la mancha de la antigua preparicación; en ella se quebraba toda la pertináz audacia de la dominación diabólica, y la vencedora humildad de Jesucristo triunfaba sobre la hinchada soberbia de Lucifer. En concecuencia, la muerte de Cristo en la cruz es fuente de vida para el género humano. Por ella, la deuda contraída por Adán y Eva, fue cancelada para siempre. En este día, la Santa Madre Iglesia, pone en boca del celebrante al cantar el prefacio, estas palabras: “has puesto la salvación del género humano en el árbol de la cruz, para que donde tuvo origen la muerte, de allí resurgiera la vida, y el que venció en un árbol, fuera en un árbol vencido, por Cristo, Señor nuestro”.

 

El sacrificio de Cristo, ha transformado para siempre la realidad de la Cruz. Lo que en otro tiempo ha sido un instrumento de dolor y tortura, al que los hombres tenían temor y repulsión; es hoy un signo venerable de esperanza y felicidad para la humanidad. La Cruz, ha sido desde entonces, el signo del cristiano. A ella, los hombres asociarán sus propias cruces, sabiendo que el mismo Jesucristro, quiso compartir sus propios sufrimientos. Bajo el signo de la Cruz, comenzarán y terminarán el día, el trabajo, el descanso, la oración, y las ceremonias de culto de los católicos. En la Cruz, se depositarán los dolores, las alegrías y las esperanzas de los fieles de todos los tiempos. En ella se hallará consuelo en el sufrimiento, alegría en la tristeza, compañía en la soledad y fortaleza en la debilidad. Con el paso de los siglos, la Santa Cruz, estará presente en las torres de las iglesias, en los hogares cristianos, en el cruce de los caminos, en las cumbres de las montañas, sobre el pecho de los obispos, en las tumbas de los muertos y sobre todo, en los altares.

 

La Santa Cruz será objeto de culto y devoción. Se la expondrá en los templos. Se la representará adornada ricamente. El culto a la Cruz, llevará a los cristianos a ir en busca de las reliquias de la verdadera cruz, donde Jesús consumó el sacrificio redentor.

 

El 14 de septiembre del año 335, fue dedicada la basílica levantada por el emperador Constantino en el monte Calvario, en el lugar donde su madre, Santa Elena encontró la cruz del Señor y las de los dos ladrones. La fiesta de hoy, que celebramos con el nombre de Exaltación de la Santa Cruz conmemora, a la vez, la recuperación de las reliquias de la Cruz obtenida en el año 614 por el emperador Heraclio, quien la logró rescatar de los persas que la habían robado de Jerusalén.

La Cruz es motivo de gloria para los cristianos, pues en ella, Cristo Señor Nuestro, entregó su vida en sacrificio para la redención del mundo, para restaurar nuestra antigua dignidad. La muerte de Cristo en la cruz y su Resurrección de entre los muertos, es el centro y raíz de nuestra Fe. La Santa Madre Iglesia, nos enseña que la Santa Misa es la renovación de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. El concilio de Trento afirma: “El Sacrificio de la Cruz y el Sacrificio de la Misa son un solo y mismo Sacrificio.”

 

En el altar de la cruz, el Hijo de Dios se ofreció como una víctima sangrienta; en al Santa Misa se ofrece de nuevo: de donde resulta, que la celebración de una Misa no tiene menos valor que la muerte de nuestro Salvador. Ruperto, abad de Deuz, se expresa así: “Tan cierto es que Cristo en la cruz alcanzó el perdón de nuestros pecados, como que bajo las especies sacramentales nos concede la misma gracia.”

 

El modo más conveniente de asistir a la Santa Misa, consiste en ofrecerla a Dios en unión con el sacerdote, pensado en el sacrificio de la Cruz, esto es, en la Pasión, Muerte y Resurreción del Señor; y comulgando, al menos espiritualmente. La Comunión es la unión real con la Víctima inmolada y, por consiguinte, la más grande participación en el Santo Sacrificio. Cuando oímos la Santa Misa debemos guardar la máxima devoción y respeto, como espectadores que somos del drama del Calvario.

 

En la liturgia tridentina, la realidad de la Misa como renovación del sacrificio de la Cruz, se hace por demás evidente. El crucifijo preside el altar. La cruz está bordada en los ornamentos del celebrante y labrada cinco veces en la piedra del altar, doce en las paredes del templo y una en el cáliz y la patena. Durante la Misa, el sacerdote hace la señal de la cruz treinta y una veces sobre la ofrenda, diez y seis veces sobre sí mismo, y tres veces sobre los fieles.

 

Los ornamentos con que el sacerdote se reviste nos recuerdan las insignias con que Cristo fue revestido en día de su pasión y muerte. En el amito podemos ver el velo con que los soldados del Sumo Sacerdote cubrieron el rostro del Salvador. El alba nos recuerda la vestidura blanca con que Herodes lo vistió por burla. El manípulo y la estola, los cordeles y sogas con fue aprisionado. El síngulo, los látigos nudosos y emplomados con que lo azotaron. La casulla, recuerda el manto púrpura que le pusieron los soldados. En la casulla, el celebrante tiene en el frente la columna de la flagelación y a sobre sus espaldas, lleva la Santa Cruz, como Cristo lo hizo en el vía crucis. El altar y el ara consagrada representan el monte Calvario y la piedra en que se fijó la cruz. El corporal, la palia y el purificador nos recuerdan el sudario y la sabana santa en que fue envuelto el cuerpo del Señor. Con el cáliz y la patena nos simbolizamos el sepulcro y la losa con que este se cerró.

 

Como podemos ver, todo en la Santa Misa, nos lleva a recordar la Cruz. La Santa Misa y la Cruz son realidades inseparablemente unidas. Quien quiera participar devotamente de la Misa, debe amar y la Pasión del Señor. Quien quiera llevar su cruz y seguir a Jesús, como el nos manda en el Evangelio, debe amar la Santa Misa. A la Misa como a la Cruz, debemos asociar nuestras, alegrías, penas, gozos y sufrimientos, y los de la humanidad entera.

 

Providencialmente, el Santo Padre Benedicto XVI ha querido que las normas del Motu Proprio “Summorum Pontificum”, comenzasen a observarse a partir de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Sin duda alguna, que la mayor frecuencia en la celebración de la Misa en la forma “extraordinaria”, ayudará a los fieles a recordar la íntima unión existente entre el Sacrificio del Calvario y la Santa Misa.

 

Que con Santa Rosa Lima, podamos exclamar: “Fuera de la cruz no hay otra escala por donde subir al cielo.”

 

O crux, ave, spes unica!

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Festividad de Nuestra Señora de Covadonga

 

8 de septiembre

 NUESTRA SEÑORA DE COVADONGA

 

Desde la creación del mundo preparó el Señor este rincón de la cordillera Cántabra para cuna de España. Picos que suben y suben, valles angostos, simas en vertical, bosques impenetrables, perenne verdor, riachuelos que se desploman de lo alto de las peñas. Aquí llegaron, antes del nacimiento de Cristo, los romanos, no sin haber dejado tendidas en los pasos de los puertos las más aguerridas de sus legiones; y apenas se atrevieron a asomarse a este laberinto de montañas los visigodos.

 En la parte oriental de Asturias hay un recinto más selvático y más bravío. Son las peñas más altas y los valles más angostos: remolinos, repliegues y desgajaduras de un cataclismo geológico. La Geografía llama a estos lugares Picos de Europa, paraíso de cinegetas y alpinistas. En ellos trepan los osos y triscan las cabras salvajes y los rebecos y vigilan desde la altura las águilas reales. Hay lagos puros como el cristal y bosqes vírgenes que no ha mancillado el hacha del leñador. Aún hoy, que la civilización humana ha roto el secreto de aquellos parajes, forzando el paso de puertos y cañadas con carreteras atrevidas, sólo penetran en parte de aquel círculo de Peñascos, decididos escaladores o pastores nativos.

 No es, por tanto, extraño que, ya de antiguo, se considerasen las montañas astures como murallas colocadas por la mano de Dios. Los viejos cronicones comparan la solidez defensiva de estos riscos con los muros inexpugnables de la imperial Toledo. Por ello a estas breñas se acogieron los residuos godos del Guadalete, y en ellas encontraron seguridad y refugio, cuando a los comienzos del siglo VIII quedaron las gentes godas barridas por los ejércitos africanos.

 Hundidas la monarquía y las instituciones, un cronista medieval nos transmite así el dolor de España: “fincaba toda la tierra, vacía de pueblo, bañada de lágrimas, complida de apellido, huéspeda de los extraños, engañada de los vecinos, desamparada de los moradores, viuda e asolada de sus fijos, confundida de los bárbaros, desmedrada por llanto e por llaga, fallescida de fortaleza, flaca de fuerza… toda la tierra astragaron los enemigos, e las casas hermaron, los omes mataron, las cibdades robaron e tomaron”.

 Huyendo de la catástrofe, llegó a Asturias Pelayo, de la estirpe real de los godos. En Asturias reunió un pequeño grupo de guerreros cristianos y en los montes asturianos, propicios para emboscadas, vivió algún tiempo. La historia y la leyenda se mezclan para relatarnos los primeros años de Pelayo entre los repliegues cántabros. De él se dice que penetró un día, persiguiendo a un malhechor, en la gruta de Covadonga, que allí encontró un altar dedicado a la Virgen María, y a un ermitaño que daba culto a la imagen en aquella soledad. Pelayo perdonó en honor de la Virgen Santísima al fugitivo y, en cambio, el ermitaño predijo a Pelayo que sería el salvador de España en aquel mismo lugar.

 Cronistas cristianos y árabes nos hablan de la batalla de Covadonga y, acaso, los infieles puntualicen mejor que los cristianos y nos transmitan detalles mas en consonancia con los hechos ocurridos. Unos y otros nos aseguran que en Covadonga hubo una gran lucha entre las aguerridas y numerosas tropas árabes, mandadas por Alkamán, y un grupo de cristianos acosados en una cueva, cuyo número los cronistas árabes calculan en trescientos, mientras que algunos cristianos los hacen llegar hasta tres mil. Se dió la batalla, con la derrota y destrozo de los mahometanos, y en aquel lugar comenzó el reino cristiano de Asturias, siendo Pelayo declarado rey del incipiente reino.

 Cuando Pelayo se encerró en la cueva de Covadonga, aun la naturaleza se mostraba en toda su selvática soledad y fiereza que después había de transformar un tanto la industria del hombre, rellenando las simas y destrozando las estalactitas y haciendo el lugar cómodamente accesible, cuando, hasta bien entrado el siglo XVI, el sendero de peaje que conducía a Covadonga, ni siquiera era practicable para las cabalgaduras.

 A ochenta kilómetros, hacia oriente, de la capital asturiana, siguiendo la margen izquierda de un pequeño riachuelo, por el fondo de un valle apretado, parte de Cangas de Onís el camino de Covadonga. A medida que se avanza el valle se estrecha y las montañas suben. De pronto, se cierra el horizonte con peñas tajadas y cubiertas de boscaje. A la vuelta de una pequeña colina aparece el monte Auseva, desnudo su tercio inferior, cortado en talud y avanzando hacia afuera, donde se abre la cueva o “natural ventana” de que nos hablan las crónicas. Del fondo de la cueva se despeñan torrentes de agua, el Chorrón, que dicen los naturales. Es el único desagüe del río Orandi, que busca el valle a través de la roca del Auseva, llenando la cueva de rugidos y salpicando la montaña de espuma.

 En esta cueva se encerró Pelayo con sus guerreros, alimentándose con la miel de las abejas silvestres que cuelgan sus panales en las hendiduras de la roca. Esta noticia nos la transmite la crónica árabe del Ajbar Machmu’a, y las abejas, laborando a través de los siglos, han llegado hasta hoy con sus panales por las grietas, y rubricando así la veracidad de las crónicas.

 Según las cristianas, que, en lo substancial y en muchos de los detalles, van de acuerdo con las árabes, Tarik, caudillo de los mahometanos cordobeses, al conocer la rebeldía de Pelayo mandó contra él un ejército de 187.000 guerreros a las órdenes de Alkamán. Acompañaba al ejército agareno el arzobispo Opas, traidor a su patria y a su fe.

 Al llegar el ejército musulmán frente a la cueva, se adelanta el arzobispo para hacer desistir a Pelayo de sus propósitos. Nada consiguió Opas con sus parlamentos y, ante el fracaso del emisario, manda el jefe árabe avanzar a los honderos y saeteros. “Los cristianos de la cueva —dice la crónica—, no cesaban de suplicar día y noche a la Virgen María que hasta el día de hoy allí se venera. Y entonces se vio que las piedras mezcladas con los dardos se volvían desde la cueva contra los mismos que las enviaban, a manera de densísimas nubes, impulsadas por el viento del Norte.” Al verse los árabes así confundidos, retrocedieron desbaratándose, al tiempo que cargaba Pelayo sobre ellos con sus cristianos. “Alkamán y Opas fueron muertos con ciento veinticuatro mil caldeos.” Los setenta y tres mil restantes remontaron, huyendo, los Picos de Europa, hacia la Liébana y, al pasar por un valle del Deva, se desgajó un monte sepultándolos a todos.

 La histórica batalla suele fecharse en el año 718 y, cuando escribía nuestro cronista, a los comienzos del siglo XII, casi todos los años daba señales el Deva de este desastroso final agareno, al crecer el río y descubrir y arrastrar despojos del sepultado ejército. La leyenda popular supone aún hoy petrificado al traidor Opas en un peñasco, un poco más arriba de Cangas.

 La tradición siempre atribuyó al auxilio de la Madre de Dios este magnífico triunfo cristiano. Y es presumible que en Covadonga recibiese culto la Santísima Virgen antes de llegar Pelayo fugitivo a aquel lugar.

 La etimología de Covadonga todavía no está determinada con exactitud. Quizá sea la más segura y es, desde luego, la que abonan científicos de mayor peso, aquella que afirma que Covadonga originariamente se decía Covadomna, o Covadominica, lo que vale tanto como Cueva de la Señora. Lo cierto es que ya, desde los primeros tiempos de la Reconquista, los reyes asturianos fundaron allí un monasterio para que los monjes que lo habitasen diesen constante culto a la Señora, madrina de España. Después fueron canónigos regulares de la Orden de San Agustín los encargados del culto mariano, y hoy son un cabildo secular, dos institutos femeninos y los niños de un Seminario Menor los que tributan a la Señora el obsequio que España le debe.

 En los comienzos, fue en un simple altar de la cueva donde recibía la Madre de Dios el homenaje de sus devotos, en medio de aquella soledad. Después se fijaron unas vigas salientes y sobre ellas se levantó un templo de madera de regular capacidad —iglesia que se llamó del milagro por lo atrevido de su estructura— y se construyó una escalinata de piedra para llegar hasta la gruta.

 A los pies de la montaña se levantó la Colegiata, residencia de los canónigos, con una pequeña iglesia para el culto, mientras arriba, en la cueva, tenía su habitación el ermitaño. Al final del siglo pasado se edificó, en un montículo cercano, una espléndida basílica. Otros edificios, religiosos y profanos, han ido ocupando el lugar que quedó cubierto con los 124.000 cadáveres de mahometanos.

 De la Covadonga de aquellos tiempos ya casi no queda más que la roca, con el fácil acceso de un túnel que los hombres horadaron, el torrente que ruge, las abejas y sus panales, los árboles milenarios que han sido capaces de resistir las embestidas de la civilización. Hoy Covadonga ya no es lugar temeroso e inaccesible. Al santuario llegan a millares los devotos y los turistas, los amantes del deporte y de la naturaleza bravía.

 La imagen venerada en la gruta ya no es la del ermitaño que Pelayo encontró. Un incendio destruyó, el 17 de octubre de 1777, todo el templo del milagro. Pereció la imagen sagrada, las reliquias, las alhajas que la piedad había ido acumulando en la santa cueva. No se salvó nada. Sólo quedaron los muros ennegrecidos y los sepulcros de Pelayo y Alfonso I que allí descansan acompañados de sus esposas, y seis arrobas de plata y oro fundidos que aparecieron en el Pezón, cavado por el torrente al pie de la gruta, procedentes del tesoro derretido por las llamas.

 La imagen actual, la Santina de Covadonga, es relativamente moderna, pero hereda directamente de la primitiva el afecto de los asturianos y el agradecimiento de los españoles, porque allí, en Covadonga, en el chorro que ruge a sus pies, bautizó a España la Virgen María. Para valorar esta imagen hay que prescindir del arte y de las joyas. Su valor arranca de ese algo indefinible que de ella irradia y que sólo allí se puede sentir y que más que nadie sienten los asturianos. Por eso canta la copla:

 La Virgen de Covadonga
es pequeñíta y galana.
Aunque bajara del cielo
no hay pintor que la pintara.

 Además, la imagen actual fue la canónicamente coronada en 1918, centenario de la batalla.

 Cuando la cruzada, la Santina tuvo que dejar su cueva y se la llevaron a Francia. Fue un rojo asturiano, empleado de la Embajada de Madrid en París, quien custodió la venerada imagen. Después la Santina volvió a España y recorrió Asturias triunfalmente. A su llegada repicaron todas las campanas del principado. Los valles y los picos asturianos se llenaron con los ecos de los vivas dados a la Santina. Desde el alto de Valgrande, en el Pajares, hasta el Auseva, pasando por las cuencas mineras, Oviedo y Gijón, la marcha fue un acontecimiento nunca conocido. A hombros, entre masas humanas, con los ojos húmedos, iba pasando la grácil y diminuta figura de la Madre de España, al compás del estruendo de la dinamita. Iba más galana que nunca con el fajín de capitana y el bastón de general que le había concedido el Estado español. Entró en la cueva a hombros de cuatro generales. Y allí se quedó en la gruta restaurada.

 Hasta ella siguen llegando los peregrinos que, con frecuencia, suben de rodillas los cien peldaños de la escalera que comunica el rellano con la gruta. Llegan peregrinos todos los días, pero especialmente el día 8 de septiembre, dedicado a la Virgen de Covadonga, de precepto en todo el principado, si bien la conmemoración litúrgica se celebra al día siguiente. Vienen de todas las clases sociales y de todas las edades y, acaso, con más devoción que nadie, las muchachas asturianas, a beber los siete sorbos de la fuente del matrimonio, un pequeño hilo de agua que mezcla su escaso caudal con el del Chorrón.

 La novena que precede a la fiesta de la Santina es de las de rango. Llegan los asturianos a millares, muchos de ellos descalzos, con los pies sangrando, después de haber recorrido docenas de leguas. Y tienen que dormir a la estrella, arropados por la caricia del orbayu, porque, si no es debajo del manto de la Virgen, no hay posibilidad de proporcionar cobijo a tanto peregrino.

 El día 8 de septiembre llegan las autoridades asturianas, sin faltar ninguna. Los Concejos asturianos, por turno anual, llevan ese día una espléndida ofrenda a la Santina. La Virgen sale de la cueva y recorre la explanada delante de la basílica, con frecuencia, a hombros de generales o de ministros del Gobierno, mientras el Auseva se estremece bajo las cargas de dinamita. Esto un año y otro año.

 A la cueva han llegado todos los reyes de España de los últimos siglos; santos, como San Antonio María Claret…, y anualmente llega también el Caudillo, a quien puede verse frecuentemente arrodillado sobre la peña desnuda de la cueva, recibiendo el sacramento de la penitencia, el Cuerpo del Señor y orando ante la Santina. Un día llegó también un cardenal patriarca y se llevó consigo una reproducción de la imagen de Covadonga, para presidir su oratorio patriarcal de Venecia, y ahora aquella imagen ocupa en el Vaticano el lugar preferente de la capilla privada de la santidad de Juan XXIII. Todo se lo merece la Santina, madre y madrina de la Hispanidad, que le canta:

 Bendita la Reina de nuestra Montaña,
que tiene por trono la Cuna de España…

 ANTONIO VIÑAYO, www.mercaba.org