Jueves Eucarístico

Pange, lingua, gloriosi
Córporis mystérium
Sanguinísque pretiósi,
Quem in mundi prétium
Fructus ventris generósi
Rex effúdit géntium.

Nobis datus, nobis natus
Ex intácta Vírgine,
Et in mundo conversátus,
Sparso verbi sémine,
Sui moras incolátus
Miro clausit órdine.

In supremæ nocte coenæ
Recumbens cum frátribus,
Observata lege plene
Cibis in legálibus,
Cibum turbæ duodenæ
Se dat súis mánibus.

Verbum caro, panem verum
Verbo carnem éfficit,
Fitque Sanguis Christi merum,
Et, si sensus déficit,
Ad firmandum cor sincerum
Sola fides súfficit.

Tantum ergo Sacraméntum,
Venerémur cérnui:
Et antíquum documentum
Novo cedat rítui;
Præstet fides suppleméntum
Sénsuum deféctui.

Genitori Genitóque,
Laus et iubilátio;
Salus, honor, virtus quoque,
Sit et benedíctio;
Procedénti ab utróque
Compar sit laudátio.

Amen.

V/. Panem de cælo præstitísti eis.
R/. Omne delectaméntum in se habéntem.

Orémus.
Deus, qui nobis sub sacraménto mirábili, passiónis tuae memóriam reliquisti; tríbue, qaésumus, ita nos córporis et Sánguinis tui sacra mystéria venerári, ut redemptiónis tuae fructum in nobis iúgiter sentiámus:Qui vivis et regnas in saécula saeculórum. R. Amen

El valor de la oración


La oración nos une a Dios. Como dice san Gregorio: “Es necesario acordarse de Dios más a menudo que de respirar”.

 

Como dice san Gregorio: “Es necesario acordarse de Dios más a menudo que de respirar”.

¿Cómo sintetizar la palabra “oración”?

Orar es recoger el corazón y reconocerse pecador: “reconozco mi pecado” (Sal 50). Es un don: “Si conocieras el don de Dios” (Jn 4, 10). Es también una comunión entre tu y Dios que te creó a su “imagen y semejanza” (Gn 1, 26). La oración es mirar con la fe, como Pablo: “caminamos en la fe” (2 Cor 5, 7). O como decía el santo cura de Ars cuando oraba ante el sagrario: “Yo le miro y Él me mira”. Es una atenta escucha a la palabra de Dios que se traduce en hacer su voluntad. Como las brasas que, cubiertas de ceniza, basta un vientecillo para avivarlas y producir calor.

En la oración somos como la arcilla que poco a poco moldea el alfarero con sus manos, o como un pedazo de mármol que el escultor esculpe para sacar una hermosa talla. Así también déjate trasformar por Él, pues del polvo te formó y con su a liento te dio la vida. ¡Qué no hará contigo el Maestro del escultor y del alfarero! “Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te ame” (Cf. Jer 1, 5).

Considérate como peregrino de este mundo y como deudor de todo cuanto tienes. “Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto…y se dijo: ¿Qué haré?, pues no tengo donde reunir mi cosecha…Voy a demoler mis graneros y edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes y diré a mi alma: Alma, tienes mucho…Pero Dios le dijo: ¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán? (Cf. Lc 12, 16-20). Todas tus necesidades, trabajos y dificultades ponlos en las manos de Dios y confía en la esperanza que Él proveerá los medios que Él quiera y como quiera para Ti.

Pero también existen enemigos:

El enemigo de la oración son las cosas mundanas. La serpiente poco a poco va seduciendo al hombre presentándo le las riquezas, el poder y el placer. Cristo resistió orando largos días en el desierto. Adán y Eva sucumbieron por dialogar con la serpiente y perdieron de vista su fin: que fueron creados por Dios y para amar a Dios. Ellos aceptaron lo que Cristo rechazó con tenacidad y amor a su Padre y a su misión: la “gloria” mundana.

¿Cuántos mueren y sufren, y a ti Dios te permite vivir hoy para que le mires a Él? ¿Dónde estás? (Gn 3, 9). Una vez más es la iniciativa de Dios que sale a tu encuentro a pesar de tu infidelidad. El hombre responde: “Te oí andar por el jardín y tuve miedo porque estoy desnudo; por eso me escondí” (Gn 3, 10). Dios no quiere tu lejanía sino procura tu cercanía. Sale a tu encuentro para que le veas “cara a cara” (Gn 32, 31). “Por eso te ha dado el entendimiento para que le conozcas, la memoria para que te acuerdes de Él, la voluntad para que le ames, la imaginación para que tengas presente sus beneficios, los ojos para que veas la maravillas de sus obras, la lengua para que le alabes, y así todas la facultades” (Vida devota, san Francisco de Sales)

Bien sabes que en este mundo y en esta vida no hay alma que pueda vivir segura. Las grandes pasarelas de luces y colores brillan modelando por las calles sus atrevidos escaparates de lujosas marcas, que provocan la lujuria, la envidia, la avaricia y lo que es más doloroso, la lejanía de tu creador: “DIOS”. El hombre egoísta no es más que un maniquí ambulante para los demás. Lo grande y hermosa que es tu alma queda ignorada, nada que ver con lo putrefacto y pasajero del mundo, visto en su realidad más llana. Su grandeza (del alma) es su silencio interior y su hermosura jamás pasa de moda: es el amor de Dios que la mantiene siempre bella. Mientras lo banal dura lo que dura la moda, el alma dura lo que dura la eternidad de Dios.

Atrévete a rezar

Cristo es exigente. No te pide paz cuando te pide estar en pie de guerra “He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera ardiendo!” (Lc 12, 49). No te pide poner una mejilla sino también la otra: “al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra” (Mt 5,39). No quiere tu vida mediocre sino una vida de perfección “sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 5, 48). Y si tienes el coraje de seguirle, existe una condición: toma tu cruz y síguele en primera fila “El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí” (Mt 10, 38). Te pide rezar por tus enemigos y amarlos: “Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan” (Mt 5, 44). Recuerda que ¡Él dio la suya por ti! “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15, 13). El desprendimiento y la renuncia como prueba de esta amistad: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber…” (Mt 25, 35 ss). En definitiva Cristo quiere que le acompañes en las buenas y en las malas en el otro lado de la cruz.
Cristo oraba confiado en las manos de su Padre. Las cosas que nos pasan son diferentes si dejamos que Dios invada nuestra oración para encontrar el camino seguro. El silencio, la confianza y la decisión son actitudes para encontrarse con Dios que “me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2, 20). El silencio es la luz del alma donde podrás ver y escuchar a Dios. Cristo es la luz, el sol que te ayuda a admirar la majestuosidad de la creación hecha desde la eternidad por Él, que se hace hombre para ser tu luz. Tu oración será una admiración por la belleza y bondad de Dios; podrás contemplar y adorar la admirable obra de sus manos y finalmente te conducirá a la acción, habiendo quedado sorprendido y estupefacto de quién es Dios. Su amor te tiene que lanzar con más ímpetu y donación a buscarle sólo a Él, sobre todas las cosas, cumpliendo el primer mandamiento: “amar a Dios con toda tu alma, con toda tu mente y con todo tu corazón y a tu prójimo de la misma manera.” (Cf. Mc 12 , 30-31).

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Quédate conmigo Jesús amado…

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Quédate conmigo Jesús amado.
Para el trance difícil de la muerte,
Dame tu ayuda y tu cayado.
¡Que tenga yo, Señor, la inmensa suerte
De, bañado por luz divina verte,
De amarte y ser amado y no perderte! (Blas Piñar)

EL MAYOR DOLOR DE LAS ALMAS DEL PURGATORIO

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La separación de Dios
 es el principal castigo del Purgatorio. 
Pero éste es diferente del Infierno.

Todas las penas del Purgatorio se relacionan con el pecado original y el actual. Dios creó al alma pura, simple y limpia de toda mancha de pecado, con un cierto instinto beatífico hacia Él desde el pecado original, que el alma encuentra en sí misma, quita de sí, y cuando agrega otros pecados a ese original se aleja más y más de Dios.


  No puede haber ningún bien salvo por la participación de Dios, que va al encuentro de las necesidades de sus criaturas irracionales como quiere y ha ordenado, no fallándoles nunca, y responde al alma racional en la medida en que la encuentra limpia y sin el obstáculo de pecados. Por consiguiente, cuando un alma se acerca al estado puro y claro en que fue creada, su instinto beatífico se descubre a sí mismo y crece sin cesar, tan impetuosamente hasta el final que cualquier obstáculo le parece a esta alma algo del pasado. Y cuanto más ve, más extremo es su dolor.

   Debido a que las almas en el Purgatorio no sienten culpa de pecado, no hay obstáculo entre ellas y Dios, excepto su dolor, que las lleva hacia atrás y así no pueden alcanzar la perfección. Ven claramente la gravedad de cada obstáculo en su camino, y ven también que su instinto es obstaculizado por una necesidad de justicia: de ahí nace un rugiente fuego, como el del infierno, pero carente de culpabilidad. La culpa es lo que las hace condenadas en el infierno, en donde Dios no concede Su Bondad, y por eso permanecen allí, en desesperada mala voluntad, opuesta a la voluntad de Dios.

Santa Catalina de Génova
“TRATADO DEL PURGATORIO”

Procesión de las antorchas en Fátima

Oración Para Obtener La Gracia De Todas Las Misas En El Mundo

Oración Para Obtener La Gracia De Todas Las Misas En El Mundo
Padre Eterno, humildemente Os ofrecemos nuestra pobre presencia, y la de toda la Humanidad, desde el principio hasta el fin del mundo. Deseamos asistir a TODAS las Misas que ya se han celebrado en el mundo, y a todas las que se celebrarán el el futuro. Os ofrecemos todas las penas, los sufrimientos, oraciones, alegrías y horas de reposo en nuestra vida. Ofrecemos todo en unión con estas mismas acciones de nuestro dulce Jesús, durante su estancia aquí en la tierra. Esperamos que toda la preciosísima Sangre de Cristo, todas Sus Llagas, y toda Su agonía nos salven. Os ofrecemos esta petición por medio del Doloroso e Inmaculado Corazón de María. Amén.

La presencia real de Cristo en la Eucaristía

 

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La solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo nos empuja a expresar nuestra fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía; a “expresar”, es decir, a manifestarla con palabras, miradas o gestos. La fe tiene su raíz en la acción de la gracia en nuestro corazón, pero abarca la totalidad de lo que somos y, por consiguiente, como la alegría o el amor, necesita ser expresada.

La Iglesia no ahorra las palabras, no silencia la emoción que suscita la presencia del Señor en el Santísimo Sacramento y acude a la Escritura Santa para hacer resonar, en el canto del Aleluya de la Misa, la afirmación del mismo Jesús: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, dice el Señor; quien coma de este pan vivirá para siempre” (cf Jn 6,51-52). En uno de los prefacios proclama: “Su carne, inmolada por nosotros, es alimento que nos fortalece; su sangre, derramada por nosotros, es bebida que nos purifica”. Y en el himno eucarístico compuesto por Santo Tomás se dice que la lengua cante el misterio del glorioso Cuerpo de Cristo: “Pange, lingua, gloriosi Corporis mysterium”.

La mirada del creyente de asombra y se admira ante esta singular manera en la que Cristo ha querido hacerse presente en su Iglesia. Y los ojos, que sólo alcanzan a ver el signo del pan y del vino, piden ayuda a la fe para creer, basados en la autoridad de Dios, que no miente, que Jesucristo, nuestro, Señor es el “Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias”. La mirada se vuelve entonces adoración: “A ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte”.

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