NUESTRA SEÑORA, LIBERTADORA DE LAS ALMAS DEL PURGATORIO

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   María no solo consuela y socorre a sus devotos en el Purgatorio, sino que también rompe sus cadenas y los libra con su intercesión. Desde el día de su gloriosa Asunción, en el que se cree que quedó vacía la cárcel del Purgatorio, como dice Gersón y confirma Novarino, diciendo basarse en graves autores, día en que María al entrar en el paraíso, pidió a su Hijo poder llevar consigo todas las almas que estaban en el purgatorio, desde entonces, dice Gersón, María tiene el privilegio de librar a todos sus devotos, de aquellas penas.

   Y esto lo afirma sin titubeos san Bernardino de Siena, diciendo que la Santísima Virgen tiene la facultad, con sus ruegos y con la aplicación de sus méritos, de librar las almas del Purgatorio y principalmente las de sus más devotos. Lo mismo dice Novarino, opinando que por los méritos de María, no solo se tornan más llevaderas las penas de aquellas almas, sino también más breves, abreviándose por su intercesión el tiempo de su Purgatorio. Para lo cual, basta que ella lo pida.

   Refiere san Pedro Damiano que una señora llamada Mazoria, ya difunta, se apareció a una comadre y le dijo que en el día de la Asunción ella había sido librada del Purgatorio con un número de almas que superaban a la población de Roma. San Dionisio Cartujano afirma que lo mismo sucede en la festividad de la Navidad y de la Resurrección de Jesucristo, diciendo que en esas fiestas, María se presenta en el Purgatorio acompañada de legiones de ángeles y que libra de aquellas penas a multitud de almas. Novarino dice que esto sucede igualmente en todas las fiestas solemnes de María.

   Muy conocida es la promesa que María hizo al Papa Juan XXII, al que, apareciéndose le ordenó que hiciera saber a cuantos llevasen el Santo Escapulario del Carmen que, en el sabado siguiente a su muerte, serían librados del purgatorio. El mismo Papa, como refiere el P. Crasset, lo declaró en la bula que publicó y que luego fue confirmada por Alejandro V, Clemente VII, Pío V, Gregorio XII y Pablo V, el cual, en una bula de 1612 declara: “El pueblo cristiano puede piadosamente creer que la Santísima Virgen ayudará con su continua intercesión, y con sus méritos y protección especial, después de la muerte, y principalmente en el día de sábado -consagrado por la Iglesia a la misma Virgen María- a las almas de los hermanos de la Cofradía de Santa María del Monte Carmelo, que hayan salido de este mundo en gracia, y hayan llevado su escapulario, observando castidad según su estado, y hayan rezado el Oficio Parvo de la Virgen, y si no han podido recitarlo, habiendo observado los ayunos de la Iglesia”. Y en el Oficio Solemne de Santa María del Carmen se lee que se ha de creer piadosamente, que la Santísima Virgen consuela con amor de Madre a los cofrades del Carmen en el Purgatorio, y con su intercesión los lleva pronto a la patria celestial.

   Esto es lo que la Santísima Virgen María mandó decir al B. Godofredo por medio de fray Abundio, con estas palabras: “Di a fray Godofredo que progrese en la virtud, que así será de mi Hijo y mío; y cuando su alma parta de su cuerpo, no dejaré que vaya al Purgatorio, sino que la tomaré y la ofreceré a mi Hijo”.

   Y si queremos aliviar a las benditas Almas del Purgatorio, procuremos rogar por ellas a la Santísima Virgen, aplicando por ellas de modo especial el Santo Rosario que les servirá de gran alivio.

San Alfonso Mª de Ligorio
Las Glorias de María

Quédate conmigo Jesús amado…

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Quédate conmigo Jesús amado.
Para el trance difícil de la muerte,
Dame tu ayuda y tu cayado.
¡Que tenga yo, Señor, la inmensa suerte
De, bañado por luz divina verte,
De amarte y ser amado y no perderte! (Blas Piñar)

Procesión de las antorchas en Fátima

Jueves Eucarístico

Pange, lingua, gloriosi
Córporis mystérium
Sanguinísque pretiósi,
Quem in mundi prétium
Fructus ventris generósi
Rex effúdit géntium.

Nobis datus, nobis natus
Ex intácta Vírgine,
Et in mundo conversátus,
Sparso verbi sémine,
Sui moras incolátus
Miro clausit órdine.

In supremæ nocte coenæ
Recumbens cum frátribus,
Observata lege plene
Cibis in legálibus,
Cibum turbæ duodenæ
Se dat súis mánibus.

Verbum caro, panem verum
Verbo carnem éfficit,
Fitque Sanguis Christi merum,
Et, si sensus déficit,
Ad firmandum cor sincerum
Sola fides súfficit.

Tantum ergo Sacraméntum,
Venerémur cérnui:
Et antíquum documentum
Novo cedat rítui;
Præstet fides suppleméntum
Sénsuum deféctui.

Genitori Genitóque,
Laus et iubilátio;
Salus, honor, virtus quoque,
Sit et benedíctio;
Procedénti ab utróque
Compar sit laudátio.

Amen.

V/. Panem de cælo præstitísti eis.
R/. Omne delectaméntum in se habéntem.

Orémus.
Deus, qui nobis sub sacraménto mirábili, passiónis tuae memóriam reliquisti; tríbue, qaésumus, ita nos córporis et Sánguinis tui sacra mystéria venerári, ut redemptiónis tuae fructum in nobis iúgiter sentiámus:Qui vivis et regnas in saécula saeculórum. R. Amen

Miguel de Mañara y la santidad del laico

 

Ernesto Vázquez López, ABC de Sevilla

Cuando el cristiano oye hablar de santidad, siempre piensa en algo inalcanzable. La santidad, en abstracto, se presenta como un lejano concepto al que el laico de a pie no puede aspirar. Inconscientemente la asociamos al estado eclesial: sacerdotes, frailes, monjas, obispos, abadesas o papas… Las virtudes heroicas de los santificados nos parecen tan realmente excepcionales que las sobrevaloramos dándoles un carácter sobrenatural. Confundimos sin querer los términos: no se tienen por que se sea santo, sino que se es santo porque se tienen.

Vivimos en una ciudad que bien puede presumir de haber aportado a la Iglesia Universal un escogido ramillete de vidas virtuosas y santas. No hay un siglo de nuestra historia que no haya aportado un santo al calendario cristiano. Y los tenemos de todas las categorías: mártires como Justa, Rufina y Hermenegildo; sabios como Isidoro y Leandro, justo gobernante como Fernando, humildes como violetas Ángela de la Cruz y María de la Purísima, sacerdote ejemplar como Juan de Ávila… Sus vidas, acciones, palabras… nos abruman tanto que sin querer dejamos de considerarlos como ejemplos vitales. Y pasan a formar un grupo aparte, y nosotros que nos llamamos cristianos los marginamos sin razón, y tan sólo acudimos a ellos, para pedir y pedir y pedir… pero no para considerar su testimonio e intentar aplicarlo a nuestra vida espiritual.

Y sin embargo hubo una vez en Sevilla un cristiano y cofrade ejemplar que en lugar de pedir, consideró. Y porque consideró, actuó. Y porque actuó, alcanzó santidad venerable a los ojos de sus contemporáneos.

Su historia puede ser la de cualquiera de nosotros. ¡Qué más da el año en que naciera o viviera o muriera! Los santos, cuando lo son, se hacen intemporales porque a pesar de siglos, modas, costumbres y adelantos, nos siguen interpelando con sus vidas. Este caballero sevillano lo tenía todo en la vida: se crió en un palacio con columnas de mármol traídas de Italia, se educó como correspondía al floreciente estado de su familia, con ocho años era caballero del hábito de Calatrava y con veinte se casó con una dama sevillana. El fallecimiento de sus hermanos mayores lo convirtió en el heredero de la fortuna familiar.

Vinculado por su tío a una hermandad sevillana, la de la Soledad de San Lorenzo, ingresó en ella y llegó a formar parte de su Junta de Gobierno. Como cristiano ejemplar participaría en cultos, demandas y procesiones. Pero toda esta vida pacífica y plena se vino abajo cuando su esposa falleció. Y es en la experiencia amarga de la viudez, cuando Miguel de Mañara decide no servir a señor que muera. Pero a diferencia de otros, no se planteó ingresar en el estado eclesiástico. Y en eso, como en otras cosas que más adelante veremos, se nos presenta como un verdadero modelo de santidad laical.

Un laico que decidió poner en práctica lo que como cristiano creía, pero tal vez no vivía con la intensidad necesaria. No cayó en la vanidad de fundar un nuevo instituto creado a hechura suya, sino que se integró en uno ya existente: la Santa Caridad. Y el fin de ésta no era otro que procurar digna sepultura a pobres y ahogados ejercitando la obra de misericordia de enterrar a los muertos. Al poco de entrar es elegido hermano mayor y en su celo expande la institución arrendando un almacén para alojar mendigos durante la noche. Y como una cosa lleva a la otra, pronto se hicieron enfermerías para curar a los más abandonados y olvidados. En todo ello gastó don Miguel su hacienda y su fortuna. Y en nada le pesó hacerlo porque bueno es hospedar a los peregrinos y cuidar del regalo y alivio de los enfermos, pero servirlos con humildad en público y en secreto es de mayor estima delante de Dios.

En el «Discurso de la Verdad» expone Mañara su itinerario cristiano que no es más que lo que siglos más tarde el beato Juan Pablo II definiría como la vocación a la santidad, o sea a la perfección de la caridad. Un cristiano puede y debe aspirar a la santidad sea cual sea su estado. Novedosa idea para un siglo en que existía una disociación terrible entre consagrado y seglar, suponiéndose la supremacía del primero sobre el segundo en las virtudes cristianas.

Hay muchos que hacen en la vida lo que con una pieza de paño: este pedazo para capa, el otro para mangas, y este para una caperuza, como si el paño fuera suyo. No somos dueños de nuestra vida. Desde que nos bautizamos estamos entregados a Dios. Y por esta condición de fieles laicos bautizados participamos en el triple oficio —sacerdotal, profético y real— de Jesucristo.Incardinado en su momento histórico, el venerable Mañara hace presente las palabras de la «Christifideles laici». Despojado de sus vestiduras de época, queda el cristiano comprometido que es consciente de la triple naturaleza antes mencionada: todas sus obras (…) e incluso las mismas pruebas de la vida si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales aceptables a Dios por Jesucristo que en la celebración de la eucaristía se ofrecen piadosísimamente al Padre junto con la oblación del cuerpo del Señor. Si en la encíclica mencionada Juan Pablo II decía que la participación en el oficio profético de Cristo (…) habilita y compromete a los fieles laicos a acoger con fe el evangelio y a anunciarlo con la palabra y con las obras, sin vacilar en denunciar el mal con valentía, no cabe duda de que don Miguel cumplió con creces este cometido.

Por último, por su pertenencia a Cristo, Señor y Rey del Universo, los fieles laicos participan en su oficio real y son llamados por él para servir al reino de Dios y difundirlo en la historia. Esta suerte de realeza cristiana se vive mediante la lucha espiritual para vencer en sí mismo el reino del pecado (…) y después en la propia entrega para servir, en la justicia y en la caridad, al mismo Jesús presente en todos sus hermanos, especialmente en los más pequeños. Don Miguel, llevado por su espíritu de superación se lamentaba con dolor de mi corazón y lágrimas en mis ojos, lo confieso, más de treinta años dejé el Monte santo de Jesucristo y serví, loco y ciego a Babilonia. Pero su fortaleza y su profunda y sentida fe, le hicieron volverse después a lo que él llama en el Discurso de la Verdad, el «monte santo», al cual dirigió sus pasos ejercitando la caridad y la entrega a los pobres y enfermos.

Y su ejemplo de vida, de fe auténtica en el misterio eucarístico, de vivencia activa de la caridad, sigue presente en Sevilla. Mañara, a quien el beato Juan Pablo II declaró venerable en 1985, tuvo fama de santo ya en vida. Pero las vicisitudes de la política y de la historia frenaron su proceso de beatificación ya en el siglo XVIII

Pero don Miguel sigue intercediendo por quienes acuden a él. Y ya es hora de que los sevillanos luchemos por llevar a los altares a un santo que nos falta en esa magnífica panoplia de virtudes heroicas: laico, sevillano, cristiano y cofrade. ¡Qué más se puede pedir!

Ernesto Vázquez López es presidente del foro de opinión Cardenal niño de Guevara.

Fecundidad que reporta al alma la devoción a María – Por Dom Columba Marmion

María inseparable de Jesús en el plan divino; su crédito todopoderoso; su gracia de maternidad espiritual. Pidamos a María «que forme a Jesús» en nosotros.
 
  La devoción a María, además de ser muy agradable a Jesucristo, es para nosotros fecundísima.- Y eso por tres razones, que ya habréis adivinado.
 
  Primero, porque, en el plan divino, María es inseparable de Jesús, y nuestra santidad estriba en acomodarnos lo más perfectamente que nos sea posible a la economía divina.- En los pensamientos eternos, María entra de hecho esencialmente en los misterios de Cristo, Madre de Jesús, es Madre de Aquel de quien todo nos viene. Según el plan divino, no se da la vida a los hombres sino por Cristo, Dios-Hombre: «Nadie viene al Padre si no es por Mí» (Jn 14,26), y Cristo no fue dado al mundo sino por María: «Por nosotros los hombres y por nuestra salvación, descendió de los cielos encarnándose de la Virgen María» (Credo de la Misa). Ese es el orden divino. Y ese orden es inmutable. En efecto, notad que no vale sólo para el día en que se realizó la Encarnación; su valor continúa subsistiendo por la aplicación a las almas de los frutos de la Encarnación. ¿Por qué así? Porque la fuente de la gracia es Cristo, Verbo encarnado; pero su cualidad de Cristo, de mediador, permanece inseparable de la naturaleza humana que tomó de la Virgen Santísima. [«Habiendo Dios querido una vez darnos a Jesucristo por medio de la Santísima Virgen, ese orden ya no puede cambiar, pues los dones de Dios no están sujetos a mudanza. Siempre será cierto que habiendo recibido por su caridad el principio universal de toda gracia, habiendo recibido por su caridad el principio universal de toda gracia, recibamos también por su mediación las diversas aplicaciones en todos los diferentes estados que componen la vida cristiana. Como su caridad maternal ha contribuido tanto a nuestra salvación en el misterio de la Encarnación, que es el principio universal de la gracia, así contribuirá también eternamente en todas las demás operaciones que no son más que su corolario». Bossuet, Sermon pour la fête de la Conception.- Citemos asimismo las palabras del Papa León XIII: «Del magnífico tesoro de gracias que Cristo nos ganó, nada nos será dispensado si no es por María. Por tanto dirigiéndonos a ella es como hemos de legarnos a Cristo, así como por Cristo nos acercamos a nuestro Padre Celestial». Encíclica sobre el Rosario, 1891].
 
  La segunda razón, que guarda relación con la anterior, es que nadie tiene ante Dios tan gran crédito para obtenernos la gracia, como la Madre de Dios.- Como consecuencia de la Encarnación, Dios se complace, no para amenguar el poder de mediación de su Hijo, sino para extenderlo y ensalzarlo, en reconocer la solvencia de los que están unidos a Jesús, cabeza del cuerpo místico; esa solvencia es tanto mayor cuanto mayor y más íntima es la unión de los santos con Jesucristo.
 
  Cuanto más se acerca una cosa a su principio, dice Santo Tomás, más experimenta los efectos que ese principio produce. Cuanto más os acercáis a una hoguera, más sentís el calor que irradia.- Pues bien, añade el santo Doctor; Cristo es el principio de la gracia, puesto que, en cuanto Dios, es autor de ella y, en cuanto Hombre, es instrumento; y como la Virgen es la criatura que más cerca ha estado de la humanidad de Cristo, puesto que Cristo tomó en ella la naturaleza humana, síguese que María recibió de Cristo una gracia mayor que la de todas las criaturas.
 
  Cada cual recibe de Dios (habla el mismo Santo Tomás) la gracia proporcionada al destino que su providencia le ha señalado. Como hombre, Cristo fue predestinado y elegido para que, siendo Hijo de Dios, tuviese poder de santificar a todos los hombres; por tanto, debía poseer El solo tal plenitud, que pudiese derramarse sobre todas las almas. La plenitud de gracia que recibió la Santísima Virgen tenía por fin hacerla la criatura más allegada al autor de la gracia; tan allegada, en efecto, que María encerraría en su seno al que está lleno de gracia, y que al darle al mundo por su parto virginal, daría, por decirlo así al mundo la gracia misma, porque le daría la fuente de la gracia [Ut eum, qui est plenus omni gratia, pariendo, quodammodo gratiam ad omnes derivaret. III, q.27, a.5]. Al formar a Jesús en sus punsimas entrañas, la Virgen nos ha dado al autor mismo de la vida. Así lo canta la Iglesia en la oración que sigue a la antifona de la Virgen del tiempo de Navidad, honrando el nacimiento de Cristo: «por ti se nos ha dado recibir al autor de la vida»; y además, invita a «las naciones a cantar y ensalzar la vida que les ha procurado esa maternidad virginal».
Vitam datam per Virginem
Gentes redemptæ plaudite.
 
  Por consiguiente, si queréis beber con abundancia en la fuente de la vida divina, id a María, pedidle que os guíe a esa fuente; ella más y mejor que ninguna otra criatura puede llevarnos hasta Jesús. Por eso, y no sin justo motivo, la llamamos «Madre de la divina gracia»; por eso también la Iglesia le aplica este paso de las Sagradas Escrituras: «El que me encuentre, hallará la vida y beberá la salud que viene del Señor» (Prov 8,35). La salvación, vida de nuestras almas, no viene sino de Jesús. El es el único mediador; pero, ¿quién nos llevará a Él con más seguridad que María?; ¿quién goza de tanto poder como su Madre para volvérnosle propicio?
 
  María, por otra parte, recibió de Jesús mismo, respecto a su cuerpo místico, una gracia especial de maternidad. Esta es la última razón de por qué resulta tan fecunda en el orden sobrenatural la devoción a la Santísima Virgen.- Cristo, después de haber recibido de María la naturaleza humana, asoció a su Madre, como va os he dicho, a todos sus misterios, desde su presentación en el Templo hasta su inmolación en el Calvario. Ahora bien, ¿cuál es el fin de todos los misterios de Cristo? No es otro que el de convertirle en dechado y paradigma de nuestra vida sobrenatural en rescate de nuestra santificación y fuente de toda nuestra santidad; y finalmente el de crearle una sociedad eterna y gloriosa de hermanos que en todo se le asemejen. Por eso María está asociada al nuevo Adán como una nueva Eva; es, pues, con mejor derecho que Eva, la «madre de los vivientes» (Gén 3,20), de los que viven por la gracia de su Hijo.
 
  Os decía poco ha que esa asociación no fue únicamente externa. Siendo Cristo Dios, siendo el Verbo omnipotente, creó en el alma de su Madre los sentimientos que debía albergar hacia todos aquellos que Él quería elevar a la dignidad de hermanos suyos, haciéndolos nacer de ella y vivir sus misterios. La Virgen, por su parte, iluminada por la gracia que abundaba en ella, respondió a ese llamamiento de Jesús con un Fiat, en el que ponía su alma entera con sumisión, totalmente unida en espíritu con su divino Hijo: «Al dar su consentimiento, cuando le fue anunciada la Encarnación, María aceptó el cooperar, el desempeñar un papel, en el plan de la Redención; aceptó, no sólo ser la Madre de Jesús, sino también asociarse a toda su misión de Redentor.
 
  En cada uno de los misterios de Cristo, hubo de renovar el Fiat lleno de amor, hasta el momento en que pudo decir, después de haber ofrecido en el Calvario, para la salvación del mundo, aquel Jesús, aquel Hijo, aquel cuerpo por ella formado, aquella sangre que era su sangre: «Todo se ha consumado». En esa hora bendita, María estaba tan identificada con los sentimientos de Jesús, que puede llamarse Corredentora. En ese instante, como Jesús, María acabó de engendrarnos, por un acto de amor, a la vida de la gracia [Cooperata est caritate ut fideles in Ecclesia nascerentur. San Agustín. De Sancta Virginitate, núm.6]. Siendo Madre de nuestra Cabeza, según el pensar de San Agustín, por haberle engendrado en sus entrañas, María llegó a ser, por el alma, la voluntad y el corazón, madre de todos los miembros de esa divina Cabeza. «Madre, en cuanto al cuerpo, de nuestra Cabeza; por el espíritu lo es de todos sus miembros» [Corpore mater capitis nostri, spiritu mater membrorum eius. ib.].

El camino de Santiago. Forjador de Europa.

“Señor Santiago, que inflamado de celo apostólico y en el amor a tu Divino Maestro peregrinaste anunciando a los hombres la Buena Noticia y sellaste tu predicación con el derramamiento de tu propia sangre: Haznos fuerte en la Fe, ardientes en la Caridad y testigos de la Esperanza…”

Desde hace mil doscientos años, hombres y mujeres de todo el mundo han peregrinado, por el camino de Santiago, hasta la gallega región de Compostela para orar ante la tumba del apóstol Santiago. Mujeres y hombres que en este año se contarán por millares, ya que al coincidir la fiesta del Apóstol (25 de julio) en domingo, la Iglesia Católica considera a 1999 como Año Santo Compostelano, otorgando indulgencia plenaria a todos aquellos que se den cita en aquel hermoso y legendario santuario.

La peregrinación a Santiago de Compostela puede considerarse un fenómeno que desborda las simples fronteras de una fábula o de una invención medieval para convertirse en uno de los ejes sobre los que se construyó Europa durante los años heroicos de la Edad Media. Y es que mil doscientos años son muchos, demasiados, para que una simple leyenda perviva en la memoria.

Cuenta la tradición que una noche del año 813 un ermitaño que oraba en medio de un bosque gallego observó una gran luz proveniente del firmamento que iluminaba con fuerza unos arbustos. Extrañado y asombrado, este hombre comunicó tan maravilloso suceso al obispo Teodomiro, el cual, después de varios días de ayuno y de intensa oración, mandó hacer excavaciones en aquel misterioso lugar. El hallazgo fue verdaderamente extraordinario: se acaba de encontrar un sepulcro cuyas inscripciones indicaban que ahí estaba enterrado Santiago el Mayor, el apóstol de Cristo que había ido a España a predicar el Evangelio. El lugar fue bautizado como “El campo de la estrella” (de donde deriva “Compostela”) y se erigió un santuario. La noticia de tan maravilloso descubrimiento se extendió rápidamente por los reinos cristianos del norte de España (la parte centro y sur de la Península se encontraba invadida por los musulmanes), atravesó rápidamente los Pirineos y, en unos cuantos años, llegó a toda la cristiana Europa Medieval.

Fue así como personas llegadas de todo el continente fueron a Compostela a venerar al Apóstol Santiago. Y surgió así un camino que se transformó pronto en un sendero de fe, de arte y de cultura.

Varias rutas llevaban a los viajeros hacia Compostela, siendo la más popular la que atravesaba todo el norte de la península comenzando por Roncesvalles, la mítica ciudad navarra en donde las tropas victoriosas de Carlomagno encontraron su única derrota. Y estos devotos caminantes se guiaban siguiendo la Vía Láctea, cuyas estrellas van de Oriente a Occidente. Es por eso que al camino de Santiago se le conoce también como el camino de las estrellas.

Eran tan populares dichas peregrinaciones que el inmortal Dante Alighieri afirmó que “sólo es peregrino quien camina hacia la tumba de Santiago” y otro grande de las letras, el alemán Johann Goethe llegó a decir que “Europa entera se hizo peregrinando a Compostela”.

Durante el Medievo, Santiago de Compostela fue, junto con Roma y Jerusalén, la gran capital de la Cristiandad. Hasta allí peregrinaron reyes como Alfonso II de España, santa Isabel de Hungría, el emperador franco Carlomagno o santos como Francisco de Asís, así como toda una pléyade de humildes peregrinos de todas las razas y condiciones sociales. La ciudad de Santiago de Compostela adquirió pronto una gran relevancia, convirtiéndose en uno de los centros culturales y económicos más importantes de Europa. En el siglo XI se construyó una imponente catedral y tiempo después se fundó una de las universidades de mayor prestigio en el mundo.

A propósito de la Edad Media, creo pertinente hacer una reflexión. La gente ignorante suele considerar a este período histórico como una época oscurantista. El camino de Santiago –y todo lo que trae consigo– es tan sólo uno de los innumerables ejemplos que echan por tierra esta insensata teoría. El hombre medieval exaltaba la fuerza y la virilidad, tenía una vocación al heroísmo fuera de lo común, era honesto, austero, honrado, leal, generoso, con un enorme sentido de la justicia. Y, sobre todo, tenía a Dios como el centro de su existencia. Seguramente por esto, de las pocas personas que hoy reúnen estas cualidades suele decirse que son gente de otros tiempos.

Esta Europa llena de fe y de esperanza, llena de misticismo y valentía, que supo conjugar a la perfección la cruz y la espada, fue la que peregrinó masivamente a Compostela por el camino de Santiago, por el camino de las estrellas, por el camino, en fin, de Europa entera.

Fernando Rodríguez Doval.

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