Jueves SACERDOTAL:¿Por qué no ser sacerdote? Why Not Priest?

¿Has pensado sobre tu vocación y lo que quieres hacer con tu vida?

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EL PURGATORIO EN LAS VISIONES DE SANTA MARÍA MAGDALENA DE PAZZIS

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          Santa Magdalena de PazziS, Terciaria Carmelita, tuvo la gracia de ver y visitar el Purgatorio en vida. Pudo recorrer las diversas estancias preparadas por la Misericordia de Dios, y así lo narró al Padre Cepari, que recogió las visiones de la Santa carmelita. 

    “Un tiempo antes de su muerte, que tuvo lugar en 1607, la sierva de Dios, Magdalena de Pazzi, se encontraba una noche con varias religiosas en el jardín del convento, cuando entró en éxtasis y vio el Purgatorio abierto ente ella. Al mismo tiempo, como ella contó después, una voz la invitó a visitar todas las prisiones de la Justicia Divina, y a ver cuan merecedoras de compasión son esas almas allí detenidas.

En ese momento se la oyó decir: “Si, iré”. Consintió así a llevar a cabo el penoso viaje. De hecho a partir de entonces caminó durante dos horas alrededor del jardín, que era muy grande, parando de tiempo en tiempo. Cada vez que interrumpía su caminata, contemplaba atentamente los sufrimientos que le mostraban. Las religiosas vieron entonces que, compadecida, retorcía sus manos, su rostro se volvió pálido y su cuerpo se arqueó bajo el peso del sufrimiento, en presencia del terrible espectáculo al que se hallaba confrontada.

    Entonces comenzó a lamentarse en voz alta, “¡Misericordia, Dios mío, misericordia! Desciende, oh Preciosa Sangre y libera a estas almas de su prisión. ¡Pobres almas! Sufren tan cruelmente, y aún así están contentas y alegres. Los calabozos de los mártires en comparación con esto eran jardines de delicias. Aunque hay otras en mayores profundidades. Cuan feliz debo estimarme al no estar obligada a bajar hasta allí.

    Sin embargo descendió después, porque se vio forzada a continuar su camino. Cuando hubo dado algunos pasos, paró aterrorizada y, suspirando profundamente, exclamó ”¡Qué! ¡Religiosos también en esta horrenda morada! ¡Buen Dios! ¡Como son atormentados! ¡Oh, Señor!”.

En recuerdo de Monseñor Guerra Campos

 

Nacimiento:

– Ames (La Coruña), 13.9.1920

  Estudios superiores:

– Estudios eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Santiago de Compostela desde 1931 a 1940, con una interrupción durante la Guerra de España (combatiente en la 108 División)

– Bachillerato Eclesiástico en la Universidad Gregoriana de Roma, como alumno del Pontificio Colegio Español. Graduado en Teología, en dicha Universidad, en 1945

– Licenciado y doctor por la Universidad Pontificia de Salamanca en 1945

– Canónigo reliquiario, por oposición, de la Catedral compostelana desde 1951

Trayectoria canónica y docente:

– Presbítero el 15.10.1944

– Entre 1945 y 1964 profesor en el Seminario Diocesano de Santiago (Teología, Introducción a los Evangelios, Historia de la Filosofía y Liturgia), en el Instituto de Cultura Religiosa Superior (Historia de las Religiones, Historia de la Iglesia) y en las Facultades de Medicina y de Farmacia de la Universidad Compostelana (Deontología general y médica)

 – Entre 1945 y 1964 Consiliario de los Jóvenes Universitarios de Acción Católica; Viceconsiliario de la Archicofradía del Apóstol Santiago y director de su boletín “Compostela”; Secretario de las Juntas de los Años Santos Jacobeos; Miembro del Centro de Estudios Jacobeos y del Instituto Padre Sarmiento de Estudios Gallegos (del CSIC); Director adjunto en una fase de las excavaciones arqueológicas en la Catedral de Santiago

– Consultor del Episcopado Español en el Concilio Vaticano II (1962-1963)

– Nombrado Obispo titular de Mutia y auxiliar de Madrid- Alcalá el 15.6.1964. Consagrado Obispo el 26.7.1964

– Como obispo participa en las sesiones del Concilio de 1964 y 1965, con intervención especial sobre el ateismo marxista en la Constitución “Gaudium et spes”

– Miembro del Secretariado Pontificio para los No Creyentes (1965-1973); del Comité de enlace de las Conferencias Episcopales Europeas (1965-1972); representante del Episcopado Español en el Primer Sínodo de Obispos en Roma (1967); convocado para el segundo por la Secretaría del Sínodo (1969)

– De 1964 a 1972 Secretario General del Episcopado Español; Presidente de la Unión Nacional de Apostolado Seglar; Consiliario de la Junta Nacional de la Acción Católica Española; Presidente de la Comisión Católica Española de la Infancia; Presidente del Comité Rector de la Campaña contra el hambre en el mundo; Director del Instituto Central de Cultura Religiosa Superior. Procurador en las Cortes Españolas (1967-1976). Miembro hasta 1976 de la Junta del Patronato Menéndez y Pelayo del CSIC; Presidente de la Comisión Asesora de Programas Religiosos de RTVE hasta 1973.

 – Obispo de Cuenca el 13.4.1973

 – Falleció en Sentmenat (Barcelona), el 15 de julio de 1997

Mons. Guerra Campos poseía una profunda fe y una gran formación humanista y teológica; destacó por su aguda inteligencia, su sentido cristiano, preocupación pastoral y sus amplios conocimientos teológicos y humanísticos.

Poseía una profunda fe y una gran formación humanista y teológica, adquirida primero en su Galicia natal y más tarde en Roma donde destacó por su aguda inteligencia, su sentido cristiano, preocupación pastoral y sus amplios conocimientos teológicos y humanísticos. A todo ello unía un carácter afable y una preocupación por el derrotero que iba asumiendo la Iglesia española a partir del II Concilio Vaticano, concluido en 1965.

Actividad en el Concilio Vaticano Segundo

Guerra Campos actuó en el Concilio como Consultor, destacando entre todos los Obispos españoles —que acudieron a Roma un tanto desorientados— por la profundidad de sus intervenciones. Por este título de Consultor presentó un estudio acerca del ateísmo marxista que figuró entre la documentación más notable aportada a los trabajos del Concilio.

Este trabajo no tuvo la acogida que se merecía porque, por motivos que se desconocen, se había tomado una decisión en el momento en que fue convocado el Concilio en el sentido de que no iba a tratarse en él de nada relacionado con el marxismo. Antes del Concilio, Guerra Campos había sido Consiliario de la Junta Nacional de Acción Católica, puesto en el que mantuvo una dura brega para evitar las desviaciones progresistas que empezaban ya a manifestarse en la Iglesia española.

En 1964, es decir en pleno Concilio, fue nombrado Obispo auxiliar de la diócesis de Madrid–Alcalá que por entonces regentaba el Obispo Morcillo de quien también fue un gran colaborador como Secretario General del Episcopado español entre 1964 y 1972. Por ello su conocimiento de la Iglesia española era extraordinario.

Cambios en la política de nombramientos eclesiásticos

Los aires procedentes de Roma bajo Pablo VI, siendo Secretario de Estado el Cardenal Villot, inmediatamente después del Concilio a finales de 1965, comenzaron a soplar para cambiar radicalmente la orientación de la Conferencia Episcopal Española. Con este impulso en el que sin duda tuvo gran influencia quien fuera Nuncio en Madrid, Monseñor Benelli —quien no entendió nada de España— y también el que lo era en aquellos años, Monseñor Dadaglio, comenzaron a surgir una serie de nombramientos episcopales para cuya comprensión era necesario acudir a razones políticas, que no eclesiales, aunque ello supusiese la violación del Concordato, al menos en su espíritu.
 
Así, en aquellos años tan difíciles para la Iglesia y para España, se produjo en nuestro país, la aparición de Obispos muy jóvenes y con escasos merecimientos. Simultáneamente comenzaban a estorbar los Obispos conocedores de lo sucedido en la Iglesia española desde 1931, como Guerra Campos y sus coetáneos. Poco a poco fueron desposeídos de toda influencia y los fieles comenzaron a asistir a extraños nombramientos y a actitudes episcopales poco comprensibles. Han pasado muchos años y los resultados de todo aquello los tenemos a la vista. La Iglesia española fue y sigue siendo la perdedora.
 
Siguiendo esta línea de arrinconamiento de quienes bien conocían su oficio de pastores, Guerra Campos fue enviado en 1973 a la diócesis de Cuenca donde, olvidando sus antiguas actividades, realizó una obra amplísima de apostolado, predicación, organización de su diócesis y preocupación por sus diocesanos.

Recuerdos de una entrevista con Guerra Campos

En un duro día de invierno de 1984 quien estas líneas escribe tuvo que realizar una misión de servicio en Cuenca para comprobar el estado del armamento de aquella guarnición. Hacia tiempo que había mantenido alguna relación con aquel Obispo compartiendo algunas tareas en la revista Iglesia-Mundo. Concluida mi tarea durante la mañana, dada la exigüidad de la guarnición con cuyos componentes almorcé, aquella tarde me dirigí al Palacio Episcopal donde pedí audiencia al señor Obispo quien me la concedió inmediatamente.
 

Me recibió en una pequeña habitación, modestísima, en la que existía una mesa camilla con su brasero cuya lumbre removía el Obispo personalmente de vez en cuando con la badila de hierro, para intentar dar un poco de calor a aquella estancia fría y desangelada.
La conversación versó acerca de la crisis en estaba sumida la Iglesia  española y me permití lamentarme ante el Obispo de la pérdida de vocaciones, del abandono de sus funciones por gran parte del clero, de los abusos litúrgicos que so capa de seguir las normas del Concilio estaban proliferando, y, en general, de la pérdida de la fe por parte de muchos católicos. Al escuchar mis quejas el señor Obispo me interrumpió en un determinado momento y me dijo:
— «¿Ha hecho usted todo lo que estaba en su mano para evitarlo?»
Al responderle yo que, dentro de mi modestia como un simple fiel, había hecho lo que había podido en aquel sentido con la palabra y la pluma, me respondió:
— «Quien ha hecho todo lo posible para evitar un mal, no está obligado a más».
Y luego, añadió:
— «Mire Vd., general, los hombres, juzgamos mal los hechos y, a veces no sabemos valorar sus verdaderas consecuencias. En definitiva, es Dios y no los hombres quien juzga de nuestros esfuerzos, de nuestras acciones y de nuestras omisiones. Es Él el único cuyo juicio está por encima del nuestro y sabe si hemos cosechado un éxito o estamos frente a un fracaso. Nosotros somos malos jueces de nuestras acciones y de las ajenas pues, en definitiva, el éxito o el fracaso los da Dios y no los hombres».
Aquella respuesta y el tono de profundísima fe con que fue dada no lo olvidaré nunca. Mucho menos porque, después de aquella conversación, se disiparon mis temores acerca del futuro de la Iglesia española, nacidos al ver en qué manos estaba en aquellos años. Al temor ha sucedió la esperanza de que alguna vez los españoles recuperarán el sentido de una fe que ha sido la inspiradora de nuestros ancestros y creadora de España.
Eran los tiempos del Cardenal Tarancón y del clero renovador que apenas se dedicaba a otra cosa que a la llamada denuncia profética o a socavar los fundamentos de la fe. Todos han desaparecido llevados por la ola secularizadora o han comprendido sus errores pasados.

Ahora la cuestión está en luchar contra la avanzada
descristianización de España, tarea urgente que a todos nos compete.
 En cuanto a Guerra Campos fue desposeído de su sede en cuanto se produjo su renuncia por edad. Se refugió en un convento de Barcelona y murió santamente en 1997, tras sufrir toda clase de injusticias y persecuciones. La más indigna fue la apostilla que sobre su persona aparece en las llamadas Confesiones del Cardenal Tarancón que, por respeto a su memoria, considero que no fue escrita por él.

Fuente:www.religionenlibertad.com 

 

En recuerdo de Ramón Cué, S.J.

ABC, Lunes, 21-09-09

FERNANDO IWASAKI

Hijo de padres asturianos emigrados a México, Ramón Cué Romano nació en Puebla de los Angeles, aunque con once años se trasladó con su madre a Palencia, donde estudiando con los jesuitas de Carrión de los Condes descubrió su vocación religiosa. Después de hacer su noviciado en Salamanca, Ramón Cué estudió Filosofía en Marneffe, Teología en Comillas e Historia de América en Sevilla y Madrid, colmando así las exigentes expectativas académicas de la Compañía de Jesús.
Así, la obra del padre Cué abarca desde biografías como Cuando la historia pasó por Loyola (1956) a monografías filosóficas como El hegelismo en la Universidad de Sevilla (1983), pasando por apuntes de memorias como Mi primera misa (1958), ensayos sobre la emigración como El Indiano, embajador de España (1950), crónicas taurinas como Dios y los Toros (1967), divagaciones artísticas como Su majestad el pintor: Homenaje a Velázquez (1960) o estudios literarios como Santa Teresa y Don Quijote: Dos locos españoles (1963), entre más de una veintena de títulos que incluyen sermones televisados reunidos -Mi Cristo roto (1963)- y un volumen dedicado a su poesía completa: Tú, versos de ayer y de hoy (1987). Por no faltar, ni siquiera falta una novela de tema japonés como Matsumoto (1959), lo que significa que el padre Cué se adelantó a Sánchez Dragó, Ray Lóriga e Isabel Coixet.
Sin embargo, Sevilla hechizó al padre Cué desde sus años universitarios y a Sevilla dedicó significativos títulos. A saber, los libros Cómo llora Sevilla (1948) y ¡Viva la Esperanza de Triana! (1951), o los pregones Soy de Sevilla (1976) -pregón de la Coronación Canónica de la Virgen de la Hiniesta- y Cómo sonríe Sevilla (1989), pregón de las Glorias de María. Existen numerosos textos inéditos del padre Cué, desperdigados por revistas cofrades o atesorados en los archivos de las hermandades que lo invitaban como conferenciante o pregonero, porque Ramón Cué fue el primero en cantarle a los costaleros de los pasos y el más fervoroso embajador de la Semana Santa sevillana en América Latina. Sin embargo, el padre Cué jamás pronunció el pregón de los pregones y uno quiere pensar que aquel honor lo habría hecho feliz.
Un libro singular dentro de la bibliografía del padre Ramón Cué Romano sería España vista por un mexicano (Editorial Patria, México, 1955), porque compila los títulos que Cué dedicó a España o a temas españoles. De ahí espigaré citas y referencias de Cómo llora Sevilla y ¡Viva la Esperanza de Triana!, dos obras que participan del tono elegíaco de los pregones y que bien podrían dar una idea de los «pregones perdidos» del padre Cué. Vaya por delante que no pretendo presumir de conocimientos y sensibilidades que no poseo, sino simplemente glosar y compartir las sensaciones de una lectura que de alguna manera me concierne, tal como quería Ramón Cué: «Yo creo que algo he entendido, Así me lo decís vosotros. Y por eso, para los que no son sevillanos escribí este libro».
Lo primero que deseo destacar de Cómo llora Sevilla, es la colaboración de cinco jóvenes «catedráticos de sevillanismo», a quienes el padre Cué dedicó su obra: Julio Martínez Velasco («Julio, que es poeta y habla poco, me interpretaba lo lírico»); Manuel Ferrand («Manolo, que es pintor, me colocaba en el ángulo preciso de la perspectiva exacta»); Juan Delgado Alba («Juanito me animó a escribir leyéndome aquellos días un precioso artículo suyo publicado en «El Correo» y que se titulaba Flores sobre el palio»); Joaquín González Moreno («Joaquín, que conoce los rincones de Sevilla y tiene audacia juvenil para conseguirlo todo, conquistaba el balcón estratégico y abría las puertas cerradas»), y Carlos Acedo Romero («Carlos ponía en aquel grupo simpático la fina e indispensable gracia andaluza contando chistes y riéndose más que nadie»). Aquí los convoco a todos, porque entonces tenían poco más de veinte años y me haría ilusión que sirvieran de ejemplo a los jóvenes de hoy.
El libro está compuesto de párrafos breves, siempre sentenciosos y poseídos de una teológica ambición lírica, aunque debo admitir que prefiero los más sencillos en metáforas y enumeraciones. Por ejemplo, «En Sevilla no hay dos Vírgenes iguales, como no hay dos mujeres iguales, ni dos claveles reventones que estallen de la misma manera»; «Un palio es un soneto realizado de plata y claveles» o incluso estos versos: «Costalero es ser trono y ser carroza; es ser espina que goza porque es arriba rosal».
Acaso porque en Cómo llora Sevilla (1948) eran mayoría las devociones marianas del centro, un par de años más tarde el padre Cué fue invitado por la Hermandad de la Esperanza de Triana y el fruto de aquella visita fue ¡Viva la Esperanza de Triana! (1951), una plaquette que abunda en los contrapuntos de Triana y Sevilla -«Triana es una Sevilla de agua, de reflejos y de aromas sobre el Guadalquivir»; «Sevilla la guitarra y Triana la canción»; «Sevilla es la realidad, el objeto, el volumen… y Triana la imagen, el sueño, la fantasía, la visión»; etc.- para luego concentrarse en el paseo triunfal de la Esperanza por las calles de su barrio, para celebrar el Dogma de la Asunción. De aquella procesión me quedaría con una estampa que no es la de los fuegos artificiales en el Altozano ni la del paso navegando por la calle Betis, sino la de una niña volcando una palangana de pétalos desde un balcón. Todavía le dio tiempo al padre Cué de anotar el nombre de una cantaora que le cantó una jota a la Virgen. Extrañado de que no le hubiera cantado una saeta se lo preguntó a «La Finito», quien respondió que estaba mal de la garganta y que la saeta «no se pué farsificá» (En la Hemeroteca de ABC he hallado una emotiva entrevista a doña Encarnación Fernández Sol «La Finito», del 06.06.82).
Ramón Cué se murió sin ser pregonero de la Semana Santa de Sevilla, aunque en 1965 llegó a serlo de la de Córdoba. Durante décadas atendió las invitaciones de numerosas cofradías sevillanas, pero nunca pudo cumplir el sueño de pronunciar el pregón de los pregones. Revisando la Hemeroteca de ABC descubrí sus polémicas con la jerarquía hispalense (siempre en defensa de las hermandades sevillanas) pero quiero creer que tales controversias no tuvieron nada que ver. A propósito de una entrevista publicada en 1980, el jesuita José Antonio Sobrino tachó al padre Cué de «calumnioso» y al diario ABC de «azotea sevillana», lo cual le mereció un mojicón editorial: «Para información de nuestros lectores, matizaremos que con anterioridad a esta polémica, el padre Sobrino ha intentado reiteradamente colgar sus trapos literario-pastorales en esta que califica despectivamente de «azotea», y sus ataques seguramente vienen a causa de la abundante producción que ha nutrido nuestra papelera en los últimos años» («Dos jesuitas frente a frente», ABC, 04.10.80).
Estoy persuadido de que el padre Cué murió con su pregón en los labios.

MASTERPLAN PARA DESTRUIR LA IGLESIA (1973) – Por el Dr. Jerónimo Dominguez

Quizá tenga razón en más cosas de las que pensamos…

MASTERPLAN PARA DESTRUIR LA IGLESIA (1973) – Por el Dr. Jerónimo Dominguez

El Doctor Jerónimo Domínguez es un prestigioso médico español radicado en Nueva
York . Aparte de su muy prolífero ejercicio profesional, es un laico sumamente consagrado a actividades en la Iglesia católica, a través de los medios de comunicación. Maneja un programa de televisión divulgado en 485 estaciones en el mundo, y un programa de radio. Ha escrito 102 libros sobre temas religiosos. Hace casi 40 años, escribió este artículo, el que mantiene una vigencia muy especial para estos tiempos, y hemos creído que es pertinente para entender la crisis actual en la Iglesia Católica.
Veamos sus palabras:
 
   Alguien dejó olvidado en mi oficina médica un sobre grande, cerrado. Después de dos meses nadie lo reclamó. Lo abrí para averiguar la identidad de su dueño. ¡Lo que encontré fue una gran sorpresa! El Masterplan para destruir la Iglesia. Nadie firmaba, no se daba ninguna dirección, nada más que un plan riguroso para destruir la Iglesia de Cristo. Se dice que hay más de 1300 comunistas que se han hecho sacerdotes católicos para destruir la Iglesia de Cristo por dentro, para horadarla desde sus entrañas. Yo no sé si es cierto, pero lo que sí es cierto es que el “Masterplan” es una obra maestra de increíble audacia que, si llega a funcionar, puede resquebrajar desde sus cimientos a la Iglesia Católica.
 
  Según el Masterplan, la Iglesia debe estar “arruinada” para el año 1980. Me he animado a publicarlo porque estoy seguro que ayudará a abrir los ojos a muchos sacerdotes y buenos cristianos antes de que sea demasiado tarde. Por su gravedad y trascendencia merece la atención de todos, en particular de la Jerarquía Eclesiástica ¡Alerta amigo! Resumamos en grandes rasgos la estrategia del Masterplan para conseguir sus fines

SAN IGNACIO DE LOYOLA: “AD MAJOREM DEI GLORIAM”

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 REGLAS PARA SENTIR CON LA IGLESIA

[352] PARA EL SENTIDO VERDADERO QUE EN LA IGLESIA MILITANTE DEBEMOS TENER, SE GUARDEN LAS REGLAS SIGUIENTES.

[353] La primera. Depuesto todo juicio, debemos tener ánimo aparejado y pronto para obedecer en todo a la vera esposa de Cristo nuestro Señor, que es la nuestra santa madre Iglesia jerárquica. 

 
[354] La segunda. Alabar el confesar con sacerdote y el recibir del santísimo sacramento una vez en el ańo, y mucho más en cada mes, y mucho mejor de ocho en ocho días, con las condiciones requisitas y debidas.
 
[355] La tercera. Alabar el oír misa a menudo; asimismo, cantos, salmos y largas oraciones, en la iglesia y fuera de ella; asimismo, horas ordenadas a tiempo destinado para todo oficio divino y para toda oración y todas horas canónicas.
 
[356] La cuarta. Alabar mucho religiones, virginidad y continencia, y no tanto el matrimonio como ninguna de estas.
 
[357] La quinta. Alabar votos de religión, de obediencia, de pobreza, de castidad y de otras perfecciones de supererogación; y es de advertir que, como el voto sea cerca las cosas que se allegan a la perfección evangélica, en las cosas que se alejan de ella no se debe hacer voto, así como de ser mercader o ser casado, etc.
 
[358] La sexta. Alabar reliquias de santos, haciendo veneración a ellas y oración a ellos; alabando estaciones, peregrinaciones, indulgencias, perdonanzas, cruzadas y candelas encendidas en las iglesias.
 
[359] La séptima. Alabar constituciones cerca ayunos y abstinencias, así como de cuaresmas, cuatro témporas, vigilias, viernes y sábado; asimismo, penitencias no solamente internas, mas aun externas.
 
[360] La octava. Alabar ornamentos y edificios de iglesias; asimismo, imágenes, y venerarlas según que representan.
 
[361] La nona. Alabar finalmente todos preceptos de la Iglesia, teniendo ánimo pronto para buscar razones en su defensa, y en ninguna manera en su ofensa.
 
[362] La décima. Debemos ser más prontos para abonar y alabar así constituciones, recomendaciones, como costumbres de nuestros mayores, porque, dado que algunas no sean o no fuesen tales, hablar contra ellas, quiere predicando en público, quiere platicando delante del pueblo menudo, engendraría más murmuración y escándalo que provecho; y así se indignaría el pueblo contra sus mayores, quiere temporales, quiere espirituales. De manera que, así como hace dańo el hablar mal en absencia de los mayores a la gente menuda, así puede hacer provecho hablar de las malas costumbres a las mismas personas que pueden remediarlas.
 
[363] La undécima. Alabar la doctrina positiva y escolástica, porque, así como es más propio de los doctores positivos, así como de san Jerónimo, san Agustín y de san Gregorio, etc., el mover los afectos para en todo amar y servir a Dios nuestro Seńor, así es más propio de los escolásticos, así como de santo Tomás, san Bonaventura y del Maestro de las Sentencias, etc., el definir o declarar para nuestros tiempos de las cosas necesarias a la salud eterna, y para más impugnar y declarar todos errores y todas falacias. Porque los doctores escolásticos, como sean más modernos, no solamente se aprovechan de la vera inteligencia de la Sagrada Escritura y de los positivos y santos doctores, mas aun, siendo ellos iluminados y esclarecidos de la virtud divina, se ayudan de los concilios, cánones y constituciones de nuestra santa madre Iglesia. 
 
[364] La duodécima. Debemos guardar en hacer comparaciones de los que somos vivos a los bienaventurados pasados; que no poco se yerra en esto, es a saber, en decir: Este sabe más que san Agustín, es otro o más que san Francisco, es otro san Pablo en bondad, santidad, etc.
 
[365] La terdécima. Debemos siempre tener, para en todo acertar, que lo blanco que yo veo creer que es negro, si la Iglesia jerárquica así lo determina; creyendo que entre Cristo nuestro Seńor, esposo, y la Iglesia, su esposa, es el mismo espíritu que nos gobierna y rige para la salud de nuestras ánimas, porque por el mismo Espíritu y seńor nuestro que dio los diez mandamientos es regida y gobernada nuestra santa madre Iglesia.
 
[366] La cuatuordécima. Dado que sea mucha verdad que ninguno se puede salvar sin ser predestinado y sin tener fe y gracia, es mucho de advertir en el modo de hablar y comunicar de todas ellas.
 
[367] La décimaquinta. No debemos hablar mucho de la predestinación por vía de costumbre; mas, si en alguna manera y algunas veces se hablare, así se hable que el pueblo menudo no venga en error alguno, como algunas veces suele, diciendo: si tengo de ser salvo o condenado, ya está determinado, y por mi bien hacer o mal no puede ser ya otra cosa; y con esto entorpeciendo se descuidan en las obras que conducen a la salud y provecho espiritual de sus ánimas. 
 
[368] La décimasexta. De la misma forma es de advertir que por mucho hablar de la fe y con mucha intensión, sin alguna distinción y declaración, no se dé ocasión al pueblo para que en el obrar sea torpe y perezoso, quier antes de la fe formada en caridad o quiere después.
 
[369] La décimaséptima. Asimismo, no debemos hablar tan largo, instando tanto en la gracia, que se engendre veneno para quitar la libertad. De manera que de la fe y gracia se puede hablar cuanto sea posible, mediante el auxilio divino, para mayor alabanza de la su divina majestad; mas no por tal suerte ni por tales modos, mayormente en nuestros tiempos tan peligrosos, que las obras y líbero arbitrio reciban detrimento alguno, o por mucho se tengan.
 
[370] La décimaoctava. Dado que sobre todo se ha de estimar el mucho servir a Dios nuestro Seńor por puro amor, debemos mucho alabar el temor de la su divina majestad; porque no solamente el temor filial es cosa pía y santísima, mas aun el temor servil, donde otra cosa mejor o más útil el hombre no alcance, ayuda mucho para salir del pecado mortal; y, salido, fácilmente viene al temor filial, que es todo acepto y grato a Dios nuestro Seńor, por estar en uno con el amor divino. 

Católico: ¿Qué quiere decir?

Por Flaviano Amatulli Valente en www.arbil.org

El origen de la palabra ya nos da pistas sobre las implicaciones teológicas, filosóficas, doctrinales y de constumbres que conlleva el catolicismo

¿Por qué la Iglesia, que fundó Cristo, pronto se llamó “católica”? ¿En que consiste la esencia del espíritu católico?

Totalidad y universalidad

La palabra “católico” viene del griego “kata-holon”, que quiere decir “según el todo”, universal. Su característica consiste en la totalidad.

Dijo Jesús: “Vayan por todo el mundo y prediquen mi Evangelio a toda creatura” (Mc 16,15); “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20); “Enséñenles a guardar todo lo que yo les he encomendado” (Mt 28,20).

Por lo que se refiere al Antiguo Testamento, es suficiente recordar la misión universal del Siervo de Yahvéh, destinado a ser “alianza del pueblo y luz de las gentes” (Is 42,6).

Iglesia católica

¿Por qué, entonces, a la Iglesia, que fundó Cristo, pronto se le añadió la palabra “católica” (San Ignacio de Antioquia, año 110 d.C)? Precisamente por expresar esta característica de “totalidad” y “universalidad” propia de la Iglesia de Cristo. Una sola Iglesia, destinada a llevar la salvación a todos los hombres de todo el mundo, a lo largo de toda la historia; una Iglesia en que se enseñe todo el Evangelio.

No una Iglesia para los judíos, otra para los romanos, otra para los griegos, etc., sino una sola Iglesia para todos los hombres, a cualquier raza o cultura pertenezcan. Una sola Iglesia que abarque toda la historia, desde Cristo hasta el fin del mundo.

No una Iglesia fundada por alguien en algún momento de la historia. Y por fin, una Iglesia en la que se enseñe todo el Evangelio, sin excluir nada.

Parcialidad y exclusividad

Lo contrario de católico es “herético”. No se toma en cuenta todo el Evangelio sino solamente una parte. Se trata de una selección (hairesis = selección). Pues bien, se selecciona una parte del dato revelado (a veces hasta se inventa), se le infla en detrimento de otros aspectos igualmente importantes y se da vida a un nuevo sistema religioso, separado del anterior y considerado mejor: se crea una secta (secta de secare = cortar): por ejemplo, el sábado para los sabatistas, el Espíritu Santo para los pentecostales, el principio del progreso eterno para los mormones, etc.

Evidentemente estos nuevos grupos o sistemas religiosos, que surgen a lo largo de la historia, no cuentan con otra característica propia de la Iglesia fundada por Cristo, que es su “apostolicidad”. Aunque en su membrete pueda haber alguna referencia a los apóstoles (ejemplo, la Iglesia Apostólica de la Fe en Cristo Jesús), de hecho históricamente no tienen nada que ver ni con Cristo ni con los apóstoles, puesto que empezaron a existir mucho tiempo después de Cristo y los apóstoles, cuando ya existía la Iglesia católica, fundada directamente por Cristo. Para justificar su apostolicidad, a lo sumo pueden hablar de “sueños”, “visiones”o “parecido” con la Iglesia de Cristo como era en sus orígenes, Iglesia que pronto se llamó “católica”.

“Solamente”

¿Quién no recuerda las afirmaciones de Lutero: solamente la Escritura, solamente la fe y solamente la gracia? Pues bien, se trata precisamente de lo contrario del espíritu católico, que prefiere abarcar e incluir, más que excluir y satanizar. En lugar de la palabra “solamente”, la Iglesia católica prefiere la palabra “también”. La Escritura y también la Tradición, la fe y también las obras, la gracia y también la colaboración personal.

Por lo que se refiere al mismo problema de la salvación, nunca la Iglesia católica afirmó que “solamente” los que pertenecen a ella se pueden salvar. Habló siempre de “plenitud” de los medios de salvación presentes en ella, no de exclusividad o monopolio. En este sentido hasta en el ateísmo, el panteísmo, el esoterismo, etc., puede haber aunque sea migajas de salvación. Satanizar no es propio del “espíritu católico”, a menos que no se trate de Satanás en persona.

Mucho cuidado con el espíritu sectario

Se trata de una tentación siempre latente en muchos sectores de la misma Iglesia católica, aunque parezcan muy abiertos. Se oye decir: “Solamente el Ecumenismo”, “solamente el catecismo”, “solamente tal o cual método de evangelización”, “solamente los pobres”, etc. Son expresiones que manifiestan un espíritu claramente sectario. Si se quiere hablar en tono católico, hay que tratar de incluir más que excluir: “Ecumenismo y apologética”, “catecismo y Biblia”, “este y aquel método de evangelización”, “los pobres y todos los demás”, etc.

Este es pensar y actuar como católicos. Todo lo demás huele a herejía y espíritu sectario. ¡Mucho cuidado!

Flaviano Amatulli Valente (periodismocatolico.com)