Oración Para Obtener La Gracia De Todas Las Misas En El Mundo

Oración Para Obtener La Gracia De Todas Las Misas En El Mundo
Padre Eterno, humildemente Os ofrecemos nuestra pobre presencia, y la de toda la Humanidad, desde el principio hasta el fin del mundo. Deseamos asistir a TODAS las Misas que ya se han celebrado en el mundo, y a todas las que se celebrarán el el futuro. Os ofrecemos todas las penas, los sufrimientos, oraciones, alegrías y horas de reposo en nuestra vida. Ofrecemos todo en unión con estas mismas acciones de nuestro dulce Jesús, durante su estancia aquí en la tierra. Esperamos que toda la preciosísima Sangre de Cristo, todas Sus Llagas, y toda Su agonía nos salven. Os ofrecemos esta petición por medio del Doloroso e Inmaculado Corazón de María. Amén.

La reliquia con la inscripción de la cruz (titulus crucis)

Tomado de http://rsanzcarrera2.wordpress.com

La reliquia con la inscripción de la cruz (titulus crucis)

La reliquia con la inscripción de la cruz (titulus) conservada en la basílica romana de la Santa Cruz, que puede verse en detalle en esta foto, es un trozo de madera rectangular de 25 por 14 centímetros, de 2,6 centímetros de grosor y de un peso de 687 gramos.

Es muy posible que el fragmento que se conserva se trate de una copia del original. En 2002, la Universidad de Arizona realizó una prueba de radiocarbono con el objeto y lo fechó entre 980 y 1146 D.C, por lo que se trataría de una reliquia medieval, posiblemente una copia de la auténtica hoy perdida. Los resultados fueron publicados en la revistaRadiocarbon.

He encontrado este vídeo sobre el titulus Crucis o Título de la Cruz del Señor, también conocido como ogium:

En la Basílica romana de la Santa Cruz de Jerusalén, mandada construir en la primera mitad del siglo IV por santa Elena, la madre del emperador Constantino, se venera una de las reliquias más importantes de la cristiandad: se trata de parte del “titulus”, de la  inscripción Que fue colocada en la cruz de Cristo, al ser crucificado en el Gólgota. Al parecer esta reliquiasde la Cruz es verdaderas. Esta fue la conclusión a la que ha llegado el experto Michael Hesemann, en su libro «Titulus Crucis» (Editorial «San Paolo») publicado en el 2000. Un estudioso judío, que analizó las fotos, dijo que el «titulus» se remonta «al período que va del I al IV siglo d.C.». Un perito griego lo encuadró en el siglo I d. C. con «absoluta» seguridad. Por último, un estudioso latino coincidió con este último.  Hasemann recuerda que las primeras narraciones de los peregrinos cristianos ya hacían mención al «titulus». Hesemann afirma que el «título» que se conserva en la basílica romana es sólo la mitad del original. La parte derecha, que fue mencionada por varios testigos hasta el siglo VI d.C. ha desaparecido. Con más detalle la opinión de estos expertos fue la siguiente:

  • Primera Línea. Hebreo. Desafortunadamente esta línea está en muy mal estado. No obstante, con diversas discusiones, dos de los tres expertos consultados en paleografía judía encontraron características obvias típicas de la forma de escritura de los siglos del I al IV.
  • Segunda Línea: Griego. Muestra varias características paleográficas interesantes. El  estilo de las letras se corresponde con las que se utilizarían en el siglo I. Es especialmente interesante la grafía que representa las letras omicrón y ypsilón:

  • Este signo fue utilizado en el siglo primero y también en el periodo bizantino, desde el siglo VI, pero no se utilizó en los siglo del segundo al quinto.
  • Sin embargo, el estilo de las alfas es típico de los siglos primero al tercero, pero no de tiempos posteriores. De ello se sigue que el único período posible del texto griego sería el siglo I.

  • Tercera Línea: Latín. Se observa un paralelismo con las inscripciones romanas del siglo I halladas en  Caesarea Maritima. De estas inscripciones, la más conocida es aquella en la que se cita a Poncio Pilato.
  • La conclusión de los especialistas es que no existe indicio alguno de que se trate de una falsificación. Contrariamente, las características paleográficas de estos textos apuntan como fecha más probable de los mismos la del siglo I. Puesto que el texto hace referencia a un “J el Nazareno, rey de los judíos”, todo apunta a que este trozo de madera se corresponde verdaderamente con el  titulus colocado en la cruz de Jesús de Nazaret.

A la vista de los resultados conseguidos por el equipo de paleógrafos dirigidos por el  alemán Hesemann, el Vaticano autorizó  que se realizara en esta reliquia la prueba del carbono 14. La datación por el método del Carbono 14 se efectuó en la Universidad de Arizona por los profesores Francesco Bella y Carlo Azzi, que publicaron sus resultados el año 2002. Según esta datación, este trozo de madera ha de datarse entre el año 980 y el 1146 (ver informe  sobre datación del Carbono 14 en inglés).

Según esta datación, el Títulus no puede ser auténtico: se trataría de una sofisticada falsificación.

Sin embargo, el resto de estudios a los que se ha sometido la reliquia parecen que concluyen en favor de su autenticidad. ¿Quién habría podido falsificar en los siglos X a XII esta inscripción, demostrando unos conocimientos de paleografía propios del siglo XX? La fecha de datación del Carbono 14 conduciría a concluir que, de tratarse efectivamente de una falsificación, ésta se colocaría en la Basílica con ocasión de las obras efectuadas por por el Papa Lucio II (Cardenal Gerardo) a mediados del siglo XII.

En el año 2005 ha aparecido el libro de la doctora de teología bíblica por la Universidad Pontifica GregorianaMARIA LUISA RIGATO, escrito en italiano y titulado IL TITOLO DE LA CROCE DE JESU (Editorial Pontificia de la Universidad Gregoriana, Roma 2005). En este libro la autora, que conoce el resultado del Carbono 14, señala que este resultado no es la última palabra, puesto que la datación con C 14 no ha funcionado siempre. María Luisa Rigato, en base a todo lo que argumenta en su libro, considera que el texto de la inscripción se corresponde con el del Títulus original de Pilatos. En el peor de los casos, según la autora, el Títulus de la Basílica sería una copia perfecta del Títulus original. Tal vez el Títulus original estaba tan deteriorado cuando se efectuaron las obras por el Cardenal Gerardo, de modo que éste decidió hacer una copia idéntica al original. Por otra parte, la profesora Rigato indica que todo apunta a que, para facilitar la lectura del texto, se añadió un pigmento a la madera, cosa que podría explicar el error de la datación del carbono 14. En suma, la doctora Rigato concluye que la inscripción como tal tiene todas las apariencias de corresponderse fielmente al Títulus original de Pilatos.

Cfr. Otro interesante artículo a favor de la autenticidad del títulus crucis aquí

¿Quiénes son los Doctores de la Iglesia?

 

La Iglesia reconoce en los Doctores de la Iglesia a los intérpretes autorizados de su doctrina.

“Doctor/a de la Iglesia” es un título que la Iglesia (el Papa o un concilio ecuménico) otorga oficialmente a ciertos santos para reconocerlos como eminentes maestros de la fe para los fieles de todos los tiempos.

Entre los Padres, algunos adquieren un destacado relieve por haber iluminado ampliamente todo el campo de la revelación y abierto nuevos caminos a la teología de los siglos posteriores; el ejemplo más eminente es San Agustín, cuya autoridad excepcional fue reconocida inmediatamente después de su muerte por el papa Celestino I. La Iglesia reconoce en ellos los intérpretes autorizados de su doctrina.

Su lista se constituyó lentamente. Desde el siglo VIII, la Iglesia latina reconoce como tal a San Ambrosio, San Agustín, San Jerónimo y San Gregorio, mientras que la Iglesia griega reconocía tres grandes «doctores ecuménicos» en San Basilio, San Gregorio Nacianceno y San Juan Crisóstomo; la tradición latina posterior añadirá a éstos el nombre de San Atanasio, con lo que se tendrán cuatro doctores griegos como se tenían ya cuatro doctores latinos.

El título de doctor de la Iglesia recibió de Bonifacio VIII (1298) una primera consagración oficial y litúrgica; al igual que los apóstoles y evangelistas, los cuatro doctores latinos tienen oficio de rito doble con Credo en la misa.

Esta lista se ha engrosado considerablemente en los tiempos modernos. En 1567, el dominico San Pío V otorga el título de doctor a Santo Tomás de Aquino, y, en 1588, el franciscano Sixto V hace lo propio con San Buenaventura. En nuestros días han recibido el título y oficio de doctor, entre los Padres de la Iglesia, los siguientes: San Atanasio, San Hilario, San Basilio, San Cirilo de Jerusalén, San Gregorio Nacianceno, San Juan Crisóstomo, San Cirilo de Alejandría, San Pedro Crisólogo, San León, San Isidoro de Sevilla, San Juan Damasceno; entre los teólogos de la Edad Media y de los tiempos modernos, después de Santo Tomás y San Buenaventura lo han recibido San Beda (+ 735), San Pedro Damián (1072), San Anselmo (1109), San Bernardo (1153), San Antonio de Padua (1231), San Alberto Magno (1280), San Juan de la Cruz (1591) San Pedro Canisio (1597), San Roberto Belarmino (1621), San Francisco de Sales (1622) y San Alfonso María de Ligorio (1787). Santa Catalina de Siena, Santa Teresa de Jesús y Santa Teresa del Niño Jesús.

El título de doctor representa, además del oficio litúrgico, la recomendación de su doctrina, sobre todo en orden a la enseñanza.

LOS 33 DOCTORES DE LA IGLESIA EN ORDEN ALFABÉTICO CON FECHAS Y REFERENCIAS

San Agustín (354-430). Obispo de Hippo. Uno de los cuatro doctores originales de la Iglesia Latina. “Doctor de la Gracia”. Aclamado doctor el 20 de septiembre, 1295 por Bonifacio XIII.

San Alberto Magno (1200-1280). Dominico. Patrón de las ciencias naturales; llamado “Doctor Universallis” “Doctor Expertus”. Aclamado doctor el 16 diciembre, 1931 por Pío XI.

San Alfonso Ligorio (1696-1787). Patrón de confesores y moralistas. Fundador de los redentoristas. Aclamado doctor el 7 de julio, 1871 por Pío IX.

San Ambrosio (340-397). Uno de los cuatro tradicionales Doctores de la Iglesia latina. Combatió el arrianismo en el Occidente. Obispo de Milán y mentor de San Agustín. Aclamado doctor el 20 de septiembre, 1295 by Bonifacio VIII.

San Anselmo (1033-1109). Arzobispo de Canterbury. Padre del Escolasticismo. Aclamado doctor el 3 de febrero, 1720 por Clemente XI.

San Antonio de Padua (1195-1231). Fraile franciscano. Doctor Evangélico. Aclamado doctor el 16 de enero, 1946 por Pío XII.

San Atanasio (296-373). Obispo de Alejandría (Egipto). Principal opositor al arrianismo. Padre de la Ortodoxia. Aclamado doctor el año 1568 por Pió V.

San Basilio Magno (329-379). Uno de los tres Padres Capadocios. Padre del monasticismo del Este. Aclamado doctor en 1568 por Pío V.

San Beda el Venerable (673-735). Sacerdote benedictino. Padre de la Historia inglesa. Aclamado doctor el 13 de noviembre, 1899 por León XIII.

San Bernardo de Claraval (Clairvaux) (1090-1153). Cisterciense. Llamado “Mellifluous Doctor” por su elocuencia. Aclamado doctor el 20 de agosto, 1830 por Pío VIII.

San Buenaventura (1217-1274). Teólogo franciscano. “Doctor Seráfico”. Aclamado doctor el 14 de marzo, 1588 por Sixto V.

Santa Catalina de Siena. (1347-1380). Mística. Segunda mujer doctora de la Iglesia. Aclamada doctora el 4 de octubre, 1970 por Pablo VI.

San Cirilo de Alejandría (376-444). Patriarca. Combatió el nestorianismo. Hizo contribuciones claves a la cristología. Aclamado doctor el 28 de julio, 1882 por León XIII.

San Cirilo de Jerusalén (315-387). Obispo opositor del arianismo en el Este. Aclamado doctor en 28 de julio, 1882 por León XIII.

San Efrén de Siria (306-373). Exegeta de la Biblia y escritor eclesiástico. Llamado “el harpa del Espíritu Santo. Aclamado doctor el 5 de octubre, 1920 por Benedicto XV.

San Francisco de Sales (1567-1622). Obispo y lider de la contrareforma. Patrón de los escritores y la prensa católica. Aclamado doctor el 16 de noviembre, 1871 por Pío IX.

San Gregorio Magno (540-604). Papa. Cuarto y último de los cuatro originales Doctores de la Iglesia Latina. Defendió la supremacía del Papa y trabajó por la reforma del clero y la vida monástica. Aclamado doctor el 20 de septiembre, 1295 por Bonifacio XIII.

San Gregorio Nacianceno. (330-390). Llamado el Demóstenes cristiano por su elocuencia y, en la Iglesia Oriental, “El Teólogo”. Uno de los tres Padres Capadocios. Aclamado doctor en 1568 por Pío V.

San Hilario de Poitiers (315-368). Obispo. Llamado el Atanasio del Occidente. Aclamado doctor en 13 mayo, 1851 por Pío IX.

San Isidoro de Sevilla (560-636). Arzobispo, teólogo, historiador. Reconocido como el hombre mas sabio de su época. Aclamado doctor el 25 abril, 1722 por Inocente XIII.

San Jerónimo (343-420). Uno de los cuatro Doctores originales de la Iglesia Latina. Padre de las ciencias bíblicas y traductor de la biblia al latín. Aclamado doctor el 20 de septiembre, 1295 por Boniface XIII.

San Juán Crisóstomo (347-407). Obispo de Constantinopla. Patrón de los predicadores. Llamado “boca de oro” por su gran elocuencia. Aclamado doctor en 1568 por Pío V.

San Juan Damasceno (675-749). Teólogo griego. Aclamado doctor el 19 agosto, 1890 por León XIII.

San Juan de la Cruz. (1542-1591). Cofundador de los carmelitas descalzos. Doctor de la teología mística. Aclamado doctor el 24 de agosto, 1926 por Pío XI.

San León Magno (400-46l). Papa. Escribió contra las ejerejías del Nestorianismo, el Monofisismo, el Maniqueismo y el Pelagianismo. Aclamado doctor el 15 de octubre, 1754 por Benedicto XIV.

San Lorenzo de Brindis (1559-1619). Vigoroso predicador de gran influencia en el período pos-reformación. Aclamado doctor en 19 de marzo, 1959 por Juan XXIII.

San Pedro Canisio. (1521-97). Teólogo Jesuita. Líder de la Contrareforma. Aclamado doctor el 21 de mayo, 1925 by Pío XI.

San Pedro Crisólogo (400-50). Obispo de Ravenna. Llamado “Palabra de Oro”. Aclamado doctor el 10 de febrero, 1729 por Benedicto XIII.

San Pedro Damián (1007-72). Benedictino. Reformador eclesiástico y clerical. Aclamado doctor el 27 de septiembre, 1828 por León XII.

San Roberto Belarmino (1542-1621). Jesuita. Defensor de la doctrina durante y después de la Reforma Protestante. Escribió dos catecismos. Aclamado doctor el 17 de septiembre 17, 1931 por Pío XI.

Santa Teresa de Avila. (1515-82). Española, fundadora de las carmelitas descalzas, mística. Primera mujer Doctora de la Iglesia. Aclamada doctora el 27 de septiembre, 1970 por Pablo VI.

Santa Teresa de Lisieux. (1873-1897). Religiosa francesa carmelita. Autora de “La Historia de un Alma”. Aclamada doctora el 19 de octubre, 1997 por Juan Pablo II.

Santo Tomás de Aquino. (1225-74). Filósofo dominico y teólogo. Llamado “Doctor Angélico”. Autor de la Suma Teólogica, obra insigne de teología. Patrón de las escuelas católicas y de la educación. Aclamado doctor el 11 de abril, 1567 por Pío V.

 

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En recuerdo de Ramón Cué, S.J.

ABC, Lunes, 21-09-09

FERNANDO IWASAKI

Hijo de padres asturianos emigrados a México, Ramón Cué Romano nació en Puebla de los Angeles, aunque con once años se trasladó con su madre a Palencia, donde estudiando con los jesuitas de Carrión de los Condes descubrió su vocación religiosa. Después de hacer su noviciado en Salamanca, Ramón Cué estudió Filosofía en Marneffe, Teología en Comillas e Historia de América en Sevilla y Madrid, colmando así las exigentes expectativas académicas de la Compañía de Jesús.
Así, la obra del padre Cué abarca desde biografías como Cuando la historia pasó por Loyola (1956) a monografías filosóficas como El hegelismo en la Universidad de Sevilla (1983), pasando por apuntes de memorias como Mi primera misa (1958), ensayos sobre la emigración como El Indiano, embajador de España (1950), crónicas taurinas como Dios y los Toros (1967), divagaciones artísticas como Su majestad el pintor: Homenaje a Velázquez (1960) o estudios literarios como Santa Teresa y Don Quijote: Dos locos españoles (1963), entre más de una veintena de títulos que incluyen sermones televisados reunidos -Mi Cristo roto (1963)- y un volumen dedicado a su poesía completa: Tú, versos de ayer y de hoy (1987). Por no faltar, ni siquiera falta una novela de tema japonés como Matsumoto (1959), lo que significa que el padre Cué se adelantó a Sánchez Dragó, Ray Lóriga e Isabel Coixet.
Sin embargo, Sevilla hechizó al padre Cué desde sus años universitarios y a Sevilla dedicó significativos títulos. A saber, los libros Cómo llora Sevilla (1948) y ¡Viva la Esperanza de Triana! (1951), o los pregones Soy de Sevilla (1976) -pregón de la Coronación Canónica de la Virgen de la Hiniesta- y Cómo sonríe Sevilla (1989), pregón de las Glorias de María. Existen numerosos textos inéditos del padre Cué, desperdigados por revistas cofrades o atesorados en los archivos de las hermandades que lo invitaban como conferenciante o pregonero, porque Ramón Cué fue el primero en cantarle a los costaleros de los pasos y el más fervoroso embajador de la Semana Santa sevillana en América Latina. Sin embargo, el padre Cué jamás pronunció el pregón de los pregones y uno quiere pensar que aquel honor lo habría hecho feliz.
Un libro singular dentro de la bibliografía del padre Ramón Cué Romano sería España vista por un mexicano (Editorial Patria, México, 1955), porque compila los títulos que Cué dedicó a España o a temas españoles. De ahí espigaré citas y referencias de Cómo llora Sevilla y ¡Viva la Esperanza de Triana!, dos obras que participan del tono elegíaco de los pregones y que bien podrían dar una idea de los «pregones perdidos» del padre Cué. Vaya por delante que no pretendo presumir de conocimientos y sensibilidades que no poseo, sino simplemente glosar y compartir las sensaciones de una lectura que de alguna manera me concierne, tal como quería Ramón Cué: «Yo creo que algo he entendido, Así me lo decís vosotros. Y por eso, para los que no son sevillanos escribí este libro».
Lo primero que deseo destacar de Cómo llora Sevilla, es la colaboración de cinco jóvenes «catedráticos de sevillanismo», a quienes el padre Cué dedicó su obra: Julio Martínez Velasco («Julio, que es poeta y habla poco, me interpretaba lo lírico»); Manuel Ferrand («Manolo, que es pintor, me colocaba en el ángulo preciso de la perspectiva exacta»); Juan Delgado Alba («Juanito me animó a escribir leyéndome aquellos días un precioso artículo suyo publicado en «El Correo» y que se titulaba Flores sobre el palio»); Joaquín González Moreno («Joaquín, que conoce los rincones de Sevilla y tiene audacia juvenil para conseguirlo todo, conquistaba el balcón estratégico y abría las puertas cerradas»), y Carlos Acedo Romero («Carlos ponía en aquel grupo simpático la fina e indispensable gracia andaluza contando chistes y riéndose más que nadie»). Aquí los convoco a todos, porque entonces tenían poco más de veinte años y me haría ilusión que sirvieran de ejemplo a los jóvenes de hoy.
El libro está compuesto de párrafos breves, siempre sentenciosos y poseídos de una teológica ambición lírica, aunque debo admitir que prefiero los más sencillos en metáforas y enumeraciones. Por ejemplo, «En Sevilla no hay dos Vírgenes iguales, como no hay dos mujeres iguales, ni dos claveles reventones que estallen de la misma manera»; «Un palio es un soneto realizado de plata y claveles» o incluso estos versos: «Costalero es ser trono y ser carroza; es ser espina que goza porque es arriba rosal».
Acaso porque en Cómo llora Sevilla (1948) eran mayoría las devociones marianas del centro, un par de años más tarde el padre Cué fue invitado por la Hermandad de la Esperanza de Triana y el fruto de aquella visita fue ¡Viva la Esperanza de Triana! (1951), una plaquette que abunda en los contrapuntos de Triana y Sevilla -«Triana es una Sevilla de agua, de reflejos y de aromas sobre el Guadalquivir»; «Sevilla la guitarra y Triana la canción»; «Sevilla es la realidad, el objeto, el volumen… y Triana la imagen, el sueño, la fantasía, la visión»; etc.- para luego concentrarse en el paseo triunfal de la Esperanza por las calles de su barrio, para celebrar el Dogma de la Asunción. De aquella procesión me quedaría con una estampa que no es la de los fuegos artificiales en el Altozano ni la del paso navegando por la calle Betis, sino la de una niña volcando una palangana de pétalos desde un balcón. Todavía le dio tiempo al padre Cué de anotar el nombre de una cantaora que le cantó una jota a la Virgen. Extrañado de que no le hubiera cantado una saeta se lo preguntó a «La Finito», quien respondió que estaba mal de la garganta y que la saeta «no se pué farsificá» (En la Hemeroteca de ABC he hallado una emotiva entrevista a doña Encarnación Fernández Sol «La Finito», del 06.06.82).
Ramón Cué se murió sin ser pregonero de la Semana Santa de Sevilla, aunque en 1965 llegó a serlo de la de Córdoba. Durante décadas atendió las invitaciones de numerosas cofradías sevillanas, pero nunca pudo cumplir el sueño de pronunciar el pregón de los pregones. Revisando la Hemeroteca de ABC descubrí sus polémicas con la jerarquía hispalense (siempre en defensa de las hermandades sevillanas) pero quiero creer que tales controversias no tuvieron nada que ver. A propósito de una entrevista publicada en 1980, el jesuita José Antonio Sobrino tachó al padre Cué de «calumnioso» y al diario ABC de «azotea sevillana», lo cual le mereció un mojicón editorial: «Para información de nuestros lectores, matizaremos que con anterioridad a esta polémica, el padre Sobrino ha intentado reiteradamente colgar sus trapos literario-pastorales en esta que califica despectivamente de «azotea», y sus ataques seguramente vienen a causa de la abundante producción que ha nutrido nuestra papelera en los últimos años» («Dos jesuitas frente a frente», ABC, 04.10.80).
Estoy persuadido de que el padre Cué murió con su pregón en los labios.

Master Plan para destruir la Iglesia católica:¡El Sagrario… fuera del Centro!

El Sagrario es un problema, porque al mirar el sacerdote al público le está dando la espalda al Sagrario. Por lo tanto será mejor quitar el Sagrario del Centro de la Iglesia, ponerlo a un lado, y así el sacerdote no le dará la espalda durante la Misa. Con eso, dice el Masterplan, quitaremos los Sagrarios del Centro de la Iglesia. ¡Esto será un gran paso…! Poco a poco insistir en lo del banquete. Sugerir que se pongan mesas en las Iglesias, para que los cristianos se junten como en mesas de comer, lo mismo que Cristo y los Apóstoles se sentaron en una mesa. Esto será el punto final, dice el Masterplan, y así Cristo estará fuera, serán sólo los “hermanos” sentados en confraternidad.

Se usará pan corriente, el que sobre se tirará a la basura como otro pan cualquiera, ¡o que se dé a los perros!, dice irónicamente el Masterplan. Insistir en el  amor a los “hermanos” protestantes.

Que la Misa se parezca lo más posible a los servicios de los protestantes, para así atraer mejor a los “hermanos” protestantes a la Iglesia Católica. ¡Qué sutil y qué ironía más fina la del Masterplan!¡Alerta, amigo, sacerdote, alerta!

Comentarios. Mire V. los protestantes son los protestantes y los católicos son los católicos; pero la unión entre ellos no llegará a través de muchas asambleas y reuniones – con las que hay que continuar, además de oraciones- sino cuando el Espíritu Santo crea que ha llegado el momento oportuno. Desde luego, los católicos no pueden eliminar ni cambiar una sola coma de sus dogmas. “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” Son palabras de Cristo. Aunque hay margen para cambiar materias cambiables o eliminables como podría ser el casamiento de los sacerdotes o que los laicos tengan más potestades.

En recuerdo de Monseñor Guerra Campos

 

Nacimiento:

– Ames (La Coruña), 13.9.1920

  Estudios superiores:

– Estudios eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Santiago de Compostela desde 1931 a 1940, con una interrupción durante la Guerra de España (combatiente en la 108 División)

– Bachillerato Eclesiástico en la Universidad Gregoriana de Roma, como alumno del Pontificio Colegio Español. Graduado en Teología, en dicha Universidad, en 1945

– Licenciado y doctor por la Universidad Pontificia de Salamanca en 1945

– Canónigo reliquiario, por oposición, de la Catedral compostelana desde 1951

Trayectoria canónica y docente:

– Presbítero el 15.10.1944

– Entre 1945 y 1964 profesor en el Seminario Diocesano de Santiago (Teología, Introducción a los Evangelios, Historia de la Filosofía y Liturgia), en el Instituto de Cultura Religiosa Superior (Historia de las Religiones, Historia de la Iglesia) y en las Facultades de Medicina y de Farmacia de la Universidad Compostelana (Deontología general y médica)

 – Entre 1945 y 1964 Consiliario de los Jóvenes Universitarios de Acción Católica; Viceconsiliario de la Archicofradía del Apóstol Santiago y director de su boletín “Compostela”; Secretario de las Juntas de los Años Santos Jacobeos; Miembro del Centro de Estudios Jacobeos y del Instituto Padre Sarmiento de Estudios Gallegos (del CSIC); Director adjunto en una fase de las excavaciones arqueológicas en la Catedral de Santiago

– Consultor del Episcopado Español en el Concilio Vaticano II (1962-1963)

– Nombrado Obispo titular de Mutia y auxiliar de Madrid- Alcalá el 15.6.1964. Consagrado Obispo el 26.7.1964

– Como obispo participa en las sesiones del Concilio de 1964 y 1965, con intervención especial sobre el ateismo marxista en la Constitución “Gaudium et spes”

– Miembro del Secretariado Pontificio para los No Creyentes (1965-1973); del Comité de enlace de las Conferencias Episcopales Europeas (1965-1972); representante del Episcopado Español en el Primer Sínodo de Obispos en Roma (1967); convocado para el segundo por la Secretaría del Sínodo (1969)

– De 1964 a 1972 Secretario General del Episcopado Español; Presidente de la Unión Nacional de Apostolado Seglar; Consiliario de la Junta Nacional de la Acción Católica Española; Presidente de la Comisión Católica Española de la Infancia; Presidente del Comité Rector de la Campaña contra el hambre en el mundo; Director del Instituto Central de Cultura Religiosa Superior. Procurador en las Cortes Españolas (1967-1976). Miembro hasta 1976 de la Junta del Patronato Menéndez y Pelayo del CSIC; Presidente de la Comisión Asesora de Programas Religiosos de RTVE hasta 1973.

 – Obispo de Cuenca el 13.4.1973

 – Falleció en Sentmenat (Barcelona), el 15 de julio de 1997

Mons. Guerra Campos poseía una profunda fe y una gran formación humanista y teológica; destacó por su aguda inteligencia, su sentido cristiano, preocupación pastoral y sus amplios conocimientos teológicos y humanísticos.

Poseía una profunda fe y una gran formación humanista y teológica, adquirida primero en su Galicia natal y más tarde en Roma donde destacó por su aguda inteligencia, su sentido cristiano, preocupación pastoral y sus amplios conocimientos teológicos y humanísticos. A todo ello unía un carácter afable y una preocupación por el derrotero que iba asumiendo la Iglesia española a partir del II Concilio Vaticano, concluido en 1965.

Actividad en el Concilio Vaticano Segundo

Guerra Campos actuó en el Concilio como Consultor, destacando entre todos los Obispos españoles —que acudieron a Roma un tanto desorientados— por la profundidad de sus intervenciones. Por este título de Consultor presentó un estudio acerca del ateísmo marxista que figuró entre la documentación más notable aportada a los trabajos del Concilio.

Este trabajo no tuvo la acogida que se merecía porque, por motivos que se desconocen, se había tomado una decisión en el momento en que fue convocado el Concilio en el sentido de que no iba a tratarse en él de nada relacionado con el marxismo. Antes del Concilio, Guerra Campos había sido Consiliario de la Junta Nacional de Acción Católica, puesto en el que mantuvo una dura brega para evitar las desviaciones progresistas que empezaban ya a manifestarse en la Iglesia española.

En 1964, es decir en pleno Concilio, fue nombrado Obispo auxiliar de la diócesis de Madrid–Alcalá que por entonces regentaba el Obispo Morcillo de quien también fue un gran colaborador como Secretario General del Episcopado español entre 1964 y 1972. Por ello su conocimiento de la Iglesia española era extraordinario.

Cambios en la política de nombramientos eclesiásticos

Los aires procedentes de Roma bajo Pablo VI, siendo Secretario de Estado el Cardenal Villot, inmediatamente después del Concilio a finales de 1965, comenzaron a soplar para cambiar radicalmente la orientación de la Conferencia Episcopal Española. Con este impulso en el que sin duda tuvo gran influencia quien fuera Nuncio en Madrid, Monseñor Benelli —quien no entendió nada de España— y también el que lo era en aquellos años, Monseñor Dadaglio, comenzaron a surgir una serie de nombramientos episcopales para cuya comprensión era necesario acudir a razones políticas, que no eclesiales, aunque ello supusiese la violación del Concordato, al menos en su espíritu.
 
Así, en aquellos años tan difíciles para la Iglesia y para España, se produjo en nuestro país, la aparición de Obispos muy jóvenes y con escasos merecimientos. Simultáneamente comenzaban a estorbar los Obispos conocedores de lo sucedido en la Iglesia española desde 1931, como Guerra Campos y sus coetáneos. Poco a poco fueron desposeídos de toda influencia y los fieles comenzaron a asistir a extraños nombramientos y a actitudes episcopales poco comprensibles. Han pasado muchos años y los resultados de todo aquello los tenemos a la vista. La Iglesia española fue y sigue siendo la perdedora.
 
Siguiendo esta línea de arrinconamiento de quienes bien conocían su oficio de pastores, Guerra Campos fue enviado en 1973 a la diócesis de Cuenca donde, olvidando sus antiguas actividades, realizó una obra amplísima de apostolado, predicación, organización de su diócesis y preocupación por sus diocesanos.

Recuerdos de una entrevista con Guerra Campos

En un duro día de invierno de 1984 quien estas líneas escribe tuvo que realizar una misión de servicio en Cuenca para comprobar el estado del armamento de aquella guarnición. Hacia tiempo que había mantenido alguna relación con aquel Obispo compartiendo algunas tareas en la revista Iglesia-Mundo. Concluida mi tarea durante la mañana, dada la exigüidad de la guarnición con cuyos componentes almorcé, aquella tarde me dirigí al Palacio Episcopal donde pedí audiencia al señor Obispo quien me la concedió inmediatamente.
 

Me recibió en una pequeña habitación, modestísima, en la que existía una mesa camilla con su brasero cuya lumbre removía el Obispo personalmente de vez en cuando con la badila de hierro, para intentar dar un poco de calor a aquella estancia fría y desangelada.
La conversación versó acerca de la crisis en estaba sumida la Iglesia  española y me permití lamentarme ante el Obispo de la pérdida de vocaciones, del abandono de sus funciones por gran parte del clero, de los abusos litúrgicos que so capa de seguir las normas del Concilio estaban proliferando, y, en general, de la pérdida de la fe por parte de muchos católicos. Al escuchar mis quejas el señor Obispo me interrumpió en un determinado momento y me dijo:
— «¿Ha hecho usted todo lo que estaba en su mano para evitarlo?»
Al responderle yo que, dentro de mi modestia como un simple fiel, había hecho lo que había podido en aquel sentido con la palabra y la pluma, me respondió:
— «Quien ha hecho todo lo posible para evitar un mal, no está obligado a más».
Y luego, añadió:
— «Mire Vd., general, los hombres, juzgamos mal los hechos y, a veces no sabemos valorar sus verdaderas consecuencias. En definitiva, es Dios y no los hombres quien juzga de nuestros esfuerzos, de nuestras acciones y de nuestras omisiones. Es Él el único cuyo juicio está por encima del nuestro y sabe si hemos cosechado un éxito o estamos frente a un fracaso. Nosotros somos malos jueces de nuestras acciones y de las ajenas pues, en definitiva, el éxito o el fracaso los da Dios y no los hombres».
Aquella respuesta y el tono de profundísima fe con que fue dada no lo olvidaré nunca. Mucho menos porque, después de aquella conversación, se disiparon mis temores acerca del futuro de la Iglesia española, nacidos al ver en qué manos estaba en aquellos años. Al temor ha sucedió la esperanza de que alguna vez los españoles recuperarán el sentido de una fe que ha sido la inspiradora de nuestros ancestros y creadora de España.
Eran los tiempos del Cardenal Tarancón y del clero renovador que apenas se dedicaba a otra cosa que a la llamada denuncia profética o a socavar los fundamentos de la fe. Todos han desaparecido llevados por la ola secularizadora o han comprendido sus errores pasados.

Ahora la cuestión está en luchar contra la avanzada
descristianización de España, tarea urgente que a todos nos compete.
 En cuanto a Guerra Campos fue desposeído de su sede en cuanto se produjo su renuncia por edad. Se refugió en un convento de Barcelona y murió santamente en 1997, tras sufrir toda clase de injusticias y persecuciones. La más indigna fue la apostilla que sobre su persona aparece en las llamadas Confesiones del Cardenal Tarancón que, por respeto a su memoria, considero que no fue escrita por él.

Fuente:www.religionenlibertad.com 

 

NO OS AVERGONCÉIS DE VUESTRA SOTANA

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Mons. Bernard Tissier de Mallerais

SERMÓN DE LA TOMA DE SOTANA, 2 DE FEBRERO DE 2011
El 2 de febrero de este año en curso la iglesia de Saint Nicolás du Chardonnet, en París, tuvo el inestimable privilegio de dar cabida a la ceremonia de tomas de sotanas del Seminario Saint Curé d´ Ars de Flavigny, el Seminario Frances de la Hermandad de San Pío X. Con la asistencia de un numeroso clero y una concurrencia importante de fieles dieciséis jóvenes recibieron la sotana, la librea del Señor.Queridos hermanos:
Agradecemos sinceramente a la iglesia de Saint Nicolás du Chardonnet y a sus sacerdotes la acogida dispensada al Seminario de Flavigny para esta ceremonia de imposición de sotanas.
Esta fiesta de la Santísima Virgen, la Presentación del Niño Jesús en el Templo y Purificación de Nuestra Señora, nos parece que se acomoda perfectamente a esta forma de sotanas.

En efecto, queridos jóvenes, estáis aquí para ofreceros y consagraros al Señor, de la misma forma que la Santísima Virgen y San José llevaron al Niño Jesús al Templo para consagrarlo, ya que era el Primogénito de la familia, el primer nacido de la Santísima Virgen -y el único nacido de la Santísima Virgen- y por lo tanto debía ser consagrado al Señor. Era la parte del Señor pero era ya el Consagrado por excelencia desde el primer instante de su Encarnación, cuando la Divinidad ungió totalmente su santa Humanidad haciendo de Él el sacerdote por excelencia. Acto seguido la santísima Virgen y San José debían rescatarlo con dos monedas de plata y el sacrificio de dos pichones y así poder guardarlo. Sin duda llevaron a cabo el rito para rescatarlo pero, por supuesto, no se trataba de apartarlo de su consagración a Dios. Jesús permanecía como el consagrado, el sacerdote por excelencia.

Tal es la actitud, queridos amigos, que vosotros tenéis hoy: consagraros a Dios y mantener esta consagración en adelante. Debido a esto se os va a imponer la sotana, el hábito del clérigo, aunque sólo dentro de un año es cuando recibiréis la tonsura. Es el hábito del clérigo, el hábito del futuro sacerdote y esta ceremonia es sumamente emocionante para todos vosotros, queridos jóvenes, que con impaciencia, una santa impaciencia, esperáis dende hace algunos meses este momento en el que vais a transformar ele exterior de vuestro ser y que corresponderá a la transformación interior que ya se produjo cuando decidisteis entrar en el Seminario. También emocionante para ustedes, queridas familias, que evidentemente van a ver a estos muchachos bajo otro aspecto que les impondrá un tanto pero que a la vez es muy edificante y que les va a ayudar en su camino hacia Dios.

Hablemos un poco de la sotana y del testimonio unido a ella. En el profeta Malaquías se dice, lectura que hemos oído hace unos instantes y que prefigura la Presentación de Jesús en el Templo, que el Señor vendrá a su Templo. Se trata de una forma nueva y especial- con el fin de purificar a los Hijos de Levi, como el oro y la plata en el crisol, para que ofrezcan a Dios sacrificios como en los días antiguos y así el sacrificio de Judá en Jerusalén, es decir la iglesia, agrade al Señor. Por lo tanto se trata de una renovación del sacerdocio. Por supuestos que en la Sagrada Escritura se trata de la desaparición del sacerdocio antiguo y de la aparición del sacerdocio de nuestro Señor Jesucristo. Pero hoy en día, queridos jóvenes, se trata de la conservación del sacerdocio de siempre. Hoy en día el señor viene de nuevo, espiritualmente, en esta fiesta de la Presentación para purificar a los Hijos de Levi gracias a este humilde ejército de la hermandad de San Pío X, gracias a Monseñor Lefebvre, para purificar el sacerdocio católico y restituirle su identidad.

Esta es la profunda significación de esta toma de sotanas y vosotros sois conscientes de ello. Vuestro deseo es participar más tarde en el sacerdocio auténtico de nuestro Señor Jesucristo para ofrecer un sacrificio puro y santo y agradable a Dios, es decir: el Sacrificio de la Cruz, renovado de forma incruenta en el altar. Es en la tarea de renovación del sacerdocio católico que queréis trabajar. Tal es la misión que la divina Providencia nos ha asignado sin mérito alguno por nuestra parte.

La sotana rica en símbolos

Queridos jóvenes seminaristas, vuestra sotana es rica en enseñanzas, Nuestro Fundador, en los Estatutos de la Hermandad y también en diferentes escritos, describe los frutos maravillosos de la sotana que –desgraciadamente- los sacerdotes modernos adoptando el clergyman o el traje civil han perdido de vista. Me acuerdo muy bien que Monseñor Lefebvre nos decía: “Vuestra sotana es vuestro hábito religioso porque el sacerdote es el religioso de Dios”.

Por lo tanto consideraos como religiosos, espiritualmente hablando; vuestra sotana es vuestro hábito religioso, así pues no os la quitéis excepto si hay persecuciones que nos obliguen a ello. Es vuestro hábito religioso que expresa en consecuencia que os apartáis del mundo, que el Señor os pone aparte para que volváis al mundo y prediquéis a los fieles.

El odio del mundo hacia la sotana

Y por eso el mundo os va a odiar. El mundo no quiere la sotana. La sotana expresa la separación del mundo. Como el sacerdote no es un hombre como los otros se encuentra retirado del mundo, tal como dice Jesús en el sermón después de la Cena: “Yo os he sacado del mundo” y seguidamente: “De nuevo os envío al mundo”. Así pues hay esta separación que fue vuestra decisión al entrar en el Seminario y que es ya una renuncia, un sacrificio. Renunciáis a una vida de familia, a un matrimonio legítimo. Renunciáis a ciertas alegrías licitas de este mundo. Es un sacrificio. Lo sabéis bien. Este sacrificio durará toda su vida. Contemplad a la Santísima Virgen: es feliz escuchando las palabras llanas de fe y de alegría del anciano Simeón que proclama: “Oh Señor, mis ojos han visto a vuestro Salvador que he esperado toda mi vida, ahora ya no me queda más que morir de alegría” (…) Al mismo tiempo es el dolor de la Santísima Virgen al oír estas palabras de Simeón: “Una espada de dolor atravesará tu alma”, y “este Niño será un signo de contradicción”.
Queridos amigos, vosotros también seréis signo de contradicción por vuestra sotana. A menudo oiréis bromas, críticas, burlas, incluso quizá algunas veces por parte de sacerdotes. Más no os avergoncéis de vuestra sotana. Será para vosotros una profesión. Es lo que decía Monseñor Lefebvre: “La sotana es un testimonio y una predicación, un sermón sin palabras”, porque con ella se predica la presencia de Jesús en el mundo, en un mundo laicizado Jesús está siempre presente y quiere reinar. Esa es vuestra profesión silenciosa. La sotana también predica la penitencia por su color negro, por su hechura amplia que disimula las formas del cuerpo. Predica la penitencia, la renuncia, esta es la predicación que no le gusta al mundo, el malvado mundo que pertenece al demonio y que vosotros proclamáis.

La sotana es en primer lugar un testimonio, una predicación. Además la sotana aleja a los malos espíritus y a los que les están sometidos, decía Monseñor Lefebvre. El demonio no tolera la sotana. La sotana os protegerá de cantidad de ocasiones de pecados a los que se está expuesto en el mundo y a los que el sacerdote no puede exponerse. Guardad vuestra sotana y la sotana os guardará.

Por otra parte la sotana atrae a las almas buenas, incluso las almas que no creen, los no creyentes, la sotana atrae los corazones, atrae a las almas rectas y generosas. A menudo, oiréis decir esto: “¡Por fin un auténtico sacerdote!”. Alguien en la calle os dirá: “¡Por fin un auténtico sacerdote! ¡No sabía que aún existiese algo así! “No soy practicante, os dirán, pero sí fuera a morir es a alguien como usted a quien yo llamaría”. “Ah, un auténtico sacerdote!”. Eso es lo que oiréis porque las almas buenas se sienten atraídas por el hombre de Dios tal como vosotros seréis.

Y en consecuencia, decía Monseñor Lefebvre, es ese sentido la sotana facilita muchísimo el apostolado. (…) Me acuerdo que un día en París, andando por la calle, una mamá y su niño pasaron junto a mí y el niño me dijo señalándome con el dedo: “Jesús, Jesús”. Este niño tenía razón y la mamá le decía: “¡calla, cállate!”. Y yo le dije: “No, tiene razón. El sacerdote es Jesús”.

La sotana facilita el apostolado. La sotana nos muestra a Jesús. Mientras que un sacerdote camuflado no muestra ya a Jesús. Tiene dificultades para entablar una conversación con la gente. Un sacerdote de paisano ¿cómo puede dirigir la palabra a alguien? ¡Pero si está camuflado! Vosotros no seréis sacerdotes camuflados, (…) Un día estaba yo en un avión, era justo después del ataque a las Torres Gemelas. Por supuesto que en esos momentos no se sentía uno seguro en el avión. De suerte que el pasajero que estaba ami lado me dijo: “Al lado de usted me siento seguro”. Y es que había comprendido que yo era sacerdote. Otra vez en el aeropuerto de Buenos Aires yo iba con mi sotana y alguien me dijo: “Padre, ¿podría usted confesarme?” (…) Nos fuimos a un rincón y nos sentamos en un banco y oí su confesión. Una confesión magnífica… que por supuesto no os voy a contar pero que supuso una gracia, una gracia extraordinaria. La sotana obra maravillas.

Queridos amigos, guardad vuestra sotana. ¡Viva la sotana! Y viva vuestro futuro sacerdocio bajo la protección de la Santísima Virgen María, la madre del sacerdote y por eso la Madre del futuro sacerdote.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Fuente: Revista Tradición Católica nº231, Marzo-Abril 2011