VIERNES: MYSTERIA DOLORIS. Rezamos el Santo Rosario en latín con Benedicto XVI

 

ROSARIUM BEATAE MARIAE VIRGINIS

 

Mysteria Doloris

 

Introductio

V. Deus in adiutórium meum inténde

R. Dómine, ad adiuvándum me festina

Gloria Patri

Gloria Patri, et Filio, et Spirítui Sancto.

Sicut erat in principio, et nunc, et semper,

Et in saecula saeculórum. Amen.

 

Primum mysterium: Iesus in horto Gethsémani orat

Pater Noster

Pater noster, qui es in caelis: sanctificétur nomen tuum;

Advéniat regnum tuum; fiat volúntas tua, sicut in caelo et in terra.

Panem nostrum quotidiánum da nobis hódie;

Et dimítte nobis débita nostra, sicut et nos dimíttumus debitóribus nostris;

Et ne nos indúcas in tentatiónem, sed líbera nos a malo.

Ave Maria (10)

Ave Maria, grátia plena, Dóminus tecum;

Benedícta tu in mulieribus,

Et bendíctus fructus ventris tui, Iesus.

Sancta María, Mater Dei,

Ora pro nobis peccatóribus,

Nunc et in hora mortis nostrae. Amen

Gloria Patri

Gloria Patri, et Filio, et Spirítui Sancto.

Sicut erat in principio, et nunc, et semper,

Et in saecula saeculórum. Amen.

 

Secundum mysterium: Iesus flagéllis caeditur

 1 PATER NOSTER – 10 AVE MARIA – 1 GLORIA

Tertium mysterium: Iesus spinis coronátur

1 PATER NOSTER – 10 AVE MARIA – 1 GLORIA

Quartum mysterium: Iesus cruce oneratus Cálvarie locum adit

1 PATER NOSTER –10 AVE MARIA – 1 GLORIA

Quintum mysterium: Iesus in cruce móritur

1 PATER NOSTER – 10 AVE MARIA – 1 GLORIA

Salve Regina

Salve Regina, mater misericódiae; vita, dulcédo et spes nostra, salve.

Ad te clamámus, éxsules filii Hévae; ad te suspirámus, geméntes et fléntes in hac lacrimárum valle.

Éia érgo, Advocáta nostra, íllos túos misericórdes oculos ad nos convérte.

Et Iesum, benedíctum fructum ventris tui, nobis post hoc exsílium osténde.

O clémens, o pia, o dulcis Virgo Maria.

Litaniae Lauretanae

 Kyrie, eléison.

Christe, eléison.

Kyrie, eléison.

Christe, áudi nos.

Christe, exáudi nos.

 

Páter de caelis, Deus,

Fíli, Redémptor mundi, Deus,

Spíritus Sáncte, Deus,

Sancta Trínitas, únus Deus,

Sancta Maria,

Sancta Déi Génitrix,

Sancta Vírgo Vírginum,

Mater Christi,

Mater Ecclesiae,

Mater Divínae gratiae

Mater purissima,

Mater castissima,

Mater inviolata,

Mater intemerata,

Mater amabilis,

Mater admirabilis,

Mater boni consílii,

Mater Creatóris,

Mater Salvatóris,

Virgo prudentissima,

Virgo veneranda,

Virgo praedicanda,

Virgo pótens,

Virgo clémens,

Virgo fidélis,

Spéculum iustítiae,

Sédes sapiéntiae,

Causa nóstrae laetítiae,

Vas spirituale,

Vas honorabile,

Vas insígne devotiónis,

Rosa mystica,

Turris Davídica,

Turris ebúrnea,

Domus áurea,

Foéderis arca,

Iánua caeli,

Stella matutina,

Sálus infirmórum,

Refúgium peccatórum,

Consolatrix afflictórum,

Auxílium Christianórum,

Regina Angelórum,

Regina Patriarchárum,

Regina Prophetárum,

Regina Apostolórum,

Regina Mártyrum,

Regina Confessórum,

Regina Vírginum,

Regina Sanctorum ómnium,

Regina sine labe originali concepta,

Regina in caelum assúmpta,

Regina Sanctíssimi Rosarii,

Regina familiae,

Regina pacis,

Ágnus Dei,

qui tóllis peccáta múndi,

Ágnus Dei,

qui tóllis peccáta mundi,

Ágnus Dei, qui tóllis peccata mundi,

Ora pro nobis, Sancta Dei Génitrix,

miserére nobis.

miserére nobis.

miserére nobis.

miserére nobis.

ora pro nobis.

ora pro nobis.

ora pro nobis.

ora pro nobis.

ora pro nobis.

ora pro nobis.

ora pro nobis.

ora pro nobis.

ora pro nobis.

ora pro nobis.

ora pro nobis.

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ora pro nobis..

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ora pro nobis.

ora pro nobis.

ora pro nobis.

ora pro nobis.

ora pro nobis.

ora pro nobis.

ora pro nobis.

ora pro nobis.

parce nobis, Domine.

exaudi nos, Domine.

miserere nobis.

ut digni efficiamur promissionibus Christi.

Orémus

Deus, cuius Unigénitus per vitam, mortem et resurrectionem suam nobis salutis aeternae praemia comparavit: concede, quaesumus, ut, haec mysteria sactissimo Beatae Mariae Virginis Rosario recoléntes, et imitémur quod continent, et quod prmittunt, assequamur.

Per Christum Dóminum nostroum.

Amen

Dóminus vobiscum

Et cum spiritu tuo

 

Sit nomen Dómini benedictum

Ex hoc nunc et usque in saeculum

 

Adiutorium nostrum in nomine Dómine

Qui fecit caelum et terram

Benedicat vos omnipotens Deus,

Pater, et Filius, et Spiritus Sanctus. Amen

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Católico: ¿Qué quiere decir?

Por Flaviano Amatulli Valente en www.arbil.org

El origen de la palabra ya nos da pistas sobre las implicaciones teológicas, filosóficas, doctrinales y de constumbres que conlleva el catolicismo

¿Por qué la Iglesia, que fundó Cristo, pronto se llamó “católica”? ¿En que consiste la esencia del espíritu católico?

Totalidad y universalidad

La palabra “católico” viene del griego “kata-holon”, que quiere decir “según el todo”, universal. Su característica consiste en la totalidad.

Dijo Jesús: “Vayan por todo el mundo y prediquen mi Evangelio a toda creatura” (Mc 16,15); “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20); “Enséñenles a guardar todo lo que yo les he encomendado” (Mt 28,20).

Por lo que se refiere al Antiguo Testamento, es suficiente recordar la misión universal del Siervo de Yahvéh, destinado a ser “alianza del pueblo y luz de las gentes” (Is 42,6).

Iglesia católica

¿Por qué, entonces, a la Iglesia, que fundó Cristo, pronto se le añadió la palabra “católica” (San Ignacio de Antioquia, año 110 d.C)? Precisamente por expresar esta característica de “totalidad” y “universalidad” propia de la Iglesia de Cristo. Una sola Iglesia, destinada a llevar la salvación a todos los hombres de todo el mundo, a lo largo de toda la historia; una Iglesia en que se enseñe todo el Evangelio.

No una Iglesia para los judíos, otra para los romanos, otra para los griegos, etc., sino una sola Iglesia para todos los hombres, a cualquier raza o cultura pertenezcan. Una sola Iglesia que abarque toda la historia, desde Cristo hasta el fin del mundo.

No una Iglesia fundada por alguien en algún momento de la historia. Y por fin, una Iglesia en la que se enseñe todo el Evangelio, sin excluir nada.

Parcialidad y exclusividad

Lo contrario de católico es “herético”. No se toma en cuenta todo el Evangelio sino solamente una parte. Se trata de una selección (hairesis = selección). Pues bien, se selecciona una parte del dato revelado (a veces hasta se inventa), se le infla en detrimento de otros aspectos igualmente importantes y se da vida a un nuevo sistema religioso, separado del anterior y considerado mejor: se crea una secta (secta de secare = cortar): por ejemplo, el sábado para los sabatistas, el Espíritu Santo para los pentecostales, el principio del progreso eterno para los mormones, etc.

Evidentemente estos nuevos grupos o sistemas religiosos, que surgen a lo largo de la historia, no cuentan con otra característica propia de la Iglesia fundada por Cristo, que es su “apostolicidad”. Aunque en su membrete pueda haber alguna referencia a los apóstoles (ejemplo, la Iglesia Apostólica de la Fe en Cristo Jesús), de hecho históricamente no tienen nada que ver ni con Cristo ni con los apóstoles, puesto que empezaron a existir mucho tiempo después de Cristo y los apóstoles, cuando ya existía la Iglesia católica, fundada directamente por Cristo. Para justificar su apostolicidad, a lo sumo pueden hablar de “sueños”, “visiones”o “parecido” con la Iglesia de Cristo como era en sus orígenes, Iglesia que pronto se llamó “católica”.

“Solamente”

¿Quién no recuerda las afirmaciones de Lutero: solamente la Escritura, solamente la fe y solamente la gracia? Pues bien, se trata precisamente de lo contrario del espíritu católico, que prefiere abarcar e incluir, más que excluir y satanizar. En lugar de la palabra “solamente”, la Iglesia católica prefiere la palabra “también”. La Escritura y también la Tradición, la fe y también las obras, la gracia y también la colaboración personal.

Por lo que se refiere al mismo problema de la salvación, nunca la Iglesia católica afirmó que “solamente” los que pertenecen a ella se pueden salvar. Habló siempre de “plenitud” de los medios de salvación presentes en ella, no de exclusividad o monopolio. En este sentido hasta en el ateísmo, el panteísmo, el esoterismo, etc., puede haber aunque sea migajas de salvación. Satanizar no es propio del “espíritu católico”, a menos que no se trate de Satanás en persona.

Mucho cuidado con el espíritu sectario

Se trata de una tentación siempre latente en muchos sectores de la misma Iglesia católica, aunque parezcan muy abiertos. Se oye decir: “Solamente el Ecumenismo”, “solamente el catecismo”, “solamente tal o cual método de evangelización”, “solamente los pobres”, etc. Son expresiones que manifiestan un espíritu claramente sectario. Si se quiere hablar en tono católico, hay que tratar de incluir más que excluir: “Ecumenismo y apologética”, “catecismo y Biblia”, “este y aquel método de evangelización”, “los pobres y todos los demás”, etc.

Este es pensar y actuar como católicos. Todo lo demás huele a herejía y espíritu sectario. ¡Mucho cuidado!

Flaviano Amatulli Valente (periodismocatolico.com)

Las Adoratrices Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Caridad

 

La congregación de las Adoratrices Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Caridad (en latín, Sorores Adoratrices Ancillae SS Sacramenti et a Caritat) constituye un instituto femenino católico de vida consagrada. Las religiosas de esta congregación añaden a su nombre la sigla A.A.S.C.

La congregación nació en Madrid (España). Su primer núcleo se encuentra en el colegio fundado por María Micaela del Santísimo Sacramento el 21 de abril de 1845, como consecuencia de la necesidad y desamparo en que se encontraban las jóvenes caídas en la prostitución y que la fundadora pudo conocer en sus visitas a las enfermas del hospital de San Juan de Dios. El desarrollo de este primer colegio cristalizó en la fundación del Instituto al unirse a la fundadora, el 3 de febrero de 1856, las primeras compañeras con intención de consagrarse a la vida religiosa.

En su origen, la congregación se compone de tres clases de miembros: directoras, ayudantas y coadjutoras. Está gobernada por una superiora general nombrada para 10 años, reelegible, asistida por una vicesuperiora general y otras tres consultoras, a las que debe reunir cada mes. Estas elecciones las debe hacer un Capítulo General, convocado cada cinco años. Se emiten los votos simples de pobreza, castidad y obediencia, primero temporales durante cinco años y luego perpetuos. Las colegialas que quieran consagrarse a Dios en la vida religiosa no pueden pertenecer propiamente al Instituto, pero sí permanecer en el con la condición de Hijas de la Casa, con votos privados.

La espiritualidad del Instituto, centrada en la Eucaristía, está expresada por la fundadora con el concepto de esclavitud: hacia Dios, en una actitud de adoración y reparación al amor; hacia el prójimo, en una actitud de servicio a las almas más necesitadas, para las que quiere una gran caridad con los rasgos característicos de suavidad, dulzura y amabilidad. Estas son condiciones necesarias para el éxito pedagógico en la educación de jóvenes difíciles. El amor debe llenar a la religiosa adoratriz de un «celo santo de la gloria de Dios y salvación de las almas, y estas dos virtudes y la devoción cordialísima al Santísimo Sacramento serán como la divisa principal de esta santa Asociación» (Constituciones, p. 23 ss.). Para adelantar en estas virtudes, la fundadora recomienda la meditación asidua de lo que significa la ofensa a Dios, el valor del alma, el amor que Cristo les tiene y el mérito que se adquiere salvándolas (cfr. ib., p. 24 ss.). Como prácticas ascéticas, insiste en la abnegación, mortificación interior, humildad y obediencia.

El 25 de abril de 1858 fueron aprobadas las Constituciones por decreto del cardenal arzobispo de Toledo, Cirilo Alameda y Brea. El 15 de septiembre de 1860 la Santa Sede da el Decretum laudis, al que sigue, el 23 de septiembre de 1861, la aprobación temporal ad experimentum por cinco años de las Constituciones, y la perpetua el 24 de noviembre de 1866. El 4 de marzo de 1934 el papa Pío XI canonizó a la fundadora con el nombre María Micaela del Santísimo Sacramento. Como principales reformas en su Derecho interno, puede señalarse la unificación de sus miembros en una sola clase por rescripto del 16 de enero de 1967. En 1944 se dividió el gobierno de la congregación en provincias. Además, la rama de Hijas de la Casa ha sido elevada canónicamente al estado religioso con los votos públicos simples de pobreza, cástidad y obediencia, como rama auxiliar del Instituto con el nombre de Colaboradoras de Santa Mª Micaela, por rescripto del 9 de julio de 1965. San Antonio María Claret, que fue director espiritual de la fundadora, es hoy, declarado por la Santa Sede, patrono del Instituto.

El fin específico de la congregación es doble: 1) la adoración continua del Santísimo Sacramento; 2) educar a las jóvenes inadaptadas por medio de la formación religiosa, moral y social y la capacitación profesional en colegios con régimen de hogar. Secundariamente, la fundadora dejó establecido que puedan abrirse escuelas para niñas pobres y que las señoras pudieran hacer Ejercicios espirituales en las casas de la congregación. Hoy se ha ampliado el campo de apostolado a otras obras afines a su fin específico: residencias, comedores y dormitorios, enseñanzas y talleres profesionales.

Entre las primeras colaboradoras, se distinguió Ana López Ballesteros (Hermana Caridad), fallecida en 1863 en loor de santidad. Hoy la congregación está extendida por Europa, Asia, África y América con 91 casas, de ellas 40 en España y 32 en Iberoamérica. El Instituto tuvo que sufrir la persecución en España durante la Guerra Civil, debiendo abandonar varias de sus casas y siendo asesinadas 27 religiosas. Entre las superioras generales de mayor relieve, hay que citar a María Tudó del Espíritu Santo (1874-88), Guadalupe Gil de Jesús (1908-22) y Diosdada Andía del Corazón de Jesús (1923-48).

La congregación, se componía, a finales de 2006 con 161 casas y 1418 religiosas. Está gobernada por una superiora general, asistida por cuatro consultoras, elegidas todas por el Capítulo General; las superioras provinciales y locales son nombradas por la superiora general y su Consejo. Es religión no exenta.

http://es.wikipedia.org

 

 

En recuerdo de Ramón Cué, S.J.

ABC, Lunes, 21-09-09

FERNANDO IWASAKI

Hijo de padres asturianos emigrados a México, Ramón Cué Romano nació en Puebla de los Angeles, aunque con once años se trasladó con su madre a Palencia, donde estudiando con los jesuitas de Carrión de los Condes descubrió su vocación religiosa. Después de hacer su noviciado en Salamanca, Ramón Cué estudió Filosofía en Marneffe, Teología en Comillas e Historia de América en Sevilla y Madrid, colmando así las exigentes expectativas académicas de la Compañía de Jesús.
Así, la obra del padre Cué abarca desde biografías como Cuando la historia pasó por Loyola (1956) a monografías filosóficas como El hegelismo en la Universidad de Sevilla (1983), pasando por apuntes de memorias como Mi primera misa (1958), ensayos sobre la emigración como El Indiano, embajador de España (1950), crónicas taurinas como Dios y los Toros (1967), divagaciones artísticas como Su majestad el pintor: Homenaje a Velázquez (1960) o estudios literarios como Santa Teresa y Don Quijote: Dos locos españoles (1963), entre más de una veintena de títulos que incluyen sermones televisados reunidos -Mi Cristo roto (1963)- y un volumen dedicado a su poesía completa: Tú, versos de ayer y de hoy (1987). Por no faltar, ni siquiera falta una novela de tema japonés como Matsumoto (1959), lo que significa que el padre Cué se adelantó a Sánchez Dragó, Ray Lóriga e Isabel Coixet.
Sin embargo, Sevilla hechizó al padre Cué desde sus años universitarios y a Sevilla dedicó significativos títulos. A saber, los libros Cómo llora Sevilla (1948) y ¡Viva la Esperanza de Triana! (1951), o los pregones Soy de Sevilla (1976) -pregón de la Coronación Canónica de la Virgen de la Hiniesta- y Cómo sonríe Sevilla (1989), pregón de las Glorias de María. Existen numerosos textos inéditos del padre Cué, desperdigados por revistas cofrades o atesorados en los archivos de las hermandades que lo invitaban como conferenciante o pregonero, porque Ramón Cué fue el primero en cantarle a los costaleros de los pasos y el más fervoroso embajador de la Semana Santa sevillana en América Latina. Sin embargo, el padre Cué jamás pronunció el pregón de los pregones y uno quiere pensar que aquel honor lo habría hecho feliz.
Un libro singular dentro de la bibliografía del padre Ramón Cué Romano sería España vista por un mexicano (Editorial Patria, México, 1955), porque compila los títulos que Cué dedicó a España o a temas españoles. De ahí espigaré citas y referencias de Cómo llora Sevilla y ¡Viva la Esperanza de Triana!, dos obras que participan del tono elegíaco de los pregones y que bien podrían dar una idea de los «pregones perdidos» del padre Cué. Vaya por delante que no pretendo presumir de conocimientos y sensibilidades que no poseo, sino simplemente glosar y compartir las sensaciones de una lectura que de alguna manera me concierne, tal como quería Ramón Cué: «Yo creo que algo he entendido, Así me lo decís vosotros. Y por eso, para los que no son sevillanos escribí este libro».
Lo primero que deseo destacar de Cómo llora Sevilla, es la colaboración de cinco jóvenes «catedráticos de sevillanismo», a quienes el padre Cué dedicó su obra: Julio Martínez Velasco («Julio, que es poeta y habla poco, me interpretaba lo lírico»); Manuel Ferrand («Manolo, que es pintor, me colocaba en el ángulo preciso de la perspectiva exacta»); Juan Delgado Alba («Juanito me animó a escribir leyéndome aquellos días un precioso artículo suyo publicado en «El Correo» y que se titulaba Flores sobre el palio»); Joaquín González Moreno («Joaquín, que conoce los rincones de Sevilla y tiene audacia juvenil para conseguirlo todo, conquistaba el balcón estratégico y abría las puertas cerradas»), y Carlos Acedo Romero («Carlos ponía en aquel grupo simpático la fina e indispensable gracia andaluza contando chistes y riéndose más que nadie»). Aquí los convoco a todos, porque entonces tenían poco más de veinte años y me haría ilusión que sirvieran de ejemplo a los jóvenes de hoy.
El libro está compuesto de párrafos breves, siempre sentenciosos y poseídos de una teológica ambición lírica, aunque debo admitir que prefiero los más sencillos en metáforas y enumeraciones. Por ejemplo, «En Sevilla no hay dos Vírgenes iguales, como no hay dos mujeres iguales, ni dos claveles reventones que estallen de la misma manera»; «Un palio es un soneto realizado de plata y claveles» o incluso estos versos: «Costalero es ser trono y ser carroza; es ser espina que goza porque es arriba rosal».
Acaso porque en Cómo llora Sevilla (1948) eran mayoría las devociones marianas del centro, un par de años más tarde el padre Cué fue invitado por la Hermandad de la Esperanza de Triana y el fruto de aquella visita fue ¡Viva la Esperanza de Triana! (1951), una plaquette que abunda en los contrapuntos de Triana y Sevilla -«Triana es una Sevilla de agua, de reflejos y de aromas sobre el Guadalquivir»; «Sevilla la guitarra y Triana la canción»; «Sevilla es la realidad, el objeto, el volumen… y Triana la imagen, el sueño, la fantasía, la visión»; etc.- para luego concentrarse en el paseo triunfal de la Esperanza por las calles de su barrio, para celebrar el Dogma de la Asunción. De aquella procesión me quedaría con una estampa que no es la de los fuegos artificiales en el Altozano ni la del paso navegando por la calle Betis, sino la de una niña volcando una palangana de pétalos desde un balcón. Todavía le dio tiempo al padre Cué de anotar el nombre de una cantaora que le cantó una jota a la Virgen. Extrañado de que no le hubiera cantado una saeta se lo preguntó a «La Finito», quien respondió que estaba mal de la garganta y que la saeta «no se pué farsificá» (En la Hemeroteca de ABC he hallado una emotiva entrevista a doña Encarnación Fernández Sol «La Finito», del 06.06.82).
Ramón Cué se murió sin ser pregonero de la Semana Santa de Sevilla, aunque en 1965 llegó a serlo de la de Córdoba. Durante décadas atendió las invitaciones de numerosas cofradías sevillanas, pero nunca pudo cumplir el sueño de pronunciar el pregón de los pregones. Revisando la Hemeroteca de ABC descubrí sus polémicas con la jerarquía hispalense (siempre en defensa de las hermandades sevillanas) pero quiero creer que tales controversias no tuvieron nada que ver. A propósito de una entrevista publicada en 1980, el jesuita José Antonio Sobrino tachó al padre Cué de «calumnioso» y al diario ABC de «azotea sevillana», lo cual le mereció un mojicón editorial: «Para información de nuestros lectores, matizaremos que con anterioridad a esta polémica, el padre Sobrino ha intentado reiteradamente colgar sus trapos literario-pastorales en esta que califica despectivamente de «azotea», y sus ataques seguramente vienen a causa de la abundante producción que ha nutrido nuestra papelera en los últimos años» («Dos jesuitas frente a frente», ABC, 04.10.80).
Estoy persuadido de que el padre Cué murió con su pregón en los labios.

Precisiones sobre el Ayuno y la Abstinencia

Desde tiempo inmemorial es práctica en la Iglesia observar ciertos días de penitencia. No se pretende en este artículo comentar la historia de la penitencia en la Iglesia, sino explicar la disciplina vigente.

Es una doctrina tradicional de la espiritualidad cristiana que el arrepentimiento, el alejarse del pecado y volverse a Dios, incluye alguna forma de penitencia, sin la cual al cristiano le es difícil permanecer en el camino angosto y ser salvado (Jer 18:11, 25:5; Ez 18:30, 33:11-15; Jl 2:12; Mt 3:2; Mt 4:17; He 2:38 ). Cristo mismo dijo a sus discípulos que ayunaran una vez que Él partiera (Lc. 5:35 ). La ley general de la penitencia, por lo tanto, es parte de la ley de Dios para el hombre.

PENITENCIA

La Iglesia, por su parte, ha especificado ciertas formas de penitencia, para asegurarse que los católicos, de alguna manera realicen, esta práctica, como lo requiere la ley divina, y a la vez hacerles más fácil el cumplir con esta obligación. El Código de Derecho Canónico de 1983 especifica las obligaciones de los católicos de Rito Latino (los católicos de Rito Oriental tienen sus propias prácticas penitenciales, como se especifica en el Código Canónico de las Iglesias Orientales).

Canon 1249 – Todos los fieles, cada uno a su modo, están obligados por ley divina a hacer penitencia; sin embargo, para que todos se unan en alguna práctica común de penitencia, se han fijado unos días penitenciales, en los que se dediquen los fieles de manera especial a la oración, realicen obras de piedad y de caridad y se nieguen a sí mismos, cumpliendo con mayor fidelidad sus propias obligaciones y, sobre todo, observando el ayuno y la abstinencia, a tenor de los cánones que siguen.

Canon 1250 – En la Iglesia universal, son días y tiempos penitenciales todos los viernes del año y el tiempo de cuaresma.

Canon 1251 – Todos los viernes, a no ser que coincidan con una solemnidad, debe guardarse la abstinencia de carne, o de otro alimento que haya determinado la Conferencia Episcopal; ayuno y abstinencia se guardarán el miércoles de Ceniza y el Viernes Santo.

Canon 1252 – La ley de la abstinencia obliga a los que han cumplido catorce años; la del ayuno, a todos los mayores de edad, hasta que hayan cumplido cincuenta y nueve años. Cuiden, sin embargo, los pastores de almas y los padres de que también se formen en un auténtico espíritu de penitencia quienes, por no haber alcanzado la edad, no están obligados al ayuno o a la abstinencia.

Canon 1253 – La Conferencia Episcopal puede determinar con más detalle el modo de observar el ayuno y la abstinencia, así como sustituirlos en todo o en parte por otras formas de penitencia, sobre todo por obras de caridad y prácticas de piedad.

La Iglesia tiene, por lo tanto, dos formas oficiales de prácticas penitenciales –tres si se incluye el Ayuno Eucarístico antes de la Comunión:

Abstinencia

La ley de abstinencia exige a un católico de 14 años de edad y hasta su muerte, a abstenerse de comer carne los viernes, en honor a la Pasión de Jesús del Viernes Santo. Como carne se considera a la carne y órganos de mamíferos y aves de corral. También se encuentran prohibidas las sopas, caldos, cremas y salsas que se hacen a partir de ellos. Los peces de mar y de agua dulce, anfibios, reptiles y mariscos están permitidos, así como los productos derivados de animales como margarina y gelatina sin sabor a carne.

Para los viernes fuera de Cuaresma, la Conferencia Episcopal de Estados Unidos obtuvo permiso de la Santa Sede para que los católicos de ese país pudieran sustituir esta penitencia por un acto de caridad o algún otro de su propia elección.

De igual modo, la Conferencia Episcopal Argentina promulgó la siguiente legislación complementaria el 19 de marzo de 1986: «A tenor del canon 1253, se retiene la práctica penitencial tradicional de los viernes del año consistente en la abstinencia de carnes; pero puede ser sustituida, según libre voluntad de los fieles por cualquiera de las siguientes prácticas: abstinencia de bebidas alcohólicas, o una obra de piedad, o una obra de misericordia». Otras Conferencias Episcopales (como la de España o México) han dado normas semejantes.

Con respecto a las obras de piedad que pueden reemplazar la abstinencia, se encuentran el rezo del Via Crucis, el Santo Rosario y la adoración prolongada al Santísimo Sacramento. En cuanto a las obras de misericordia, pueden ser las espirituales y corporales.

Obras de misericordia espirituales:

1- Enseñar al que no sabe.
2- Dar buen consejo al que lo necesita.
3- Corregir al que yerra.
4- Consolar al triste.
5- Perdonar las injurias.
6- Soportar los defectos del prójimo.
7- Rezar por los vivos y los difuntos.

Obras de misericordia corporales:

1- Dar de comer al hambriento.
2- Dar de beber al sediento.
3- Vestir al desnudo.
4- Recibir al peregrino.
5- Libertar al cautivo.
6- Visitar enfermos y presos.
7- Enterrar a los muertos.

Sin embargo, para la mayoría de las personas, la práctica más conveniente para cumplir correctamente con esta ley divina, sería la tradicional de abstenerse de comer carne todos los viernes del año. En Cuaresma, la abstinencia de comer carne los viernes es obligatoria.

Ayuno

La ley del ayuno requiere que el católico, desde los 18 hasta los 59 años de edad, reduzca la cantidad de comida usual. La Iglesia define esta práctica como una comida principal más dos comidas pequeñas que sumadas no sobrepasen la primera en cantidad. Este ayuno es obligatorio el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. El ayuno se rompe si se come entre comidas o se toma algún líquido considerado como “comida” (por ejemplo batidos; pero está permitida la leche). Las bebidas alcohólicas no rompen el ayuno; sin embargo, se las considera contrarias al espíritu de hacer penitencia.

Quiénes están excluidos del ayuno y la abstinencia

Además de los que están excluidos por su edad, también se incluyen a los que tienen problemas mentales, los enfermos, quienes se encuentran en estado de debilidad, mujeres embarazadas o en la etapa de lactancia de acuerdo a la alimentación que necesitan para alimentar a sus hijos, obreros de acuerdo a su exigencia física, invitados a comer que no pueden excusarse sin ofender gravemente o sin causar enemistad, u otras situaciones morales o físicas que imposibiliten mantener el ayuno.

Dispensa y conmutación

El canon 1245 establece unas facultades de dispensa amplias. Por lo tanto, pueden dispensar tanto el Obispo diocesano para sus súbditos como también el párroco. En este caso, sin embargo, se debe matizar que sólo puede dispensar en casos particulares: no puede, por lo tanto, conceder una dispensa general. También puede dispensar el Superior de un instituto religioso o de una sociedad de vida apostólica clerical de derecho pontificio para las personas indicadas en el canon. En todos los casos, se debe tener en cuenta el canon 90: debe haber justa causa para conceder la dispensa.

Conviene indicar que las obligaciones de las que se habló en este artículo son jurídicas. Los fieles están obligados, desde el momento en que queda recogida en el Código de derecho canónico, por la fuerza de la norma. Vale por lo tanto esta consideración para hacer ver que, si bien muchas veces el cumplimiento de la norma no supone sacrificio y penitencia, no por ello los fieles puede ingerir estos alimentos. El fiel al que no le cueste sacrificio abstenerse de carne, ha de abstenerse de todas maneras: y entonces el valor de su acción será la de la obediencia a la norma de la Iglesia. No supondrá sacrificio, quizás, la abstinencia de carne o el ayuno, pero tendrá el mérito y el valor ejemplar de la obediencia a la ley y a la Iglesia.

Como ya se dijo, la Iglesia tiene establecidos tiempos de penitencia que incluyen el ayuno y la abstinencia. Pero se debe tener en cuenta que los fieles están obligados cada uno “a su modo”: las prácticas que se establecen no dispensan de la obligación de hacer penitencia, la cual es personal, y no se debería limitar a las pocas prácticas comunes a todos los católicos.

Aparte de todos estos requisitos mínimos penitenciales, los católicos son llamados a imponerse algunas penitencias personales a sí mismos en ciertas oportunidades. Pueden perfectamente estar basadas en la abstinencia y el ayuno. Una persona puede aumentar, por ejemplo, el número de días de abstinencia. Algunas personas dejan completamente de comer carne por motivos religiosos (al contrario de aquellos que lo hacen por razones de salud u otras). Algunas órdenes religiosas nunca comen carne. De la misma manera, es posible hacer más ayuno de lo requerido. La Iglesia primitiva practicaba el ayuno los miércoles y sábados. Este ayuno podía ser igual a la ley de la Iglesia (una comida principal más dos pequeñas) o aún más estricto, como sólo pan y agua. Este ayuno libremente escogido puede consistir en abstenerse de algo que a uno le gusta –dulces, refrescos, cigarrillos, ese cocktail antes de la cena, etc. Esto queda a elección de cada individuo, siempre, en lo posible, aconsejados por un Director Espiritual.

Una consideración final

Antes que nada estamos obligados a cumplir con nuestras obligaciones y deberes de estado. Cualquier abstención que nos impida seriamente llevar adelante nuestro trabajo como estudiantes, empleados o parientes serían contrarias a la voluntad de Dios.

Tomado de Tradición Católica

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En recuerdo de Monseñor Guerra Campos

 

Nacimiento:

– Ames (La Coruña), 13.9.1920

  Estudios superiores:

– Estudios eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Santiago de Compostela desde 1931 a 1940, con una interrupción durante la Guerra de España (combatiente en la 108 División)

– Bachillerato Eclesiástico en la Universidad Gregoriana de Roma, como alumno del Pontificio Colegio Español. Graduado en Teología, en dicha Universidad, en 1945

– Licenciado y doctor por la Universidad Pontificia de Salamanca en 1945

– Canónigo reliquiario, por oposición, de la Catedral compostelana desde 1951

Trayectoria canónica y docente:

– Presbítero el 15.10.1944

– Entre 1945 y 1964 profesor en el Seminario Diocesano de Santiago (Teología, Introducción a los Evangelios, Historia de la Filosofía y Liturgia), en el Instituto de Cultura Religiosa Superior (Historia de las Religiones, Historia de la Iglesia) y en las Facultades de Medicina y de Farmacia de la Universidad Compostelana (Deontología general y médica)

 – Entre 1945 y 1964 Consiliario de los Jóvenes Universitarios de Acción Católica; Viceconsiliario de la Archicofradía del Apóstol Santiago y director de su boletín “Compostela”; Secretario de las Juntas de los Años Santos Jacobeos; Miembro del Centro de Estudios Jacobeos y del Instituto Padre Sarmiento de Estudios Gallegos (del CSIC); Director adjunto en una fase de las excavaciones arqueológicas en la Catedral de Santiago

– Consultor del Episcopado Español en el Concilio Vaticano II (1962-1963)

– Nombrado Obispo titular de Mutia y auxiliar de Madrid- Alcalá el 15.6.1964. Consagrado Obispo el 26.7.1964

– Como obispo participa en las sesiones del Concilio de 1964 y 1965, con intervención especial sobre el ateismo marxista en la Constitución “Gaudium et spes”

– Miembro del Secretariado Pontificio para los No Creyentes (1965-1973); del Comité de enlace de las Conferencias Episcopales Europeas (1965-1972); representante del Episcopado Español en el Primer Sínodo de Obispos en Roma (1967); convocado para el segundo por la Secretaría del Sínodo (1969)

– De 1964 a 1972 Secretario General del Episcopado Español; Presidente de la Unión Nacional de Apostolado Seglar; Consiliario de la Junta Nacional de la Acción Católica Española; Presidente de la Comisión Católica Española de la Infancia; Presidente del Comité Rector de la Campaña contra el hambre en el mundo; Director del Instituto Central de Cultura Religiosa Superior. Procurador en las Cortes Españolas (1967-1976). Miembro hasta 1976 de la Junta del Patronato Menéndez y Pelayo del CSIC; Presidente de la Comisión Asesora de Programas Religiosos de RTVE hasta 1973.

 – Obispo de Cuenca el 13.4.1973

 – Falleció en Sentmenat (Barcelona), el 15 de julio de 1997

Mons. Guerra Campos poseía una profunda fe y una gran formación humanista y teológica; destacó por su aguda inteligencia, su sentido cristiano, preocupación pastoral y sus amplios conocimientos teológicos y humanísticos.

Poseía una profunda fe y una gran formación humanista y teológica, adquirida primero en su Galicia natal y más tarde en Roma donde destacó por su aguda inteligencia, su sentido cristiano, preocupación pastoral y sus amplios conocimientos teológicos y humanísticos. A todo ello unía un carácter afable y una preocupación por el derrotero que iba asumiendo la Iglesia española a partir del II Concilio Vaticano, concluido en 1965.

Actividad en el Concilio Vaticano Segundo

Guerra Campos actuó en el Concilio como Consultor, destacando entre todos los Obispos españoles —que acudieron a Roma un tanto desorientados— por la profundidad de sus intervenciones. Por este título de Consultor presentó un estudio acerca del ateísmo marxista que figuró entre la documentación más notable aportada a los trabajos del Concilio.

Este trabajo no tuvo la acogida que se merecía porque, por motivos que se desconocen, se había tomado una decisión en el momento en que fue convocado el Concilio en el sentido de que no iba a tratarse en él de nada relacionado con el marxismo. Antes del Concilio, Guerra Campos había sido Consiliario de la Junta Nacional de Acción Católica, puesto en el que mantuvo una dura brega para evitar las desviaciones progresistas que empezaban ya a manifestarse en la Iglesia española.

En 1964, es decir en pleno Concilio, fue nombrado Obispo auxiliar de la diócesis de Madrid–Alcalá que por entonces regentaba el Obispo Morcillo de quien también fue un gran colaborador como Secretario General del Episcopado español entre 1964 y 1972. Por ello su conocimiento de la Iglesia española era extraordinario.

Cambios en la política de nombramientos eclesiásticos

Los aires procedentes de Roma bajo Pablo VI, siendo Secretario de Estado el Cardenal Villot, inmediatamente después del Concilio a finales de 1965, comenzaron a soplar para cambiar radicalmente la orientación de la Conferencia Episcopal Española. Con este impulso en el que sin duda tuvo gran influencia quien fuera Nuncio en Madrid, Monseñor Benelli —quien no entendió nada de España— y también el que lo era en aquellos años, Monseñor Dadaglio, comenzaron a surgir una serie de nombramientos episcopales para cuya comprensión era necesario acudir a razones políticas, que no eclesiales, aunque ello supusiese la violación del Concordato, al menos en su espíritu.
 
Así, en aquellos años tan difíciles para la Iglesia y para España, se produjo en nuestro país, la aparición de Obispos muy jóvenes y con escasos merecimientos. Simultáneamente comenzaban a estorbar los Obispos conocedores de lo sucedido en la Iglesia española desde 1931, como Guerra Campos y sus coetáneos. Poco a poco fueron desposeídos de toda influencia y los fieles comenzaron a asistir a extraños nombramientos y a actitudes episcopales poco comprensibles. Han pasado muchos años y los resultados de todo aquello los tenemos a la vista. La Iglesia española fue y sigue siendo la perdedora.
 
Siguiendo esta línea de arrinconamiento de quienes bien conocían su oficio de pastores, Guerra Campos fue enviado en 1973 a la diócesis de Cuenca donde, olvidando sus antiguas actividades, realizó una obra amplísima de apostolado, predicación, organización de su diócesis y preocupación por sus diocesanos.

Recuerdos de una entrevista con Guerra Campos

En un duro día de invierno de 1984 quien estas líneas escribe tuvo que realizar una misión de servicio en Cuenca para comprobar el estado del armamento de aquella guarnición. Hacia tiempo que había mantenido alguna relación con aquel Obispo compartiendo algunas tareas en la revista Iglesia-Mundo. Concluida mi tarea durante la mañana, dada la exigüidad de la guarnición con cuyos componentes almorcé, aquella tarde me dirigí al Palacio Episcopal donde pedí audiencia al señor Obispo quien me la concedió inmediatamente.
 

Me recibió en una pequeña habitación, modestísima, en la que existía una mesa camilla con su brasero cuya lumbre removía el Obispo personalmente de vez en cuando con la badila de hierro, para intentar dar un poco de calor a aquella estancia fría y desangelada.
La conversación versó acerca de la crisis en estaba sumida la Iglesia  española y me permití lamentarme ante el Obispo de la pérdida de vocaciones, del abandono de sus funciones por gran parte del clero, de los abusos litúrgicos que so capa de seguir las normas del Concilio estaban proliferando, y, en general, de la pérdida de la fe por parte de muchos católicos. Al escuchar mis quejas el señor Obispo me interrumpió en un determinado momento y me dijo:
— «¿Ha hecho usted todo lo que estaba en su mano para evitarlo?»
Al responderle yo que, dentro de mi modestia como un simple fiel, había hecho lo que había podido en aquel sentido con la palabra y la pluma, me respondió:
— «Quien ha hecho todo lo posible para evitar un mal, no está obligado a más».
Y luego, añadió:
— «Mire Vd., general, los hombres, juzgamos mal los hechos y, a veces no sabemos valorar sus verdaderas consecuencias. En definitiva, es Dios y no los hombres quien juzga de nuestros esfuerzos, de nuestras acciones y de nuestras omisiones. Es Él el único cuyo juicio está por encima del nuestro y sabe si hemos cosechado un éxito o estamos frente a un fracaso. Nosotros somos malos jueces de nuestras acciones y de las ajenas pues, en definitiva, el éxito o el fracaso los da Dios y no los hombres».
Aquella respuesta y el tono de profundísima fe con que fue dada no lo olvidaré nunca. Mucho menos porque, después de aquella conversación, se disiparon mis temores acerca del futuro de la Iglesia española, nacidos al ver en qué manos estaba en aquellos años. Al temor ha sucedió la esperanza de que alguna vez los españoles recuperarán el sentido de una fe que ha sido la inspiradora de nuestros ancestros y creadora de España.
Eran los tiempos del Cardenal Tarancón y del clero renovador que apenas se dedicaba a otra cosa que a la llamada denuncia profética o a socavar los fundamentos de la fe. Todos han desaparecido llevados por la ola secularizadora o han comprendido sus errores pasados.

Ahora la cuestión está en luchar contra la avanzada
descristianización de España, tarea urgente que a todos nos compete.
 En cuanto a Guerra Campos fue desposeído de su sede en cuanto se produjo su renuncia por edad. Se refugió en un convento de Barcelona y murió santamente en 1997, tras sufrir toda clase de injusticias y persecuciones. La más indigna fue la apostilla que sobre su persona aparece en las llamadas Confesiones del Cardenal Tarancón que, por respeto a su memoria, considero que no fue escrita por él.

Fuente:www.religionenlibertad.com