Jueves SACERDOTAL:¿Por qué no ser sacerdote? Why Not Priest?

¿Has pensado sobre tu vocación y lo que quieres hacer con tu vida?

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En recuerdo de Monseñor Guerra Campos

 

Nacimiento:

– Ames (La Coruña), 13.9.1920

  Estudios superiores:

– Estudios eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Santiago de Compostela desde 1931 a 1940, con una interrupción durante la Guerra de España (combatiente en la 108 División)

– Bachillerato Eclesiástico en la Universidad Gregoriana de Roma, como alumno del Pontificio Colegio Español. Graduado en Teología, en dicha Universidad, en 1945

– Licenciado y doctor por la Universidad Pontificia de Salamanca en 1945

– Canónigo reliquiario, por oposición, de la Catedral compostelana desde 1951

Trayectoria canónica y docente:

– Presbítero el 15.10.1944

– Entre 1945 y 1964 profesor en el Seminario Diocesano de Santiago (Teología, Introducción a los Evangelios, Historia de la Filosofía y Liturgia), en el Instituto de Cultura Religiosa Superior (Historia de las Religiones, Historia de la Iglesia) y en las Facultades de Medicina y de Farmacia de la Universidad Compostelana (Deontología general y médica)

 – Entre 1945 y 1964 Consiliario de los Jóvenes Universitarios de Acción Católica; Viceconsiliario de la Archicofradía del Apóstol Santiago y director de su boletín “Compostela”; Secretario de las Juntas de los Años Santos Jacobeos; Miembro del Centro de Estudios Jacobeos y del Instituto Padre Sarmiento de Estudios Gallegos (del CSIC); Director adjunto en una fase de las excavaciones arqueológicas en la Catedral de Santiago

– Consultor del Episcopado Español en el Concilio Vaticano II (1962-1963)

– Nombrado Obispo titular de Mutia y auxiliar de Madrid- Alcalá el 15.6.1964. Consagrado Obispo el 26.7.1964

– Como obispo participa en las sesiones del Concilio de 1964 y 1965, con intervención especial sobre el ateismo marxista en la Constitución “Gaudium et spes”

– Miembro del Secretariado Pontificio para los No Creyentes (1965-1973); del Comité de enlace de las Conferencias Episcopales Europeas (1965-1972); representante del Episcopado Español en el Primer Sínodo de Obispos en Roma (1967); convocado para el segundo por la Secretaría del Sínodo (1969)

– De 1964 a 1972 Secretario General del Episcopado Español; Presidente de la Unión Nacional de Apostolado Seglar; Consiliario de la Junta Nacional de la Acción Católica Española; Presidente de la Comisión Católica Española de la Infancia; Presidente del Comité Rector de la Campaña contra el hambre en el mundo; Director del Instituto Central de Cultura Religiosa Superior. Procurador en las Cortes Españolas (1967-1976). Miembro hasta 1976 de la Junta del Patronato Menéndez y Pelayo del CSIC; Presidente de la Comisión Asesora de Programas Religiosos de RTVE hasta 1973.

 – Obispo de Cuenca el 13.4.1973

 – Falleció en Sentmenat (Barcelona), el 15 de julio de 1997

Mons. Guerra Campos poseía una profunda fe y una gran formación humanista y teológica; destacó por su aguda inteligencia, su sentido cristiano, preocupación pastoral y sus amplios conocimientos teológicos y humanísticos.

Poseía una profunda fe y una gran formación humanista y teológica, adquirida primero en su Galicia natal y más tarde en Roma donde destacó por su aguda inteligencia, su sentido cristiano, preocupación pastoral y sus amplios conocimientos teológicos y humanísticos. A todo ello unía un carácter afable y una preocupación por el derrotero que iba asumiendo la Iglesia española a partir del II Concilio Vaticano, concluido en 1965.

Actividad en el Concilio Vaticano Segundo

Guerra Campos actuó en el Concilio como Consultor, destacando entre todos los Obispos españoles —que acudieron a Roma un tanto desorientados— por la profundidad de sus intervenciones. Por este título de Consultor presentó un estudio acerca del ateísmo marxista que figuró entre la documentación más notable aportada a los trabajos del Concilio.

Este trabajo no tuvo la acogida que se merecía porque, por motivos que se desconocen, se había tomado una decisión en el momento en que fue convocado el Concilio en el sentido de que no iba a tratarse en él de nada relacionado con el marxismo. Antes del Concilio, Guerra Campos había sido Consiliario de la Junta Nacional de Acción Católica, puesto en el que mantuvo una dura brega para evitar las desviaciones progresistas que empezaban ya a manifestarse en la Iglesia española.

En 1964, es decir en pleno Concilio, fue nombrado Obispo auxiliar de la diócesis de Madrid–Alcalá que por entonces regentaba el Obispo Morcillo de quien también fue un gran colaborador como Secretario General del Episcopado español entre 1964 y 1972. Por ello su conocimiento de la Iglesia española era extraordinario.

Cambios en la política de nombramientos eclesiásticos

Los aires procedentes de Roma bajo Pablo VI, siendo Secretario de Estado el Cardenal Villot, inmediatamente después del Concilio a finales de 1965, comenzaron a soplar para cambiar radicalmente la orientación de la Conferencia Episcopal Española. Con este impulso en el que sin duda tuvo gran influencia quien fuera Nuncio en Madrid, Monseñor Benelli —quien no entendió nada de España— y también el que lo era en aquellos años, Monseñor Dadaglio, comenzaron a surgir una serie de nombramientos episcopales para cuya comprensión era necesario acudir a razones políticas, que no eclesiales, aunque ello supusiese la violación del Concordato, al menos en su espíritu.
 
Así, en aquellos años tan difíciles para la Iglesia y para España, se produjo en nuestro país, la aparición de Obispos muy jóvenes y con escasos merecimientos. Simultáneamente comenzaban a estorbar los Obispos conocedores de lo sucedido en la Iglesia española desde 1931, como Guerra Campos y sus coetáneos. Poco a poco fueron desposeídos de toda influencia y los fieles comenzaron a asistir a extraños nombramientos y a actitudes episcopales poco comprensibles. Han pasado muchos años y los resultados de todo aquello los tenemos a la vista. La Iglesia española fue y sigue siendo la perdedora.
 
Siguiendo esta línea de arrinconamiento de quienes bien conocían su oficio de pastores, Guerra Campos fue enviado en 1973 a la diócesis de Cuenca donde, olvidando sus antiguas actividades, realizó una obra amplísima de apostolado, predicación, organización de su diócesis y preocupación por sus diocesanos.

Recuerdos de una entrevista con Guerra Campos

En un duro día de invierno de 1984 quien estas líneas escribe tuvo que realizar una misión de servicio en Cuenca para comprobar el estado del armamento de aquella guarnición. Hacia tiempo que había mantenido alguna relación con aquel Obispo compartiendo algunas tareas en la revista Iglesia-Mundo. Concluida mi tarea durante la mañana, dada la exigüidad de la guarnición con cuyos componentes almorcé, aquella tarde me dirigí al Palacio Episcopal donde pedí audiencia al señor Obispo quien me la concedió inmediatamente.
 

Me recibió en una pequeña habitación, modestísima, en la que existía una mesa camilla con su brasero cuya lumbre removía el Obispo personalmente de vez en cuando con la badila de hierro, para intentar dar un poco de calor a aquella estancia fría y desangelada.
La conversación versó acerca de la crisis en estaba sumida la Iglesia  española y me permití lamentarme ante el Obispo de la pérdida de vocaciones, del abandono de sus funciones por gran parte del clero, de los abusos litúrgicos que so capa de seguir las normas del Concilio estaban proliferando, y, en general, de la pérdida de la fe por parte de muchos católicos. Al escuchar mis quejas el señor Obispo me interrumpió en un determinado momento y me dijo:
— «¿Ha hecho usted todo lo que estaba en su mano para evitarlo?»
Al responderle yo que, dentro de mi modestia como un simple fiel, había hecho lo que había podido en aquel sentido con la palabra y la pluma, me respondió:
— «Quien ha hecho todo lo posible para evitar un mal, no está obligado a más».
Y luego, añadió:
— «Mire Vd., general, los hombres, juzgamos mal los hechos y, a veces no sabemos valorar sus verdaderas consecuencias. En definitiva, es Dios y no los hombres quien juzga de nuestros esfuerzos, de nuestras acciones y de nuestras omisiones. Es Él el único cuyo juicio está por encima del nuestro y sabe si hemos cosechado un éxito o estamos frente a un fracaso. Nosotros somos malos jueces de nuestras acciones y de las ajenas pues, en definitiva, el éxito o el fracaso los da Dios y no los hombres».
Aquella respuesta y el tono de profundísima fe con que fue dada no lo olvidaré nunca. Mucho menos porque, después de aquella conversación, se disiparon mis temores acerca del futuro de la Iglesia española, nacidos al ver en qué manos estaba en aquellos años. Al temor ha sucedió la esperanza de que alguna vez los españoles recuperarán el sentido de una fe que ha sido la inspiradora de nuestros ancestros y creadora de España.
Eran los tiempos del Cardenal Tarancón y del clero renovador que apenas se dedicaba a otra cosa que a la llamada denuncia profética o a socavar los fundamentos de la fe. Todos han desaparecido llevados por la ola secularizadora o han comprendido sus errores pasados.

Ahora la cuestión está en luchar contra la avanzada
descristianización de España, tarea urgente que a todos nos compete.
 En cuanto a Guerra Campos fue desposeído de su sede en cuanto se produjo su renuncia por edad. Se refugió en un convento de Barcelona y murió santamente en 1997, tras sufrir toda clase de injusticias y persecuciones. La más indigna fue la apostilla que sobre su persona aparece en las llamadas Confesiones del Cardenal Tarancón que, por respeto a su memoria, considero que no fue escrita por él.

Fuente:www.religionenlibertad.com 

 

FRANCISCO JAVIER: UN SANTO QUE DEJÓ HUELLA

Las 7 excelencias de la sotana

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Las 7 excelencias de la sotana

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Tu es sacerdos in aeternum

 

Por el P. Jaime Tovar Patrón, coronel capellán del Vicariato Castrense. España / Fondo Cultural Católico

Con esta breve exposición se espera recordar  la importancia del «uniforme sacerdotal», la sotana o hábito talar. Valga otro tanto para el hábito religioso propio de las órdenes y congregaciones. En un mundo secularizado no hay mejor testimonio cristiano de parte de los consagrados a Dios que la vestimenta sagrada en los sacerdotes y religiosos.

Fíjese si el impacto de la sotana es grande ante la sociedad, que muchos regímenes anticristianos la han prohibido expresamente.  Esto debe decirnos algo.

Hoy en día son pocas las ocasiones en que podemos admirar a un sacerdote vistiendo su sotana. El uso de la sotana, una tradición que se remonta a tiempos antiquísimos, ha sido olvidado y a veces hasta despreciado.  Pero esto no quiere decir que la sotana perdió su utilidad.

La sotana fue instituida por la Iglesia a fines del siglo V con el propósito de darle a sus sacerdotes un modo de vestir serio, simple y austero. Recogiendo esta tradición, el Código de Derecho Canónicoimpone el hábito eclesiástico a todos los sacerdotes (canon 136 ).

Contra la enseñanza perenne de la Iglesia está la opinión de círculos enemigos de la Tradición que tratan de hacernos creer que el hábito no hace al monje, que el sacerdocio se lleva dentro, que el vestir es lo de menos y que lo mismo se es sacerdote con sotana que de paisano. Sin embargo, la experiencia demuestra todo lo contrario, porque cuando hace más de 1500 años la Iglesia decidió legislar sobre este asunto fue porque era y sigue siendo importante, ya que ella no se preocupa de niñerías.

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 ”Los clérigos han de vestir un hábito eclesiástico digno,

según las normas dadas por la Conferencia Episcopal

y las costumbres legítimas del lugar”. (CDC 284)

 

Seguidamente exponemos siete excelencias de la sotana condensadas de un escrito del ilustre padre Jaime Tovar Patrón.

 

1º – El recuerdo constante del sacerdote.- Ciertamente que, una vez recibido el sacramento del Orden, no se olvida fácilmente. Pero nunca viene mal un recordatorio: algo visible, un símbolo constante, un despertador sin ruido, una señal o bandera. El que va de paisano es uno de tantos, el que va con sotana, no. Es un sacerdote y él es el primer persuadido. No puede permanecer neutral, el traje lo delata. O se hace un mártir o un traidor, si llega el caso. Lo que no puede es quedar en el anonimato, como un cualquiera.  Y luego… ¡Tanto hablar de compromiso! No hay compromiso cuando exteriormente nada dice lo que se es.  Cuando se desprecia el uniforme, se desprecia la categoría o clase que éste representa.

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Monseñor Isidro Puente Ochoa

 

2º – Presencia de lo sobrenatural en el mundo.- No cabe duda que los símbolos nos rodean por todas partes: señales, banderas, insignias, uniformes… Uno de los que más influjo produce es el uniforme. Un policía, un guardián, no hace falta que actúe, detenga, ponga multas, etc. Su simple presencia influye en los demás: conforta, da seguridad, irrita o pone nervioso, según sean las intenciones y conducta de los ciudadanos. Una sotana siempre suscita algo en los que nos rodean. Despierta el sentido de lo sobrenatural. No hace falta predicar, ni siquiera abrir los labios. Al que está  bien con Dios le da ánimo, al que tiene enredada la conciencia le avisa, al que vive apartado de Dios le produce remordimiento. Las relaciones del alma con Dios no son exclusivas del templo.  Mucha, muchísima gente no pisa la iglesia. Para estas personas, ¿qué mejor forma de llevarles el mensaje de Cristo que dejándoles ver a un sacerdote consagrado vistiendo su sotana? Los fieles han levantando lamentaciones sobre la desacralización y sus devastadores efectos. Los modernistas claman contra el supuesto triunfalismo, se quitan los hábitos, rechazan la corona pontificia, las tradiciones de siempre y después se quejan de seminarios vacíos… de falta de vocaciones. Apagan el fuego y luego se quejan de frío. No hay que dudarlo: la desotanización lleva a la desacralización.

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 Frailes Trinitarios polacos

  

“En una sociedad secularizada y tendencialmente materialista, donde tienden a desaparecer incluso los signos externos de las realidades sagradas y sobrenaturales, se siente particularmente la necesidad de que el presbítero -hombre de Dios, dispensador de Sus Misterios- sea reconocible a los ojos de la comunidad, también por el vestido que lleva, como signo inequívoco de su dedicación y de la identidad del que desempeña un ministerio público. El presbítero debe ser reconocible sobre todo, por su comportamiento, pero también por un modo de vestir, que ponga de manifiesto de modo inmediatamente perceptible por todo fiel -más aún, por todo hombre- su identidad y su pertenencia a Dios y a la Iglesia. 
Por esta razón, el clérigo debe llevar «un hábito eclesiástico decoroso, según las normas establecidas por la Conferencia Episcopal y según las legítimas costumbres locales».  Por su incoherencia con el espíritu de tal disciplina, las praxis contrarias no se pueden considerar legítimas costumbres y deben ser removidas por la autoridad competente.

 

Exceptuando las situaciones del todo excepcionales, el no usar el hábito eclesiástico por parte del clérigo puede manifestar un escaso sentido de la propia identidad de pastor, enteramente dedicado al servicio de la Iglesia.” (Sgda. Congr. para el Clero, 1994: Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, nº 66)

 

3º – Es de gran utilidad para los fieles.- El sacerdote lo es, no sólo cuando está en el templo administrando los sacramentos, sino las veinticuatro horas del día. El sacerdocio no es una profesión, con un horario marcado… es una vida, una entrega total y sin reservas a Dios. El pueblo de Dios tiene derecho a que lo asista el sacerdote. Esto se le facilita si pueden reconocer al sacerdote de entre las demás personas… si éste lleva un signo externo. El que desea trabajar como sacerdote de Cristo debe poder ser identificado como tal para el beneficio de los fieles y el mejor desempeño de su misión.

 

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Esclavos de María y de los Pobres

 4º – Sirve para preservar de muchos peligros.- ¡A cuántas cosas se atreverán los clérigos y religiosos si no fuera por el hábito! Esta advertencia, que era sólo teórica cuando la escribía el ejemplar religioso P. Eduardo F. Regatillo, S. I., es hoy una terrible realidad. Primero, fueron cosas de poco bulto: entrar en bares, sitios de recreo, pero poco a poco se ha ido cada vez a más. Los modernistas quieren hacernos creer que la sotana es un obstáculo para que el mensaje de Cristo entre en el mundo.  Pero, al suprimirla, han desaparecido las credenciales y el mismo mensaje. De tal modo, que ya muchos piensan que al primero que hay que salvar es al mismo sacerdote que se despojó de la sotana supuestamente para salvar a otros. Hay que reconocer que la sotana fortalece la vocación y disminuye las ocasiones de pecar para el que la viste y los que lo rodean.  De los miles que han abandonado el sacerdocio después del Concilio Vaticano II, prácticamente ninguno abandonó la sotana el día antes de irse: lo habían hecho ya mucho antes.

 

 

Religiosas Ecuménicas de Guadalupe con su fundador Msgr. Isidro Puente O.

 

 Religiosas Ecuménicas de Guadalupe con su fundador Msgr. Isidro Puente O.

 

 

5º – Ayuda desinteresada a los demás.- El pueblo cristiano ven en el sacerdote el hombre de Dios, que no busca su bien particular sino el de sus feligreses.  La gente abre de par en par las puertas del corazón para escuchar al padre que es común del pobre y del poderoso. Las puertas de las oficinas y de los despachos, por altos que sean, se abren ante las sotanas y los hábitos religiosos. ¿Quién le niega a una monjita el pan que pide para sus pobres o sus ancianitos? Todo esto viene tradicionalmente unido a unos hábitos. Este prestigio de la sotana se ha ido acumulando a base de tiempo, de sacrificios, de abnegación. Y ahora, ¿se desprenden de ella como si se tratara de un estorbo?

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 Fraile Franciscano

 

6º – Impone la moderación en el vestir.- La Iglesia preservó siempre a sus sacerdotes del vicio de aparentar más de lo que se es y de la ostentación dándoles un hábito sencillo en que no caben los lujos. La sotana es de una pieza (desde el cuello hasta los pies), de un color (negro) y de una forma (saco). Los armiños y ornamentos ricos se dejan para el templo, pues esas distinciones no adornan a la persona sino al ministro de Dios para que dé realce a las ceremonias sagradas de la Iglesia.  Pero, vistiendo de paisano, le acosa al sacerdote la vanidad como a cualquier mortal: las marcas, calidades de telas, de tejidos, colores, etc. Ya no está todo tapado y justificado por el humilde sayal.  Al ponerse al nivel del mundo, éste lo zarandeará, a merced de sus gustos y caprichos.  Habrá de ir con la moda y su voz ya no se dejará oír como la del que clamaba en el desierto cubierto por el palio del profeta tejido con pelos de camello.

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Hna. Dominica de Santa Cecilia

 

7º – Ejemplo de obediencia al espíritu y legislación de la Iglesia.- Como uno que comparte el Santo Sacerdocio de Cristo, el sacerdote debe ser ejemplo de la humildad, la obediencia y la abnegación del Salvador. La sotana le ayuda a practicar la pobreza, la humildad en el vestuario, la obediencia a la disciplina de la Iglesia y el desprecio a las cosas del mundo.  Vistiendo la sotana, difícilmente se olvidará el sacerdote de su papel importante y su misión sagrada o confundirá su traje y su vida con la del mundo.

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Jóvenes Premostratenses

 

Estas siete excelencias de la sotana podrán ser aumentadas con otras que le vengan a la mente a usted. Pero, sean las que sean, la sotana por siempre será el símbolo inconfundible del sacerdocio porque así la Iglesia, en su inmensa sabiduría, lo dispuso y ha dado maravillosos frutos a través de los siglos.

 

Nota:

Conviene recordar: Muchos sacerdotes y religiosos mártires han pagado con su sangre el odio a la fe y a la Iglesia desatado en las terribles persecuciones religiosas de los últimos siglos. Muchos fueron asesinados sencillamente por vestir la sotana. El sacerdote que viste su sotana es para todos un modelo de coherencia con los ideales que profesa, a la vez que honra el cargo que ocupa en la sociedad cristiana.

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¡VIVA CRISTO REY!  

Si bien es cierto que el hábito no hace al monje, también es cierto que el monje viste hábito y lo viste con honor. ¿Qué podemos pensar del militar que desprecia su uniforme? ¡Lo mismo que del cura que desprecia su sotana!

 http://ortodoxiacatolica.org.mx

Mártires de Paracuellos: Aniversario de una masacre que regó la tierra de santos

El nombre de Paracuellos del Jarama (en realidad, Paracuellos de Jarama) ha quedado ligado para siempre a la mayor matanza perpetrada en la guerra civil española. En las inmediaciones de esta pequeña población de la provincia de Madrid los revolucionarios asesinaron a sangre fría a varios miles de españoles inocentes. Militares que no habían tenido oportunidad de participar en la guerra, religiosos que, por supuesto, nunca tuvieron ninguna participación, políticos que no ostentaban ningún poder, intelectuales alejados de los asuntos políticos… Eran los enemigos de la revolución, personas que estorbaban en el camino al objetivo último de los autores de estas masacres: la dictadura del proletariado.

El nombre de Paracuellos de Jarama ha quedado ligado para siempre a un nombre, Santiago Carrillo Solares. Es, sin duda, el más famoso de los responsables de aquellos horribles crímenes, pero ni mucho menos el único. Nombres como Manuel Muñoz Martínez, Segundo Serrano Poncela o Mihail Koltsov merecen una cuota de protagonismo próxima a la de Carrillo. Asesinatos en masa como los que nos ocupan no pueden ser obra de un solo hombre, y el «genocidio» (como tal lo califican César Vidal y otros historiadores) de Paracuellos tuvo una indiscutible inspiración comunista, procedente de la Rusia soviética de Iosif Stalin e importada a Madrid a través del Partido Comunista de España (PCE).

Noviembre de 1936. Quinto mes de la guerra civil. Las tropas del general Francisco Franco avanzan a paso seguro de sur a norte. La liberación de El Alcázar de Toledo demoró el cerco del bando sublevado a la capital de España. A primeros de noviembre ya estaban a las puertas de Madrid, donde el golpe de Estado, dirigido por el general Joaquín Fanjul, había fracasado (para desgracia de quienes se atrincheraron en el Cuartel de la Montaña, pues casi todos ellos fueron linchados por milicias obreras y fuerzas republicanas el 20 de julio). El día 2 de noviembre cayeron en poder de los nacionales Fuenlabrada y Villaviciosa de Odón. El 4, Getafe. La caída de Madrid, que sin duda hubiera acelerado el fin de la guerra, parecía inminente y eran pocos los que no la daban por hecha.

La huida del Gobierno

El 6 de noviembre el Gobierno republicano cogió las maletas y se marchó por la carretera de Valencia. A la sazón lo presidía Francisco Largo Caballero (PSOE), apodado por partidarios y detractores el «Lenin español». Dos días antes acababa de formar Largo su segundo gobierno, integrado por seis socialistas (además de él, Ángel Galarza Gago, ministro de Gobernación, Juan Negrín López, Julio Álvarez del Vayo, Indalecio Prieto Tuero y Anastasio de Gracia), dos comunistas del PCE, tres miembros de Izquierda Republicana (entre ellos, José Giral Pereira, quien desde la presidencia del gobierno había entregado armas a los partidos y sindicatos afines), uno de Unión Republicana, otro del PNV, otro de ERC y, lo más curioso, cuatro anarcosindicalistas de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). Fue la primera vez en la historia universal que cuatro anarquistas («anarquía» significa «sin gobierno») alcanzaron rango de ministros: Juan García Oliver (expistolero que tomó la cartera de Justicia), Juan Peiró Belis, Juan López Sánchez y Federica Montseny Mañé. El presidente de lo que quedaba de II República era Manuel Azaña Díaz.

Como decimos, el gobierno del Frente Popular prefirió tomar la radial 3 y delegar en otros la enojosa defensa de Madrid. Para ello, Largo Caballero dejó dos mensajes en sendos sobres: uno dirigido al general Miaja y otro para el general Pozas. Con mucho misterio el presidente les ordenaba no abrir sus respectivos sobres hasta la madrugada del 7 de noviembre. Los generales no pudieron resistir la tentación de desobedecerle y lo primero que comprobaron es que el mensaje para Miaja estaba en el sobre de Pozas y viceversa. Una vez deshecho el equívoco, a José Miaja Menant se le encomendaba organizar y presidir una Junta de Defensa de Madrid, y a Sebastián Pozas liderar el Ejército del Centro desde Tarancón (Cuenca). La carta a Miaja empezaba así:

«El Gobierno ha resuelto, para poder continuar cumpliendo su primordial cometido de defensa de la causa republicana, trasladarse fuera de Madrid, y encarga a V.E. de la defensa de la Capital a toda costa. A fin de que lo auxilien en tan trascendental cometido, aparte de los organismos administrativos que seguirán actuando como hasta ahora, se constituye en Madrid una Junta de Defensa de Madrid, con representaciones de todos los partidos políticos que forman parte del Gobierno y en la misma proporcionalidad que en éste tienen dichos partidos. Junta cuya presidencia ostentará V.E. Esta Junta tendrá facultades delegadas del Gobierno para la coordinación de todos los medios necesarios para la defensa de Madrid, que deberá ser llevada al límite…»

La Junta se pone en marcha

La Junta de Defensa de Madrid se reúne por primera vez a las 18 horas del 7 de noviembre. El veterano general Miaja la preside y la distribución de consejerías queda de esta guisa: Secretariado – Fernando Frade (PSOE), Guerra – Antonio Mije (PCE), Orden Público – Santiago Carrillo (Juventudes Socialistas Unificadas, PCE), Industrias de Guerra – Amor Nuño (CNT), Abastecimientos – Pablo Yagüe (UGT), Comunicaciones – José Carreño (Izquierda Republicana), Finanzas – Enrique Jiménez (Unión Republicana), Información y Enlace – Mariano García (Juventudes Libertarias), Evacuación – Francisco Caminero (Partido Sindicalista). A este grupo de consejeros se le conoció popularmente como los «chicos de Miaja» porque casi ninguno llegaba a los 30 años. Santiago Carrillo, consejero de Orden Público que acababa de formalizar su ingreso en el PCE, tenía 21 años.

El primer número del Boletín Oficial de la Junta de Defensa de Madrid, fechado el 13 de noviembre de 1936, contiene varias disposiciones firmadas por Carrillo entre los días 8 y 11. Algunas de estas dicen: «Se concede un plazo de veinticuatro horas para que todos los ciudadanos de esta capital hagan entrega en las Comisarías de la Dirección General de Seguridad, donde se les extenderá el correspondiente recibo, de todas las armas de fuego que posean». «A partir de la fecha de publicación de esta disposición, la vigilancia del interior de la capital y sus accesos estará exclusivamente a cargo de las fuerzas organizadas que a tal efecto disponga esta Consejería». «Se organizarán los Servicios de Investigación y Vigilancia. Los Servicios de Investigación estarán a cargo del Cuerpo de Policía…» Asimismo, Carrillo nombra el día 8 a los cargos dependientes de su consejería: Luis Rodríguez Cuesta – secretario, Segundo Serrano Poncela – delegado en la Dirección General de Seguridad, Fernando Claudín Pontes – delegado del Gabinete de Prensa, Alfredo Cabello – delegado en la Emisión Radiofónica, Federico Melchor – delegado para las fuerzas de Seguridad, Asalto y Guardia Nacional Republicana.

Comienzan las sacas

El mismo 7 de noviembre que se constituye la Junta de Defensa de Madrid, arrancan los asesinatos de Paracuellos. Desde esa madrugada una barricada de losas rodea la entrada de la cárcel Modelo, custodiada por milicianos. Dentro de la barricada, aparcados, aguardan entre siete y nueve autobuses de dos pisos, pertenecientes al servicio público urbano, más dos autobuses grandes de turismo. En seguida (a las 4 de la madrugada según César Vidal, por la tarde según Ian Gibson) empiezan las temidas «sacas» de presos.

El ordenanza conmina a los reclusos a asomarse a las balconadas para que todos escuchen la retahíla de nombres que van a pronunciar a continuación. Un pelotón de milicianos encañona a los expectantes a la vez que rodea a los dos «jefecillos» que leen las listas. Bajo pena de disparar al primero que hable o se mueva, exigen a los nombrados que bajen «con todo» lo que posean al centro de la galería y se coloquen en orden de llamada. «En un silencio sepulcral pasan instantes indescriptibles; es decir, no pasan, porque el tiempo se detiene en el abismo y la tragedia, cabalgando en el caos, nos suspende sobre el vértigo…» (Emocionario íntimo de un cautivo. Los cuatro meses de la Modelo, de El Duende Azul, seudónimo de Antonio Cobanela Caamaño, 1939).

Los autobuses, con unos sesenta detenidos y una decena de milicianos cada uno, son conducidos a las inmediaciones de Paracuellos de Jarama. Allí han cavado, con ayuda de lugareños, unas zanjas a modo de fosas donde caerán los asesinados. Maniatados con bramante de dos en dos o con las manos a la espalda, los dividen en grupos de entre diez y veintincinco. Les obligan a caminar hacia las fosas comunes y, una vez situados al borde de los agujeros, un pelotón de entre treinta y cuarenta milicianos les ametralla. Muchos caen aún con vida a las fosas. Algunos de estos reciben el tiro de gracia, mientras que otros tienen que esperar a morir aplastados o enterrados. Muchas de las últimas palabras de los caídos fueron para perdonar a sus verdugos, para honrar a Cristo Rey o a España, o para orar a Dios.

Sólo el 7 de noviembre fueron ametrallados en Paracuellos alrededor de un millar de presos «sacados» de la Modelo. Esta era una cárcel diseñada para albergar precisamente a mil presos, pero en aquellos días de la guerra civil se hacinaban en ella 5.000 hombres. Ni fue esta la única cárcel de la que se produjeron «sacas malas» ni fue el 7 de noviembre el único día en que se produjeron ametrallamientos en masa. Nada más lejos, por desgracia, de la realidad. De las cárceles de Ventas, Porlier y San Antón también se «sacaron» a decenas, a veces centenares de presos, para llevar a término su «evacuación… definitiva» (Segundo Serrano Poncela dixit) a Paracuellos del Jarama o a Torrejón de Ardoz (junto al caz de Soto de Aldovea). Y el terror en las cárceles se prolongó hasta que el 4 de diciembre tomó posesión como director general de prisiones una persona digna de tal cargo, el anarquista sevillano Melchor Rodríguez García, apodado el «Ángel Rojo», que con su actuación protectora salvó miles de vidas.

Cifras discutidas

Las cifras de la matanza de Paracuellos aún hoy no son unánimes entre los historiadores. César Vidal, en su ensayo Paracuellos – Katyn, ofrece una relación de 4.021 asesinados en la Guerra Civil en Paracuellos, con sus nombres y sus dos apellidos (salvo contadas excepciones en que da el nombre y el primer apellido) y señala de ellos los que eran religiosos.

El propio Vidal estima el número total de fusilados en Paracuellos en unas 5.000 personas y el del total de «las víctimas del Terror frentepopulista en Madrid» durante la guerra en torno a las 16.000 personas. El también prestigioso historiador Ricardo de la Cierva, que con diez años sufrió el asesinato de su padre en Paracuellos, señalaba una cantidad global de 10.000 asesinados en esta población. Algo menos apuntabanAntonio de Izaga (8.354) y Ramón Salas Larrazábal (8.300). Ian Gibson tomó a inicios de los 80 la cifra de 2.750 víctimas «perfectamente identificadas», recabada por Ricardo de la Cierva de los archivos de la Asociación de Familiares de los Mártires. En la edición de 2005 de Paracuellos. Cómo fue rebaja esta cifra y propone una cantidad aproximada de 2.400 víctimas. Si tomamos la cifra total de 300.000 víctimas de la Guerra Civil (que señala el historiador Juan Pablo Fusi), los muertos en Paracuellos suponen en torno al 1 por ciento de este total.

En lo que sí coinciden los historiadores es en que tanto Santiago Carrillo como José Miaja sabían lo que estaba pasando y no hicieron nada para impedirlo. A estas dos supuestas autoridades se suman otras de la Junta de Defensa de Madrid como de la zozobrante República que conocieron y consintieron lo que estaba pasando, cuando no lo favorecieron. Antes del 7 de noviembre las fuerzas de la República ya habían asesinado a miles de enemigos a través del sistema de checas. Las checas eran centros de detención, tortura y condenación importados de la Rusia revolucionaria. En Madrid llegaron a existir al menos 226 checas, controladas por los partidos y sindicatos que encarnaban el Frente Popular. La más temida de todas estas checas era el llamado Comité Provincial de Investigación Pública (CPIP), también conocido como la checa de Bellas Artes y luego de Fomento. Esta checa fue creada en agosto por el Director General de Seguridad, Manuel Muñoz Martínez, y asumió la tarea de coordinar todas las demás. Muñoz huyó a Valencia con el gobierno y gran parte de las fuerzas represivas de las checas se integraron en el sistema de represión de Carrillo, el discípulo de Stalin.

Otro personaje siniestro, el hombre de los nombres falsos, reconoce en su Diario de la guerra española haber instigado continuamente el exterminio de los presos de Madrid, con el pretexto de su posible liberación por Franco y la unión a su causa. Para ello tuvo que convencer (con gran éxito, a la vista de los resultados) a los comunistas del PCE (que entonces lideraba José Díaz) de lo conveniente de sus diabólicos planes. Se trata de Mihail Koltsov (su nombre verdadero, según Ian Gibson, era Mihail Fridliand y su segundo nombre falso era Miguel Martínez). Este comunista nacido en Kiev en el año del desastre de España (1898) aterriza en El Prat de Barcelona el 8 de agosto de 1936, teóricamente como corresponsal del periódico Pravda, publicación oficial del Partido Comunista ruso. Los historiadores coinciden en señalar que, además, debía ser un influyente jerarca de la maquinaria soviética y un agente en nuestro país del monstruo Stalin.

Las matanzas de Paracuellos y Torrejón tampoco fueron, en su conjunto, hechos aislados ni excepciones dentro de una realidad mucho más amable. Aparte de la actividad frenética de las checas, César Vidal recoge en su ensayo como precedentes al capítulo de Paracuellos el ya mencionado asalto al Cuartel de la Montaña, las matanzas de los trenes de Jaén, la matanza de la cárcel Modelo del 22 de agosto, las sacas de Ventas, los fusilamientos de Boadilla del Monte y las matanzas de Aravaca. No hay que olvidar nunca que durante la guerra civil los creyentes españoles padecieron la peor persecución religiosa de nuestra historia, con al menos 6.832 sacerdotes y religiosos asesinados. Este tipo de crímenes se sucedieron a lo largo de toda la guerra y hasta su final.

Para aquellos que siguen pensando que la guerra civil fue una contienda de buenos contra malos… Para aquellos que siguen pensando que todos los que luchaban con la República defendían la libertad y la democracia… Para aquellos que siguen pensando que el comunismo es una esperanza para la humanidad… Todas estas son las mejores pruebas de que están equivocados.

En el Cementerio de los Mártires de Paracuellos se puede visitar, en los horarios oportunos, a los grandes castigados por este despropósito criminal, brutalmente silenciosos bajo un mar de cruces, y encomendados por la gigantesca cruz blanca que mira al Cielo desde el cerro de San Miguel.

ABC, historia militar de España
Francisco Delgado-Iribarren

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EL PURGATORIO EN LAS VISIONES DE SANTA MARÍA MAGDALENA DE PAZZIS

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          Santa Magdalena de PazziS, Terciaria Carmelita, tuvo la gracia de ver y visitar el Purgatorio en vida. Pudo recorrer las diversas estancias preparadas por la Misericordia de Dios, y así lo narró al Padre Cepari, que recogió las visiones de la Santa carmelita. 

    “Un tiempo antes de su muerte, que tuvo lugar en 1607, la sierva de Dios, Magdalena de Pazzi, se encontraba una noche con varias religiosas en el jardín del convento, cuando entró en éxtasis y vio el Purgatorio abierto ente ella. Al mismo tiempo, como ella contó después, una voz la invitó a visitar todas las prisiones de la Justicia Divina, y a ver cuan merecedoras de compasión son esas almas allí detenidas.

En ese momento se la oyó decir: “Si, iré”. Consintió así a llevar a cabo el penoso viaje. De hecho a partir de entonces caminó durante dos horas alrededor del jardín, que era muy grande, parando de tiempo en tiempo. Cada vez que interrumpía su caminata, contemplaba atentamente los sufrimientos que le mostraban. Las religiosas vieron entonces que, compadecida, retorcía sus manos, su rostro se volvió pálido y su cuerpo se arqueó bajo el peso del sufrimiento, en presencia del terrible espectáculo al que se hallaba confrontada.

    Entonces comenzó a lamentarse en voz alta, “¡Misericordia, Dios mío, misericordia! Desciende, oh Preciosa Sangre y libera a estas almas de su prisión. ¡Pobres almas! Sufren tan cruelmente, y aún así están contentas y alegres. Los calabozos de los mártires en comparación con esto eran jardines de delicias. Aunque hay otras en mayores profundidades. Cuan feliz debo estimarme al no estar obligada a bajar hasta allí.

    Sin embargo descendió después, porque se vio forzada a continuar su camino. Cuando hubo dado algunos pasos, paró aterrorizada y, suspirando profundamente, exclamó ”¡Qué! ¡Religiosos también en esta horrenda morada! ¡Buen Dios! ¡Como son atormentados! ¡Oh, Señor!”.

En recuerdo de Ramón Cué, S.J.

ABC, Lunes, 21-09-09

FERNANDO IWASAKI

Hijo de padres asturianos emigrados a México, Ramón Cué Romano nació en Puebla de los Angeles, aunque con once años se trasladó con su madre a Palencia, donde estudiando con los jesuitas de Carrión de los Condes descubrió su vocación religiosa. Después de hacer su noviciado en Salamanca, Ramón Cué estudió Filosofía en Marneffe, Teología en Comillas e Historia de América en Sevilla y Madrid, colmando así las exigentes expectativas académicas de la Compañía de Jesús.
Así, la obra del padre Cué abarca desde biografías como Cuando la historia pasó por Loyola (1956) a monografías filosóficas como El hegelismo en la Universidad de Sevilla (1983), pasando por apuntes de memorias como Mi primera misa (1958), ensayos sobre la emigración como El Indiano, embajador de España (1950), crónicas taurinas como Dios y los Toros (1967), divagaciones artísticas como Su majestad el pintor: Homenaje a Velázquez (1960) o estudios literarios como Santa Teresa y Don Quijote: Dos locos españoles (1963), entre más de una veintena de títulos que incluyen sermones televisados reunidos -Mi Cristo roto (1963)- y un volumen dedicado a su poesía completa: Tú, versos de ayer y de hoy (1987). Por no faltar, ni siquiera falta una novela de tema japonés como Matsumoto (1959), lo que significa que el padre Cué se adelantó a Sánchez Dragó, Ray Lóriga e Isabel Coixet.
Sin embargo, Sevilla hechizó al padre Cué desde sus años universitarios y a Sevilla dedicó significativos títulos. A saber, los libros Cómo llora Sevilla (1948) y ¡Viva la Esperanza de Triana! (1951), o los pregones Soy de Sevilla (1976) -pregón de la Coronación Canónica de la Virgen de la Hiniesta- y Cómo sonríe Sevilla (1989), pregón de las Glorias de María. Existen numerosos textos inéditos del padre Cué, desperdigados por revistas cofrades o atesorados en los archivos de las hermandades que lo invitaban como conferenciante o pregonero, porque Ramón Cué fue el primero en cantarle a los costaleros de los pasos y el más fervoroso embajador de la Semana Santa sevillana en América Latina. Sin embargo, el padre Cué jamás pronunció el pregón de los pregones y uno quiere pensar que aquel honor lo habría hecho feliz.
Un libro singular dentro de la bibliografía del padre Ramón Cué Romano sería España vista por un mexicano (Editorial Patria, México, 1955), porque compila los títulos que Cué dedicó a España o a temas españoles. De ahí espigaré citas y referencias de Cómo llora Sevilla y ¡Viva la Esperanza de Triana!, dos obras que participan del tono elegíaco de los pregones y que bien podrían dar una idea de los «pregones perdidos» del padre Cué. Vaya por delante que no pretendo presumir de conocimientos y sensibilidades que no poseo, sino simplemente glosar y compartir las sensaciones de una lectura que de alguna manera me concierne, tal como quería Ramón Cué: «Yo creo que algo he entendido, Así me lo decís vosotros. Y por eso, para los que no son sevillanos escribí este libro».
Lo primero que deseo destacar de Cómo llora Sevilla, es la colaboración de cinco jóvenes «catedráticos de sevillanismo», a quienes el padre Cué dedicó su obra: Julio Martínez Velasco («Julio, que es poeta y habla poco, me interpretaba lo lírico»); Manuel Ferrand («Manolo, que es pintor, me colocaba en el ángulo preciso de la perspectiva exacta»); Juan Delgado Alba («Juanito me animó a escribir leyéndome aquellos días un precioso artículo suyo publicado en «El Correo» y que se titulaba Flores sobre el palio»); Joaquín González Moreno («Joaquín, que conoce los rincones de Sevilla y tiene audacia juvenil para conseguirlo todo, conquistaba el balcón estratégico y abría las puertas cerradas»), y Carlos Acedo Romero («Carlos ponía en aquel grupo simpático la fina e indispensable gracia andaluza contando chistes y riéndose más que nadie»). Aquí los convoco a todos, porque entonces tenían poco más de veinte años y me haría ilusión que sirvieran de ejemplo a los jóvenes de hoy.
El libro está compuesto de párrafos breves, siempre sentenciosos y poseídos de una teológica ambición lírica, aunque debo admitir que prefiero los más sencillos en metáforas y enumeraciones. Por ejemplo, «En Sevilla no hay dos Vírgenes iguales, como no hay dos mujeres iguales, ni dos claveles reventones que estallen de la misma manera»; «Un palio es un soneto realizado de plata y claveles» o incluso estos versos: «Costalero es ser trono y ser carroza; es ser espina que goza porque es arriba rosal».
Acaso porque en Cómo llora Sevilla (1948) eran mayoría las devociones marianas del centro, un par de años más tarde el padre Cué fue invitado por la Hermandad de la Esperanza de Triana y el fruto de aquella visita fue ¡Viva la Esperanza de Triana! (1951), una plaquette que abunda en los contrapuntos de Triana y Sevilla -«Triana es una Sevilla de agua, de reflejos y de aromas sobre el Guadalquivir»; «Sevilla la guitarra y Triana la canción»; «Sevilla es la realidad, el objeto, el volumen… y Triana la imagen, el sueño, la fantasía, la visión»; etc.- para luego concentrarse en el paseo triunfal de la Esperanza por las calles de su barrio, para celebrar el Dogma de la Asunción. De aquella procesión me quedaría con una estampa que no es la de los fuegos artificiales en el Altozano ni la del paso navegando por la calle Betis, sino la de una niña volcando una palangana de pétalos desde un balcón. Todavía le dio tiempo al padre Cué de anotar el nombre de una cantaora que le cantó una jota a la Virgen. Extrañado de que no le hubiera cantado una saeta se lo preguntó a «La Finito», quien respondió que estaba mal de la garganta y que la saeta «no se pué farsificá» (En la Hemeroteca de ABC he hallado una emotiva entrevista a doña Encarnación Fernández Sol «La Finito», del 06.06.82).
Ramón Cué se murió sin ser pregonero de la Semana Santa de Sevilla, aunque en 1965 llegó a serlo de la de Córdoba. Durante décadas atendió las invitaciones de numerosas cofradías sevillanas, pero nunca pudo cumplir el sueño de pronunciar el pregón de los pregones. Revisando la Hemeroteca de ABC descubrí sus polémicas con la jerarquía hispalense (siempre en defensa de las hermandades sevillanas) pero quiero creer que tales controversias no tuvieron nada que ver. A propósito de una entrevista publicada en 1980, el jesuita José Antonio Sobrino tachó al padre Cué de «calumnioso» y al diario ABC de «azotea sevillana», lo cual le mereció un mojicón editorial: «Para información de nuestros lectores, matizaremos que con anterioridad a esta polémica, el padre Sobrino ha intentado reiteradamente colgar sus trapos literario-pastorales en esta que califica despectivamente de «azotea», y sus ataques seguramente vienen a causa de la abundante producción que ha nutrido nuestra papelera en los últimos años» («Dos jesuitas frente a frente», ABC, 04.10.80).
Estoy persuadido de que el padre Cué murió con su pregón en los labios.