El títulus crucis

Estamos acostumbrados a ver escrito INRI en el títulus o rótulo que se coloca en la parte superior de los crucifijos. Es habitual escribirlo abreviado, pero sabemos por el Evangelio que el título decía «Jesús Nazareno, rey de los judíos», y que figuraba en tres idiomas: hebreo, griego y latín. Este detalle lo da San Juan (19,19-20), y dice que lo vieron muchos judíos, porque el lugar de la crucifixión estaba próximo a la ciudad. Añade a continuación que a los dirigentes judíos no les hizo ninguna gracia que dijese aquello de «Rey de los judíos»; preferían que dijera más específicamente que se había proclamado rey de los judíos. Pero Pilatos se negó a hacerles caso. «Vamos, ya me habéis dado bastantes quebraderos de cabeza. Dejémoslo tal como está. Lo que he escrito está escrito; no hablemos más del asunto.»

A los fariseos que habían condenado a Jesús no sólo les molestaba que el título proclamara que Jesús era rey de ellos («¡no queremos que reine sobre nosotros!», Luc. 19,14). Para más inri (nunca mejor dicho), las iniciales de las cuatro palabras que traducían al hebreo el título de la causa, «Jesus Nazarenus, rex judeorum», coincidían con el tetragrámaton, las cuatro letras que representaban el nombre de Dios y que por respeto ni se atrevían a pronunciar, y que en realidad significan «Yo soy». Cuatro letras cuya pronunciación es Yavé. El Ser por excelencia. «Yo soy el que soy», le dijo el Señor a Moisés. «Antes de que Abrahán fuera, Yo soy», les dijo a los fariseos. Jesús siempre decía «Yo soy»: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, Yo soy el Pan de vida, Yo soy la luz del mundo, Yo soy la resurrección y la vida, etc. Yo soy el el Alfa y la Omega, en el Apocalipsis, y no sólo: esto último también lo había dicho ya en Isaías 41,4,  44,6 y 48,12. Y en Juan 8,28 había dicho a los fariseos: «Cuando levantéis en alto al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que Yo soy». Cuando lo levantaron en la cruz no pudo estar más claro.

La doctora María Luisa Rigato, biblista de la Pontificia Universidad Gregoriana, sostiene que el títulus que se conserva en Roma en la iglesia de la Santa Cruz en Jerusalén es el mismo que escribió Pilatos. No es un pergamino, como se suele ver en tantas representaciones, sino una tablilla. La profesora Rigato, que lo ha estudiado a fondo, afirma que es auténtica y coincide con lo que narra el texto evangélico, especialmente la versión según San Juan.

El historiador alemán Michael Heseman solicitó autorización en 1997 para estudiar científicamente la reliquia. Tras obtener la autorización del abad de la Santa Cruz, P. Luigi Rottini, y del secretario de estado vaticano, Giovanni Battista Re, mostró la inscripción a siete especialistas en paleografía hebrea, griega y latina de reconocido prestigio: los profesores Israel Roll y Ben Isaac, de la Universidad de Tel Aviv; Gabriel Barkay, de la Israel Antiquity Authority; Han y Esther Eshel y Leah di Segni, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, este último considerado el mayor especialista en inscripciones griegas en Tierra Santa; así como Carsten Peter Thiede, de las universidades de Paderborn (Alemania) y Beer Sheva (Jesuralén), conocido por sus estudios sobre los Manuscritos del Mar Muerto. Todos concuerdan en datarla entre los siglos I y III d.C., inclinándose por la más antigua de dichas fechas. Heseman presentó los resultados de la investigación en el Congreso Internacional sobre las Reliquias de Cristo celebrado en la Pontificia Universidad de Letrán en Roma en 1999.

Una curiosidad: י, yod, nombre de la primera letra de Yavé, significa «mano» en hebreo;  ו, vav, significa «clavo». Precisamente sobre la cruz en la que se traspasan las manos con clavos, aunque lo más probable es que el escriba que redactó el títulus por orden de Pilatos ni reparase en ello. Como en las escrituras ideográficas orientales y los jeroglíficos egipcios, la escritura semítica de fenicios y hebreos es figurativa y representaba originalmente algo que empezara por el fonema correspondiente a su letra inicial. En cuanto a la letra ה, he o hei, puede tener significados muy diversos, entre otros mirar, contemplar: el pictograma se veía como un hombre mirando por una ventana, con la vista dirigida al cielo. Puede tener un sentido como el vocablo inglés behold!, que es una llamada de atención hacia algo importante (muy usado en las Escrituras: equivale a «he aquí») y entenderse además, onomatopéyicamente, como un suspiro, que en este caso no sería de queja sino que indicaría asombro ante algo importante (¡oh!). También puede transmitir la idea de revelar y de entregar. El Señor se nos revela y se nos entrega, se entrega por nosotros en la Cruz, y lo vemos en ella.

En apenas cuatro letras, tenemos sintetizada la Redención: las manos del Señor traspasadas por clavos, su revelación o manifestación, su ofrecimiento por nosotros, y todo ello presentado como algo grande y digno de nuestra atención. Además de una profecía mesiánica es todo un compendio teológico. Podríamos añadir también que la letra hebrea tav, que aparece al final de la segunda palabra, tiene una historia muy curiosa: originalmente se escribía como una cruz griega  , más tarde se escribió como una equis, y tras dibujarse por un tiempo como una especie de ene evolucionó hasta escribirse definitivamente ת. Esa cruz con que se escribía originalmente se utilizaba para sellar un pacto o alianza. Ahí está el origen de la antigua costumbre de poner una equis para firmar las personas que no sabían escribir, que ya en tiempos cristianos se reforzó con la idea de garantizar la verdad al jurar ante una cruz. Juramos sobre el crucifijo para poner a Dios por testigo de lo que afirmamos, y Él mismo es el nuevo pacto, la Nueva Alianza, en la Cruz. Casi nada.

La palabra Yavé aparece 6 855 veces en las Sagradas Escrituras, lógicamente sólo en el Antiguo Testamento, y cada vez que los judíos leen las Escrituras ven una especie de jeroglífico de la revelación y la crucifixión del Mesías. Lo tienen delante de los ojos y aun así no lo ven.

Bruno de la Inmaculada

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