Ante la Cruz de Cristo (1) por el Obispo Irurita

 

Jorge López Teulón, http://www.religionenlibertad.com

Habiéndose Dios propuesto en su excesiva caridad redimir y salvar al hombre pecador, entre los infinitos medios que para ello se le ofrecieron, escogió el hacerse hombre y morir en una cruz. La Cruz es, pues, el instrumento por el cual Dios-Hombre, Jesucristo, lleva a cabo la grande obra de nuestra Redención, la reconciliación del cielo y la tierra, de Dios y los hombres y de los hombres entre sí, según aquellas palabras de san Pablo: “Plugo al Padre reconciliar por su Hijo todas las cosas consigo, restableciendo la paz entre el cielo y la tierra, por medio de la sangre que derramó en la Cruz” (Col 1,20).
Grandes son los bienes que Jesús nos hizo por el misterio de la Cruz: nos reconcilió con su eterno Padre, ofreciéndose a sí mismo como víctima expiatoria por nuestros pecados; nos abrió las puertas del Cielo, que estaban cerradas por el pecado de nuestros primeros padres; nos mereció la gracia primera, que nos justifica, y las gracias del perdón por los pecados cometidos y de fortaleza para evitar los venideros; quebrantó con el báculo de la Cruz la cabeza de la serpiente antigua, esto es, destruyó la potencia de Satanás, que tenía al mundo sujeto con la cadena de todos los errores y vicios, y nos dio a nosotros ejemplos de virtudes y juntamente incentivos, estímulos y ayudas para practicarlas, con lo cual triunfáramos gloriosamente de ese nuestro mortal enemigo.

Conocida es la definición que de la Cruz nos ha dado el gran Obispo de Hipona, diciendo que es Cathedra docentis, ara sacrificantis, thronus regnantis.
La Cruz es la cátedra donde Jesús nos enseña las grandes verdades sobre Dios y sus infinitas perfecciones, sobre el hombre y sus eternos destinos; nos hace comprender de alguna manera la malicia y los efectos del pecado y la eternidad de las penas con que el Señor lo castiga. En ninguna parte Jesús es más maestro que en la cátedra de la Cruz.
La Cruz es el altar consagrado donde Jesús se sacrifica y muere para destruir el reino del pecado y hacernos honradores de Dios y amadores de toda virtud; para lo cual se nos presenta al mismo tiempo como el cuadro vivo de toda la moral del Evangelio, como el modelo acabado de todas las virtudes, principalmente de humildad, mortificación y pobreza, de piedad hacia los padres, de amor hacia los enemigos, de sumisión completa a la voluntad de Dios aún en medio de las más duras pruebas.
La Cruz es el trono donde Jesús reina, según su profecía: “Y cuando yo seré levantado en alto en la tierra, todo lo atraeré a Mí” (Jn 12,32). En efecto, se ha atraído a toda la humanidad. El Calvario es la cumbre más alta en la historia del mundo; la Cruz triunfante es el punto de demarcación entre la edad pagana y la edad cristiana. Todo converge hacia ella, todo procede de ella… Detrás, el mundo caído que suspira por la venida del Redentor; delante, el mundo redimido que, a su sombra, avanza hacia sus destinos inmortales. La destrucción de los ídolos y su culto, la reformación de la vida humana así individual como social, la muchedumbre de los santos, que luego comenzaron a florecer en la tierra, la constancia y esfuerzo de los mártires, el glorioso número de los pontífices y confesores, los coros y congregaciones de las vírgenes puras, que se multiplicaron por todas partes y cuyas brillantes filas se van acrecentando a través de los siglos, a pesar de la corrupción del mundo, son otros tantos trofeos de la Cruz.
Estos bienes y otros muchos más nos vinieron por el misterio de la Cruz. Porque -como dice Santo Tomás- mientras un corazón devoto filosofare más sobre este misterio, más frutos y conveniencias hallará. Continuemos, pues, filosofando devotamente y busquemos la causa y fuente de tanto bien, el rico filón de oro purísimo.

Carta pastoral de Cuaresma ante la Cruz de Cristo, Redentor del Mundo
Siervo de Dios Manuel Irurita Almandoz (1876-1936), Obispo de Barcelona,
mártir de la persecución religiosa, que sufrió el martirio el 3 de diciembre de 1936

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