Recuerda hombre que polvo eres y en polvo te convertirás

Recuerda hombre que polvo eres y en polvo te convertirás. Es la primera verdad que ha de reinar en vuestros corazones: polvo y ceniza, corrupción y gusanos, sepulcro y olvido. Todo se acaba: hoy somos, y mañana no parecemos; hoy faltamos a los ojos de las gentes; mañana somos borrados de los corazones de los hombres (…)

Muy cerca tienes el día, que te llamara la muerte; y entonces ¿de que te aprovecharan estas niñerías, en que ahora te ocupas? ¿Qué te aprovechará en aquella hora ser rico, poderosos, grande o pequeño? Si o lo que decía aquel rey Josafat estando a la muerte: “Se que muero en estos ricos adornados palacios, y no seré a donde seré hospedado esta noche”. Ciego eres, si no ves estas cosas: desventurado de ti, que surcas el mar y la tierra por juntar riquezas para dejarlas a otros, y cuando menos pienses entrarás desnudo en una sepultura llena de huesos y calaveras, que será tu oscuro aposento hasta el fin del mundo(…)

Es nuestra vida como el navío que corre con presteza sin dejar rastro ni señal por donde paso; pasa con la misma prisa nuestra vida, sin dejar de nosotros memoria. ¿Qué se hicieron tantos reyes y príncipes de la tierra, que dominaba el mundo? ¿Dónde esta su majestad? Buscad a Alejandro, llamad a Escipión, y quizá estarán en alguna tapia sus cenizas, o en la barda de alguna huerta. Pregúntales como les va y mudamente responderán: vanidad e vanidades, todo es vanidad.

Qué importa, hermano, que seas grande en el mundo, si la muerte te ha de hacer igual con los pequeños? Llega un osario, que esta lleno de huesos de difuntos, distingue entre ellos el rico del pobre, el sabio del necio, el chico del grande; todos son huesos, todos calaveras, todos guardan una igual figura. La señora que ocupaba las telas brocados en sus estrados, cuya cabeza era adornada en diamantes, a compaña las calaveras de los mendigos. Las cabezas que vestían penachos de plumas en las fiestas y saraos de las cortes, acompañan las calaveras que traían caperuzas en los campos ¡Oh justicia de Dios, como igualas con la muerte a la desigualdad de la vida!

Miguel de Mañara. Discurso de la Verdad

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