REGRESO de la SALIDA EXTRAORDINARIA del Jesús del Gran Poder.Sevilla

Más de 100.000 personas acompañaron al Gran Poder en su salida extraordinaria

 

Por ALBERTO GARCÍA REYES Pasión en Sevilla
El gemido era mudo. Insonoro. Sólo podía escucharse en el leve crujido de los huesos de ese cuerpo endeble y ajado cuando irrumpía un jipío. La banda de cielo que asomaba entre los edificios era un grito de luz, un quinqué del paraíso haciendo danzar la llama de la creación. Y entre ese frío adventicio del llanto interno de noviembre y la claridad del otoño turdetano, el tronco de un cedro del jardín de Dios sirvió de apoyo a Sevilla para evitar el desmayo. El silencio era verdugo del tiempo. El Hombre caminaba descalzo hacia la ojera morada del gemebundo. Y nunca lo alcanzaba. La lástima de esos párpados iba siempre por delante del Señor. Sin darse la vuelta. Y derramando el cirio en el suelo como quien vacía su alma de llanto. Siempre de frente. Yo lo vi subir la Cuesta del Rosario deshecho, con la vida a rastras, bajo la luminosidad de un sol envidioso que quiso dorar la cara de Jesús y acabó encogiéndose de vergüenza detrás de los naranjos, que es donde ahora esta tierra está criando su amargura. Ese hermano quebradizo que apenas tenía ritmo en el andar, que ganaba los pasos buscando el espacio de sus pies en el que todavía no ha intervenido la ley de los años, temblaba al avanzar. No era dueño ya de sus espasmos. Y nunca miraba hacia atrás. Seguía cabizbajo. Midiendo las distancias con el Señor a través de su sombra. Su huella. El recuerdo. La niñez en San Lorenzo de la mano de su abuelo, que tal vez le contaría su niñez de la mano de su abuelo, y así sucesivamente hasta el origen de la memoria. El Hombre que todo lo asuela, el que tiene la capacidad de engullir el bullicio y aflojar los broqueles del cuerpo desde su atalaya de oro cuando asoma su hegemonía errante por la esquina, el de la cara enlutada que convierte el día en noche y el jaleo en sueño, ese milagro Humano que deja caer el cíngulo entre sus pies con la muda sonería de un reloj de carrillón, tin, tan, tin, tan…, es el tiempo que le queda por detrás. Por eso el anciano corría con compás tardo delante de quien habrá de guiarlo al Tiempo y al Espacio. Iba con apresurada lentitud sintiendo el hálito del Hijo de Dios en el camino extraordinario de vuelta. Y en sus pasitos torpes lloraba sin molestar. Solitariamente en la bulla. Con la conciencia de andar a deshoras por la calle con su Dueño para cumplir la misión de ir hasta el Convento de las Hermanas de la Cruz. De escuchar música reverberando entre los pliegues de la túnica, que son las oquedades en las que Sevilla se guarda de la intemperie. De palpar la blancura de los ángeles en las aureolas de la mañana y el reflejo de los roleos del paso en los cristales de las ventanas. De proclamar entre las dos columnas de Hércules de la Alameda al único emperador de la ciudad. Yo vi a ese hombre caduco como el otoño quejarse para dentro delante del Gran Poder. Era un hermano antiguo atestiguando una certeza: todo pasa menos Él.

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