El camino de Santiago. Forjador de Europa.

“Señor Santiago, que inflamado de celo apostólico y en el amor a tu Divino Maestro peregrinaste anunciando a los hombres la Buena Noticia y sellaste tu predicación con el derramamiento de tu propia sangre: Haznos fuerte en la Fe, ardientes en la Caridad y testigos de la Esperanza…”

Desde hace mil doscientos años, hombres y mujeres de todo el mundo han peregrinado, por el camino de Santiago, hasta la gallega región de Compostela para orar ante la tumba del apóstol Santiago. Mujeres y hombres que en este año se contarán por millares, ya que al coincidir la fiesta del Apóstol (25 de julio) en domingo, la Iglesia Católica considera a 1999 como Año Santo Compostelano, otorgando indulgencia plenaria a todos aquellos que se den cita en aquel hermoso y legendario santuario.

La peregrinación a Santiago de Compostela puede considerarse un fenómeno que desborda las simples fronteras de una fábula o de una invención medieval para convertirse en uno de los ejes sobre los que se construyó Europa durante los años heroicos de la Edad Media. Y es que mil doscientos años son muchos, demasiados, para que una simple leyenda perviva en la memoria.

Cuenta la tradición que una noche del año 813 un ermitaño que oraba en medio de un bosque gallego observó una gran luz proveniente del firmamento que iluminaba con fuerza unos arbustos. Extrañado y asombrado, este hombre comunicó tan maravilloso suceso al obispo Teodomiro, el cual, después de varios días de ayuno y de intensa oración, mandó hacer excavaciones en aquel misterioso lugar. El hallazgo fue verdaderamente extraordinario: se acaba de encontrar un sepulcro cuyas inscripciones indicaban que ahí estaba enterrado Santiago el Mayor, el apóstol de Cristo que había ido a España a predicar el Evangelio. El lugar fue bautizado como “El campo de la estrella” (de donde deriva “Compostela”) y se erigió un santuario. La noticia de tan maravilloso descubrimiento se extendió rápidamente por los reinos cristianos del norte de España (la parte centro y sur de la Península se encontraba invadida por los musulmanes), atravesó rápidamente los Pirineos y, en unos cuantos años, llegó a toda la cristiana Europa Medieval.

Fue así como personas llegadas de todo el continente fueron a Compostela a venerar al Apóstol Santiago. Y surgió así un camino que se transformó pronto en un sendero de fe, de arte y de cultura.

Varias rutas llevaban a los viajeros hacia Compostela, siendo la más popular la que atravesaba todo el norte de la península comenzando por Roncesvalles, la mítica ciudad navarra en donde las tropas victoriosas de Carlomagno encontraron su única derrota. Y estos devotos caminantes se guiaban siguiendo la Vía Láctea, cuyas estrellas van de Oriente a Occidente. Es por eso que al camino de Santiago se le conoce también como el camino de las estrellas.

Eran tan populares dichas peregrinaciones que el inmortal Dante Alighieri afirmó que “sólo es peregrino quien camina hacia la tumba de Santiago” y otro grande de las letras, el alemán Johann Goethe llegó a decir que “Europa entera se hizo peregrinando a Compostela”.

Durante el Medievo, Santiago de Compostela fue, junto con Roma y Jerusalén, la gran capital de la Cristiandad. Hasta allí peregrinaron reyes como Alfonso II de España, santa Isabel de Hungría, el emperador franco Carlomagno o santos como Francisco de Asís, así como toda una pléyade de humildes peregrinos de todas las razas y condiciones sociales. La ciudad de Santiago de Compostela adquirió pronto una gran relevancia, convirtiéndose en uno de los centros culturales y económicos más importantes de Europa. En el siglo XI se construyó una imponente catedral y tiempo después se fundó una de las universidades de mayor prestigio en el mundo.

A propósito de la Edad Media, creo pertinente hacer una reflexión. La gente ignorante suele considerar a este período histórico como una época oscurantista. El camino de Santiago –y todo lo que trae consigo– es tan sólo uno de los innumerables ejemplos que echan por tierra esta insensata teoría. El hombre medieval exaltaba la fuerza y la virilidad, tenía una vocación al heroísmo fuera de lo común, era honesto, austero, honrado, leal, generoso, con un enorme sentido de la justicia. Y, sobre todo, tenía a Dios como el centro de su existencia. Seguramente por esto, de las pocas personas que hoy reúnen estas cualidades suele decirse que son gente de otros tiempos.

Esta Europa llena de fe y de esperanza, llena de misticismo y valentía, que supo conjugar a la perfección la cruz y la espada, fue la que peregrinó masivamente a Compostela por el camino de Santiago, por el camino de las estrellas, por el camino, en fin, de Europa entera.

Fernando Rodríguez Doval.

www.arbil.org

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