La primera gitana mártir: embarazada en la cárcel roja, no quiso delatar a su catequista

 

 

ReL

Madre, esposa, joven pobre y analfabeta de 24 años, encarcelada con su bebé, que ha parido en condiciones inhumanas, en cautiverio… Podía haber mejorado su situación delatando a las autoridades su catequista, otra mujer encarcelada. Pero no lo hizo. Rezaba el Rosario y se aferraba a Dios durante 7 meses de cautiverio, meses de acercamiento a Cristo, de ser más como Cristo, hasta que el hambre y la enfermedad y un parto en malas condiciones, todo ello provocado y evitable, acabaron con ella.

Es la primera mujer gitana beata y mártir de la historia de la Iglesia Católica, Emilia Fernández Rodríguez, “Emilia la canastera”, para los payos. El Papa Francisco ha ordenado hace pocos días su beatificación junto con otros 95 sacerdotes y 19 laicos mártires de la diócesis de Almeria.

Su historia está recogida en un librito de 2015, que difunde la diócesis de Almería y su delegado para las causas de los santos, titulado “Emilia, gitana mártir, y los héroes del río Almanzora”.

Gitanos en las cuevas de Tíjola
Manuel Pozo Aller, un sacerdote natural de Tíjola, el pueblo de Emilia, a cien kilómetros de Almeria, escribe sobre sus recuerdos de infancia, un ambiente parecido al que vivió la joven mártir, en este pueblo.

Los recuerdos de las mañanas de mi niñez en Tíjola (Almería) están llenps de jornaleros en la plaza del pueblo con azada y atillo sentados en el bordillo de la acera esperando ser contratados por los propietarios de las tierras dedicadas en su mayoría al cultivo del parral para uva de mesa. […] Por desgracia los jornaleros no eran los más pobres del lugar. Un numeroso grupo de gitanos les adelantaba en necesidades y penurias. Habitaban en el barrio denominado de las Bodeguicas, en cuevas horadadas en las montañas, ofreciendo un espectáculo paisajístico verdaderamente troglodita, haciendo la vida en la calle y dejando solo para la intimidad del hogar el lugar de descanso y la despensa. No había distinción de estancia entre humanos y animales. Una rambla partía en dos el barrio y roturaba una única avenida por donde circulaban bestias, carros y humanos”.

“En aquellos años difíciles el coadjutor de mi ciudad era don José Guirao Menchón, un joven y dinámico sacerdote. Él me abrió los ojos para mirar la realidad que me rodeaba. Con él visité muchas veces a las familias gitanas y fui testigo de su exquisita caridad con los más pobres. […] En una de estas tertulias al aire libre y bajo las estrellas oí hablar por vez primera de la gitanilla Emilia a quien los “payos” le habían apodado “la Canastera” por el oficio humilde y artesano con que se ganaba el pan de cada día”.

Su nombre era Emilia Fernández Rodríguez, nacida y bautizada en la parroquia de Santa María de Tíjola el 13 de abril de 1914 con los nombres de Emilia, Gregoria y Margarita. Era la segunda de tres hermanos y vivía, como tantos gitanos, en las casas-gruta. Tenía 4 años cuando la gran gripe tras la Guerra Mundial (la de 1918, la que llamarían “gripe española”) mató a unos 50 niños del pueblo: ella sobrevivió. Sus padres le enseñaron a hacer cestos de mimbre y los vendían en los pueblos.

Casada en plena guerra
Llegó la Guerra Civil. Tíjola fue territorio republicano durante toda la guerra y los gitanos trataban de no sentirse involucrados en el conflicto. De hecho, en plena guerra, en febrero o marzo de 1938, Emilia se casó con su pariente Juan Cortés, un año menor que ella, por el rito gitano.  

Pero al poco llegaron milicianos insistiendo en alistar a Juan para el frente. Ella ya estaba embarazada. Idearon un plan para que él no fuese a la guerra. Prepararon una sustancia que pusieron en los ojos de Juan para dejarlo temporalmente ciego y mostrarlo incapacitado para el servicio. Pero cuando un tiempo después los milicianos vuelven y comprobaron que el joven gitano volvía a ver, constataron el engaño y los encarcelaron en prisiones separadas. A él, en la antigua azucarera “El Ingenio”, reconvertida en prisión. A ella, en la cárcel de mujeres llamada Gachas Colorás, donde ingresó el 21 de junio.

Hambre en la prisión de mujeres
Su compañera de prisión María de los Ángeles Roda Díaz describiría así las condiciones en esta prisión republicana con unas 40 presas “de derechas”, que a veces eran simplemente mujeres cristianas.

Por las mañanas, “agua sucia” (café) y un pedazo de pan; para comer, “lentejas con gusanos, habas cocidas con sus cáscaras y una torta de arroz cocido”; como cena, pan y agua. “Allí dentrotodas nosotras estábamos más bien delgadas y desnutridas, pues el alimento que nos daban era apenas suficiente para vivir. A la gitana le daban la misma ración que a las demás, sin tener en consideración que llevaba un hijo en el seno. Algunas de nosotras en las comidas le pasábamos algo de los víveres que nos traían las familias. Lo mejor que nos llegaba de casa era para ella”.

Emilia, embarazada, con su vientre hinchándose, fue juzgada el 9 de julio de 1938: se la condenó a seis años de cárcel.

Al principio, la joven gitana se sentía sola y no hablaba con las otras reclusas. Muchas veces hablaba en caló y sus compañeras ni la entendían. Pero su juventud y su estado despertaron enseguida la simpatía de las presas. Una chica de su misma edad, Dolores del Olmo Serrano, Lola, trabó amistad con ella. Era la que llevaba más tiempo presa allí por su militancia política en Acción Popular, el partido conservador fundado por el Siervo de Dios Ángel Herrera Oria. Al principio de la guerra se había significado demasiado visitando presos y celebrando algunas excarcelaciones.

Las mujeres solían rezar en grupo por las tardes y Emilia pidió a Lola que le enseñase las oraciones y a hacer correctamente la señal de la cruz.

Ángeles Roda cuenta que Emilia era “una persona muy buena, humilde y religiosa”, una mujer “fascinante”. En prisión, con Lola,  aprendió el padrenuestro, el avemaría y el Gloria, todo el rezo del rosario. Las letanías en latín no consiguió memorizarlas, pero a ella le bastaba con responder el “ora pro nobis”.

Entonces empezó el martirio propiamente dicho: el testimonio bajo persecución por la fe.

Interrogada por rezar
La directora de la cárcel, Pilar Salmerón Martínez, supo que la joven gitana había aprendido a rezar el rosario y llamó a Emilia para que delatara a su catequista. A cambio le ofrecía un mejor trato, e incluso interceder por su libertad o intentar sacar a Juan de prisión. Probablemente, consideraba que la gitana era la menos integrada en el grupo o la más débil y presionable.

Ninguna de las dos lo sabía, pero dos años antes se había dado una escena similar en Barbastro (Huesca), cuando otro gitano encarcelado, Ceferino “el Pelé”, rechazó deshacerse de su rosario -como le proponían algunos mediadores- a cambio de ser liberado. Pero el caso del beato Ceferino, el otro gitano español en los altares, es distinto en el sentido de que él era ya un hombre de 74 años, un cristiano firme y comprometido de toda la vida, y apreciado en la vida pública como comerciante honrado, concejal, hombre generoso y pacificador. Su hija adoptiva ya estaba crecida. En cambio, Emilia no era nadie, sólo una gitana joven. Espiritualmente, ella apenas estaba empezando a crecer en la fe, era una joven recién casada y a punto de dar a luz.

Emilia se negó a delatar a Lola, que ya había estado antes en celdas de aislamiento. Y la directora decidió castigar a la gitana embarazada con esas celdas terribles. Lola, que era vista como la cabecilla evidente y veterana de 3 años de prisión, también fue encerrada en esas celdas que ya conocía.

Encarnizamiento con la gitana
Con encarnizamiento, la directora mantuvo a Emilia en la celda de castigo en el frío invierno y le recortó la comida. Aunque Emilia pidió al gobernador civil que la liberasen por su embarazo y su delicado estado, no hubo respuesta. 

El 13 de enero, a las dos de la madrugada, Emilia dio a luz en el suelo de la celda a una niña, ayudada por algunas reclusas. Su amiga Lola bautizó a la pequeña esa tarde: se llamó Ángeles.

Madre e hija fueron llevadas al hospital, pero 4 días después ambas vuelven a la misma celda de castigo pese a sus hemorragias. Emilia empeoró. El 25 de enero una carroza de caballos la llevó moribunda al hospital donde murió. El certificado médico lo atribuye a una infección postparto sumada con una bronconeumonía.

Para la Iglesia está claro: su caso es como el de otros mártires del siglo XX, por ejemplo en los campos nazis o comunistas, que mueren por el trato inhumano en prisiones a causa de su fe. En este caso está claro que si ella hubiera delatado a su catequista y hubiera renunciado a una vida cristiana visible habría sido premiada con mejores condiciones.

Está registrado que el cuerpo de Emilia fue arrojado a la fosa común del cementerio municipal de Almería. Juan, el joven viudo, quedaría libre al acabar la guerra y se casaría con Isabel, la hermana pequeña de Emilia. Ambos han muerto ya, al parecer sin hijos.

De la bebé, que hoy sería una mujer de 77 años, no se sabe nada. Probablemente fue entregada en adopción a una familia republicana y perdió su nombre original, Ángeles Cortés Fernández. Si aún vive debe desconocer su origen e ignora que es hija de la primera mujer gitana mártir de la fe.

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