Miguel de Mañara y la santidad del laico

 

Ernesto Vázquez López, ABC de Sevilla

Cuando el cristiano oye hablar de santidad, siempre piensa en algo inalcanzable. La santidad, en abstracto, se presenta como un lejano concepto al que el laico de a pie no puede aspirar. Inconscientemente la asociamos al estado eclesial: sacerdotes, frailes, monjas, obispos, abadesas o papas… Las virtudes heroicas de los santificados nos parecen tan realmente excepcionales que las sobrevaloramos dándoles un carácter sobrenatural. Confundimos sin querer los términos: no se tienen por que se sea santo, sino que se es santo porque se tienen.

Vivimos en una ciudad que bien puede presumir de haber aportado a la Iglesia Universal un escogido ramillete de vidas virtuosas y santas. No hay un siglo de nuestra historia que no haya aportado un santo al calendario cristiano. Y los tenemos de todas las categorías: mártires como Justa, Rufina y Hermenegildo; sabios como Isidoro y Leandro, justo gobernante como Fernando, humildes como violetas Ángela de la Cruz y María de la Purísima, sacerdote ejemplar como Juan de Ávila… Sus vidas, acciones, palabras… nos abruman tanto que sin querer dejamos de considerarlos como ejemplos vitales. Y pasan a formar un grupo aparte, y nosotros que nos llamamos cristianos los marginamos sin razón, y tan sólo acudimos a ellos, para pedir y pedir y pedir… pero no para considerar su testimonio e intentar aplicarlo a nuestra vida espiritual.

Y sin embargo hubo una vez en Sevilla un cristiano y cofrade ejemplar que en lugar de pedir, consideró. Y porque consideró, actuó. Y porque actuó, alcanzó santidad venerable a los ojos de sus contemporáneos.

Su historia puede ser la de cualquiera de nosotros. ¡Qué más da el año en que naciera o viviera o muriera! Los santos, cuando lo son, se hacen intemporales porque a pesar de siglos, modas, costumbres y adelantos, nos siguen interpelando con sus vidas. Este caballero sevillano lo tenía todo en la vida: se crió en un palacio con columnas de mármol traídas de Italia, se educó como correspondía al floreciente estado de su familia, con ocho años era caballero del hábito de Calatrava y con veinte se casó con una dama sevillana. El fallecimiento de sus hermanos mayores lo convirtió en el heredero de la fortuna familiar.

Vinculado por su tío a una hermandad sevillana, la de la Soledad de San Lorenzo, ingresó en ella y llegó a formar parte de su Junta de Gobierno. Como cristiano ejemplar participaría en cultos, demandas y procesiones. Pero toda esta vida pacífica y plena se vino abajo cuando su esposa falleció. Y es en la experiencia amarga de la viudez, cuando Miguel de Mañara decide no servir a señor que muera. Pero a diferencia de otros, no se planteó ingresar en el estado eclesiástico. Y en eso, como en otras cosas que más adelante veremos, se nos presenta como un verdadero modelo de santidad laical.

Un laico que decidió poner en práctica lo que como cristiano creía, pero tal vez no vivía con la intensidad necesaria. No cayó en la vanidad de fundar un nuevo instituto creado a hechura suya, sino que se integró en uno ya existente: la Santa Caridad. Y el fin de ésta no era otro que procurar digna sepultura a pobres y ahogados ejercitando la obra de misericordia de enterrar a los muertos. Al poco de entrar es elegido hermano mayor y en su celo expande la institución arrendando un almacén para alojar mendigos durante la noche. Y como una cosa lleva a la otra, pronto se hicieron enfermerías para curar a los más abandonados y olvidados. En todo ello gastó don Miguel su hacienda y su fortuna. Y en nada le pesó hacerlo porque bueno es hospedar a los peregrinos y cuidar del regalo y alivio de los enfermos, pero servirlos con humildad en público y en secreto es de mayor estima delante de Dios.

En el «Discurso de la Verdad» expone Mañara su itinerario cristiano que no es más que lo que siglos más tarde el beato Juan Pablo II definiría como la vocación a la santidad, o sea a la perfección de la caridad. Un cristiano puede y debe aspirar a la santidad sea cual sea su estado. Novedosa idea para un siglo en que existía una disociación terrible entre consagrado y seglar, suponiéndose la supremacía del primero sobre el segundo en las virtudes cristianas.

Hay muchos que hacen en la vida lo que con una pieza de paño: este pedazo para capa, el otro para mangas, y este para una caperuza, como si el paño fuera suyo. No somos dueños de nuestra vida. Desde que nos bautizamos estamos entregados a Dios. Y por esta condición de fieles laicos bautizados participamos en el triple oficio —sacerdotal, profético y real— de Jesucristo.Incardinado en su momento histórico, el venerable Mañara hace presente las palabras de la «Christifideles laici». Despojado de sus vestiduras de época, queda el cristiano comprometido que es consciente de la triple naturaleza antes mencionada: todas sus obras (…) e incluso las mismas pruebas de la vida si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales aceptables a Dios por Jesucristo que en la celebración de la eucaristía se ofrecen piadosísimamente al Padre junto con la oblación del cuerpo del Señor. Si en la encíclica mencionada Juan Pablo II decía que la participación en el oficio profético de Cristo (…) habilita y compromete a los fieles laicos a acoger con fe el evangelio y a anunciarlo con la palabra y con las obras, sin vacilar en denunciar el mal con valentía, no cabe duda de que don Miguel cumplió con creces este cometido.

Por último, por su pertenencia a Cristo, Señor y Rey del Universo, los fieles laicos participan en su oficio real y son llamados por él para servir al reino de Dios y difundirlo en la historia. Esta suerte de realeza cristiana se vive mediante la lucha espiritual para vencer en sí mismo el reino del pecado (…) y después en la propia entrega para servir, en la justicia y en la caridad, al mismo Jesús presente en todos sus hermanos, especialmente en los más pequeños. Don Miguel, llevado por su espíritu de superación se lamentaba con dolor de mi corazón y lágrimas en mis ojos, lo confieso, más de treinta años dejé el Monte santo de Jesucristo y serví, loco y ciego a Babilonia. Pero su fortaleza y su profunda y sentida fe, le hicieron volverse después a lo que él llama en el Discurso de la Verdad, el «monte santo», al cual dirigió sus pasos ejercitando la caridad y la entrega a los pobres y enfermos.

Y su ejemplo de vida, de fe auténtica en el misterio eucarístico, de vivencia activa de la caridad, sigue presente en Sevilla. Mañara, a quien el beato Juan Pablo II declaró venerable en 1985, tuvo fama de santo ya en vida. Pero las vicisitudes de la política y de la historia frenaron su proceso de beatificación ya en el siglo XVIII

Pero don Miguel sigue intercediendo por quienes acuden a él. Y ya es hora de que los sevillanos luchemos por llevar a los altares a un santo que nos falta en esa magnífica panoplia de virtudes heroicas: laico, sevillano, cristiano y cofrade. ¡Qué más se puede pedir!

Ernesto Vázquez López es presidente del foro de opinión Cardenal niño de Guevara.

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