El hábito de las monjas

Tomado de La cigüeña de la torre

Por De la Cigoña

Y siempre en los mismos términos. Hay verdades axiomáticas. Se puede ser buena sin hábito y mala con hábito. Nadie lo discute. Hay monjas deshabitadas buenísimas. Tanto en su amor a Dios como en su entrega al prójimo. Pero sentado esto creo que también es pura evidencia que el deshabitarse las hace asemejarse a los seglares. Es un aseglaramiento. Y una falta de testimonio externo. Así como las seglares no deben identificarse con las monjas en mi opinión tampoco las monjas deben parecer seglares. Porque no lo son. Las señales distintivas dicen algo. Ahí está una monja. Ocultarlo o disimularlo no parece lo mejor. Y además es una muestra de desobediencia porque la Iglesia dice querer el hábito. Aunque es cierto que no lo exige perentoriamente. Y eso, en principio, no es bueno.

Eso en la pura teoría. Vayamos a la práctica. Las monjas que más se han aseglarado en su aspecto externo son, además, las que conocen un mayor fracaso numérico. El caso de las del Sagrado Corazón, Vedrunas, Compañía de María… es trágico. En diversas ocasiones he dado cifras de ese absoluto descalabro. A ellas me remito. Si pensaban que abandonando los hábitos iban a conocer una esplendorosa primavera se han encontrado con un gélido invierno. Cada vez son menos y más viejas. Se encaminan a pasos agigantados a la desaparición. No hay joven que quiera ser como eso. Y ello les debería hacer recapacitar. Han arruinado sus congregaciones y no se ve el menor atisbo de inflexión. Más bien se acentúa la ruina.

Cierto que existen congregaciones que aun conservando el hábito registran también una disminución de religiosas. Pero en general menos acentuada. Y todas las que crecen, algunas de modo impresionante, llevan hábito. ¿Será por algo? ¿Simple casualidad? Me resisto a creer esto último.

Las deshabitadas responden a dos tipos. Las hay que quieren ir “monas” y las que tienen vocación de adefesios.  Cuando una es joven tiene poca importancia. Les cae bien lo que se pongan. Pero los años no perdonan. Las primeras, al llegar a cierta edad, consiguen pasar por señoras más o menos elegantes. Con el consiguiente gasto de peluquería, ropa, complementos… La mayoría entra en la categoría del adefesio. Estoy dispuesto a conceder que muchas son buenísimos adefesios. Pero adefesios. Es curioso que en estos días de abandono de hábito no pocas es como si lo llevaran. No el de su congregación sino un atuendo entre friki y desaliñado que las hace totalmente identificables. Cuántas veces hemos dicho, al verlas en la calle: esas tienen que ser monjas. Y vuelve a repetirse lo que ya he señalado. No hay chica joven que quiera ser como eso.

El hábito disimula muchísimo. Y muchísimas deberían estar gozosas de disimular. Iguala a todas. Lo que tampoco es malo. Es también un signo de pobreza y de desprendimiento del mundo. Y hace que en todo momento se muestren como lo que son: esposas de Cristo. Aunque a algunas eso creen que debe disimularse.

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